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[William Grimes] Murió el lunes en Barcelona el pintor Antoni Tàpies, pintor abstracto en gran parte autodidacta cuyas seductoras superficies táctiles, a menudo raspadas con misteriosas marcas similares a las que se encuentran en grafitis, hacían uso de materiales no convencionales, como polvo de mármol, tiza, arena y tierra. Tenía 88 años.
Su muerte fue anunciada en Nueva York por Douglas Baxter, presidente de la Galería Pace, que ha representado a Tàpies desde 1992.
Tàpies se hizo conocido a fines de los años cuarenta con pinturas ricas en simbolismos, fuertemente influido por pintores surrealistas como Miró y Klee, un estilo que abandonó a mediados de los años cincuenta cuando se orientó hacia lo que sería su sello característico: pesadas superficies que eran a menudo raspadas, picadas y agujereadas y con letras, números y signos.
Usando una amplia gama de materiales, en lienzos y en tablas que a menudo sugerían murallas, puertas, ventanas o puertas basó su trabajo en la bruta realidad de las calles españolas y en los turbulentos dramas políticos de su juventud en Cataluña, incluyendo la Guerra Civil Española y el movimiento nacionalista catalán.
“Los dramáticos sufrimientos de los adultos y las crueles fantasías de personas de mi edad, que parecían abandonadas a sus propios impulsos en medio de tantas catástrofes, parecían escribirse ellas mismas en las paredes que me rodeaban”, le dijo al merchante francés y crítico de arte Michel Tàpie (no son parientes). “Mis primeros trabajos de 1945 ya mostraban algo del grafiti callejero y todo un mundo de protestas –reprimidas, clandestinas, pero llenas de vida –una vida que también se fundaba en las murallas de mi país”.
Las ricas y pictóricas texturas y el sobrio uso del color en sus “pinturas matéricas”, daban una emotiva solemnidad –el crítico de arte John Russell se refería a su “señorial dignidad”- a obras que “parecían no haber sido tanto pintadas como excavadas de un idiosincrásico compuesto de lodo, arena, tierra, sangre coagulada y minerales en polvo”.
A Tàpies le irritaba ser caracterizado como pintor abstracto. Al mismo tiempo, se negaba a explicar sus atractivos rayones, letras y cruces que parecían ofrecer un texto al espectador. Sus oníricos símbolos, sacados de la sopa del inconsciente, sugerían un antiguo lenguaje que esperaba ser descifrado, pero Tàpies se negaba a explicar.
Sin embargo, entendía su trabajo como perteneciente al reino de lo sagrado pero en un mundo muy alejado de su estricta educación católica. “En nuestro mundo, en el que las imágenes religiosas están perdiendo su significado, en el que nuestras costumbres se hacen cada vez más seculares, estamos perdiendo nuestro sentido de lo eterno”, dijo en el programa sobre arte de la BBC, ‘Omnibus’, en 1990. “Creo que es una pérdida que le ha causado un enorme daño al arte moderno. Pintar es un retorno a los orígenes”.

Antoni Tàpies Puig nació en Barcelona el 13 de diciembre de 1923. Su padre era abogado y nacionalista; sirvió brevemente en el gobierno republicano catalán.
A los diecisiete, Tàpies sufrió un casi fatal ataque al corazón causado por la tuberculosis. Pasó dos años convaleciente en las montañas, leyendo profusamente y cultivando su interés en el arte que ya se había expresado cuando era adolescente.
Para complacer a su padre se inscribió en la Universidad de Barcelona para estudiar derecho, aunque siguió produciendo arte y durante dos meses estudió dibujo en la Academia Valls. Con el poeta y dramaturgo catalán Joan Brossa, fundó Dau al Set (El dado de siete caras), una revista de arte progresista y, en una exposición en Barcelona, trabó amistad con Miró, que fue una decisiva influencia.
En 1954 se casó con Teresa Barba Fàbregas. Tuvieron tres hijos: Antoni, Miguel y Clara. No hay información sobre los sobrevivientes.
Su primeros trabajos fueron collages basados en pinturas abstractas en cartulina que anticipaban el movimiento de arte povera de los años sesenta en su uso de materiales humildes como cuerdas y pedacitos de papel. Después de estudiar en París, donde conoció a Picasso, Tàpies empezó a exponer regularmente. Después de las aventuras surrealistas de su “periodo mágico”, se propuso transformarse a sí mismo en un pintor que, como dijo el crítico Roland Penrose en su monografía ‘Tàpies’ (1978), “un pintor que iba a crear misterios en la materia misma”.
En 1953 expuso por primera vez en Estados Unidos, en la Galería de Arte Marshall Field en Chicago y en la Galería Martha Jackson en Nueva York, donde vio por primera vez el trabajo de los expresionistas abstractos. “Estaban luchando con las telas, usando colores violentos y enormes pinceladas”, recordó en una entrevista con el New York Times en 1995. “Llegué con pinturas grises, silenciosas, sobrias, oprimidas. Un crítico dijo que eran pinturas que pensaban”.
En 1958, Tàpies representó a España en la Bienal de Venecia, junto con Eduardo Chillida. Cuatro años más tarde expuso solo en el Museo Solomon R. Guggenheim.
El crítico de arte Stuart Preston, reseñando la exposición en el Guggenheim para el New York Times, escribió: “La palabra sutileza es cruda cuando se aplica a las asombrosas variaciones de textura y colores que Tàpies, cuyo gusto es certero hasta el punto de la preciosidad, logra transmitir”. (La obra de Tàpies fue parte de la exposición inaugural del Guggenheim en 1959).
Con el surgimiento del Pop Art y el conceptualismo, la reputación de Tàpies decayó en Estados Unidos, aunque muchos de sus “objetos” de fines de los años sesenta y principio de los setenta incorporaban algunos elementos de ambos movimientos, con un giro surrealista. Telas como ‘Colchón’ (1971), un colchón de verdad pintado con manchas rojas como sangre y rajado por el medio para revelar un relleno de crines de caballo, y ‘Escritorio y paja’ (1970), un más bien ajado escritorio de madera cubierto con altas pilas de paja, sugiriendo la influencia de Robert Rauschenberg.
En una de sus obras más caprichosas, ‘El calcetín’ (1971), pegó un soquete blanco de hombre a una tela. Este tema volvería con una venganza en 1992, cuando el nuevo Museo Nacional de Arte Catalán de Barcelona le encargó una escultura para su vestíbulo central. Tàpies causó furor cuando presentó un modelo de soquete sucio que, de realizarse, habría tenido una altura de doce metros. La escultura no se hizo nunca.
En 1984, Tàpies creó la Fundación Tàpies, dedicada al estudio del arte moderno. En 1990 la fundación inauguró un museo y una biblioteca en el recinto de una antigua editorial en Barcelona. Sus existencias incluyen casi dos mil ejemplos de su trabajo.
Tuvo exposiciones retrospectivas de su obra en el Jeu de Paume de París en 1994 y en el Museo Reina Sofía de Madrid en 2000.
La edad no redujo su producción, aunque gran parte de su obra después de 1980 volvió a viejos temas e imágenes. En enero de 2010 expuso su obra en la Galería Toni Tàpies en Barcelona, de propiedad de su hijo Antoni, y en marzo siguiente sus obras de los últimos veinte años fueron expuestas en una exposición organizada para la reapertura de la Fundación Tàpies después de una prolongada renovación.
“Mi ilusión es tener algo que transmitir”, dijo cuando se abrió su museo en 1990. “Si no puedo cambiar el mundo, al menos quiero cambiar el modo en que la gente lo ve”.
25 de marzo de 2012
2 de marzo de 2012
6 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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