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[Asadabad, Afganistán] [Por los pecados de los adultos.]

[Alissa J. Rubin] Shakila, entonces de ocho años, se estaba durmiendo cuando un grupo de hombres armados con rifles AK-47 irrumpió echando abajo la puerta. Recuerda que se quejaron, mientras la arrastraban en la oscuridad, de que su familia había sido deshonrada y que no les habían pagado.
Resultó que Shakila, que fue raptada junto con su prima como parte de una tradicional forma de justicia afgana conocida como “baad”, era el pago. Aunque la costumbre baad (también conocida como baadi) es ilegal para la ley afgana y, dice la mayoría de los clérigos, para la ley islámica, apropiarse de niñas como forma de pago por hechos cometidos por sus familiares adultos todavía florece. Shakila, debido a que uno de sus tíos se escapó con la esposa de un cacique del distrito, fue raptada y retenida durante casi un año. Fue el líder del distrito, furioso por el deshonor de que había sido objeto, el que había enviado a sus hombres a secuestrarla.
El caso de Shakila es inusual tanto porque logró escapar como porque ella y su familia accedieron a contar su experiencia a un extraño. La reacción del padre de la niña ante el secuestro también ilustra la dificultad en tratar de cambiar una práctica cultural profundamente enraizada: estaba furioso por el secuestro porque él ya había prometido a su hija en matrimonio a otro.
“No sabíamos qué estaba pasando”, dijo Shakila, ahora de cerca de diez años, que habló suavemente mientras repetía una y otra vez lo que recordaba cuando la habían sacado de su casa. “Nos pusieron en un cuarto oscuro con paredes de piedra; estaba sucio y nos pegaban con varillas, diciéndonos: ‘Tú tío se escapó con nuestra esposa y nos deshonró, y ahora te vamos a pegar, en venganza’”.
Pese a ser denunciada por Naciones Unidas como un “nociva práctica tradicional”, la costumbre baad es habitual en el sur y oriente rural de Afganistán, zonas que son pesadamente pashtún, de acuerdo a funcionarios de derechos humanos, defensores de los derechos de la mujer y socorristas. Baad implica entregar a una joven, a menudo una niña, para su esclavitud y matrimonio forzado. La práctica está en gran parte oculta porque las niñas son entregadas para compensar delitos “vergonzosos” como el homicidio y el adulterio y por actos prohibidos por la costumbre, como la fuga o el abandono del hogar, dicen líderes tribales y activistas por los derechos de la mujer.
La fuerza del sistema tradicional de justicia y el persistente uso de la práctica baad es un signo tanto de la falta de fe en el sistema de justicia del gobierno afgano, que la gente dice que es corrupto, y su extremo sentimiento de inseguridad. Baad es más común en áreas donde es peligroso que la gente recurra a instituciones oficiales. En lugar de recurrir a tribunales, recurren a jirgas, asambleas de ancianos notables de la tribu, que aplican la ley tribal, que permite el intercambio de mujeres.
“Hay dos razones por las que la gente rechaza los tribunales: primero, el gobierno corrupto, que exige abiertamente dinero por cada caso, y, segundo, la inestabilidad”, dijo Hajji Mohammed Nader Khan, líder tradicional de la provincia de Helmand que participa a menudo en causas que implican la práctica baad. “En lugares dominados por el Talibán no se permite que la gente recurra a tribunales para resolver sus problemas”.
Activistas por los derechos de la mujer temen que el progreso hecho recientemente contra la práctica baad desaparezca a medida que se retiren las tropas de la OTAN y se reduzcan los fondos para los programas de concienciación pública.
“La práctica baad ha disminuido en Oruzgan en los últimos dos años debido a una fuerte campaña que realizamos en toda la provincia”, dijo Marjana Kochai, la única mujer en el concejo provincial de Oruzgan. “Hemos estado realizando reuniones con líderes tribales y advirtiéndoles estrictamente no emitir fallos ilegales ni a-islámicos”.

Profundas Raíces de la Costumbre
La práctica de intercambiar mujeres se remonta a antes del islam, cuando las tribus nómades viajaban por las montañas y desiertos de Afganistán. Incluso hoy, a excepción de las escasas áreas urbanas del país, muchas de estas tradiciones tienen profundas raíces, dicen expertos en sistemas de justicia tribal.
“Para los nómades no había policía, ni tribunales, ni jueces que organizaran los asuntos humanos, así que recurrían a las únicas cosas que tenían, como la violencia y los asesinatos”, dijo Nasrine Gross, una socióloga estadounidense que ha estudiado la situación de las mujeres afganas.
“Luego, cuando no se resuelve un problema”, dijo Gross, “se ofrece lo único que tienes: el ganado es más valioso que una niña porque el ganado se puede vender, así que pagas dos rifles, un camello, cinco ovejas y luego también puedes vender a la chica”.
La idea es que el don de una niña a la familia agraviada como una esclava de facto y su casamiento con un miembro de esa familia une a dos familias rivales, así que es menos probable que se transforme en un conflicto sangriento. La práctica también ayuda a compensar a la familia por el trabajo de un familiar perdido.
Y cuando la niña tiene hijos, estos son al menos un remplazo simbólico del familiar que se ha perdido.
Sin embargo, no es un gran consuelo para la niña, que simboliza a los enemigos de la familia y no está para nada preparada para la brutalidad con que será tratada debido a esto y para las relaciones sexuales que se le exigirán, pese a su tierna edad.
“El problema con la práctica baad es que normalmente no apacigua a la gente”, dijo Gross. “Los apacigua en la medida en que ya no van a matar a alguien del otro bando, pero no lo suficiente como para tratar bien a la niña”.
No existe un conteo oficial del número de niñas entregadas en esclavitud al año en el marco de esta costumbre, pero en la provincia de Kunar, donde ocurrió el caso de Shakila, la directora de la oficina de la mujer y miembro del concejo provincial de Kunar, dijo que llegaban a su conocimiento uno o dos casos al mes ocurridos en la provincia y que muchos casos nunca veían la luz. No sabían nada sobre la situación de Shakila.

Pesada Carga para las Mujeres
Un informe de Naciones Unidas de 2010 sobre prácticas tradicionales perniciosas describió la costumbre baad como “todavía extendida” en áreas rurales.
Entrevistas en nueve provincias pashtún -con representantes del gobierno, mujeres en los concejos provinciales, autoridades tribales tradicionales y otras mujeres prominentes- produjeron una avalancha de relatos de abusos, suicidios y violaciones. Constataron que prácticamente todo el mundo conocía la costumbre, que muchos se avergonzaban por ella y la mayoría conocía personalmente a alguien que había sido afectado por la práctica. Afganistán ilegalizó la costumbre baad en 2009, cuando promulgó la Ley de Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, pero, según Naciones Unidas, su implementación ha sido irregular en el sur y oriente de Afganistán.
La familia de Shakila, como muchas en la rural provincia de Kunar, no se oponía a la costumbre baad, pero objetaba que la jirga (tribunal de sabios) que adjudicaba su caso no hubiera todavía emitido su fallo y que Shakila hubiera sido prometida en matrimonio, siendo niña, a un primo en Pakistán. Según la costumbre pashtún, dijo la familia, Shakila no estaba disponible para ser entregada como forma de pago porque ya era propiedad de otro hombre. (Esos compromisos son ilegales, pero habituales en las zonas pashtún rurales).
“No nos oponemos a dar niñas”, dijo su padre, Gul Zareen. “Pero ya no era mía y no podía darla”.
Las opiniones sobre la práctica difieren agudamente entre hombres y mujeres. Más hombres la ven como un modo de preservar las familias y poner fin a las reyertas familiares, y las mujeres la ven en términos del sufrimiento de la niña exigida para pagar por los pecados de otros.
“La práctica tiene buenos y malos aspectos”, dijo Fraidoon Mohmand, miembro del Parlamento de la provincia de Nangarhar, que ha dirigido varias jirgas. “Lo malo es que castigas a un inocente por los pecados de otros, y lo bueno es que evitas que dos familias, dos clanes, se enfrenten y protagonicen más derramamiento de sangre, muerte y miseria”.
También dijo que creía que una mujer entregada en baad sólo sufría brevemente.
“Cuando entregas una niña en baad, quizás la golpeen, quizás tenga problemas durante uno o dos años, pero cuando da a luz uno o dos bebés, se olvidará todo y vivirá como un miembro normal de la familia”, dijo.
Pero no es así, dijeron las mujeres afganas entrevistadas, especialmente si tiene la desgracia de dar a luz a una niña.
“La mujer dada a una familia según la costumbre baad, será siempre desgraciada”, dijo Nasima Shafiqzada, que está a cargo de los asuntos de la mujer en la provincia de Kunar. “Tiene que trabajar mucho. La golpearán. Tendrá que soportar los insultos de las otras mujeres de la familia”.
Los parientes de Shakila son jornaleros pobres que vivían en el distrito rural de Naray en la provincia de Kunar cerca de un pequeño río, no muy lejos de la frontera con Pakistán.
Shakila iba a la escuela, jugaba con sus hermanos y era una niña sana, dijeron sus familiares. Eso cambió después de que fuera entregada a la familia Fazal Nabi, parte del clan de Gujar, una tribu en Kunar con mayor presencia en Naray que la tribu a la que pertenece Shakila.

Torturas
Durante su encierro, Shakila y su prima recién pudieron salir del encierro después de tres meses y sólo para enviarlas a recoger leña en las montañas y acarrear cubos de agua desde el río.
Durante el año que fueron retenidas, ninguna niña recibió ropa nueva. Durante los primeros seis meses no se les permitió que lavaran la ropa que llevaban cuando fueron secuestradas, convirtiéndolas en granujas de aspecto sucio que podían ser más fácilmente odiadas por la familia. Las alimentaban a pan y agua día por medio.
“Nos torturaban y trataban como nadie sería tratado”, dijo Shakila.
Contó con su suave voz y ocultó su cara cuando un periodista le preguntó sobre las cicatrices blancas en su frente. “Fue cuando me lanzaron contra una muralla de piedras”, explicó.
Su prima escapó primero, lo que resultó en un tratamiento aun más brutal para Shakila, que fue nuevamente encadenada y golpeada.
Le permitían salir del encierro para las oraciones y en una ocasión logró deslizarse por el portón. Para evitar que la detectaran, se arrastró bajo los matorrales hasta el pueblo donde vivía su hermana. Cuando Shakila apareció a la puerta de su hermana, estaba tan famélica y sucia que su hermana apenas si la reconoció.
“Estaba en las últimas”, dijo su padre, Gul Zareen. “Estaba tan delgada, como esto”, dijo, levantando su índice y moviendo la cabeza. “No paraba de llorar y ahora estamos tratando de alimentarla, y poco a poco se está poniendo mejor”.
A las pocas horas, el cacique y sus guardias empezaron a buscar a Shakila. Registraron la casa de su padre, lo acusaron de organizar su fuga y amenazaron con matar a todos los hombres de la familia.
Aterrorizados, el padre de Shakila y otros familiares contaron que esperaron hasta el anochecer y entonces, llevándose casi nada consigo, excepto la ropa, huyeron por las montañas, caminando de noche por senderos poco conocidos debido a que los guardias del cacique vigilaban el único camino.
Viviendo ahora en Asadabad, la capital provincial, debido a que se sienten más seguros aquí, los parientes de Shakila dijeron que estaban pasando por dificultades. Dejaron en el pueblo sus pocas posesiones, incluyendo su única vaca y dos cabras.
El padre y tío de Shakila trabajan como jornaleros y ganan cuatro dólares al día cuando tienen trabajo. La pequeña choza de barro de la familia no tiene calefacción ni electricidad, y la comida se prepara en una única cacerola sobre carbones en el patio.
Anhelando volver a su pueblo en Naray, miembros de la familia se acercaron al tribunal pare ver si el fiscal o el juez podía protegerlos del clan Gujar si volvían. Pero la orden que recibieron del jefe de policía decía que debían recurrir a la policía local de Naray.
Gul Zareen sacudió su cabeza. El jefe de policía es un pariente de Fazal Nabi, el cacique que secuestró a Shakila, dijo. “No podemos volver”, dijo.
Shakila miró por la ventana hacia el escuálido patio. “No sé cuál será mi futuro”, dijo. “No sé si será bueno o malo”.
[Taimoor Shah contribuyó al reportaje desde Kandahar, Afganistán; Farooq Jan Mangal desde Khost; y un empleado del New York Times desde la provincia de Kunar.]
27 de marzo de 2012
6 de marzo de 2012
17 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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