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[Alina Simone] [¿Quieres volver a empezar? Cámbiate de nombre.]

En junio, mi banda tocó en una fiesta en una boutique del Lower East Side especializada en grilletes de lana y túnicas transparentes. Unas semanas después, estábamos tocando en Brooklyn cuando un hombre se acercó a mí y me dijo: “Quizá le pueda interesar saber que una amiga que llevé a su último concierto se cambió de nombre y ahora se llama Alina Simone”.
Me reí y dije algo así como: “Bueno, espero que le vaya bien”, pero la noticia fue una extraña revelación.Hace doce años me cambié el nombre por Alina Simone. (Me llamé Alina Vilenkin hasta que remplacé el apellido de mi padre por el de mi madre). Así que sé que cuando una persona cambia su nombre, hay un muerto que se queda en el clóset. Cuando pienso en mí misma como era entonces, pienso en una persona completamente diferente, no siempre simpática, cuya característica singular era la crónica incapacidad de terminar cualquier cosa que empezara. Entonces, yo adoptaba y abandonaba proyectos con gran regularidad, siempre cuidadosa de evitar el aterrador terreno donde yacen mis verdaderas ambiciones.
Luego me cambié el nombre y eso me cambió. En mi nueva encarnación como Alina Simone, yo no tenía reputación, ni historia de expectativas frustradas, nada que perder. Empecé a cantar; formé una banda. Puse lo mejor de mí misma en mi nuevo nombre.
Me preguntaba si la nueva Alina Simone haría lo mismo. Empecé a contar la historia de Alina Simone a mis amigos. Las reacciones estuvieron entre divertidas y horrorizadas.
“¿Está estacionada al frente en una furgoneta blanca, espiando tu departamento?”
“Vas a tener que empezar a llamarte ‘Alina Simone Classic’, como la Coca-Cola”.
“Ja, ja”, decía yo, sintiéndome un poco a la defensiva sobre la otra Alina Simone.
A medida que pasaba el tiempo, me sorprendí pensando más en ella. ¿Quién era la mujer que entró a mi programa esa noche? ¿Y quién era la mujer que se marchó en su lugar? Decidí encontrarla. Con la ayuda de un amigo común, me contacté con un tío que se había acercado a mí en Brooklyn, y nos puso en contacto de inmediato. Hace unas semanas, Alina Simone y yo tomamos café juntas.
Al entrar a la cafetería, tuve un flashback de una escena de ‘Ser como John Malkovic’ [Being John Malkovich]. John Malkovich entra a un restaurante y es escoltado hacia la mesa donde hay otro John Malkovic esperando. Abre el menú para descubrir que todos los platos se llaman “Malkovich”. Quizá estaba Cameron Díaz acurrucada en un túnel, mirando a través de un hoyo en mi cabeza.
Alina Simone era rubia, esbelta, brasileña y abogado de un bufete en el centro. No se había cambiado ni su primer nombre de pila ni su apellido, sino más bien sus nombres en el medio, conservando su nombre de soltera y su apellido. Me dijo que legalizaría el cambio en enero, pero que su familia y sus amigos ya la llamaban Alina, y así es como la llamé yo también.
Si había abrigado alguna esperanza de que el cambio tuviese algo que ver conmigo –digamos, con el formidable poder de mi actuación-, ahora estaba hecha añicos. Ella ya había pensado cambiar de vida y ya estaba buscando un nuevo nombre cuando vino a mi programa, y a ella le gustó el mío antes de que yo abriera la boca.
“Siempre me gustó el sonido de Nina Simone”, agregó, doblando el cuchillo.
Había tenido, para decirlo suavemente, un año tumultuoso.
En enero, Alina despertó de una siesta, entró a la cocina y pilló a su marido hablando por Skype con una mujer. Él apagó el ordenador tan pronto como ella entró en la habitación.
“Negocios”, dijo.
Ante lo que replicó: ¡Es sábado en la mañana!”
Esa noche, él sugirió terminar su matrimonio de once años. Su vida se vino abajo en el lapso de un día.
Pero incluso mientras describía el periodo más oscuro de su vida, recordé que a menos que seas una ingresada reciente a un programa de protección de testigos, cambiar de nombre es, en lo esencial, un gesto esperanzador. Como saben todos lo que se han mudado a Nueva York desde algún otro lugar, el anonimato te da coraje. Cuando yo me convertí en Alina Simone, también me convertí en cantante. Cuando su marido la dejó, ella no sabía quién era; en realidad, nunca había estado sola.
Pero en los últimos meses, se había mudado a un nuevo departamento,  en el que se sentía muy a gusto, empezó a trabajar como voluntaria en una obra benéfica y había corrido en la Maratón de Nueva York, en cuatro horas y cuarenta segundos. “Corrí derecho por toda mi vida”, me dijo. “Pasé frente al viejo condominio en Brooklyn, donde viví con mi marido, y frente a mi nueva casa en Manhattan”. También se había convertido en ciudadana estadounidense. “Eso fue mi nuevo cumpleaños”, me dije. “Así nació Alina Simone”.
Antes de partir, nos sacamos una foto junto al árbol de Navidad de la cafetería. Pensando en la historia de Alina, no puedo sino sorprenderme de lo rápido que puede cambiar una vida. En la mañana estás casada; en la tarde, ya no lo estás. No hay modo de saber antes de tiempo lo fuerte que eres, que eres capaz de empezar de nuevo –el mecanismo de supervivencia es un aparato totalmente oculto.
Fue solo en el tren de vuelta a Brooklyn que me di cuenta de que había olvidado el único consejo que podía darle –de una Alina Simone a otra- en el arte de la reinvención. Cuando la gente pregunte si acaso tomaste de prestado el nombre de Nina Simone, diles que naciste como Eunice Waymon.
[La autora es cantante y autora de la antología de ensayos ‘You Must Go and Win’.]
8 de enero de 2012
27 de diciembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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