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[Bagdad, Iraq] [Depósito de chatarra entrega versiones secretas de masacre en Iraq. Se encontraron transcripciones de entrevistas militares de la investigación sobre la masacre de Haditha en un depósito de chatarra en Bagdad, que se especializa en la venta de caravanas y artículos de oficina que quedaron tras el cierre de las bases militares norteamericanas.]

[Michael S. Schmidt] Uno a uno, los marines se sentaron, juraron contar la verdad y empezaron a revelar secretos conversando sobre uno de los episodios más horrendos de la invasión estadounidense de Iraq: la masacre de civiles iraquíes que cometieron marines en la ciudad de Haditha en 2005.
“Quiero decir, sea el resultado de nuestra acción o de la acción de otros, sabes, descubrir veinte cuerpos con las gargantas cortadas, veinte cuerpos decapitados, veinte cuerpos aquí, veinte cuerpos allá”, contó a los investigadores el coronel Thomas Cariker, comandante en la provincia de Anbar en ese entonces, al describir el caos de Iraq. A veces, dijo, las víctimas eran causadas por “ataques con granadas contra un puesto de control, sabes, daños colaterales con civiles”.
Cuando las últimas tropas estadounidenses se preparaban para abandonar Iraq, se suponía que las cuatrocientas páginas de interrogatorios, que eran secretos de guerra celosamente guardados, habían sido destruidas. En lugar de eso, fueron halladas junto a remas de otros documentos secretos, incluyendo mapas militares con rutas de helicópteros y datos sobre los radares por un periodista del New York Times en una chatarrería en las afueras de Bagdad. Un vigilante los estaba usando como combustible para preparar una cena con carpa ahumada.
Los documentos –muchos marcados como secretos- forman parte de una investigación interna de las fuerzas armadas y confirman gran parte de lo que se sabe sobre lo que ocurrió en Haditha, una ciudad a orillas del río Éufrates, donde los infantes de marina asesinaron a veinticuatro iraquíes, incluyendo a un hombre paralítico de 76 años que fue encontrado en su silla de ruedas, mujeres y niños, algunos de ellos de menos de tres años.
Haditha se convirtió en un momento definitorio de la guerra, contribuyendo a consolidar una permanente desconfianza de los iraquíes hacia Estados Unidos y resentimiento por el hecho de que ninguno de los infantes fue condenado.
Pero las versiones son igual de sorprendentes por lo que revelan sobre la extraordinaria tensión bajo la que vivían los soldados asignados a la ciudad, sus frustraciones y encuentros frecuentemente desagradables con una población a la que no entendían. En sus propias palabras, el informe documenta la naturaleza deshumanizante de la guerra, donde los marines llegaron a ver a los veinte civiles asesinados como nada del otro mundo, simplemente rutina.
En la época, las tropas estadounidenses mataban a civiles iraquíes. El general Steve Johnson, comandante de las fuerzas estadounidenses en Anbar, en su propia declaración, lo describió como “el coste de hacer las cosas”.
El estrés de la guerra dejaba paralizados a algunos soldados, muestra el testimonio. Las tropas, traumatizadas por la creciente violencia y sintiéndose constantemente sitiadas, estaban cada vez más nerviosas, matando a más y más civiles iraquíes en encuentros accidentales. Otros se hicieron tan insensibles e inmunes al asesinato que disparaban deliberadamente contra civiles iraquíes para que otros soldados les fotografiaran. Terminaron en la corte marcial. Los cuerpos se empezaron a apilar en un momento en que la guerra estaba marchando terriblemente mal.
Los cargos contra los infantes acusados por la masacre de Haditha fueron retirados, uno de ellos fue absuelto, y el último caso pendiente contra un marine debe ir a juicio el próximo año.
Esa sensación de impunidad estadounidense finalmente envenenó toda posibilidad de que las fuerzas estadounidenses pudieran permanecer en Iraq, porque los iraquíes no les dejarían permanecer sin que se les pudiera someter a las leyes y tribunales iraquíes, una condición que la Casa Blanca no aceptó.
Informado sobre los documentos encontrados, el coronel Barry Johnson, portavoz de las fuerzas armadas estadounidenses en Iraq, dijo que muchos de los documentos eran secretos y debían haber sido destruidos. “Pese al modo en que fueron inadecuadamente desechados y llegaron a estar en su posesión, no podemos comentar sobre información secreta”, dijo.
Agregó: “Consideramos toda infracción de información clasificada como un asunto extremadamente grave. En este caso, los documentos están siendo evaluados para determinar si se requiere una investigación”. El militar dijo que no sabía a qué investigación pertenecían esos documentos, pero parecen provenir de una pesquisa del general Eldon Bargewell sobre los acontecimientos en Haditha. Finalmente los documentos condujeron a un informe que concluyó que la cadena de mando del Cuerpo de Infantería de Marina era culpable de “negligencia deliberada” por no investigar el episodio y que los comandantes de los marines fueron demasiado lejos al tolerar las bajas civiles. Sin embargo, ese informe no incluyó las transcripciones.

Bajo Presión
Muchos de los que declararon en las bases en Iraq y en Estados Unidos estaban claramente siendo investigados por no investigar una atrocidad y pueden haber tratado de modificar sus declaraciones para disipar toda sospecha de que pueden haber tratado de encubrir los acontecimientos. Pero las versiones también muestran la desesperación de los marines a medida que luchaban por controlar un país desconocido y sus habitantes en lo que equivalía a un permanente estado de sitio impuesto por los combatientes que eran casi indistinguibles de los civiles.
Algunos, sintiendo que estaban constantemente bajo ataque, decidieron disparar primero y hacer preguntas después. Si los marines  eran atacados desde un edificio, a menudo lo destruían completamente. Los conductores que se acercaban a los puestos de control sin parar eran considerados terroristas suicidas.
“Cuando un coche no para y cruza la ´cuerda del gatillo´, los marines disparan, sí señor, y muere gente en el coche que no tiene nada que ver con nada”, declaró el sargento mayor Edward T. Sax, suboficial del batallón.
Agregó: “He visto a marines disparar contra niños en un coche, y los he tratado individualmente, uno a uno, porque no les era fácil procesar lo que habían hecho”.
El sargento mayor Sax dijo que preguntaba al infante responsable si sabían que había niños en el coche. Cuando decían no, les reconfortaba diciendo que no tenían la culpa. Dijo que lo sentía por los marines que sí habían disparado, porque eran una carga que llevarían toda la vida.
“Una cosa es matar a un subversivo en un enfrentamiento frontal”, declaró el sargento mayor Sax. “Otra cosa es –y odio tener que decirlo, porque nos criamos en Estados Unidos- es herir a una mujer o a un niño o, peor todavía, matar a una mujer o a un niño”.
No podían entender por qué tantos iraquíes no paraban en los puestos de control y especulaban que era debido al analfabetismo o a la mala vista.
“No usan gafas y esas cosas”, dijo el coronel John Ledoux. “Realmente asombra, porque algunas cosas las seguían haciendo de todos modos. Sabes, es difícil imaginar que siguieran haciéndolo, pero a veces simplemente eso es lo que hacían”.
Ese era el panorama en 2005, cuando los marines de la Compañía K del Tercer Batallón, Primer Regimiento de Infantería de Marina de Camp Pendleton, California, llegaron a la provincia de Anbar, donde está Haditha, muchos de ellos en su segundo o tercer despliegue en Iraq.
La provincia se había convertido en un bastión de los marginados suníes y combatientes extranjeros que querían expulsar a Estados Unidos de Iraq, o simplemente matar tantos estadounidenses como pudieran. De las 4.483 bajas estadounidenses por muerte en Iraq, 1.335 ocurrieron en Anbar.
En 2004, cuatro contratistas de Blackwater fueron asesinados y sus cadáveres arrastrados por las calles de Faluya, sus cuerpos quemados y colgados en un puente sobre el río Éufrates. Días después, tropas norteamericanas entraron a la ciudad y el caos se desató en la provincia de Anbar durante los siguientes dos años cuando los estadounidenses trataron de terminar con la resistencia.
El estrés del combate se hizo sentir pronto. Un asesor jurídico de la unidad de marines dejó de tomar los medicamentos contra su trastorno de obsesión compulsiva y dejó de funcionar.
“Uno de los marines se hacía fotografiar disparando contra la gente”, declaró el coronel R. Kelly, diciendo que ellos inmediatamente llamaron al Servicio de Investigaciones Criminales de la Marina y “confiscaron su pequeña cámara”. Dijo que los soldados implicados fueron juzgados por una corte marcial.
Todo esto preparó las condiciones para lo que ocurriría en Haditha el 19 de noviembre de 2005.

La Tragedia
Esa mañana, un convoy militar de cuatro vehículos se dirigía a un puesto de avanzada en Haditha cuando uno de los blindados fue impactado por una bomba a orillas de la carretera.
Varios marines descendieron de sus vehículos para socorrer a los heridos, incluyendo a uno que finalmente murió, mientras los otros buscaban a los combatientes que habían colocado la bomba. A las pocas horas –incluyendo a un hombre de 76 años y a niños de edades entre los tres y los quince años- yacían asesinados veinticuatro iraquíes, muchos de ellos en el interior de sus propios hogares.
Los vecinos de la ciudad dijeron que los marines habían exagerado su reacción al ataque y dispararon contra civiles, de los cuales sólo uno estaba armado. Los marines dijeron que pensaban que estaban siendo atacados.
Cuando llegaron los primeros informes diciendo que más de veinte civiles habían sido ultimados en Haditha, los marines que los recibieron dijeron que no les sorprendía la exorbitante cantidad de bajas civiles.
El primer suboficial especialista, K.R. Norwood, que recibió informes de terreno el día de los asesinatos e informó sobre ellos a los comandantes, declaró que veinte civiles muertos no era algo inusual.
“Quiero decir, no era algo extraordinario, basándome en lo que ocurría en la zona, yo no diría que era algo fuera de lo común”, dijo Norwood. “Y esa es simplemente mi definición. No es que yo crea que una vida no vale la pena, es simplemente que…”
Un investigador le preguntó al suboficial: “Uso la palabra extraordinario o digno de mención en el sentido de algo que pueda haber llamado tanto su atención como para haber determinado inmediatamente que necesitaba tener más información sobre esos incidentes. Esas son un montón de bajas”.
“No en esos momentos, señor”, declaró el suboficial.
El general Johnson, comandante de las tropas estadounidenses en la provincia de Anbar, dijo que no se sintió obligado a revisar los acontecimientos porque formaban parte de un patrón habitual en cuanto a las muertes civiles.
“Pasaba todo el tiempo, no necesariamente en WNF-West. Ocurría en todo el país”, declaró el general Johnson, usando una abreviatura militar para referirse a las tropas aliadas en el occidente de Iraq.
“Así que, sabe, quizás –supongo que si hubiese estado allá en Quantico y hubiese oído sobre el asesinato de quince civiles, me habría asombrado y consternado- habría hecho más que simplemente mirar”, declaró, refiriéndose a la Base Quantico del Cuerpo de Infantería de Marina en Virginia. “Pero en ese momento, creí que había ocurrido, por alguna razón, como parte de un enfrentamiento y creí que era simplemente el coste de hacer las cosas en esa situación en particular”.
Cuando llegaron los marines para contar los muertos, al menos un marine pensó que era una buena ocasión para tomar fotografías para su álbum personal.
“Yo sabía que había un marine tomando fotos simplemente por tomar fotos y le dije que borrara todas esas fotos”, declaró un teniente primero identificado como M.D. Frank.
Los documentos hallados por Times –entre los cuales se incluyen notas manuscritas de soldados, renuncias de marines a su derecho contra la auto-incriminación, diagramas de donde fueron encontrados los cadáveres de mujeres y niños, y fotos del sitio donde murió el marine –tras la explosión de una bomba improvisada a orillas de la carretera el día de la masacre- siguen siendo secretos.
En una reunión con periodistas en octubre, antes de que las fuerzas armadas fueran informadas del hallazgo de los documentos, el comandante estadounidense a cargo de la logística de la retirada dijo que los documentos de las bases eran trasladados a otros recintos militares o eran incinerados.
“No echamos a la basura documentos oficiales”, dijo el comandante, el general de división Thomas Richardson, en la reunión con la embajada norteamericana en Bagdad.
Los documentos fueron amontonados en caravanas militares y trasladados a un depósito de chatarra por un contratista iraquí que estaba tratando de vender los excedentes de las bases estadounidenses, dijo el guarda del depósito. El empleado dijo que no tenía ni idea de sobre qué trataban esos documentos, sólo que eran importantes para los estadounidenses.
Dijo que en el curso de varias semanas había quemado decenas y decenas de carpetas, convirtiendo en cenizas otras historias desconocidas de la guerra.
“¿Qué podemos hacer con ellos?”, dijo el encargado. “Estas cosas no tienen ningún valor para nosotros, pero entendemos que son importantes y es mejor quemarlos para proteger a los estadounidenses. Si se marchan quiere decir que su trabajo aquí terminó”.
[Yasir Ghazi contribuyó al reportaje.]
[Foto viene del blog Últimas Noticias Press.]
22 de diciembre de 2011
14 de diciembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

 

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