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[Trípoli, Libia] [El caos aumenta en Trípoli. Las órdenes de gobierno no llegan más allá de la puerta de los despachos.]

[Anthony Shadid] Tal como le veían, tenían las mejores intenciones. Asaltaron a otra milicia en la base aquí en la costa esta semana para rescatar a una mujer que había sido secuestrada. Cuando las armas dejaron de sonar, brevemente, la escena que se vio fue tan caótica como Libia en estos días revolucionarios: un gobierno cuya autoridad no llega más allá de sus oficinas, milicias cuya fanfarronería proviene de armas demasiado numerosas y vecinos cuya paciencia desaparece cada vez más con cada balacera que rompe la noche.
La mujer fue liberada pronto. La base era de ellos. Y empezó el saqueo.
“¡No se pueden llevar nada!”, gritó uno de los milicianos tratando de imponer orden.
Lo logró: una caja de granadas, ametralladoras pesadas oxidadas, cananas, lanzagranadas, cajas de agua mineral y un acuario aparecieron improbablemente en un ciclomotor. Hombres de media docena de milicias cargaron el botín, disparando de vez en vez al aire. Pelearon por los coches robados, luego los acribillaban si no se salían con la suya.
“¡Eso es destrucción!”, se quejó Nouri Ftais, un comandante de 51 años, que ofreció una rara sensatez. “Estamos destruyendo Libia con nuestras propias manos”.
El país que presenció la más radical revolución en el mundo árabe se está hundiendo. Lo mismo ocurre con su capital, donde se ha recuperado una apariencia de normalidad después de los caóticos días de caída de Trípoli en agosto pasado. Pero nadie consideraría normal una ciudad donde, hace dos semanas, los paramilitares torturaron hasta la muerte a ex un diplomático, donde cientos de refugiados considerados leales al coronel Moamar al-Gadafi esperan desesperados y donde un funcionario de gobierno reconoció que “la libertad es un problema”. Lo que pasó el miércoles fue lamentable, quizás porque la discordia estaba tan extendida.
“Parte de esto es realmente abrumador”, dijo Ashur Shamis, asesor del primer ministro interino de Libia, Abdel-Rahim el-Keeb. “Pero de algún modo tenemos la loca idea de que podemos derrotarla”.
Todavía hay optimismo en Trípoli, sobre todo porque el país está encima de un campo de petróleo. Pero el gobierno de Keeb, formado el 28 de noviembre, se encuentra a sí mismo prácticamente paralizado por rivalidades que lo han obligado a repartir el poder según intereses regionales y de acuerdo a personalidades, por las absurdas expectativas de que la caída del coronel Gadafi iba a acarrear prosperidad, y por una debilidad tan marcada que el ejército nacional es tratado como si fuera otra milicia más.
El gobierno no pudo hacer mucho cuando las quejas locales se convirtieron el mes pasado en enfrentamientos en Bani Walid, antiguamente un bastión de Gadafi, y entre ciudades en las montañas de Nafusah, donde combatientes rivales, reclamando cada uno representar la revolución, se agarraron a tortazos con pistolas, granadas y artillería.
“Este es el gobierno de la crisis”, dijo Shamis, en una oficina equipada en los agudos ángulos del cristal y el cromo. “Es un gobierno de crisis. No se puede hacer nada”.
Las pintadas en Trípoli todavía giran sobre el más memorable discurso del coronel Gadafi el año pasado, cuando juró pelear casa por casa, callejón por callejón. “¿Quién eres tú?”, provocó, en lo que parecía su mejor imitación de Tony Montana, en ´El precio del poder’ [Scarface].
“¿Quién soy yo?”, responden palabras escritas sobre su rústico retrato.
Al otro lado de la oficina de Shamis, apareció un nuevo lema.
“¿Dónde estás?”, pregunta.
La pregunta subraya el problema de la legitimidad, que sigue siendo el asunto más apremiante en la Libia revolucionaria. Los funcionarios esperan que las elecciones en mayo o junio puedan hacer lo que se logró en Egipto y Túnez: conferir poder a un cuerpo elegido que pueda contar con la autoridad de la voluntad popular. Pero Iraq sigue siendo un contrapunto. Allá, las elecciones después de la invasión estadounidense profundizaron tan peligrosamente las divisiones que contribuyeron a desatar la guerra civil.
Aquí reina un sentimiento de entropía. Hace un año que algunos funcionarios no reciben sus salarios, y Shamis reconoció que el gobierno no tiene ni idea de cómo insuflar suficiente dinero en la economía de modo que se sienta en la calle. Los habitantes de Trípoli se quejan de la falta de transparencia en las decisiones oficiales. Los ministerios parecen todavía paralizados por la tendencia, introducida durante la dictadura, de desviar toda decisión hacia la jefatura.
“Están sentados en sus sillas, bebiendo café y elaborando proyectos que se quedan en el reino de su imaginación”, dijo Israa Ahwass, 20, estudiante de farmacia en la Universidad de Trípoli, que estaba custodiada por un puñado de paramilitares.
“¿Cómo puedes cambiar a la gente de un día para otro?”, lo interrumpió su amiga, Naima Mohammed, que también estudia farmacia. “Han sido 42años de ignorancia”.
“No están haciendo nada”, replicó Ahwass.
Como Túnez al oeste y Egipto al este, Libia hace frente a una diversidad que el coronel Gadafi negaba tan vehementemente que trató de convencer a la minoría berber que eran, de hecho, árabes. La revolución tuvo una variación sobre este tema, llamados que reflejan el miedo a un fraccionamiento social. “No a la discordia” y “No al tribalismo”, declaran pancartas que adornan las calles.
Todos intuyen la verdad que el autor libio Hisham Matar evocó en su primera novela, ‘In the Country of Men’, cuando escribió: “El nacionalismo es tan delgado como una hebra, quizás es por eso que muchos creen que debe ser ansiosamente protegido”. Aquí la autoridad se pela como una cebolla, impuesta por milicias paramilitares que llevan la impronta de ciudades del oeste del país, vecindarios de la capital, incluso calles.
“¿Dónde está el imperio de la ley?”, preguntó Ashraf al-Kiki, vendedor ambulante que había ido a la comisaría de policía, al Consejo Militar de Trípoli y a una milicia de Zintan a pedir compensación después de que milicianos agujerearan su coche. El olor al kebab que había asado pasó sobre los altavoces que tocaban el himno nacional. “Este es el imperio de la fuerza, no de la ley”.
Los paramilitares en el aeropuerto de Trípoli pertenecen a la poderosa milicia de Zintan, una ciudad montañosa al sur de la capital, que jugó un papel en la caída de Trípoli y todavía mantienen prisionero al hijo más prominente del coronel Gadafi, Seif al-Islam. Según su cuenta, tiene mil hombres en el aeropuerto, y uno de sus comandantes allá, Abdel-Mawla Bilaid, 50, en uniforme de faena, repitió los displicentes pronunciamientos del gobierno que ayudó a derrocar. “Todo marcha estupendamente”, declaró.
Shamis, el asesor del primer ministro, reconoció la incapacidad del gobierno para manejar la presencia de las milicias. “Dejémoslo, de momento”, dijo.
También era esa la idea del comandante. “No tenemos ninguna razón para marcharnos”, dijo Bilaid. “El pueblo libio quiere que nos quedemos”.
Las milicias paramilitares se han convertido en el azote de la revolución. Aunque han desmantelado la mayoría de sus puestos de control en la capital, siguen siendo una fuerza considerable, aquí y en cualquier lugar. Un investigador de Human Rights Watch calculó que hay 250 milicias diferentes en la ciudad costera de Misurata, el escenario que presenció la batalla más cruenta de la revolución. En los últimos meses, esas milicias se han convertido en las más detestables del país.
Los vecinos dicen que algunos paramilitares han tratado de mantener la ley y el orden en medio de la impotencia del gobierno. Milicias de Bengasi y ZIntan están tratando de proteger un campamento de refugiados de mil quinientas personas, expulsadas de sus viviendas en Tawergha por milicianos de Misurata, que los acusaban de haber ayudado al coronel Gadafi en el asalto de su ciudad. Desde la llegada de esa milicia al campamento, que albergaba anteriormente a trabajadores de la construcción turcos en Trípoli, los paramilitares han realizado cinco o seis redadas, pese a la presencia de otras milicias, deteniendo a decenas de personas, la mayoría de ellas todavía detenidas.
“Nadie le hace frente a la milicia de Misurata”, dijo Jumaa Ageela, un vecino.
Bashir Brebesh dijo que lo mismo era verdad para las milicias en Trípoli. El 19 de enero, su padre Omar, de 62 años, ex diplomático libio en París, fue llamado para un interrogatorio por milicianos de Zintan. Al día siguiente, la familia encontró su cuerpo en un hospital en Zintan. Tenía la nariz rota, como sus costillas. Le habían arrancado las uñas de los pies. Tenía el cráneo fracturado, y su cuerpo tenía huellas de haber sido quemado con cigarrillos.
La milicia dijo a la familia que los hombres responsables habían sido detenidos, una comunicación que ofrece apenas consuelo. “Nos sentimos solos”, dijo.
“Están comportándose como si fueran policías, jueces y verdugos al mismo tiempo”, dijo Brebesh, 32, un residente en neurología en Canadá que volvió a casa tras enterarse de la muerte de su padre. Aspiró profundamente. “No tuvieron la dignidad de pegarle un tiro en la nuca”, dijo. “Es monstruoso. ¿Disfrutaron oyendo sus gritos?”
El gobierno ha reconocido la tortura y detenciones, pero admite que la policía y el Ministerio de Justicia no están preparados para la tarea de terminar con los abusos. El martes, envió un mensaje de texto suplicando a las milicias que se desbandaran.
“La gente está apareciendo muerta en centros de detención a un ritmo alarmante”, dijo Peter Bouckaert, director de emergencias en Human Rights Watch, que estaba reuniendo evidencias el mes pasado. “Si esto estuviese ocurriendo en una dictadura árabe, habría indignación”.
En la base costera esta semana, el saqueo terminó antes de medianoche. No quedó demasiado en el recinto, que perteneció en el pasado a Saadi, hijo del coronel Gadafi –una boina roja, una batería de coche, una caja de municiones oxidadas y una botella vacía de vino tunecino.
Pero como en la mayoría de las noches, las milicias volvieron a disputarse en otros lugares de la ciudad, demarcando sus territorios. Como una borrasca de invierno, sus disparos resonaron en el paseo marítimo a las primeras horas del día. En la oscuridad, nadie pudo leer los lemas en la plaza Quds. “Debido a que el precio era la sangre de nuestros hijos, unámonos, seamos tolerantes y vivamos juntos”, decía uno. En la oscuridad, nadie sabía quién estaba disparando.
“¿Qué pasa con ellos?”, preguntó Mahmoud Mgairish. Estaba cerca de la plaza a la mañana siguiente, mientras un suave sol parecía ocupando fregando las calles. “No sé hacia dónde va este país”, prosiguió. “Esto no lo resolverá ni Dios”.
10 de febrero de 2012
9 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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