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[Escritor de ficción gótica.]

[Margalit Fox] Murió el miércoles en su casa en Gainsville, Florida, el escritor Harry Crews, cuyas novelas superaron el gótico sureño conjurando un mundo de personajes alcohólicos, pendencieros y charlatanes cuyas perversiones físicas, mentales, sociales y sexuales los convertían de algún modo en personas normales y eminentemente simpáticas. Tenía 76 años.
La causa fueron complicaciones de una neuropatía, informó su ex esposa Sally Crews. Antes de retirarse en los años noventa, Crews enseñó durante muchos años en la Universidad de Florida en Gainsville.
Como un Rabelais nacido en Georgia, Crews se hizo famoso por sus novelas sobrenaturalmente violentas, tenebrosamente cómicas, poderosamente satíricas y grotescamente pobladas.
Aunque sus libros sedujeron a muchos reseñadores, nunca llegaron a las listas de los mejor vendidos, en parte porque dejaban perplejos a algunos lectores, y repelían a otros. Pero sí le atrajeron un cuadro de lectores tan furiosamente dedicados que la frase “público de culto” parece inadecuada para describir su ardor.
Crews se dio a conocer con su primera novela ‘El cantante de Gospel’ [The Gospel Singer], publicada en 1968. El libro, sobre un predicador evangelista viajero que encuentra un lúgubre destino en una ciudad de Georgia, describe a personajes del tipo que aparecerían en decenas de sus novelas posteriores: monstruos de circo, un lunático escapado del manicomio y uno o dos sociópatas.
“¿No tienes la intención de hacer tu carrera sobre la espalda de los enanos, no?”, le preguntó a Crews su esposa en los inicios de su carrera literaria.
En realidad, lo hizo. Además de enanos, en sus novelas posteriores también aparecen personajes como un hombre de 272 kilos que consume titánicas cantidades de la bebida dietética Metrecal (‘Naked in Garden Hills’, 1969); una mujer que le canta tiernamente al cráneo de su marido muerto (‘Scar Lover’, 1992); y, quizás más conocido, un hombre que se come un coche –un Ford Maverick del 71 para ser exacto (‘Car’, 1972).
El alcohol tuvo mucha importancia en la obra de Crews, como la tuvo para su cuerpo durante muchos años. Una vez, por encargo de una revista en Alaska –habitualmente escribía ensayos para Playboy y Esquire en los años setenta- despertó después de una líquida noche para encontrarse a sí mismo en posesión de un tatuaje (una “bisagra” detrás del codo) que no tenía antes.
Pese a su fecunda decadencia, o más probablemente debido a esta, las novelas de Crews delatan una empatía fundamental cuando hacen la crónica de sus personajes en su búsqueda de sentido en el disoluto mundo en sus últimos días. Su capacidad de hilar una oscura y brillante hebra desde este remolino de almas le daba una voz especial que hacía fascinante su prosa.
‘A Feast of Snakes’ (1976), que gira sobre el obsesivo rito anual de una ciudad –un rodeo de serpientes cascabel- y es considerada por muchos críticos como su mejor novela, empieza así:
“Sintió a la serpiente entre sus pechos, la sintió allí, y la amó allí, sintió que se enroscaba, la S profundamente tumescente se mantuvo rígida, lista para atacar. Le encantaba la manera en que la serpiente parecía cosida a su suéter de cuello en V, a su piel adiamantada brillando bajo el sol. Estaba inusualmente caluroso para la estación, casi quince grados, para estar en los primeros días de noviembre en Mystic, Georgia, y podía oler el ligero almizcle de su propio sudor. El gustaba el sudor, el modo en que lo sentía, grueso como aceite, en todas las articulaciones de su cuerpo, sus huesos, en los músculos firmes, tensos, listo para saltar –para atacar- cuando la banda detrás de ella empezó a entonar el himno de la escuela, ‘Fight On Deadly Rattlers of Old Mystic High’.
Para los críticos que lo catalogaban como sensacionalista, Crews –un llano ex marine, ex boxeador, ex gorila y ex charlatán de feria- replicaba que, en efecto, había convertido la decadencia en una sátira. Sus verdaderas respuestas son en gran parte impublicables.
Lo que queda claro en sus entrevistas, y quedó todavía más claro con la publicación de sus afamadas memorias, ‘A Childhood: The Biography of a Place’ (1978), es que pese a los dramas circenses, a la profunda tragedia y a lo más negro de la comedia negra, cualquier cosa en la narrativa de Crews queda rotundamente eclipsada por los hechos de su propia vida.
Harry Eugene Crews nació el 7 de junio de 1935 en Alma, Georgia, una comunidad rural cerca de Okefenokee Swamp donde, escribió más tarde, “no había suficiente dinero en el condado como para cerrar los ojos de los muertos”. Rara vez había suficiente comida; la gente del pueblo complementaba su dieta comiendo greda, por los minerales que contenía.
Su padre, Ray, un parcelero, murió antes de que Harry cumpliera dos años. Poco después, su madre, Myrtice, se casó con el hermano de Ray, un violento alcohólico.
“Vivimos en una serie de granjas de inquilinos”, contó Crews al New York Times en 1978. “Los tipos de lugares donde podías estar despierto toda la noche y mirar a través del tejado y ver las estrellas y podrías pescar pollos a través de las enormes grietas del suelo amarrando un poco de tabaco a un anzuelo”.
Al joven Harry le encantaban los cuentos, pero había pocos libros. En lugar de eso, su talento creativo encontró sus raíces en el catálogo de Sears Roebuck. “La situación en casa era tan terrible que me contaba historias sobre la gente que veía en el catálogo”, contó en la misma entrevista. “Todos se veían tan buenos y limpios y perfectos, y luego escribía pequeñas historias sobre ellos”.
Cuando Harry tenía cinco años, una enfermedad, posiblemente polio, paralizó sus piernas durante un tiempo, obligándolo a doblarse en un incesante espasmo. Una parada de familiares, curanderos y simplemente curiosos se acercaron a su lecho de enfermo, boquiabiertos, contó más tarde, como si él fuera parte de un carnaval.
Cerca de un año después, repuesto de su enfermedad, se cayó en una caldera con agua hirviendo utilizada para desprender la piel de los cerdos sacrificados. Soltaba la piel. Una vez más, debió meterse en cama.
A los diecisiete, se incorporó al Cuerpo de Infantes de Marina durante tres años. Después de eso, gracias a la Ley G.I., estudió en la Universidad de Florida, donde estudió con el connotado novelista sureño Andrew Lytle. Se licenció en literatura en esta universidad en 1960, y luego siguió una maestría en pedagogía.
A principio de |960, Crews se casó con una compañera de curso, Sally Ellis. Se divorciaron a fines de 1961, para volver a casarse al año siguiente. Tuvieron dos hijos, uno de los cuales, Patrick, murió a los cuatro, ahogado en un accidente. La pareja se volvió a divorciar en 1972.
Le sobreviven su hijo, Byron; su hermano, Hoyett; y un nieto.
Entre sus otros libros se encuentran las novelas ‘El halcón muere’ [The Hawk Is Dying] (1973), ‘The Gypsy’s Curse’ (1974), ‘The Knockout Artist’ (1988) y ‘Celebration’ (1998), así como ensayos y antologías de cuentos.
Durante muchos años, Crews habló abiertamente en entrevistas sobre el alcohol, que fue su opción anestésica. Dejó de beber a fines de los años ochenta.
“Tenía una ex y un ex hijo y tenía un ex perro y una ex casa y soy un ex borracho”, dijo al Times en 2006. “He mantenido a putas y drogos y borrachos y camareros. Gracias a Dios que ya no estoy metido en eso”.
[Daniel E. Slotnik contribuyó al reportaje.]
14 de abril de 2012
30 de marzo de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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