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[Y las confesiones de terrorismo en un guión.]

[Jack Healy] Bagdad, Irak. Las cámaras estaban rodando y los periodistas ya estaban en el auditorio, así que el agente de policía iraquí dio la señal: traigan a los prisioneros. Arrastrando los pies entraron veintiún hombres acusados de terrorismo y asesinatos, las manos esposadas, con la mirada en el suelo. Este no era un día en tribunales. Hoy debían reunirse con la prensa.Los detenidos acusados de terrorismo son a menudo mostrados a la prensa y a las cámaras en Iraq.
“Levanten la cara”, ordenó un policía, cuando se apretujaban los fotógrafos.
Contra las objeciones de diplomáticos y activistas de derechos humanos occidentales, las fuerzas de seguridad de Iraq recurren cada vez más frecuentemente al uso de las frecuencias de radio con dramáticas demostraciones de cómo están reprimiendo el terrorismo, utilizando a los detenidos –en su mayoría, hombres suníes- como telón de fondo de discursos y confesiones transmitidas por el canal estatal.
Para los funcionarios iraquíes, las exhibiciones de prisioneros son una especie de vuelta de la victoria, ofreciendo un duro rechazo de las acusaciones de que la policía y el ejército están fracasando en sus intentos de ahogar la todavía letal resistencia.
Pero para muchos occidentales, los rituales son incendiarios e incluso ilegales, síntomas de un poder judicial teñido políticamente que todavía depende de confesiones, muchas obtenidas ilegalmente, tanto como en evidencias físicas, pese a los millones de dólares gastados en ayuda norteamericana y programas de capacitación jurídica.
Las exhibiciones de prisioneros están también agudizando las tensiones políticas y religiosas que empujaron al gobierno de Iraq al caos inmediatamente después del retiro de las tropas estadounidenses en diciembre. Cuando funcionarios del gobierno predominantemente chií anunciaron que había una orden de captura contra el vicepresidente suní, Tariq al-Hashimi, mostraron confesiones grabadas en video de tres guardaespaldas que acusaron a Hashimi de dirigir personalmente un escuadrón de la muerte contra agentes de policía y rivales políticos.
Las autoridades iraquíes dijeron que las confesiones eran una prueba de la culpabilidad de Hashimi. Pero políticos suníes lo ven como un ataque utilizando los medios de prensa estatales para desacreditar y derrocar a un importante político suní. Funcionarios estadounidenses y diplomáticos occidentales en Bagdad se estremecieron cuando vieron las confesiones en televisión nacional.
“Hacer desfilar a personas acusadas de delitos en televisión o transmitir confesiones es una violación del debido proceso”, dijo un experto occidental que ha tocado el tema con funcionarios iraquíes. “También socava la dignidad humana básica y respeto por el proceso de justicia”.
Juristas dijeron que las estrategias mediáticas del gobierno podrían violar tratados internacional firmados por Iraq, que definen derechos básicos de los acusados en un proceso criminal.
“Los ponen en contravención de sus obligaciones internacionales y en violación de derechos protegidos por la Constitución”, dijo el experto occidental, que pidió conservar el anonimato para evitar polémicas con el gobierno iraquí.
Incluso algunos partidarios del primer ministro Nuri Kamal al-Maliki criticaron la decisión de mostrar las confesiones en video de los guardaespaldas de Hashimi.
Funcionarios judiciales iraquíes se retiraron de una rueda de prensa que había sido convocada por las fuerzas de seguridad para anunciar la orden de detención porque los funcionarios querían mantener las confesiones fuera de circulación. Ibrahim al-Sumaidaie, analista político cercano a Malikim dijo que la transmisión de las confesiones violaba las reglas del debido proceso de la Constitución de Iraq y hacía recordar la manera en que Sadam Husein manipulaba a los medios de prensa para acobardar a sus enemigos y denunciar interminables conspiraciones contra su gobierno.
“Es un crimen mostrarlo por televisión”, dijo Sumaidaei. “Es una vergüenza, y es el legado del ex dictador. Estas confesiones podrían volver a dividir a la gente entre chiíes y suníes. ¿A quién le conviene?”
Pero funcionarios iraquíes desestimaron esas críticas. En un país donde las teorías conspirativas son pan de cada día, las confesiones e imágenes de prisioneros encadenados ofrecen convincentes evidencias de que los funcionarios iraquíes están cazando criminales.
“Si decimos que capturamos al jefe de al Qaeda, ¿quién nos creería?”, dijo el general Adel Daham, funcionario del ministerio del Interior. “Esto es para mostrar nuestra credibilidad. Estamos seguros de que estamos haciendo lo correcto”.
Iraq es difícilmente el único país en hacer un espectáculo público de sospechosos acusados de actividades criminales. Funcionarios mexicanos convocan ruedas de prensa regulares en las que agentes uniformados de la policía federal custodian a miembros aprendidos de carteles de la droga y escuadrones de la muerte.
Estados Unidos, “el paseo” es bastante común como para merecer su propia página en Wikipedia. La práctica fue recientemente investigada en junio después de que Dominique Strauss-Kahn, el director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, fuera arrestado en Nueva York por cargos de agresión sexual, cargos que fueron más tarde desechados. Muchos de sus compatriotas en Francia se indignaron por las imágenes de Strauss-Kahn, sin afeitar y con el ceño fruncido, cuando es conducido esposado por un puñado de fotógrafos. Algunos lo llamaron linchamiento a manos de la presa.
Para normas iraquíes, ese tratamiento es liviano. En el verano pasado, funcionarios de la seguridad iraquí llevaron a dos acusados a la escena de una masacre en los pantanos al norte de Bagdad y le dijeron a los hombres que volvieran a contar cómo hace algunos años hicieron formar a varios chiíes junto a un río y les dispararon. Sus versiones de los asesinatos fueron transmitidas en el canal de televisión del estado, Iraqiya.
En septiembre de 2010, el Ministerio del Interior, que controla una fuerza de policía de seiscientos mil miembros, convocó a una rueda de prensa para anunciar que sus agentes habían desbaratado una organización de ladrones que usaban las ganancias para financiar el terrorismo. En una mesa cubierta por un mantel de encaje blanco, los funcionarios depositaron armas, silenciadores y joyas de oro robadas.
Detenidos encadenados fueron formados contra una muralla, mirando hacia el suelo mientras los funcionarios describían sus delitos. En un momento en un video de la rueda de prensa, un agente de policía le pegó a un sospechoso en el pecho para obligarlo a mostrarse ante las cámaras.
Y en una memorable rueda de prensa este noviembre, autoridades iraquíes hicieron entrar a dos docenas de acusados de terrorismo en un auditorio con decenas de viudas y huérfanos llorando. Adnan al-Asadi, ministro del Interior interino, contó en detalle los asesinatos atribuidos a los hombres, pero la escena se llenó pronto de gritos.
Mientras las cámaras rodaban, mujeres vestidas de negro, mostrando fotografías de sus maridos, hermanos e hijos asesinados, pidieron que los acusados fueran ejecutados. Los niños lloraban y gritaban. Algunos lanzaron sus zapatos y gritaron insultos. Los acusados guardaron silencio.
Más tarde funcionarios iraquíes admitieron que ese día no habían podido controlar las cosas, pero Asadi dijo que era importante que el público viera las caras y oyera las confesiones de los militantes y criminales que habían atacado a iraquíes.
Organizaciones de derechos humanos han denunciado los abundantes problemas con el turbio poder judicial iraquí. Los sospechosos pueden ser detenidos durante semanas y hasta meses, a veces en secreto, a menudo sin ningún cargo formal. Los fallos son anunciados antes de que los familiares se enteren de que hubo un juicio. Últimamente, las confesiones televisadas y las formaciones pueden ser la única vez que los iraquíes ven u oyen de estos acusados.
“Queremos mostrar al pueblo iraquí  cómo cometieron esos crímenes, lo peligrosos que son y cómo afectan el proceso político”, dijo Asadi. “Así que, el mundo verá”.
[Yasir Ghazi contribuyó al reportaje.]
8 de enero de 2012
7 de enero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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