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[Paul Krugman] [Lo más irritante de toda esta tragedia es que era completamente innecesaria. Hace medio siglo, cualquier economista te pudo haber dicho que enfrentarse a la depresión con austeridad era una mala idea.]

La semana pasada el Instituto Nacional de Investigaciones Socio-Económicas, un laboratorio ideológico británico, difundió un sorprendente mapa comparando la depresión actual con recesiones y recuperaciones pasadas. Resulta que en una importante medición –los cambios en el producto interno bruto desde que empezara la recesión- Gran Bretaña tiene peores puntajes que durante la Gran Depresión. En cuatro años de Depresión, el producto interno bruto británico había recuperado su nivel más alto previo; cuatro años después de que empezara la Gran Depresión, Gran Bretaña no está para nada cerca de recuperar el terreno perdido.
Tampoco es el caso británico, único. Italia también lo hace peor que en los años treinta –y con España encaminada hacia una recesión secundaria, lo que convierte a tres de las cinco grandes economías de Europa en miembros del club de los peores. Sí, hay algunas salvedades y complicaciones. Pero, sin embargo, representa un asombroso fracaso de política.
Y es un fracaso, en particular de la doctrina de la austeridad que ha dominado los debates sobre las políticas públicas de la elite tanto en Europa como, en gran parte, en Estados Unidos en los últimos años.
Veamos las salvedades: por un lado, el desempleo británico fue mucho más alto en los años treinta que ahora porque la economía británica estaba en recesión –principalmente gracias a un imprudente retorno al patrón-oro – incluso antes de que esta estallara. Por otro, Gran Bretaña tuvo una Depresión notablemente blanda en comparación con Estados Unidos.
Incluso así, superar el récord de los años treinta no debería ser un reto muy difícil. ¿No hemos aprendido nada sobre manejo económico en los últimos ochenta años? Sí, hemos aprendido mucho –pero en Gran Bretaña y otros países, la elite de las políticas públicas decidió arrojar por la ventana ese conocimiento que fue difícil de obtener, y adoptar en su lugar más bien anhelos ideológicamente convenientes.
Se suponía que Gran Bretaña en particular sería la vitrina de la “austeridad expansionaria”, la idea de que, para luchar contra la depresión, en lugar de aumentar el gasto público en realidad deberías terminar con él, y que esto conduciría a una recuperación económica más rápida.
“Los que dicen que terminar con el déficit y fomentar el crecimiento son de cierto modo alternativas, están equivocados”, declaró David Cameron, primer ministro de Gran Bretaña. “No puedes aplazar el primero para promover el segundo”.
¿Cómo podía prosperar la economía cuando el desempleo ya era alto y las políticas del gobierno estaban derechamente reduciendo el empleo todavía más? ¡Confianza! “Creo firmemente”, declaró Jean-Claude Trichet –en la época presidente del Banco Central Europeo, y declarado defensor de la doctrina de la austeridad expansionaria- “que en las actuales circunstancias las políticas que inspiran confianza fomentarán, antes que perjudicar, la recuperación económica, porque la confianza es, hoy, el factor clave”.
Esas invocaciones del hada de la confianza no fueron nunca plausibles; investigadores del Fondo Monetario Internacional y de otros lugares desacreditaron rápidamente la presunta evidencia de que los recortes al gasto crean empleo. Sin embargo, personas influyentes a los dos lados del Atlántico cosecharon elogios para los profetas de la austeridad, y Cameron en particular, porque la doctrina de la austeridad expansionaria encajó con sus agendas ideológicas.
Así, en octubre de 2010, David Broder, que prácticamente personificaba la sabiduría convencional, elogió a Cameron por su franqueza y en particular por haber “desechado las advertencias de economistas de que un remedio severo tan repentino podría hacer fracasar la recuperación económica británica y empujar al país de vuelta en la recesión económica”. Luego pidió al presidente Obama que hiciera una “cameronada” e implantara “un desmantelamiento radical del estado de bienestar ahora”.
Es extraño, sin embargo, que esas advertencias de los economistas demostraron su precisión. Y tenemos la fortuna de que Obama, de hecho, no hiciera una cameronada.
Lo quiere decir que todo esté bien con la política estadounidense. Es verdad, el gobierno federal ha evitado una austeridad total. Pero los gobiernos locales y del estado, que ahora deben gestionar presupuestos más o menos balanceados, han eliminado el gasto y el empleo a medida que se reducía la ayuda federal- y esto ha significado un importante traspié para la economía en general. Sin esos recortes presupuestarios, ya estaríamos en camino del crecimiento auto-sostenido; pero la verdad es que la recuperación todavía es una hipótesis.
Y la Europa continental puede empujarnos en la dirección equivocada, pues sus políticas de austeridad están surtiendo el mismo efecto que en Gran Bretaña, con muchos indicios de recesión este año.
Lo más irritante de toda esta tragedia es que era completamente innecesaria. Hace medio siglo, cualquier economista –o cualquier estudiante de primer año que haya leído el libro de texto de Paul Samuelson, ‘Economics’- te pudo haber dicho que la austeridad frente a la depresión era una mala idea. Pero los estrategas de políticas públicas, expertos, y, temo decirlo, muchos economistas, en gran parte por razones políticas, olvidaron lo que sabían. Y millones de trabajadores están pagando el precio de su amnesia voluntaria.
3 de febrero de 2012
29 de enero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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