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[Claudio Lísperguer] [La historia del cura Federico Bacchini es igual de trágica que conmovedora. No está con nosotros hoy, con su mujer y su hija, porque lo mandó matar un cardenal de su propia iglesia.]

Nacido en el seno de una familia de inmigrantes católicos italianos, tras la secundaria entró al monasterio benedictino. Luego se marchó al seminario de La Plata. El entonces obispo de La Plata, José Antonio Plaza, lo ordenó sacerdote. Más tarde fue director del Seminario Mayor, profesor en el Instituto de Teología y en el Conservatorio de La Plata. Terminó en la Iglesia de Cristo Rey, donde, pese a no ser ni cura obrero ni tercermundista, sino simplemente católico, montó un comedor popular y empezó, pese a la oposición del arzobispo, a fomentar la participación de los jóvenes en campañas de alfabetización. Terminó enemistándose con el obispo, que le prohibió trabajar con jóvenes.
A principios de los años setenta conoció a la organista metodista Elsa Paladino y se enamoró de ella. Para olvidarla y seguir fiel a sus votos sacerdotales, pidió una beca para seguir un curso en Santiago de Compostela. Pero al llegar a España descubrió que Elsa, por los mismos motivos, se encontraba en la misma ciudad, inscritos en el mismo curso de música barroca. En 1974 pidió su retorno al estado laico, que el arzobispado nunca respondió. Se casaron de todos modos y tuvieron una hija: Clara.
Tras el bautizo de Clara en 1976 por el propio cardenal Plaza, luego de la ceremonia, este le conminó a marcharse de la ciudad porque era un mal ejemplo para los otros sacerdotes. Según Clara Bacchini: “Papá le dice que no, que no era mal ejemplo para nadie. Que no estaba engañando a nadie, que había pedido a la Iglesia lo que tenía que pedir. Que no tenía nada que esconder, que no se iba y Plaza le dijo: ‘Entonces atenete a las consecuencias’.”
Poco después fue secuestrado por una banda de policías de la dictadura, encarcelado y torturado. Luego de algunos meses de este régimen, Federico Bacchini pidió ayuda al que había sido su director espiritual, el cardenal Plaza. Poco después de la visita de Plaza a su lugar de detención, en una entrevista de la que se sabe que Plaza insultó al sacerdote, fue fusilado. Es evidente que la orden de ejecución provino del cardenal.

Este episodio ilustra el rol de la jerarquía católica en la dictadura trasandina. Una iglesia completamente desvirtuada con una teología del odio mucho más cerca del demonismo que de otra cosa, justificó y colaboró con la dictadura en el plan de exterminio de la población que se oponía a sus infamias. Hay casos peores que este. El llamado “cura del infierno”, Christian von Wernick, participaba en secuestros extorsivos de chicos católicos e incluso en la tortura y ejecución de sus víctimas. Todos estos cobardes crímenes los justificaba la jerarquía pretendiendo que salvaba a Argentina de cosas peligrosas, como los comedores populares y las campañas de alfabetización.
Pero de esta constatación no se puede derivar la creencia de que entre dictaduras fascistas e iglesias católicas hay una suerte de relación intrínseca. La jerarquía católica chilena se opuso a la dictadura y apoyó a la población en todo lo que pudo contra un régimen –el de Pinochet, en Chile- evidentemente anticatólico, que violó todas enseñanzas cristianas más fundamentales y abrió las puertas a la penetración protestante. Hay muchos que todavía no entienden que las dictaduras también profanaron y usurparon nuestros legados ideológicos y culturales, y que utilizaron el catolicismo como una chapa para encubrir mejor o justificar sus crímenes. Dicho generosamente, estas dictaduras –la chilena y la argentina- fueron tan católicas como los congrios. Que los represores se definan como católicos –porque se imaginaban ellos que eso les permitiría violar, matar y robar impunemente- no quiere decir obviamente que lo sean. En cierto tipo de análisis, es un error tomar en serio lo que dice un criminal sobre sus crímenes. Lo que un criminal piensa de sí mismo debe ser visto como un síntoma más, o como una posible pista. Tomar en serio el catolicismo de las dictaduras latinoamericanas (excepto Guatemala, cuyo dictador genocida –más de 200 mil víctimas- era protestante), es  como tomar en serio el Plan Z de los militares chilenos. (El Plan Z era, según los militares, un plan para imponer una dictadura comunista en Chile. Enteramente falso, justificó el asesinato de más de tres mil patriotas.)
Felizmente, esta jerarquía católica asociada al fascismo no prendió en Chile, donde el máximo representante del pinochetismo en la iglesia ha sido apartado por violación sodomítica, pedofilia, corrupción de menores y robo. Los católicos argentinos corrieron peor suerte que nosotros, debiendo soportar una institución pervertida y corrompida, infiltrada por el mal, que justificó y colaboró activamente en los crímenes más abyectos de la dictadura.
[En la foto, Clara Bacchini con una foto de su padre. Viene de Colectivo de Ex Presos Políticos y Sobrevivientes – Rosario.]
lísperguer

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