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[Se ha demostrado convincentemente que la acusación de que los soviéticos entregaron armas biológicas y químicas a los vietnamitas durante la guerra de Estados Unidos contra Vietnam, probablemente para justificar el uso del napalm contra poblaciones civiles, fue un invento. Sin embargo, la CIA, treinta años después, se niega a publicar el informe argumentando que dañaría las fuentes y métodos del servicio secreto. Editorial NYT.]

Como dejó en claro la injustificada guerra contra Iraq, el análisis de inteligencia es un juego incierto, demasiado abierto a errores y a distorsiones motivadas políticamente. Esa experiencia no ha contribuido en nada a cambiar la pasión por los secretos en la comunidad de inteligencia, sean o no necesarios.
Treinta años después, todavía no sabemos con absoluta certeza –pero tenemos buenas razones para creer- qué informaciones erróneas o manipuladas llevaron al gobierno de Reagan a acusar a la Unión Soviética y Vietnam de usar armas químicas, conocidas como la lluvia amarilla.
Una crítica confidencial de las informaciones con que se quiso fundamentar esas acusaciones, escrita hace algunos años para la Central de Inteligencia Americana, podría arrojar luz sobre lo que ocurrió. El año pasado, Matthew Meselson, experto de Harvard en armas químicas y biológicas, presentó una petición en el marco de la Ley de Libertad de Información para conocer ese informe. Fue rechazada. El informe debe ser publicado tanto por su valor histórico como por sus posibles lecciones sobre cómo manejar el reto de adivinar las capacidades e intenciones de un enemigo.
En 1981 y 1982, el gobierno de Reagan acusó a la Unión Soviética de haber proporcionado toxinas hechas con un venenoso hongo a sus aliados vietnamitas y laosianos para que fueran usadas como armas contra los campesinos hmong, que habían apoyado a Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam y contra las fuerzas anti-vietnamitas en Camboya.
La acusación se basaba en evidencias circunstanciales, incluyendo informes de refugiados hmong que dijeron que se habían enfermado con los ataques, y por análisis de laboratorio que pretendieron haber encontrado esporas de toxinas en manchas amarillas raspadas del follaje y en la sangre y orina de las supuestas víctimas. Con el paso de los años, los escépticos –encabezados por el doctor Meselson- han demostrado convincentemente que la mayor parte de las acusaciones son infundadas, aunque dejaron algunos cabos sueltos.
Argumentaron que las manchas amarillentas encontradas en el follaje eran muy probablemente producidas por abejas melíferas, que a menudo abandonan en masa sus panales y producen lluvias de heces impregnadas de polen que pueden cubrir una o más hectáreas con cientos de miles de manchas amarillas. Sospechan, pero no pueden probarlo, que las esporas del veneno encontradas en algunas muestras eran falsos positivos causados por contaminación de laboratorio. Los laboratorios de la defensa en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Suecia analizaron decenas de muestras y no encontraron ni un solo rastro del veneno.
Entretanto, los testimonios de los refugiados hmong se desinflaron en las entrevistas de seguimiento. Se demostró repetidas veces que sus enfermedades se debían a causas naturales. No se encontraron nunca municiones químicas, y ninguno de los cientos de soldados vietnamitas que fueron entrevistados proporcionó ni una brizna de información que sugiriera el uso de un arma remotamente parecida a la lluvia amarilla.
El informe interno que anda buscando Meselson fue escrito por un ex operativo secreto e historiador a contrata, y estudiaba cómo llegó la comunidad de inteligencia a la conclusión de que la “lluvia amarilla” era un arma química. La CIA dice que publicar el informe revelaría informaciones sensibles sobre fuentes y métodos del servicio de inteligencia, así como la organización y función de la CIA. Treinta años después, eso es escandaloso.
Una mejor explicación es que la agencia teme el escarnio público por lo que dice el informe sobre cómo trabajó la comunidad de inteligencia.
26 de marzo de 2012
6 de marzo de 2012
12 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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