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[Omdurman, Sudán] [Historia de una mujer, viuda y maltratada, que lucha por alimentar a sus hijos en un país dividido por odios étnicos].

[Jeffrey Gettleman] Mary Nyekueh Ley ofrece un rápido resumen de su vida.
“Mi vida es una maldición”, dijo.
Su primer marido fue herido en la guerra y murió en sus brazos. Su segundo marido la golpea.
Dos de sus hijos sucumbieron a una de las enfermedades más curables: diarrea.
Y ahora es una sureña en un país norteño, una conspicua extraña de piel oscura, con las tradicionales arremolinadas cicatrices en su cara, tratando de criar a sus dos hijos y dos hijas. Peor, la única habilidad que posee es hacer una bebida alcohólica casera, lo que es un delito grave en el Sudán islamita y que la ha hecho aterrizar más de diez veces en la cárcel y ganar docenas de azotes.
“Mire”, dijo, mostrando los jirones de brillantes cicatrices blancas arriba y abajo de sus canillas. “La policía”.
Sin duda, la situación de Ley es extrema. Pero no es única. Cientos de miles de sudaneses del sur que han pasado la mayor parte de sus vidas en el norte se encuentran ahora a horcajadas entre dos mundos, sus vidas suspendidas por una tumultuosa frontera que hace poco rompió al país en dos.
En julio, después de décadas de guerra de guerrillas, Sudán del Sur se sesionó de Sudán y fundó otro país. La mayoría de los sudaneses del sur estaban extáticos. La fiesta en Juba, capital de Sudán del Sur, duró días.
Pero para los sureños que viven al norte de la frontera, como Ley, cuyas manos agrietadas y callosas manos cuentan su propia historia de sufrimientos y trabajos, la alegre independencia del Sur agravó su miseria.
Debido a la enemistad entre Sudán y Sudán del Sur –los dos han estado concentrando tropas en la frontera, pertrechándose para otro importante conflicto que podría hacerse sentir en toda la región- los sureños viviendo en el norte no tendrán doble nacionalidad, y no está claro cuál será la condición de los norteños que viven en el sur.
El gobierno sudanés dice que, a partir de abril, privará de su ciudadanía a todos los sureños. Si quieren permanecer en Sudán, deberán solicitar una visa, permiso de trabajo, documentos de residencia y similares, todo lo cual será extremadamente difícil de conseguir, si no imposible, para las personas analfabetas y pobres como Ley, que a menudo no poseen documentos que indiquen dónde nació. Cree que tiene cerca de 45 años.
Incluso si alguien ha nacido en el norte, como el hijo de nueve años de Ley, Georgie, las restricciones son las mismas. Si la persona pertenece a un grupo étnico del sur –incluyendo el de Ley, los nuer-, será considerada sureña.
Frente a todo esto, más de 350 mil sureños se han reasentado recientemente, viajando por bus y barcazas, desde el norte hacia el sur, parte de una enorme emigración facilitada por Naciones Unidas y el gobierno sudanés. Muchos otros están esperando.
“Voy a esperar los documentos para mi pensión”, dijo Palegido Malong, un anciano del sur que trabajaba como guardia en un hospital público en Jartum, la capital de Sudán. “Voy a morir donde se supone que tenga que morir”.
Y como descubrió Ley, hay un montón de gente muriendo en el sur en estos momentos.
Fue en diciembre de 2010 –Ley dice, sonriendo, que no es muy buena en fechas- que ella y sus hijos abordaron un bus en dirección a sus tierras ancestrales, hacia un lugar llamado Mankien, justo al sur de la frontera norte-sur. Dijo que le había excitado la idea de participar en el referendo del sur por la independencia, realizado en enero de 2011, y estaba preparada para volver a su terruño.
Pero una mañana, una milicia renegada irrumpió en Mankien como parte de una ola de violencia e insurrecciones comunales que hace poco han asolado el sur. Soldados sureños se apresuraron a hacerles frente. Los enfrentamientos se prolongaron durante dos días, y cuando Ley salió de su choza, dijo, tuvo que pasar por encima de decenas de cadáveres en la hierba –hombres, niños, niñas.
“Nos iban a matar a todos”, dijo.
También estaba preocupada por la falta de desarrollo en el sur –y no es que ella estuviera apoltronada en la modernidad aquí en Omdurman, que está justo al otro lado del Nilo en Jartum. Vive en una casa con paredes de adobe con estampas de Jesús pegadas encima de la cama. Pero en Mankien no hay caminos pavimentados ni electricidad, pocos pozos y pocas escuelas. Sudán del Sur es uno de los países más pobres de la Tierra, donde el 83 por ciento de la población vive en chozas de techo de paja y una chica de quince tiene más probabilidades de morir en las labores del parto que terminar la escuela.
Algunos meses después de llegar a Mankien, Ley y sus hijos decidieron tomar un bus de regreso a Omdurman, optando por el menor de dos males.
No fueron recibidos cálidamente. Su hija de catorce, Nyapay, contó que en el mercado un árabe le pisó los dedos del pie intencionadamente. Ley cuenta que la gente la miraba feo y le decían cosas como: “¿Qué haces aquí, si estás separada?” En el norte, siempre se sintió como una ciudadana de segunda clase. Ahora era oficial.
Ley se esfuerza por alimentar a sus hijos con cualquier cosa que no sea wal wal, un desabrido plato de sorgo y agua. No tiene familiares cerca que pudieran ayudarla. Su primer marido, un hombre alto y delgado llamado Walkat, era guerrillero y cuando murió ella fue entregada a un hermano de Walkat, que la golpeaba habitualmente y le daba puñetazos en la cara.
Huyó hacia Jartum hace veinte años y desde entonces ha estado haciendo y vendiendo alcohol ilegalmente.
“Es lo único que sé hacer”, dijo Ley, mientras miraba indiferente las herramientas de su oficio: un bidón de plástico azul y un juego de botellas de soda de plástico abolladas.
Una vez pasó seis meses en la cárcel y no recuerda todas las veces que la policía la ha azotado con correas de cuero, como dicta la ley islámica sudanesa.
Ley adora a sus hijos, y en una tarde hace poco le sirvió a Georgie un vaso de agua fría y lo miró sonriendo mientras la bebía. Pero su mirada se desvió hacia el suelo cuando salió el tema de la matrícula de la escuela de su hijo.
“No tengo dinero”, dijo. “No tengo nada”, dijo.
28 de marzo de 2012
15 de marzo de 2012
20 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

Un pensamiento en “mujeres no escapan de la miseria

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