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[San Luis Obispo, California, Estados Unidos] [Una creciente población carcelaria envejecida, con numerosos pacientes con Alzheimer y otras enfermedades con deterioro cognitivo, ha llevado a profesionales de la salud mental a buscar ayuda en el lugar menos esperado: asesinos convictos que cumplen largas penas de prisión, incluyendo la reclusión perpetua, se arremangan para ayudar a sus compañeros discapacitados -una ayuda no exenta de serios riesgos.]

[Pam Belluck] Secel Montgomery Sr. apuñaló a una mujer en el pecho y la garganta con tanta violencia que perdió la cuenta de las heridas que le infligió. En los casi veinticinco años que lleva en la cárcel cumpliendo su sentencia de reclusión perpetua, ha estado implicado en peleas, amenazó a un funcionario de la cárcel y fue sorprendido con marihuana.
Pese a ello, ha sido recientemente encargado de una extraordinaria responsabilidad. Él y otros asesinos convictos en la Colonia Masculina de California [California Men’s Colony] ayudan a cuidar a reos con la enfermedad de Alzheimer y otros tipos de demencia, asistiendo a los reclusos enfermos con las tareas más íntimas: ducharse, afeitarse, aplicar desodorante, incluso cambiar pañales de adultos.
Su creciente programa de pacientes incluye a Joaquín Cruz, asesino condenado que ahora está tan confundido que cree que ve a su hermano en el agua del inodoro, y Walter Gregory, cuya memoria de corto plazo está disminuyendo tan vívidamente como recuerda su crimen: apuñalando y mutilando a su novia con una navaja.
“También le saqué los ojos”, declaró Gregory hace poco.
La demencia en la prisión es un fenómeno poco reportado pero de rápido crecimiento, uno que muchas prisiones no están preparadas para manejar. Es una consecuencia no prevista de las políticas duras contra la delincuencia: largas sentencias que han creado una población de prisioneros ancianos. Cerca del diez por ciento de los 1.6 millones de reos en las prisiones estadounidenses están cumpliendo cadena perpetua; otro once por ciento está cumpliendo condenas de más de veinte años.
Y más gente de edad está siendo enviada a prisión. En 2010 fueron sentenciadas 9.560 personas de más de 55 años, más del doble que en 1995. En ese mismo periodo los reos de más de 55 años casi se cuadruplicaron a casi 125 mil, concluyó un informe de Human Rights Watch. Aunque nadie ha contado a los reos con deterioro cognitivo, los expertos dicen que los presos parecen más propensos a la demencia que la población general debido a que a menudo tienen más factores de riesgo: educación limitada, hipertensión, diabetes, tabaquismo, depresión, abuso de substancias, incluso lesiones en la cabeza como resultado de peleas y otras formas de violencia.
Muchos estados consideran ancianos a los reos de más de cincuenta años, diciendo que envejecen quince años más rápidamente.
Con tantas prisiones hacinadas y con deficiencia de personal, los reos con demencia son un reto particularmente difícil. Son caros –los costes médicos de los reos más viejos son tres a nueve veces más altos que los de los reos más jóvenes. Deben ser protegidos de los reos depredadores. Y debido a que la demencia los hace paranoicos o los confunde, los sentimientos son exacerbados en los confines de la prisión, algunos atacan al personal o a otros reos, o provocan, sin proponérselo, peleas cuando entran en las celdas de otros.
“La población con demencia está creciendo terriblemente”, dice Ronald H. Aday, sociólogo y autor de ‘Aging Prisoners: Crisis in American Corrections’. “¿Cómo vamos a cuidar de ellos?”
Algunos sistemas de prisiones se están enfrentando a eso ahora. A muchos les gustaría transferirá los reos dementes a residencias de ancianos, pero sus crímenes, a menudo violentos, lleva a los estados a mostrarse reluctantes a concederles la libertad condicional y las residencias se muestren reticentes a aceptarlos.
Nueva York ha optado por la ruta de los tres dólares, estableciendo una unidad separada para los reos con deterioro cognitivo y contratando a auxiliares profesionales a un coste de 93 mil dólares por cama al año, en comparación con los 41 mil dólares de la población carcelaria general. Pensilvania y otros estados están proporcionando a los trabajadores de la salud mental adiestramiento especial en demencia.
Pero algunas instituciones carcelarias con dificultades, incluyendo las de Luisiana y California, han optado por una aproximación menos cara pero potencialmente más arriesgada. Están adiestrando a reos para manejar muchas de las demandas diarias de los reos dementes.
“Sí, debieron hacer algo horrible para terminar donde están”, dijo Cheryl Steed, psicóloga de la Colonia Masculina de California, donde los reos que ayudan a los presos con demencia son llamados Gold Coats porque sus chaquetas amarillas contrastan con el uniforme azul habitual. Pero sin ellos, dijo, “no seríamos capaces de cuidar bien a nuestros pacientes con demencia”.
Después de escoltar a Joaquín Cruz a una cita, James Evers, un Gold Coat, estaba volviendo a su celda color de adobe cuando se encontraron con los gendarmes revisando a los reos tras extraviarse algunas herramientas.
Cruz, 60, apenas recuerda que está en prisión por matar a alguien que le vendió cocaína adulterada, se inquietó y se resistió cuando los gendarmes trataron de registrarlo a él. “Tiene Alzheimer”, pudo explicar Evers. “No es que esté tratando de rehusarse a lo que le están pidiendo”.
En la cárcel, a la sombra de las montañas de la costa, los Gold Coats reciben cincuenta dólares al mes y tiene un mejor conocimiento de las condiciones de los reos con deterioro que muchos gendarmes. Los Gold Coats, adiestrados por la Alzheimer’s Association que les proporcionó gruesos manuales sobre demencia, fueron los primeros en darse cuenta de que Cruz empezó a ponerse las botas en los pies equivocados y “empezó a sacarse los pantalones y a ir al baño donde quiera que estuviera”, dijo Phillip Burdick, un Gold Coat que está cumpliendo una sentencia perpetua por matar a un hombre a martillazos. Los Gold Coats informan sobre estos cambios, a menudo en reuniones semanales del grupo de apoyo con Steed. Identifican “los diferentes trucos y estrategias para lograr que estos tipos hagan lo que deben hacer”, dijo.
Antes de que empezara el programa en 2009, los presos dementes causaban frecuentes peleas, golpeando a los que consideraban que amenazaban o perturbaban a otros reos que amenazaban su territorio. “La atmósfera era hostil”, dijo Bettina Hodel, la psicóloga que empezó con el programa y una vez evitó apenas ser golpeada ella misma. Ahora, los Gold Coats absorben gran parte de esas conductas.
“He sido golpeada, quedé con los labios hinchados, y me rompieron las gafas”, dijo Ramón Cañas, un Gold Coat que mató a un autoestopista que le robó su coche. Dijo que los Gold Coat –actualmente hay seis por cada cuarenta reos- llevan a menudo guantes quirúrgicos porque están expuestos a “un montón de fluidos corporales”.

Protegiendo a los Vulnerables
Pero también protegen a los reos dementes de los presos que tratan de agredirlos, maltratarlos o robarles. Cuando Steven Berry, un Gold Coat, sorprendió a dos reos vaciando los bolsillos de un preso demente, se les echó encima como un bólido. “Recuperé sus cosas”, dijo Berry, un ex guardavía de la Armada que asesinó a su cuñada y trató de matar a su esposa.
Los Gold Coats son hostigados y llamados chivatos porque parecen tomar el lado de los funcionarios carcelarios y debido a los beneficios que reciben. En el comedor, para ayudar a los pacientes con demencia que, dice Burdick, “empiezan a olvidar cosas básicas como para qué sirve un tenedor”, los Gold Coats se sientan con ellos en mesas especiales donde se come más lentamente y se permite que las comidas se estiren más allá de los diez a doce minutos habituales.
Cuando un reo trató de robar el postre de un paciente, Montgomery, uno de los Gold Coats, gruñó: “Tienes que devolverle su galleta”.
“¿Quién eres tú, la policía?”, ladró el reo. Montgomery replicó: “¡Sí, yo soy la policía!”
Hay más reos con demencia de lo que creen los funcionarios de prisiones, dicen los expertos. Las rutinas de la cárcel pueden ocultar síntomas como el olvido. Los gendarmes están acostumbrados a castigar a los reos agresivos, sin evaluar si tienen Alzheimer.
“No responder apropiadamente a las preguntas, mostrarse conflictivo –esas conductas son consideradas malas”, dijo Sharen Barboza, director de operaciones clínicas para MHM Services, una empresa especializada en salud mental que adiestra a los funcionarios carcelarios.
La Unidad para Reos con Discapacidad Cognitiva de Nueva York, que empezó hace cinco años, ha atendido hasta la fecha a 84 presos, pero “hay muchas personas en el sistema que todavía no han sido detectadas”, dijo Paul Kleinman, psicólogo del programa. “No están siendo identificadas apropiadamente”.
La enfermedad de Alzheimer afecta a 5.4 millones de estadounidenses, una cifra que se espera se duplique para 2040. Los expertos creen que la enfermedad de Alzheimer en las cárceles podría crecer dos o tres veces más rápidamente, dijo John Wilson, especialista en operaciones clínicas para MHM, porque “los factores preventivos que podrían mitigar el desarrollo de la demencia son muy pocos o ninguno en la cárcel –cosas como trabajos complejos, un rico ambiente social, actividades de ocio”.
Considerando que California, con casi trece mil reos mayores de 55 años, no podría atender adecuadamente a los reos dementes, Hodel, cuando estaba empezando el programa Gold Coat, pidió al capítulo regional de la Alzheimer’s Association que adiestrara a reos para que ayudaran. La directora de área del capítulo, Sara Bartlett, temía que ella y Arlene Stepputat, entonces directora del programa, no estuvieran seguras como mujeres en una cárcel de hombres. Dudaba que los reos violentos pudieran proporcionar una atención sensible.
Ambas mujeres se sorprendieron de la receptividad de los presos, con menos lazos emocionales complicados con los pacientes que muchas de las personas que adiestraban para atender a sus familiares en casa. “Trabajar con ellos es mucho más fácil”, dijo Stepputat.
Heriberto G. Sánchez, psicólogo jefe de la Colonia Masculina de California, dijo que los presos “valoraban que alguien del mundo exterior pensara que podían hacerlo”. Uno escribió una evaluación: “Gracias por permitir que me sienta humano”.
La cárcel exige que los Gold Coats tengan “antecedentes de conducta limpios durante cinco a diez años”, dijo Steed. De momento, sólo un Gold Coat ha sido removido debido a que “tenía problemas” con el hecho de que los pacientes de demencia se ensuciaran al comer y otras cosas, dijo Hodel.
Para los reos, el trabajo tiene atractivos. Reciben mejor paga que en otros trabajos carcelarios y el trabajo limpia los antecedentes de un reo.
A dos Gold Coats se les concedió la libertad condicional.
Uno de ellos, Shawn Henderson, que fue condenado a veinticinco años a perpetua por un doble homicidio en 1985 y al que negaron dos veces la libertad condicional, fue enviado a casa en febrero pasado. Haciendo un trabajo en el que “te escupen, le arrojan excrementos, te mean, te insultan” le ayudó a hacer frente a la vida fuera de la cárcel, dijo Henderson, 46. “Ahora cuando tengo un encuentro de ese tipo en la calle, puedo ser mucho más compasivo”, dijo. “Y no creo que denunciarlo a las autoridades sea soplonaje”.
Los Gold Coats hacen clases de ejercicios y reuniones diseñadas para estimular la memoria y mitigar la desorientación. Escoltan a los reos al médico, haciendo de intermediarios.
Y a menudo necesitan ser diestros. Un reo de 73 años se para la mayoría de las veces junto a la puerta a esperar que lo recoja su madre, que falleció hace mucho tiempo. A veces se niega a ducharse, por miedo a no verla. Evers lo convence de que entre, diciéndole que su madre “quiere que te duches antes de venir”.
Se requiere más sutileza para Gregory, 71, que está cumpliendo prisión perpetua por asesinar y mutilar a su novia con una navaja -arrojando partes de su cuerpo en el tacho de la basura; al ser capturado dijo “volví al cuarto y la maté y tuve sexo con otra” mujer. No cree que tenga demencia, pero los síntomas que se acumulan poco a poco incluyen romper una fregona en la cabeza de un reo y escribir a agencias externas con la ilusión de que se le concederá la libertad condicional.
Para atender a Gregory, Samuel Baxter, un Gold Coat que mató a tiros a un colega, disparándole seis veces, le recuerda amablemente sobre hacer la cama y los horarios. “Tienes que dejar que Gregory se acerque a ti”, dijo Baxter.
Hay límites a lo que pueden hacer los Gold Coats. Pueden limar las uñas de los pacientes, por ejemplo, pero no cortarlas, porque eso es un servicio profesional que legalmente no puede ser delegado a reos Y hay indignidades, como fregar después de que los presos hayan orinado en el suelo.
“Hace un año”, dijo Baxter, “no podría haber dicho: ‘¿Sabes qué?, voy a ayudar a ese hombre grande a ducharse’”, y “voy a ayudar a esos tipos de asearse”.
Los Gold Coats dicen que el trabajo les emociona. “Yo era una persona quebrada”, dijo Burdick, el que durante sus 35 años en la cárcel perdió a su esposa (falleció a causa del SIDA) y a una hija de dieciséis años (por suicidio). Los pacientes de demencia a menudo “no te dan ni las gracias”, dijo, pero “sólo me dan golpecitos en la espalda y sé lo que eso significa”.
Cañas dijo: “No tengo ningún sentimiento sobre otras personas. Quiero decir, yo era un depredador”. Ahora, dijo, “soy un protector”.
Sin embargo, los Gold Coats todavía no saben cómo ayudar a Leon Baham.
Cuando Baham, 71, recibió el diagnóstico de demencia hace un año, un psiquiatra, el doctor Russell Marks, observó que él añoraba a su esposa “casi como si a veces no se diera cuenta” de que su crimen había sido “asesinar a la mujer por la que lloraba”.
En una entrevista reciente, Baham recordó el asesinato vagamente: “Había sangre en todas partes. Ella me dijo: ‘Cariño’”.
Ha sido ingresado repetidas veces en el centro de crisis, una vez después de “orinar en el suelo; se estaba golpeando la cabeza contra los barrotes, hubo que ponerle una máscara para impedir que escupiera a otros”; y estaba “amenazando con matar a las personas de las que creía que le habían robado el reloj”, dijo Marks.
Después de tratar de entrar a la celda equivocada, le dijo a Steed, “me voy a suicidar”, agregando: “No quiero vivir de esta manera”.
Fue enviado a un hospital psiquiátrico, de donde volvió menos deprimido. Pero a menudo se encuentra desorientado en el patio. “Olvido qué estoy haciendo aquí afuera”, dijo Baham. “Me estoy perdiendo un poco”.
Sin embargo, resiste la ayuda de los Gold Coats y cree que tendrá que pagarles. La ayuda oblicua, como cuando Burdick le lleva su chaqueta, es todo lo que acepta.
“No los necesito”, dijo Baham.

Era un Monstruo
La compasión que necesita Secel Montgomery para su trabajo como Gold Coats no la conocía cuando cometió un asesinato en 1987. Quería dinero para alcohol, y cuando su ex cuñada se lo negó, “la golpeé hasta dejarla inconsciente, la amarré y la apuñalé”. Luego se lavó las manos y llamó a su esposa para que lo transportara.
Cogió las cosas que tenían sus huellas digitales, pero no le hizo nada a su sobrino infante. “Pensé que eso sería secuestro”, explicó.
Montgomery, sentenciado a veintiséis años a perpetua, pasó diecisiete años en una cárcel de alta seguridad por “desobedecer órdenes”, dijo. Hacía un alcohol de contrabando llamado “pruno”.
Sólo en el 2000, después de que Montgomery, de 47, fuera sorprendido con marihuana, acusado de amenazar a un funcionario de la prisión y encerrado en el “hoyo”, decidió cambiar. “Yo era un monstruo”, dijo.
Las familias de reos dementes no son indiferentes ante el hecho de que reos como Montgomery tengan ahora tanta responsabilidad. Laura Eklund, sobrina de Cruz, dijo que los funcionarios de la prisión han preguntado si sus parientes querían la libertad condicional para él, pero su familia lo ha rechazado. “Para ser honesto, no podríamos brindarle la atención que recibe en la cárcel”, dijo.
Cuando Cruz ve su propio reflejo, a menudo cree que es su hermano Sergio. Para mantenerlo tranquilo, el espejo de su celda ha sido tapado con cinta de pegar. Pero ahora cuando mira en el inodoro, dice: “Oye, mi hermano está ahí abajo. No puedo sacarlo”.
Montgomery dijo que trata de reconfortar a Cruz, pero si Cruz está encerrado en su celda, Montgomery –todavía un preso, después de todo- no puede entrar incluso si se le permite salir de su propia celda. Llamará a Cruz a través de un ventanuco en la gruesa puerta de metal. “Todo lo que puedo decir es: ’Cruz, ven aquí, ven aquí, ven aquí’, pero no se mueve”, dice, mirando desesperado el inodoro. “Mira, mira, mira”.
1 de abril de 2012
10 de marzo de 2012
26 de febrero de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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