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[Pueblo, Colorado, Estados Unidos] [Familiares de asesinos convictos: sus vidas se convirtieron en un laberinto de vergüenza, rabia y culpa.]

[Serge F. Kovaleski] Una noche de verano, no hace mucho, Maureen White estaba en su recibidor mirando el DVD que había evitado mirar durante años.En la pantalla estaba su hermano mayor, Richard Paul White, la persona que le enseñó a andar en bicicleta y que trató de protegerla del abusivo novio de su madre cuando eran niños. Estaba confesando el asesinato de seis personas.
Hacia el final del interrogatorio policial filmado en video, White cogió una hoja de afeitar y empezó a cortarse en la pierna izquierda.
“Sentí tanta rabia y tantas emociones que no sabía qué hacer”, dijo White, 34. Tuvieron que ponerle docenas de puntos y grapas.
Su hermano Richard, 39, pasará el resto de su vida en prisión por tres de los asesinatos, de los que se declaró culpable en 2004. La señorita White, cuya vida ha sido siempre frágil, todavía está tratando de entender lo que pasó.
Como los familiares de otros criminales violentos, no estaba preparada para entender el complejo conjunto de emociones y circunstancias que trastornaron su vida después de los crímenes de su hermano. En tratamiento por ansiedad y depresión, entre otras cosas, tiene pesadillas sobre asesinos en serie y francotiradores. Se asusta con los ruidos, y se pone nerviosa con extraños.
Y durante más de un año después de ver el video, siguió cortándose –algo que no había hecho nunca antes.
“Cortándome a mí misma”, dijo, “quería que la gente viera desde fuera lo mal y terrible que me siento por dentro”.
En una sociedad donde los titulares de violencia son habituales, las familias de los perpetradores son a menudo desconocidas. Pero ahora algunos familiares decidieron compartir sus historias. En entrevistas con miembros de numerosas familias de variadas condiciones socio-económicas, hermanos, padres, colegas, parejas, primos e hijos de asesinos convictos contaron las penurias que han vivido desde que sus familiares cometieran esos crímenes.
En el destello de un horripilante momento, dijeron, sus vidas se convirtieron en un laberinto de vergüenza, rabia y culpa. La mayoría dijo que se sentían abrumados por la culpa y el ostracismo de que fueron objeto por crímenes en los que no tuvieron nada que ver.
Sin embargo, muchas de estas familias mantienen estrecho contacto con sus parientes en la cárcel. Nat Berkowitz, padre de David Berkowitz, el asesino en serie de Nueva York conocido como el “Hijo de Sam” (Son of Sam), contó que hablaba regularmente por teléfono con su hijo más de 34 años después de su detención. “Tengo 101, y todavía hablamos”, dijo.

Vida de un Primo
El 5 de noviembre de 2009, trece personas fueron asesinadas y otras 32 resultaron heridas en Fort Hood, Texas. Al día siguiente, las repercusiones habían llegado a un pequeño bufete en Fairfax, Virginia. El director de la firma, Nader Hasan, es primo del mayor Nidal Malik Hasan, el hombre acusado de llevar a cabo la masacre, y los dos habían crecido juntos en las afueras de Washington.
“Nuestros teléfonos dejaron de funcionar, murieron”, dijo Hasan, 42, abogado penalista, sentado a una enorme mesa de roble en su impecablemente pulcra oficina, donde, sobre la chimenea, cuelga una pintura del Capitolio de Estados Unidos. “Fue devastador, porque dependíamos de referencias. Perdimos docenas de clientes potenciales, y sigue ocurriendo”.
Cuentas en la red informaron que los dos hombres eran familiares. Una entrevista que Hasan dio a Fox News poco después de la masacre, en la que dijo que su primo era “un buen estadounidense”, creó la impresión, entre algunos, de   que estaba de alguna manera condonando lo que hubiera hecho su primo.
Poco después, dijo Hasan, un padre en un litigio por custodia cuyo caso llevaba presentó una apelación en una demanda contra Hasan en la que se refería a él como “el primo del asesino de Fort Hood”. La apelación alegaba que Hasan debía dejar de ser el tutor de los dos niños en el caso y destacó su  vínculo con Hasan.
La petición fue desestimada, contó Hasan. Pero durante los primeros meses después de los asesinatos, contó, sentía tanta humillación que se resistía a aparecer ante el tribunal. “Postergamos un montón de casos hasta el año siguiente, porque no quería que me vieran en el tribunal”, dijo.
La incomodidad se introdujo en su vida personal. Cuando volvió a la escuela local donde había sido asistente voluntario del entrenador de lucha libre desde 2000, dijo, le pidieron que se marchara debido a su conexión con la violencia en Fort Hood. Hizo las maletas.
Para marzo de 2010, la situación de Hasan había mejorado. Estaban aumentando las recomendaciones, y su esposa estaba esperando su primer hijo. Pero estaba desesperado de tener que guardar silencio sobre el extremismo religioso. Con un amigo abogado, Kendrick Macdowell, creó la Fundación Nawal, en homenaje a la madre de Hasan, e inició un sitio en la red para estimular a musulmanes estadounidenses moderados a denunciar la violencia en nombre del islam. No fue fácil.
“Había una tremenda presión familiar sobre él para no hacer nada público, no recordar al mundo que estamos relacionados con el asesino de Fort Hood”, dijo Macdowell.
El año pasado, Kerry Cahill, una mujer de 29 años que perdió a su padre en la masacre, se contactó con Hasan para hablar sobre la fundación, cuyo mensaje compartía. Se reunieron en su casa en varias emocionales horas. Dijo que Hasan no paraba de pedir disculpas y que pensaba que estaba abrumado. Hace poco aceptó su invitación a formar parte del directorio de la fundación.
“Estábamos los dos indignados sobre lo mismo”, dijo.

Remordimientos de una Amante
Debra Kay Bischoff no era la mujer que se había encargado de que Ronnie Lee Gardner, un delincuente habitual con todo un pasado de fugas, pusiera sus manos en un revólver en la sala de un tribunal en Salt Lake City, arma que utilizó para matar a un abogado y herir al alguacil del sheriff en un intento de fuga fallido.
Pero durante los casi veinticinco años que pasó Gardner en el corredor de la muerte por ese asesinato de 1985, hasta su ejecución, la señorita Bischoff, que es su ex novia y la madre de dos hijos suyos, se sintió responsable de gran parte de su violencia, incluyendo el asesinato previo de un camarero.
Bischoff menciona su decisión, hacia 1982, de mudarse de Utah a Idaho con su hija e hijo para alejarse de Gardner y empezar una nueva vida. Aunque lo amaba profundamente, contó, le tenía terror.
Sin embargo, Bischoff, ahora de 52, dijo: “Tenía remordimiento por haberme marchado. ¿Qué hubiera pasado si…? ¿Qué hubiese pasado si no hubiese…? Se perdió porque nos perdió a nosotros, las únicas personas que lo quisieron alguna vez”.
En una carta enviada en junio de 2010 al alcaide de la cárcel y a la junta de libertad condicional del estado suplicando por la vida de Gardner dos semanas antes de su ejecución, Bischoff escribió: “Nos abrió su corazón y se lo rompimos, y yo creo honestamente que fue demasiado para él y reaccionó de manera violenta para liberar su rabia y su dolor”.
Que Gardner haya muerto por el pelotón de fusilamiento –un método que prefirió a la inyección letal- la dejó con la conciencia todavía más cargada. Y dice que tiene dudas de que su marido durante veintisiete años conozca la profundidad de su amor por Gardner.
“Nunca superé el tema de Ronnie, y no sé si esto terminara alguna vez”, dijo, agregando que quiere sacar su diploma de asistente social y trabajar como voluntaria en un programa juvenil, todo para ayudar a chicos problemáticos de modo que puedan tener una mejor educación que él.
Bischoff, su marido y el hijo que tuvo con Gardner, Daniel, 31, viven en una casa de una planta que construyeron junto a unos campos de patatas y trigo en un barrio de clase media en Blackfoot, Idaho. Poco después de la ejecución, el hermano de Gardner, Randy, y su hija con Bischoff, Brandie, recibieron autorización para examinar las heridas de bala en su pecho para tener la certeza de que había muerto tan rápidamente como dijeron las autoridades.
“Mirar su cara y su pecho me ha obsesionado”, dijo Randy. “Sudo por la noche, y tengo pesadillas”.
En cuanto Brandie, 34, que trabaja en una panadería y gana ocho dólares por hora, el hecho de que su padre haya estado prácticamente ausente toda la vida, la dejó amargada y desconfiada de los hombres.
“Yo quería ser la niña de mi papá, pero no tenía a un hombre criándome ni tuve un primer novio, y eso afectó mis relaciones con los hombres”, dijo Brandie, que se divorció después de ocho años. “Desde entonces me he mantenido apartada, para que ningún hombre me vuelva a hacer daño”.
Brandie estaba en rehabilitación por alcoholismo a los catorce, explicó, y más recientemente fue acusada de violencia doméstica después de pelearse ebria con un hombre. “He estado destructiva como tornado porque he sido muy mala”, dijo. Poco después de la ejecución, contó Brandie, trató de matarse tragándose con cerveza una enorme cantidad de píldoras. Terminó en un hospital, donde alojó tres días.
Menos de un mes después, estaba bebiendo Jack Daniel y tragando más píldoras.
“La última vez que traté de matarme, honestamente pensé que eso había terminado”, contó Brandie en el dormitorio del deteriorado chalé que alquila en una calle bordeada de árboles en Idaho Falls. En sus manos tenía una caja de plástico con las cenizas de su padre.

Temores de un Hermano
Desde el 18 de agosto de 2005, Robert Hyde se ha mostrado receloso de los peligros que acechan fuera, más allá de su casa cerca de la Universidad de Nuevo México en Albuquerque.
Ese fue el día en que su hermano mayor, John, durante largo tiempo acosado por una enfermedad mental, se embarcó en un día de furia que duró dieciocho horas y terminó con cinco personas muertas dispersas por la ciudad, con dos agentes de policía entre las víctimas.
Hyde nunca conoció a su hermano como violento o cruel. Entendía que John, que como él mismo era adoptado, pero de diferentes padres biológicos, era paranoico y raro, pero no pensaba que fuera violento. Sabiendo ahora que John había sido capaz de una conducta tan salvaje cambió el modo en que Hyde percibe a la gente.
“Ahora el mundo es más siniestro para mí; ahora me pongo más nervioso cuando tengo que salir”, dijo Hyde, 51, mientras se oía suavemente música clásica en su recibidor en su modesta casa de estilo revival en Pueblo. “¿Quién sabe si hay alguien por ahí que pueda cambiar tan drásticamente?”, dijo. ”Quizá todos”.
La primera vez que Hyde viajó después de los tiroteos, con su novia en una excursión a un lago, tuvieron miedo de que pudieran ser agredidos. “Era paranoia”, dijo. “Era un poco de estrés post-traumático”.
Luego se trataba simplemente del apellido. Se ponía tímido cuando lo llamaban en la consulta de un médico. Su hijo, contó, que hacía su último año en la secundaria cuando ocurrieron los hechos, soportó agresivas provocaciones de sus compañeros de escuela.
Poco después de que John, ahora de 55, fuera arrestado, le dijo a su tutor que quería matar a Hyde y  su primo Christian Meuli, un médico jubilado hace poco. “Tenía tanto miedo de que John fuera lo suficientemente listo como para escapar que yo estaba preparado para huir de mi casa”, dijo el doctor Meuli, 60. Durante los siguientes cuatro años, llevó consigo una tarjeta de 3x5en la que había escrito números de teléfono y otra información crítica que necesitaría en caso de que tuviera que desaparecer.
Hyde trabajaba en el campo de la investigación sobre el abuso de substancias y ahora se gana la vida vendiendo antigüedades y otros objetos de colección. Ha dedicado tiempo a hablar de la necesidad de un mejor acceso a cuidados psicológicos de calidad y a una mayor comunicación entre los proveedores. Dice que cree que puso haber hecho una diferencia en la salud mental de su hermano y posiblemente impedido los crímenes.
“He tratado de involucrarme más en este tema, pero no tengo el poder”, dijo Hyde. “Mi apellido es un obstáculo”.

La Culpa de una Hermana
En 2003, la vida le sonreía a Danyall White, otra hermana de Richard Paul White. Después de una difícil infancia, todo parecía estar acomodándose. Ella estaba estudiando para ser taquígrafo judicial en una escuela en las afueras de Denver y tenía un trabajo contestando el teléfono por un proveedor de televisión de pago.
Durante cerca de un año, sin embargo, su hermano le había estado contando que había asesinado a varias mujeres en Colorado. Pero White, entonces de treinta, a menudo decía incoherencias, recordó. Desechó las mórbidas afirmaciones como fantasía.
Un día White le contó que había matado por accidente a un estrecho amigo, otra historia que ella consideró imaginaria.
Eso fue hasta que él le mostró un artículo de diario sobre la muerte de su amigo. El artículo decía que podía haber sido un suicidio, pero White, imaginando la culpa que podía sentir los padres de la víctima, decidió que debía informar a la policía sobre las afirmaciones de su hermano. Fue detenido por homicidio en primer grado. Poco después, White confesó haber asesinado a cinco mujeres que creía que eran prostitutas (la policía sólo ha encontrado los cuerpos de tres de ellas).
Ahora, White está luchando con su propia culpa. “No era solamente la culpa de que mi hermano estuviera tras las rejas, sino la culpa de ver que la vida de todo el resto del mundo se estaba desmoronando debido a lo que hice, la llamada que hice”, dijo White, 37. “Una parte de mi familia me rehuyó, y eso empezó a matarme”.
Pronto, contó White, encontró “un amigo y confidente” que nunca se apartó de su lado: el alcohol. Durante varios años, sus días fueron aliviados por Jack Daniel y decenas de botellas de cerveza.
Después de la detención de su hermano, White abandonó sus estudios y fue despedida de su trabajo porque, dijo, la compañía le dijo que no podía garantizar su seguridad contra las amenazas e insultos de sus colegas.
Cuando murió su madre enferma, White apenas si podía funcionar. Dijo que el peaje de la vida desde que entregara a su hermano, la había empujado cuatro veces al suicidio.
En 2010, White entró a un programa de rehabilitación de alcoholismo y dice que estuvo sobria en los últimos veinte meses antes de volver a recaer hace poco. “En rehabilitación no le conté a nadie quién era yo, que yo era la hermana de R.P.”, dijo. “Estando sobria, me di cuenta de que me estaba haciendo responsable de las acciones de otro. Con eso desapareció una buena parte de la culpa”.
[Investigaciones de Jack Styczynski, Toby Lyles y Sheelagh McNeill.]
18 de febrero de 2012
5 de febrero de 2012
©new york times
traducción c. lísperguer

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