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[Kabul, Afganistán] [Las penurias estacionales no son nada nuevo para los afganos, pero una combinación de factores está haciendo que este invierno sea más duro de sobrellevar a medida que las personas desplazadas por la guerra buscan refugio en Kabul.]

[Laura King] En la grisácea luz del amanecer de cada fría mañana, los padres de Shoaib, de diez meses, dejan de respirar para poder escuchar su jadeo, esperando ver si su bebé, afiebrado y con tos, ha sobrevivido otra noche.El gélido invierno se ha instalado en la capital afgana y, con él, se acentúan las penurias, especialmente entre los pobres de la ciudad. Las temperaturas nocturnas caen por debajo de los diez grados, o incluso menos. Ya cayó la primera nevazón de la temporada, las acequias de desagüe abiertas están tapadas por el hielo, y en villas miseria como en la que vive la familia de Shoaib, la supervivencia es una serie de cálculos cruelmente simples.
“Si compro comida, no puedo comprar leña. Y si compro leña, no puedo comprar comida”, dijo el padre de Shoaib, Faida Mohammed, un jornalero de cuarenta años que vive con su familia de doce miembros en un cobertizo de dos habitaciones junto a una de las rotondas más concurridas de Kabul. “Y si almorzamos, no podemos cenar. Si cenamos, no hay nada para desayunar en la mañana. Tienes que estar eligiendo todo el tiempo”.
Las penurias estacionales no son nada nuevo para los afganos, pero una combinación de factores está haciendo que este invierno sea más duro de sobrellevar. El número de refugiados de otras partes del país, conocidos como personas desplazadas internamente, ha crecido terriblemente y se los calcula en medio millón. Muchos terminan en la capital después de huir del conflicto en otros lugares, y levantan sus casas en barriadas improvisadas que las autoridades llaman eufemísticamente “campamentos”.
Parwan Du, donde vive la familia de Shoaib, empezó como unas pocas tiendas de campaña en un espacio abierto. Algunos usaron murallas de adobe desmoronadas como soporte de endebles refugios hechos de láminas de plástico y contrachapado. Ahora alberga a cerca de 230 personas, algunas de las cuales llevan años en el lugar.
Con una población urbana de la que se piensa que se ha triplicado a cuatro millones durante esta década de guerra, los pocos servicios que se ofrecen son mínimos. El suministro eléctrico es inestable; los baches en las calles son prácticamente intransitables cuando la nieve recién caída se convierte en hielo derretido y luego en un lodo pegajoso antes de que el ciclo vuelva a empezar. Los precios de los alimentos básicos, tales como aceite de cocina, se han disparado últimamente, empujados en parte por un bloqueo de la frontera paquistaní, impuesto después de que un bombardeo aéreo norteamericano en noviembre matara (accidentalmente) a veinticuatro soldados paquistaníes.
Mientras la gente busca combustible, los pocos árboles de la ciudad están despojados furtivamente de las ramas bajas. Un día hace poco pocos se volvieron a mirar a un hombre andrajoso acarreando una rama de árbol hallada en la basura tres veces más grande que él por una avenida de ajetreado tráfico, sus hojas marchitas desapareciendo velozmente debajo de las ruedas de los coches. El humo de leña y fogatas de carbón usados por la mayoría de las familias para calentar las casas envuelve a la capital en una acre neblina marrón.
En una ciudad donde gran parte de la vida pública ocurre al aire libre, el frío da a muchos transeúntes mala cara y un aspecto encorvado, especialmente cuando cae el crepúsculo. Los vendedores ambulantes y vagabundos se reúnen en torno a humeantes fuegos de basura en barriles de metal. Perros callejeros buscan sobras, metiendo el morro en la nieve.
La Autoridad Meteorológica de Afganistán dice que este invierno no ha producido bajas históricas, pero pronostica que será más frío que el anterior. Durante el régimen talibán, los archivos de la agencia de la mayor parte del siglo pasado fueron destruidos, porque una organización fundamentalista islámica consideraba la meteorología como una suerte de brujería.
Con las bajas temperaturas, la ayuda de invierno se ha convertido en crucial. A fines del mes pasado, la agencia para los refugiados de Naciones Unidas distribuyó mantas, láminas de plástico, ropa de invierno y combustible entre unas trescientas familias en Deh Sabz, un barrio pobre de Kabul. Pero la demanda supera de lejos el abastecimiento, dijeron socorristas.
“Estamos ayudando a los más desesperados que podamos encontrar”, dijo Mohammad Nader Farhad, portavoz de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. “Hay muchos, muchos otros que también están sufriendo”.
Pese a los miles de millones de dólares en ayuda internacional durante la última década, la pobreza urbana se está afianzando en todo Afganistán, dicen socorristas. El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, que normalmente destina gran parte de sus esfuerzos al campo, lanzó hace poco un sistema de vales de comida en Kabul, otorgando a casi diecinueve mil familias pobres cerca de veinticinco dólares al mes para la compra de la canasta básica.
Las familias rurales, con estrechos lazos familiares y la capacidad de trabajar en agricultura de subsistencia, a veces sobreviven mucho mejor que sus primos en la ciudad.
“En casa, en nuestro pueblo, nos ayudábamos todos si pasábamos hambre o frío”, dijo Faida Mohammed, padre en Parwan Du. “Pero aquí, si visito a mis parientes o amigos cercanos y les pido un poco de leña, se quedan callados, y luego me dicen: “Hermano, no tenga nada que pueda darte”.
En la interminable lucha por mantenerse abrigado produce a veces resultados fatales. Funcionarios de la sobreextendida compañía de bomberos de Kabul dicen que el 95 por ciento de las llamadas de emergencia tienen que ver con incendios en casas, que son a menudo el resultado de cableados defectuosos o mantas colgadas –para aislar- demasiado cerca de una llama abierta.
En muchos hogares pobres la única fuente de calor es un brasero llamado sandali, usado a menudo con un edredón colgado en un marco de madera que guarda su escaso calor, pero también las peligrosas emanaciones del carbón, que son potencialmente mortales.
El coronel Yar Mohammed, el jefe de bomberos interino de Kabul, dijo que los cilindros agujereados de gas natural usados para cocinar y calentar, representan un peligro particular. En una casa, recordó, una reciente explosión de gas que mató a varios miembros de una familia fue tan fuerte que los espantados vecinos llamaron a la policía para informar que la casa de al lado había sido impactada por un proyectil.
“Con toda la gente que muere en la guerra, es terrible ver que muera más gente en accidentes evitables como esto”, dijo.
Pero la mayoría de las muertes en invierno son algo más tranquilas. En Parwan Du, donde la enfermedad acecha prácticamente en todos los endebles cobertizos, los padres de Shoaib se asustaron terriblemente cuando el bebé de una vecina muriera una noche la semana anterior. Los niños andan descalzos, durmiendo a veces a la luz del débil sol invernal cuando el frío de la noche anterior hizo imposible dormir. El único alimento que había en casa era una bolsa de plástico con pan duro, que habían mendigado en un restaurante cercano.
“Esperamos que el gobierno nos ayude algún día”, dijo la matriarca de la familia, la madre viuda de 69 años de Faida Mohammed, Zeliha. “Pero en estos días pensamos que la única ayuda provendrá de Dios”.
21 de enero de 2012
9 de enero de 2012
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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