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[Trípoli, Libia] [Milicianos ebrios y drogados recorren armados las calles y peleándose con otros paramilitares por territorio. El gobierno nacional es incapaz de controlar e impedir los saqueos y ha pagado a los ex combatientes una cuantiosa suma con la esperanza de que se retiren de las calles.]

[Steve Hendrix] A la entrada del principal vertedero de Trípoli, Mustafa al-Sepany espera en tenida de combate, con una expresión que dice que por ahí no pasarán camiones recolectores de basura. En cuatro meses no lo ha hecho ninguno, dejando a la capital del país revolcándose en la basura no recogida.
Sepany es uno de los miles de milicianos todavía armados que derrocaron al déspota libio Moamar al-Gadafi en las violentas revueltas del año pasado. Ahora es uno de los residentes cercanos al vertedero que están ejerciendo sus recién recuperadas libertades declarando que no quieren la basura de Trípoli. De cualquier parte, menos de aquí, dicen. Y en la Libia post-revolucionaria, las negativas se acompañan con armas automáticas.
“Preferimos morir antes que dejar que lo vuelvan a abrir”, dijo Sepany, que era notario antes del levantamiento.
Libia, inundado por alegres flores silvestres amarillas un año después de la Primavera Árabe, está aprendiendo una deprimente lección: la unidad no brota fácilmente en una región donde la toma de decisiones ha estado demasiado tiempo monopolizada en las manos de unos pocos y donde autócratas represivos taparon durante décadas las diferencias culturales, religiosas y étnicas.
Al vecino Egipto, un año después de la caída del presidente Hosni Mubarak lo marcan los quebrantamientos de la ley y el orden y por tensiones entre los musulmanes conservadores y los liberales laicos. En Siria, la afiliación religiosa ha emergido como una importante línea divisoria en momentos en que el ejército lucha contra fuerzas rebeldes, alimentando los temores de una guerra más generalizada.
Y en Libia, cinco meses después de la muerte del hombre que logró mantener unido a su país, aunque recurriendo a la fuerza bruta, la gente está empezando a preguntarse si hay algún otro modo de conseguirlo. Los enfrentamientos de la semana pasada entre tribus rivales en la sureña ciudad oasis Sabha le costaron la vida a 147 personas, dijeron funcionarios. El caos ha sido tal que en Libia nadie se sorprendería si una rencilla insignificante terminara en una balacera.
Desde que fuera cerrado el vertedero en diciembre pasado, los vecinos de Trípoli han empezado a dejar la basura en el terreno de un antiguo palacio de Gadafi. Pero al menos otro millón de toneladas de basura se apila en las calles de la ciudad, creando una grave crisis ambiental, de acuerdo a Adnan El-Gherwi, el director voluntario del Consejo Ejecutivo de Trípoli, que está intentando de dirigir la ciudad.
El viejo vertedero –construido por Gadafi hace once años- generó quejas entre los vecinos de que contaminaba el agua y fomentaba las enfermedades. El ayuntamiento prometió construir un nuevo vertedero tan pronto como posible y pagar por el agua potable, una clínica de salud y ayudar a las familias que viven cerca del antiguo. Pweo El-Gherwi insiste en que el viejo vertedero debe ser reabierto, al menos temporalmente. Y no descarta el uso de la fuerza.
“¿Le dieron once años a Gadafi, y no quieren darnos ni un solo año como nuevo gobierno?” dijo El-Gherwi, frustrado sobre la actitud displicente que está en el origen de este y otros conflictos. “Tenemos que aprender a trabajar como un solo pueblo”.
En lugar de eso, milicianos rivales, algunos de ellos ebrios y la mayoría desempleados, están peleando por territorio en la capital. En Tawarga, una ciudad al oeste del país, toda una población de negros libios ha sido desalojada por paramilitares de una ciudad vecina. Y las exigencias del este y la parte más rica del país por sus recursos petroleros, de mayor autonomía con respecto al gobierno central provocaron un enfrentamiento armado en Bengasi, planteando para algunos el espectro de la secesión.
“Aquí está todo torcido, lo sabemos”, dijo Sadat El-Badri, vicepresidente del Consejo Local de Trípoli. “Pasamos de una dictadura total a una libertad total de una sola vez, y la gente está haciendo exactamente lo que quiere”.
A diferencia del Egipto de Mubarak, Gadafi no dejó ningún andamio de ministerios en funcionamiento, nada de funcionarios públicos para su reutilización en una era de rendición de cuentas.
“No había leyes, no había reglas. Sólo contaba la opinión de un solo hombre”, dijo Almabruk Sultan, profesor de ciencias de la computación en Bengasi, una ciudad al este del país, que es un popular bloguero y comentarista. “En términos de gobierno, Libia era una granja. Y el granjero murió”.
Pero no ha sido olvidado. Un refrán común entre libios es: “Gadafi está todavía en nuestras cabezas”.
Los diarios manifestantes en las calles, exigiendo servicios públicos y acusando a los miembros del consejo de ser tan corruptos como los predecesores de Gadafi. Similarmente, los funcionarios se muestran rápidamente inclinados a describir a los manifestantes como títeres de elementos pro-Gadafi.
El Consejo Nacional de Transición, formado apresuradamente en los primeros días del levantamiento de líderes tribales y locales, está intentando remplazarse a sí mismo por un gobierno representativo. Su organigrama de reformas describe un proceso de veinte meses que incluye tanto la redacción de una nueva constitución como la elección de una legislatura nacional.
Pero los libios no están de ánimos metódicos. En Misurata, donde ocurrieron algunos de los combates más intensos, la milicia local desconoció al Consejo Nacional de Transición y realizó su propia elección con meses de antelación.
En Trípoli, los semáforos funcionan, pero son universalmente ignorados.
“¿Por qué necesitas un AK-47 para dirigir el tráfico?”, se pregunta Sabri Issa, dueño de una compañía de servicios para el petróleo mientras observaba a cuatro jóvenes milicianos solucionando bruscamente los tacos en las calles de la Plaza de los Mártires, manipulando sus rifles automáticos a la altura del parabrisas. A algunos metros de allí, dos agentes de policía esperaban en un coche. “No hacen nada para controlar a estos tipos”, dijo Issa. “Nuestro gobierno lo es sólo de nombre”.
Los paramilitares de Trípoli se han hecho con el elevado Grand Hotel. Otros controlan el aeropuerto. Y aunque pocos cadáveres resultantes de asesinatos por venganza son hallados cada mañana, las balaceras todavía resuenan en las noches.
Funcionarios del Ministerio del Interior reconocen que no tienen poder para terminar con el saqueo y los tiroteos. Los tribunales penales están paralizados. Cuando se arresta a algún paramilitar, sus compañeros los rescatan de las cárceles. Con un desempleo cercano al treinta por ciento –es más alto entre los jóvenes-, el Consejo Nacional de Transición ha logrado reunir una paga única de cerca de mil 600 dólares a cada miliciano, con la esperanza de sacarlos de la calle.
El dinero estaba siendo pagado hace poco en la Base Militar Mahmoud Nashnoush en la costa, donde los rebeldes en una mezcla de tenida de combate y jersey de fútbol se arremolinaron en torno a la puerta para recibir la paga. Algunas de sus camionetas todavía lucían ametralladoras pesadas en la parte de atrás; la mayoría de los vehículos tenía banderas revolucionarias de cartón en lugar de las matrículas obligatorias.
“Esta es la primera vez que nos pagan por haber peleado”, dijo Mohamed Calef, miembro de una milicia de Trípoli, mientras hojeaba un grueso fajo de billetes. “Ahora algunos volverán a casa”.
El caos en Trípoli y alrededores puede haber apurado los llamados a la autonomía regional que han empezado a hacerse oír en la mitad oriental del país.
“La capital está secuestrada por las pandillas. No pueden limpiar sus calles. ¿Quiénes son para decirnos lo que debemos hacer?”, dijo Sultan, el profesor de Bengasi.
Bengasi, la capital oriental salpicada de palmeras, no parece una ciudad secesionista. Carteles de combatientes caídos en combate durante la rebelión llenan todavía el barrio antiguo, junto con pintadas que celebran el 17 de febrero, el día en que comenzó el levantamiento el año pasado en estas calles.
La nueva bandera nacional cuelga en todas partes, incluso en un mercado de pescado junto al Mediterráneo. La pancarta roja, verde y negro se exhibe a un lado de la puerta; del otro pende un tiburón capturado recientemente.
“Finalmente me siento libio”, dijo Adel Mansouri, sentado con su esposa y sus tres hijos a una mesa cargada de pescado y chipirones fritos. Controlador de tráfico aéreo de Benghazi, fue condenado a muerte debido a su trabajo para la rebelión. Ahora es partidario de que el este del país tenga mayor autonomía, aunque también siente una recién recobrada identidad nacional.
En el pasado, dijo, podía gruñir discretamente contra la selección nacional de fútbol de Libia, un proyecto favorito del hijo de Gadafi, Saadi. Pero eso cambió cuando la primera selección de después de la rebelión salió a la cancha durante la Copa de Naciones de África.
“Lloré”, dijo. “Todo el mundo lloró”.
Debajo del patriotismo se oculta un persistente resentimiento en Bengasi por haber sido ignorados durante décadas como un puesto de avanzada de segunda categoría mientras Trípoli lucía calles pavimentadas y acaparaba todas las becas.
Cuando el Consejo Nacional de Transición anunció hace poco el bosquejo de una legislatura que incluiría ciento once miembros del populoso occidente del país y sesenta del oriente, los orientales, sensibles a la prestidigitación, se retiraron.
El 6 de marzo un grupo de líderes tribales llamó a volver a la estructura federal que en los años cincuenta dividió a Libia en tres regiones: Tripolitania al oeste, Fezán al sur y Barca en el este. Los líderes dicen que las relaciones internacionales y la defensa nacional deben quedar en manos de Trípoli, y que las regiones deberían tener mayor autonomía sobre el presupuesto y los asuntos domésticos.
La propuesta fue recibida con expresiones de horror en Trípoli, donde muchas la vieron como un paso hacia el desmembramiento de Libia y la pérdida de la riqueza del petróleo. Mustafa Abdel Jalil, que, como presidente del Consejo Nacional de Transición, encabeza el gobierno interino, rechazó la idea y dijo que mantendría al país unido aun si tuviera que usar la fuerza para ello.
El 15 de marzo un grupo de hombres interrumpió una manifestación a favor del federalismo en Bengasi lanzando piedras y disparando, dejando a cinco heridos. Los orientales dicen que la reacción les recuerda las tácticas de la era de Gadafi.
El líder de la facción federalista es Ahmed al-Senussi, una venerada figura de la oposición que pasó 31 años en la cárcel durante la dictadura de Gadafi, nueve de ellos en régimen de aislamiento.
En su casa en las afueras de Bengasi, Senussi insistió en que los federalistas no están buscando independizarse de Libia, ni están tratando de apropiarse de los ingresos de los extensos campos petrolíferos al oriente del país.
“No estamos a favor de dividir el país”, dijo Senussi. “El pasaporte será el mismo, el himno será el himno. Trípoli será la capital”.
Se echó hacia adelante para enfatizar: “Primero soy libio, después de Barca. No estamos llamando a la secesión. Estamos pidiendo nuestros derechos. Y eso no es un delito”.
16 de abril de 2012
31 de marzo de 2012
©washington post
cc traducción c. lísperguer

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