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[El Congreso y tribunales deben revisar mejor los ángulos morales y jurídicos del programa. Editorial NYT.]

Cuando el Buró de Periodismo de Investigación, de Londres, dio a conocer el domingo un informe denunciando que los ataques con aviones no tripulados de Estados Unidos habían matado a decenas de rescatistas civiles y deudos en Pakistán, los medios estadounidenses apenas si prestaron atención. Similarmente, su legalidad no ha sido nunca considerada en un tribunal estadounidense y es rara vez discutido en el Congreso, que ha cedido poderes extraordinarios sobre el programa de aviones no tripulados al presidente y a la CIA.
Ese silencio podría volver a atormentar al país.
Vale la pena considerar las conclusiones del Buró de Periodismo de Investigación –no porque sean afirmaciones irrefutables de hechos en el terreno en las áreas tribales de Pakistán, donde es difícil encontrar informaciones sólidas, sino por las interrogantes que plantea sobre el programa de aviones no tripulados. La investigación de tres meses recogió evidencias de que al menos cincuenta civiles fueron asesinados cuando trataban de rescatar a los heridos en un ataque de un avión no tripulado, sólo para ser impactados por otra ronda de misiles. Si esto es verdad, es una táctica que parece copiada de un manual de instrucciones de terroristas islámicos, que se sabe que han hecho estallar bombas en áreas de grandes concentraciones de personas, esperan a que lleguen los rescatistas y entonces hacen explotar más bombas para maximizar la carnicería.
Relatos de testigos en lugares como las áreas tribales deben ser tomados con gran escepticismo; resaltar presuntas atrocidades de Estados Unidos forma parte de una estrategia de reclutamiento común entre organizaciones terroristas. Pero las denuncias de estos ataques secundarios con aviones no tripulados son tan frecuentes que es necesario investigar. Entretanto, el periodista del Washington Post, Joby Warrick, en su reciente libro ‘The Triple Agent’, describe un ataque de un avión no tripulado contra el funeral de un talibán, que iba dirigido contra otro comandante; él escapó, pero decenas de civiles, incluyendo niños, fueron asesinados en ese ataque. ¿Son los funerales los blancos apropiados, incluso cuando ofrecen la oportunidad de sacar a peligrosos terroristas de sus escondites?
Ese es el tipo de preguntas que nos gustaría que se preguntaran más a menudo, por el Congreso y las cortes. El programa de aviones no tripulados es tan secreto que hasta la semana pasada su existencia no era oficialmente reconocida; el presidente lo cambió en internet, en una intervención en la que insistió que los ataques no tripulados “no han causado un gran número de bajas civiles”.
Esas certezas, incluso cuando vienen del presidente, no son suficientes. Otros países han desarrollado tecnología de aviones no tripulados y si siguen el ejemplo de Estados Unidos, podrían empezar a atacar a sus propios enemigos al otro lado de la frontera, incluyendo la nuestra propia. Es hora de que los tribunales estadounidenses y Naciones Unidas estudien los problemas jurídicos implicados en los asesinatos selectivos y fijen normas que tomen en cuenta los avances en tecnología.
13 de febrero de 2012
7 de febrero de 2012
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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