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[Chefs, mayordomos y bañeras de mármol: los hospitales de la elite.]

[Nina Bernstein] La afiebrada paciente había pasado horas en un atiborrado pabellón de emergencias. Cuando abrió sus ojos en un hospital de Manhattan este invierno pasado, recordó más tarde, se preguntó si acaso estaba alucinando: “Esto es como el Four Seasons. ¿Dónde estoy?”La ropa de cama era de Frette, proveedores italianos -de sábanas de hilos de alta resistencia- de papas y príncipes. El baño brillaba con su mármol pulido. Los altos ventanales ofrecían una vista panorámica del East River. Y en el silencio de su suite de 2 mil 400 dólares, un hombre con una chaqueta negra y corbata le ofreció el elaborado menú y le dijo: “Yo seré su mayordomo”.
Era en Greenberg 14 South, el ala de la elite en el nuevo ático del NewYork-Presbyterian/Weill Cornell Hospital. La elegancia y el decorado -que rivalizan con el de un gran hotel, si no con ‘Downton Abbey’, han sido durante largo tiempo características de esas “unidades de atenciones”, a menudo ocultas detrás de puertas cerradas en los mejores hospitales de Nueva York. Pero el fenómeno está escalando aquí y en todo el país, dicen especialistas en cuidados médicos de diseño, parte de una competencia internacional por pacientes adinerados dispuestos a pagar extra, incluso en momentos en que el gobierno federal reduce el pago de reintegros mientras busca un sistema médico más universal y asequible en Estados Unidos.
“No se trata sólo de competir en términos médicos y especialidades, sino de competir por clientes que pueden ir prácticamente a cualquier parte”, dijo Helen K. Cohen, especialista en instalaciones sanitarias en la firma internacional de arquitectura HOK, que hace poco diseñó lujosas plantas de hospital en Singapur y Londres y remodeló las secciones para la elite del NewYork-Presbyterian en el Pabellón McKeen en Washington Heights. “Este tipo de paciente es el que paga al contado –son los mejores pacientes que uno puede desear”, agregó. “Teóricamente, también chorrea”.
Una caída de agua, un piano de cola y la imagen de un orquídea gigante adornan el atrio del exuberante noveno piso de McKeen, que conduce a habitaciones renovadas que, como el ático del hospital de la Calle 68 Este, cuestan a los pacientes entre mil y mil quinientos dólares al día, y se pueden combinar. Esa tarifa está por encima de cualquier tasa básica de seguros que se pague al hospital, o los casi 4 mil 500 dólares al día que se cobra a los extranjeros, de acuerdo al departamento de servicios internacionales del hospital.
Pero en la era de Ocupemos Wall Street, servir a los ricos puede ser más engañoso que nunca, observó Avani Parikh, que trabajó como líder de proyectos  internos del NewYork-Presbyterian cuando se iniciaron obras en el piso catorce. Destacó el reciente follón del Lenox Hill Hospital, donde los padres con recién nacidos en la unidad de cuidados intensivos se quejaron de que los guardias de seguridad restringían sus movimientos y se quejaron de las cámaras de seguridad del hospital en su celo por complacer a Jay-Z (nombre real Shawn Carter) y Beyoncé Knowles, cuya hija nació el 7 de enero en una nueva “suite ejecutiva”.
Muchos hospitales estadounidenses ofrecen una planta VIP con chefs dedicados y espléndidos servicios, desde el Johns Hopkins Hospital en Baltimore hasta el Cedars-Sinai Medical Center en Los Ángeles, que prometen “lo último en servicio” en sus suites de maternidad de 3 mil 784 dólares. El surgimiento del turismo médico hacia relucientes hospitales en lugares como Singapur y Tailandia ha convertido las indulgencias y la elegancia en necesidades mercadeables, dicen diseñadores.
La atención otorgada a los servicios lujosos se produce en momentos embarazosos para muchos hospitales urbanos que ahora cabildean contra los recortes en Washington y enfatizan su rol como instituciones educativas sin fines de lucro que atienden a los pobres.
En realidad, el NewYork-Presbyterian, que originalmente se opuso a las plantas de servicios, no quiso responder preguntas sobre su cambio de política y rechazó la petición de un periodista de visitar las instalaciones.
En Greenberg, donde el salón de visitas parece colgar sobre el East River en una proa de cristal y el gelato Ciao Bella está disponible a petición, la paciente que comparó su suite con el Four Seasons no estaba pagando ella misma su estadía en el hospital. No quiso ser identificada porque su acaudalado patrón, que paga la cuenta, no quiere publicidad.
Durante visitas no oficiales de un periodista a ambas unidades este mes, sin embargo, algunas personas que disfrutaban de los privilegios expresaron incomodidad sobre los que no podían pagarlo. En una ciudad como Nueva York, desesperada por el espacio, muchos cuartos de hospital siguen siendo de ocupación doble, aunque ahora los individuales son la norma nacional para controlar las infecciones y facilitar una recuperación más rápida.
“El conserje se comporta como mayordomo”, dijo John Frehse, 37, que estaba visitando a su padre enfermo, Robert M. Frehse, 86, el  retirado presidente ejecutivo de Hearst Foundations. Él y su madre, Dale Frehse, hicieron una pausa en su elogio de las atenciones para recordar el destino de un amigo de la familia que estuvo tres días estancado en urgencias en el New York-Presbyterian por falta de una cama de hospital el invierno pasado. En esos momentos, recordaron, el rey saudí estaba ocupando todo el piso 14, con su séquito.
El joven Frehse contrastó el apetecible menú de la unidad con el “indigerible alimento” que debió sobrevivir su padre cuando fue tratado en el segundo piso –una planta no destinada a la elite. “Aquí le sirven arroz con champiñones y tomates reliquia”, dijo.
El hospital dijo en una declaración que el “NewYork-Presbyterian está dedicado a proveer un solo estándar de cuidados de alta calidad para todos nuestros pacientes”.
En el Mount Sinai Medical Center, donde la estética del ala Eleven West es de caoba antigua en lugar del lustre contemporáneo, y la mejor habitación cuesta mil 600 dólares, William Duffy, director de hospitalidad del hospital, dijo que su entrada favorita era el costillar de cordero de Colorado, y agregó: “Nos preciamos de servir todo lo que quiera el paciente. Si se mueren de ganas por unas langostas y no las tenemos en el menú, saldremos y las conseguiremos”.
La unidad de diecinueve cuartos, que se inauguró hace dieciocho años pero fue renovada hace poco, ingresa 3.5 millones de dólares al año, dijo Duffy, calculando que el treinta por ciento de su clientela viene del extranjero. Si la sala de urgencias se llena, un paciente habitual podría ser elevado de categoría. Agregó: “Los metemos a clase comercial, como decimos”.
Wayne Keathley, presidente del Mount Sinai, minimiza la importancia de la unidad en el hospital de mil 171 camas en la Quinta Avenida con la calle 101. “No es ni tan grande ni tan elaborado como algunos otros”, dijo Keathley. Dijo que el dinero que ingresaba era un “error de redondeo en mi presupuesto”, y dijo que los pacientes iban por los servicios clínicos, no por los lujos”.
Un viernes hace poco en la biblioteca del Eleven West, Nancy Hemenway, alta ejecutiva de servicios financieros, estaba leyendo el diario en una bata de balneario. “Se suponía que la semana pasada debía estar en Buenos Aires tomando lecciones de tango, pero desgraciadamente me lastimé la espalda, así que aquí estoy con mi conserje”, dijo.
“Aquí me siento perfectamente en casa: totalmente privado, totalmente atendido”, agregó. “Tengo un médico de cuidados básicos que también es el maestro de ceremonias de todos mis doctores. Y no hay personas haciendo la práctica, sino sólo los mejores entre los mejores”.
Keathley dijo que la falta de internos y residentes en Eleven West era una decisión basada en juicios clínicos y limitaciones del programa de formación, no en las preferencias de los pacientes ricos.
Pero incluso los hacedores de lluvia –médicos que atraen a ese tipo de pacientes- pueden a veces resentir la inclinación hacia el lujo.
“El único problema son los pacientes de Medicare, que no pagan casi nada a los médicos», dijo el doctor Brian Katz, 59, cirujano laparoscópico que tomó una pausa en la misma biblioteca un rato después. “Sin embargo, esos pacientes vienen aquí y disfrutan de comodidades de cinco estrellas”.
Cada vez más, los hospitales que atienden a los ricos se están incorporando a la carrera por los servicios de lujo. El Beth Israel Medical Center cerca de Union Square agregó una “unidad de lujo” en 2008, atendiendo principalmente clientes después de cirugía ortopédica electiva. El vestíbulo de alfombras verdes puede ser más Radisson que Ritz, pero sus doce habitaciones individuales a partir de 450 dólares incluyen estéreos Bose y plasmas, y alimento kosher preparado por un chef y servido en porcelana.
“Una parte insignificante de nuestras camas son identificadas con atenciones de lujo”, dijo Gail Donovan, gerente de operaciones de Continuum Partners, que también incluye al Beth Israel y al St. Luke’s-Roosevelt Hospital. “Realmente, nuestra misión es ser los hospitales que son la red de seguridad de nuestras comunidades”.
Los conflictos replican aquellos de hace un siglo, en otra era de creciente desigualdad de ingresos y crisis económica, dijo David Rosner, profesor de salud pública e historia en la Universidad de Columbia. Los hospitales, fundados como instituciones caritativas gratuitas para ayudar a los pobres, empezaron a buscar pacientes de pago por primera vez en los años noventa del siglo diecinueve, dijo, redefiniéndose en parte como “hoteles para inválidos ricos”.
“Cada generación de hospitales refleja nuestras actitudes sobre la salud y las enfermedades y la riqueza y la pobreza”, dijo Rosner.”Hoy, nos enorgullecemos de atraer a clientes privados y, por otro lado, pedimos dólares de los contribuyentes sobre la base de su antigua misión benéfica. A veces hay conflictos [entre las dos definiciones]”.
Su perspectiva de la unidad vip de McKeen, donde se sirve diariamente el té de las cinco, ha sido influida por su experiencia en urgencias de uno de sus estudiantes graduados en el mismo hospital del campus este mes, agregó. Pasó dos días en una camilla, con terribles dolores de su hernia, dijo, hasta que intervino un decano para conseguirle un cuarto. “Ni siquiera le habían facilitado una chata”, dijo.
19 de febrero de 2012
22 de enero de 2012
©new york times
cc traducción de c. lísperguer

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