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[Lahore, Pakistán] En los secuestros extorsivos, la insurgencia talibán ha encontrado una lucrativa fuente de ingresos para financiar sus atentados.]

[Declan Walsh] Una campaña de notorios secuestros ha proporcionado nuevos recursos al Talibán paquistaní y sus aliados, armando a los insurgentes con millones de dólares, amenazando los programas de ayuda extranjeros y galvanizando una sofisticada red de yihadistas y bandas criminales cuyo alcance abarca todo el país.
Empresarios, académicos, socorristas occidentales y familiares de oficiales militares han sido los blancos de una ola de secuestros que, desde que empezara hace tres años, se ha extendido a todas las ciudades importantes, llegando a los vecindarios más ricos, dicen funcionarios de seguridad paquistaníes.
Para muchos rehenes, la experiencia significa un desgarrador viaje al corazón de Waziristán, el temido reducto talibán a lo largo de la frontera afgana que ha sido el blanco de una campaña de ataques con aviones no tripulados de la CIA.
Un joven empresario punyabi que pasó seis meses allá en manos del Talibán el año pasado lo describió como un horroroso periodo de sucias celdas, viajes clandestinos, brutales golpizas y agotadoras negociaciones con su distante y consternada familia.
Pese a todo ello, sus secuestradores mostraron esbozos de humanidad, incluso humor: pequeños actos de amabilidad, estrafalarios juegos de sobremesa, incluso recuerdos y confidencias compartidas. Pero sus implacables intenciones nunca estuvieron en duda, contó el ex rehén, que habló anónimamente debido a que temía represalias contra su familia si fuera identificado.
Durante su cautiverio, cuatro terroristas suicidas adolescentes recibían instrucción con clases de adoctrinamiento en la mañana y llevando chalecos explosivos de juguete con botones en la tarde.
“Su mantra era: ‘Un botón y te vas al cielo’”, recordó.
El secuestro es un milenario azote en partes de Afganistán, desde las tribus que raptaban a colonos británicos en el siglo diecinueve a las pandillas de los barrios bajos que han atacado a las ricas familias de Karachi desde los años ochenta. El total nacional ha variado sólo ligeramente en los últimos años: de 474 secuestros extorsivos en 2010 a 467 el año pasado, de acuerdo a cifras del Ministerio del Interior.
Lo que ha cambiado, sin embargo, es el nivel de participación talibán.
En un caso, un socorrista alemán de setenta años y su colega italiano de veinticuatro, que desaparecieron de la ciudad de Multan el 20 de enero, se encuentran en poder de militantes en Waziristán del Norte, confirmó un alto funcionario de seguridad.
Entre otros secuestrados se encuentran Shahbaz Taseer, hijo del asesinado ex gobernador de Punjab, Salmaan Taseer; dos turistas suizos que desaparecieron cuando viajaban hacia la frontera iraní; el yerno de un general de cuatro estrellas retirado; y Warren Weinstein, un estadounidense de setenta años secuestrado en su casa en agosto pasado, días antes de que debiera dejar Pakistán, presuntamente por al Qaeda.
El Talibán paquistaní es impenitente, explicando que los secuestros le proporcionan valiosos fondos, redundan en influencia para obtener la libertad de combatientes encarcelados y son una declaración política contra los prolongados intentos estadounidenses de expulsar a al Qaeda del cordón tribal. “Estamos atacando a extranjeros en reacción a las exigencias del gobierno de que expulsemos a los muyahidines de otros países”, dijo un líder del Talibán paquistaní, Wali ur-Rehman, durante una entrevista en su bastión en Waziristán del Norte.
Los secuestros continúan pese a que las fuerzas de seguridad paquistaníes han embotado la capacidad de los militantes de provocar bajas masivas: en 2011 los atentados suicidas se redujeron en un 35 por ciento, de acuerdo al informe anual del Pak Institute for Peace Studies, mientras que las personas asesinadas en atentados cayeron de 3.021 en 2009 a 2.391 el año pasado.
Pero el periodo de calma puede ser de corta duración, advierten los expertos. Entretanto los militantes llenan sus cofres con el dinero de los rescates.
El negocio funciona como una organización mafiosa. Comandantes militantes paquistaníes y extranjeros, en Waziristán, dan las órdenes, pero es una combinación de criminales contratados y miembros del Talibán punjabi que secuestran a rehenes en sus casas, vehículos y lugares de trabajo.
Los rescates varían normalmente de 500 mil a 2.2 millones de dólares, aunque el precio final es a menudo una décima parte de la suma demandada, dicen expertos de seguridad. Los métodos de los secuestradores son sofisticados: vigilancia de los objetivos, que puede durar meses; inyección de sedantes para someter a las víctimas después del secuestro; exigencias en video a través de Skype; uso de bandas diferentes para diferentes tareas, a menudo con poco conocimiento unas de otras.
Las víctimas tienden a ser personas adineradas –la policía ha recuperado de manos de secuestradores listas de prominentes corredores de la Bolsa- y, a menudo, de minorías religiosas vulnerables, como hindúes, chiíes y musulmanes ahmadi.
Así ocurrió con el joven empresario punjabi secuestrado en Waziristán el año pasado. “Me dijeron derechamente que me habían secuestrado porque era ahmadi”, dijo. “Nos consideran blancos legítimos.
Secuestrado por hombres armados cuando se dirigía a casa después de su trabajo, el rehén fue encerrado en un sótano durante un mes antes de ser trasladado a Miram Shah, la capital de Waziristán del Norte, disfrazado de mujer con burqa. Pasaría allá cinco meses, en una casa con cerca de veinte combatientes de diferentes grupos del Talibán: afganos planeando atentados contra soldados de la OTAN al otro lado de la frontera de Afganistán, y miembros del Talibán paquistaní, provenientes fundamentalmente de la tribu mehsud, complotando contra su propio gobierno.
Con el paso del tiempo el rehén trabó relaciones de algún tipo con sus secuestradores. Le permitían caminar libremente por el recinto y pudo hablar con algunos y ayudar a otros en la cocina; a veces, después de la cena, los militantes se sentaban formando un círculo y se hacían morisquetas. El rehén era alentado a participar.
“La idea era mantenerse serio. Al final, todo el mundo se echaba a reír”, recordó con una irónica sonrisa. “Era divertido, y absurdo”.
Algunos ofrecían aberrantes privilegios. Antes de grabar un video del rehén, sus secuestradores lo golpearon con una manguera. Pero después dos acongojados combatientes afganos mandarían a otros a comprar analgésicos al mercado e insistieron en masajear sus moretones con aceite de oliva.
Sin embargo, había frecuentes recordatorios de la fría ideología de los militantes y su disposición a matar. Como material de lectura leían un tratado del líder ideológico de al Qaeda, Ayman al-Zawahri; de noche miraban, en ordenadores portátiles, videos con ejecuciones de soldados paquistaníes, o fragmentos cuidadosamente seleccionados de películas de Hollywood: musulmanes matando a cruzados cristianos en ‘Kingdom of Heaven’ [El reino de los cielos; Cruzada], de Ridley Scott, o Sylvester Stallone combatiendo contra soldados soviéticos en Afganistán en ‘Rambo 3’.
A veces la ayuda estuvo tentadoramente cerca. Desde la casa de al lado llegaba el ruido de mujeres charlando y niños jugando. Subido al tejado para hacer ejercicios, podía ver una base militar paquistaní, su bandera ondeando, al otro lado de la ciudad. Dos veces pasaron por arriba aviones no tripulados de la CIA. Sin embargo, no llegó nadie a rescatarlo.
“Waziristán es muy seguro para el Talibán; el lugar está lleno de ellos”, dijo. “Hasta los que no son talibanes portan armas. Es difícil saber quién es quién”.
No todos los secuestros de militantes están relacionados con el Talibán. En 2009 los rebeldes nacionalistas en la provincia de Baluchistán al occidente del país retuvieron durante dos meses a un funcionario estadounidense de Naciones Unidas. Los nacionalistas baluch son también sospechosos en el caso de un médico de la Cruz Roja británica que fue secuestrado en Quetta en enero.
Pero ninguna organización tiene el alcance del Talibán. En la costera megalópolis de Karachi secuestradores musulmanes acechan en extensas barriadas, atacando a familias de comerciantes acaudalados. Sharfuddin Memon, asesor del ministro del Interior de la provincial de Sindh, dijo que hace poco los militantes exigieron 6.6 millones de dólares como rescate de un adinerado fabricante. Pero en diciembre la policía acorraló a los secuestradores en las afueras de la ciudad; los tres secuestradores fueron abatidos a tiros y el rehén recuperó su libertad.
“Hemos aprendido a ver la diferencia”, dijo Memon. “Con los delincuentes de la localidad resolver un caso puede tomar seis semanas; con el Talibán toma más de seis meses”.
Sin embargo, el enorme alcance del Talibán es sobre todo impresionante en Punjab, la provincia más populosa de Pakistán, donde se ha aliado con organizaciones criminales para realizar osados secuestros, a menudo a plena luz del día.
Una mañana en agosto pasado una banda, en motos y un todoterrenos negro, secuestró a Taseer, hijo del gobernador asesinado, cuando este viajaba en su Mercedes en un barrio rico de Lahore. Ahora Taseer está en manos de militantes uzbequistanos en Waziristán, dijo Rehman, el subcomandante talibán.
Lo que ayuda al Talibán a extender su alcance en Punjab es su alianza con Lashkar-e-Jhangvi, un violento grupo suní cuyos cuadros dominan a los talibanes de Punjab y que ha cultivado fuertes lazos con al Qaeda. “El nexo entre los dos grupos es notorio en la mayoría de los casos”, declaró el ministro del Interior, Rehman Malik.
A veces los secuestradores exigen más que dinero. Cuando el yerno del general Tariq Majid, ex jefe del Estado Mayor Conjunto, apareció en un video de los perpetradores el año pasado, se dice que pidió la liberación de 153 presos así como 1.4 millones de dólares en contante. El rehén identificó a sus secuestradores como Lashkar-e-Jhangvi.
El problema está dañando las campañas de ayuda extranjera para los pobres de Pakistán.
En 2010, el Mercy Corps cerró 44 oficinas en dos provincias después de que el Talibán ejecutara a un empleado secuestrado en Baluchistán. Se dice que el Mercy Corps pagó 250 mil dólares para liberar a otros cuatro secuestrados. El secuestro de dos europeos en Multan el mes pasado y la desaparición de un socorrista keniata dos días después, provocó nuevas alarmas entre socorristas.
El ministro del Interior Malik dijo que el gobierno no alentaba el pago de rescates, pero concedió que, para aquellos que terminaban en Waziristán, había pocas alternativas, incluso si significaba financiar la subversión.
Cuando el joven hombre de negocios punjabi fue liberado el año pasado, su familia envió al Talibán un pago en dinero. Justo antes de su partida del recinto de Miram Shah, un puñado de combatientes salió a despedirlo.
Era verano, explicaron, así que era tiempo de cruzar las accidentadas montañas de Afganistán para iniciar una nueva temporada de ataques contra las tropas estadounidenses y de la OTAN.
[Waqar Gilani contribuyó al reportaje desde Lahore, Ismail Khan desde Peshawar, e Ihsanullah Tipu Mehsud desde North Waziristan, Pakistán].
28 de marzo de 2012
18 de marzo de 2012
20 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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