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[Huntsville, Texas, Estados Unidos] [Las sepulturas de reos: un toque de gentileza en un sistema punitivo.]

[Manny Fernández] Kenneth Wayne Davis murió a los 54, no tanto como hombre, sino como número: 327320. Davis fue imputado, condenado, sentenciado y encarcelado por homicidio por el estado de Texas por haberle quitado la vida a alguien el 19 de noviembre de 1977. Pero cuando murió en noviembre de 2011, Texas era su único amigo. Su familia no reclamó su cuerpo, así que el estado pagó por su sepultura.Una fría mañana en esta ciudad al este de Texas, un grupo de reos agachaba la cabeza mientras el capellán de la prisión dirigía una oración por Davis, cuyo ataúd de metal negro con asas plateadas reposaba sobre una plancha de madera sobre la tumba que los reos habían excavado para él. Con sus gafas de sol, botas de trabajo y uniformes blancos manchados, podían parecer pintores sino fuera por su aire solemne, con sus gorras y guantes en las manos unidas.
Eran los sepultureros de Davis, pero también sus deudos. Nadie que conoció a Davis se dio la molestia de asistir a su funeral, así que quedó para Damon Gibson, que está cumpliendo catorce años por robo, y el resto del personal de la cárcel, guardar silencio junto a la tumba de un hombre al que no conocían. Luego Gibson y los otros se pusieron los guantes y descendieron el ataúd hasta el suelo utilizando largas correas, brindándole descanso eterno en el único lugar en Texas donde los asesinos y otros condenados cuyos cuerpos no son reclamados por nadie, pueden ser enterrados, recordados y, aunque fuese por unos momentos, honrados.
Hoy, el funeral de Davis fue uno de los siete celebrados en el Cementerio Capitán Joe Byrd, el cementerio penitenciario más grande del país, nueve hectáreas donde yacen miles de reos que fueron ejecutados o que murieron durante su cautiverio. Después de su muerte, ninguno de ellos fue reclamado por sus familiares, aunque el cementerio no es una miserable fosa común. Es un tranquilo oasis verde en una colina cerca del campus de la Universidad Sam Houston, con hileras de pequeñas cruces y lápidas, en el centro del cual se erige un pozo decorativo de ladrillos y un altar blanco con una cruz. Los reos pasaron sus últimos años de vida custodiados por hombres armados, detrás de barrotes y alambre de púa, pero no hay vallas aquí en Bowers Boulevard, y nadie vigila.
Cuando caminas por la colina debajo de los pinos, pasando entre hileras de cientos de cruces blancas y lápidas idénticas, pensarías que estás en Cementerio Nacional de Arlington. Pero si Arlington es para los héroes, el cementerio Byrd es para los malos.
La cruz de cemento que marca la tumba de Duane Howk lleva su nombre, el número de reo y la fecha de su muerte en junio de 2010, pero no dice nada sobre el delito por el cual fue condenado a prisión perpetua –asalto sexual agravado contra un niño. El asesino en serie Kenneth Allen McDuff, ejecutado en 1998 por estrangular con una cuerda a una mujer embarazada madre de dos hijos, se había hecho famoso por ser el único reo en la historia de Estados Unidos en ser liberado del corredor de la muerte para volver años después nuevamente por homicidio, pero yace debajo de una cruz sin nombre con el número 999055.
La agencia de prisiones del estado, el Departamento de Justicia Criminal de Texas, ha sido el administrador del cementerio desde que fueran enterrados los primeros reos aquí a mediados del siglo diecinueve, manteniéndolo y dirigiéndolo en sus últimas décadas con tanto cuidado y respeto como lo haría cualquier institución religiosa.
Un equipo de reos de la cercana prisión Walls Unit limpia el terreno, sega la hierba y recorta los árboles cuatro días a la semana. Los reos cavan las tumbas con una retroexcavadora y palas, sirven como portadores de féretros y tallan a mano los nombres en las lápidas, usando esténciles de metal y pintura negra. El cementerio fue bautizado así en homenaje a un subalcaide de Walls Unit que ayudó a limpiar y restaurar el cementerio en los años sesenta e incluso hoy, el alcaide o alguno de sus subalternos asiste a cada funeral.
“Es importante, porque son personas”, dijo el alcaide, James Jones. “Por supuesto cometieron crímenes y tenían que cumplir su tiempo en la cárcel, y desgraciadamente murieron en la cárcel, pero siguen siendo seres humanos”.
En un estado conocido por ser severo con los delincuentes, donde los funcionarios eliminaron hace poco las peticiones de última cena en el corredor de la muerte, el cementerio Byrd ha sido un contrapunto poco conocido de la mitología del sistema penal de Texas. A un kilómetro y medio de Walls Unit, que alberga la cámara de ejecución del estado, cerca de cien reos son enterrados cada año en ceremonias en las que el estado gasta considerable tiempo y dinero. Cada funeral cuesta a Texas unos dos mil dólares. A menudo, como en el caso de Davis, no asiste ningún familiar del difunto, y los únicos presentes son funcionarios de la prisión y reos empleados.
Aunque los que están enterrados aquí no fueron reclamados por sus familias, muchos familiares no pudieron reclamar los cuerpos porque no podían pagar los gastos de un funeral y querían que esos costes fueran pagados por el servicio penitenciario. Los mismos parientes que no reclamaron el cuerpo, viajarán entonces a Huntsville para asistir al servicio pagado por el estado en el cementerio.
“Creo que todos asumen que si estás en el cementerio de una cárcel, que eres lo peor de lo peor”, dijo Franklin T. Wilson, profesor asistente de criminología en la Universidad de Indiana que está escribiendo un libro sobre el cementerio. “Pero es más un reflejo de tu condición socio-económica. Esto tiene más que ver con que si estás enterrado aquí, es porque eres pobre”.
Funcionarios de la prisión han verificado la identidad de 2.100 reos que están sepultados en el cementerio, pero pudiera haber tumbas adicionales. El profesor Wilson fotografió hace poco todas las lápidas y calculó que debía haber más de tres mil tumbas.
De cierto modo, el cementerio y los funerales realizados allá carecen de precisión y formalidad. Los ataúdes son transportados desde el altar en el centro del cementerio hasta la sepultura en un remolque enganchado a la parte de atrás de un tractor John Deere verde. En algunas lápidas  y marcadores hay errores ortográficos. Los familiares han llevado estéreos portátiles para tocar música durante los funerales, que resuenan con las canciones rap de ‘Hell´s Bells’, de AC/CD. La mayoría de los días, después de que el equipo de reos vuelve a la prisión, sólo un puñado tiene flores.
“Acá hay tipos que murieron en la cárcel y fueron enterrados aquí y habría sido diferente que estuvieran enterrados en otra parte, incluso aunque se tratara de una pequeña comunidad en alguna parte”, dijo Jim Willett, director del cercano Museo de la Cárcel de Texas y alcaide retirado de Walls Unit que asistió a casi doscientos servicios funerarios. “Estos tíos no echaron a perder sus vidas. Fueron sus familias y otras familias las que se enredaron por algo que hicieron y terminaron así”.
El día del entierro de Davis, tres funerales contaron con la asistencia de familiares, y otros cuatro no. Vándalos habían entrado al cementerio e incendiado una enorme pila de matorrales, llenando de humo el aire de la mañana. Ni Gibson ni los reos empleados conocían a los hombres que estaban enterrando. “Me ha hecho una mejor persona”, dijo Gibson, 38, padre de dos hijos, de Houston. “Me ha hecho pensar en las cosas que he hecho. No quiero ser esto”.
Dos de los siete reos enterrados aquí, incluyendo a Davis, estaban cumpliendo prisión perpetua por asesinatos, y los otros, cuando murieron estaban encarcelados por conducir en estado de ebriedad, robo, agresión, asalto sexual infantil o invasión de morada. Davis pasó casi 34 de sus 54 años tras las rejas. En la tierra en Huntsville, finalmente se liberó del uniforme de la cárcel. La funeraria que se encarga de los funerales de los reos le puso pantalones oscuros, camisa blanca y corbata.
11 de enero de 2012
4 de enero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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