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[Al aceptar las exigencias de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, Portugal y otros países europeos en realidad se ponen la soga al cuello: mientras más empleados despidan y menos inviertan en la economía, más difícil les será pagar las deudas. Editorial del NYT.]

Las economías de la zona euro que están en aprietos, como Grecia, Portugal, España e Italia, no pueden tomar un atajo de vuelta hacia el crecimiento. Exigir de estos países una rígida austeridad a cambio del apoyo europeo, ha prolongado y profundizado sus recesiones. Ha logrado que, para esos países, pagar sus deudas sea todavía  más difícil.Este no es un tema para debates filosóficos. Se trata de cifras.
Como informó esta semana Landon Thomas Jr., del Times, Portugal ha cumplido con todas las exigencias de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Ha rebajado los salarios, reducido drásticamente el gasto público y subido los impuestos. Esas medidas han profundizado su recesión, haciendo todavía menos posible que pueda pagar sus deudas. Cuando Portugal recibió el rescate el año pasado, la proporción entre la deuda y el producto interno bruto era de 107 por ciento. Para este año, se espera que llegue a 118 por ciento. Esa proporción continuará subiendo a medida que se encoja la economía. Esto es, en realidad, la definición misma del círculo vicioso.
Entretanto, la reducción de la demanda y los temores de un colapso contagioso empujan a los países europeos hacia la peligrosa zona de la deuda insostenible.
¿Por qué están los líderes europeos tan empecinados en negar la realidad? La canciller Angela Merkel, de Alemania, y el presidente Sarkozy, de Francia, en particular, parecen incapaces de admitir que están equivocados. Están todavía cautivados por ilógica pero seductora idea de que todos los países pueden imitar el modelo exportador alemán sin las décadas de inversiones públicas y las tasas de cambio mantenidas artificialmente bajas que son cruciales para el éxito alemán.
Merkel también parece determinada a consentir los prejuicios de los electores alemanes que creen que el sufrimiento es el único modo de terminar con el despilfarro de Grecia y otros países del sur de Europa.
No hay duda de que Grecia se ha comportado de manera inexcusable, gastando más de lo que podía pagar, dejando de lado la recaudación de impuestos de sus ciudadanos más ricos y amañando los libros. Y aunque simpatizamos con las protestas griegas contra la excesiva austeridad, no tenemos paciencia con políticos que siguen obstaculizando las reformas y privatizaciones en pro del crecimiento. Pero la cura no es ni el castigo colectivo ni la recesión inducida. Europa debiese ayudar a Grecia a salir de sus problemas, a condición de que los políticos griegos finalmente se comprometan con las reformas.
Bajo la fuerte presión de inversionistas internacionales, hace poco los presidentes de la zona euro reajustaron algunas de sus medidas. El banco central europeo ha inyectado una esperada  liquidez en el sistema bancario del continente. Finalmente se están implementando planes para agregar dinero al crónicamente deficiente fondo de rescate de la Unión Europea. Pero si no abandonan la equivocada creencia de que la austeridad es el camino para terminar con la deuda, incluso esas medidas no serán suficientes.
Grecia se aproxima rápidamente al día (probablemente el próximo mes) en que no pueda pagar los salarios del gobierno ni a los acreedores extranjeros, y Europa todavía no ha liberado el dinero del rescate. No está claro si Merkel y Sarkozy y otros están jugando el juego del gallina con Atenas o piensan que pueden resistir que Grecia quede en mora y abandone la zona euro. Los riesgos son enormes.
Como mínimo, una bancarrota griega provocaría perjudiciales réplicas en la economía y la banca europeas. El ideal y la práctica de una Europa unida sufrirían un importante golpe. Esos son los altísimos precios que todos en Europa deben pagar por aferrarse a una idea fallida.
20 de febrero de 2012
18 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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