Home

[Trípoli, Libia] [Paramilitares libios se vuelcan en la política: una volátil mezcla.]

[David D. Kirkpatrick] Los líderes milicianos que han convertido a la Libia después de Gadafi en un mosaico de feudos semiautónomos están ahora incursionando en política, exacerbando los temores de que sus brigadas armadas puedan sabotear las elecciones destinadas a sentar los fundamentos de una nueva democracia.
El líder de la milicia de Zintán, que controla el aeropuerto aquí en la capital ha cambiado su traje y corbata por un uniforme y ahora habla de su posible candidatura, con sus mil doscientos hombres armados. El presidente del consejo militar de Trípoli ha fundado un nuevo partido político, y el consejo militar de Bengasi está preparando su propia lista de candidatos para cargos locales.
Las milicias regionales y el gobernante Consejo Nacional de Transición ya han bloqueado la ciudad Bani Walid, que fue un bastión del coronel Moamar al-Gadafi en el pasado, por elegir su propio gobierno. Otros jefes de milicias están ofreciendo su apoyo armado como nuevas alas militares de los partidos recién formados.
Cinco meses después de la muerte del coronel Gadafi, los libios cuentan con el rito de las urnas para poner fin a cuarenta años de gobierno autoritario. Los paramilitares formados para luchar contra Gadafi, y muchos otros que surgieron después del hecho, han frustrado la consolidación de la nueva autoridad central y se han convertido en una amenaza para la seguridad, enfrentándose a tiros con rivales en las calles de la capital, deteniendo y torturando a sospechosos de ser leales a Gadafi, y la semana pasada incluso secuestrando a dos miembros del Consejo Nacional de Transición durante dos días.
Las autoridades interinas de Libia dicen que esperan que un gobierno elegido tenga la legitimidad para controlar esas milicias, y el país avanza a pasos apresurados hacia las elecciones. Las dos ciudades más grandes, Bengasi y Trípoli, convocarán a elecciones locales en mayo, mientras que el Consejo Nacional de Transición prometió elecciones en junio para elegir una asamblea que gobernará mientras se redacta una nueva Constitución.
Sin un ejército nacional o una fuerza policial, sin embargo, muchos civiles temen que los paramilitares puedan intimidar a los electores, escamotear votos o controlar de otro modo el proceso, dejando a Libia atascada en la violencia interna, desgarrada por tensiones regionales o, como sugiere un sondeo reciente, como esperan muchos libios, vulnerable al surgimiento de un nuevo hombre fuerte.
Incluso políticos civiles, alarmados por la interacción de armas y política dicen que podrían no ser capaces de oponerse a ella. “Estamos diciendo muy claramente que no queremos ser parte de eso”, dijo Ali Tarhuni, ex ministro interino del petróleo y viceprimer ministro que ahora ha empezado un nuevo partido político. “Pero más adelante, ¿qué podemos hacer?”
Tarhuni y otros dicen que temen que Libia pueda repetir la experiencia del Líbano, donde milicias armadas formadas durante la guerra civil se convirtieron en un elemento permanente del paisaje político. Algunas brigadas en el país, incluyendo la que controla el aeropuerto dirigida por Mokhtar al-Akhdar, han desarrollado fuentes independientes de ingreso, principalmente por sus servicios de seguridad. “Protección”, dijo Tarhuni.
Otros dicen que Libia podría frustrar las expectativas de caos durante las varias elecciones. La ciudad de Misurata, que es relativamente homogénea, realizó hace poco elecciones que transcurrieron pacíficamente. Aquí en la más dividida capital y en todo el país, funcionarios libios admiten que están capitalizando intangibles, como las tradiciones tribales de Libia, el espíritu unificador de la revolución y el patriotismo de sus jóvenes milicianos, para mantener un cierto nivel de orden. Sin embargo, Mustafa Abu Shagour, viceprimer ministro del gobierno interino dijo que esperaba ver armas en las calles.
“Estoy muy preocupado”, dijo.
Después de 42 años de una bizarra dictadura que se definía a sí misma como “gobierno de las masas” participativo, los libios desconfían de la democracia. En un sondeo entre libios realizado en diciembre y enero por un equipo de investigación de la Universidad de Oxford, sólo el quince por ciento de los más de dos mil entrevistados dijeron que querían algún tipo de democracia dentro de los próximos doce meses, mientras que el 42 por ciento dijo que esperaba que Libia fuera gobernada por un nuevo dictador.
Quizás lo más preocupante es que una significativa minoría, de cerca del dieciséis por ciento, dijo que estaba dispuesta a recurrir a la violencia para alcanzar objetivos políticos.
Los líderes de las milicias regionales insisten en que son los guardianes de la democracia, compensando la incapacidad del Consejo Nacional de Transición. Pero a menudo siguen dependiendo de grupos armados fuera de todo proceso legal o político.
Cuando una manifestación pacífica en Bengasi llamó al federalismo, el ministro del Interior –un jefe paramilitar de Misurata- amenazó públicamente con dirigir una organización armada de su ciudad natal para luchar contra lo que llamó una amenaza a la unidad nacional.
Fawzi Bukatief, comandante de una alianza de cuarenta brigadas orientales con sede en Bengasi, dijo que pronto anunciaría la formación de la unión nacional de milicias, organización independiente de los ministerios de Defensa e Interior. Dijo que la unión podría usar su poder de fuego para reprimir a otros grupos paramilitares que todavía operan en Trípoli.
“Los detendremos, o los encarcelaremos”, dijo. “Conocemos a los combatientes. Nosotros decidimos quién es revolucionario y quién no”.
“Las milicias son el problema”, agregó. “Pero también la solución”.
Con una chaqueta de tweed en lugar de camuflaje, dijo que estaba considerando su candidatura en Bengasi. Hacerlo mientras sus milicianos vigilan la votación “puede ser conflictivo”, dijo, encogiéndose de hombros, reconociendo que tendrá que “renunciar” a su papel en la milicia.
El gobierno interino se ha visto impotente a la hora de poner fin a los ataques contra tribus o contra vecindarios acusados de haber apoyado al coronel Gadafi, mucho más a la hora de garantizarles su derecho a voto.
En el vecindario de Abu Salim, en Trípoli, una milicia paramilitar continúa operando desde un búnker fuertemente fortificado, con ametralladoras instaladas en el tejado, apuntando hacia la calle. Los vecinos –especialmente aquellos de piel oscura, a menudo acusados de pertenecer a tribus que lucharon con el coronel Gadafi- dijeron que tenían miedo de pasar por el búnker. En el búnker, los prisioneros estaban golpeando las puertas de metal de las pequeñas celdas.
Abdul Salem el-Massoudi, 42, jefe del interrogatorios del consejo militar del vecindario, dijo que la milicia todavía estaba persiguiendo a los sospechosos de una masacre cometida por tropas de Gadafi. Pero en cuanto a los libios de piel oscura de la ciudad de Tawarga, sugirió que ellos tenían la culpa.
“Sus hijos los metieron en este problema” al luchar por Gadafi, dijo. “Ahora son refugiados”.
Funcionarios del gobierno interino todavía insisten en que esperan controlar las milicias para el día de la elección en junio, en parte convirtiendo a los paramilitares en miembros de una guardia nacional. Sin embargo, no está claro cuánta lealtad se puede comprar con dinero.
Muy bien de dinero con el petróleo, el gobierno interino ha empezado a pagar a miles de milicianos por el trabajo de mantener la seguridad en la capital –el equivalente de dos mil dólares para cada miliciano soltero y cerca de tres mil trescientos dólares para los casados.
El mes pasado, brigadas locales empezaron a hacer la cola para recibir su paga en la antigua academia de policía, que está en Hadhba, otro barrio conocido por su lealtad al ex dictador. Pero entonces un grupo de paramilitares del barrio más combativo de Souk el-Juma decidió que se no les estaba pagando con la rapidez debida y, además, no querían ser pagados en un bastión gadafista.
Así, varias decenas de combatientes atacaron el edificio de la academia. En una lluvia de disparos –muchos iban armados con Kalashnikovs, algunos con cuchillo, y estaban siendo cubiertos por tres ametralladoras-, irrumpieron a través de los portones de hierro, sacaron algunas de las puntas para usarlas como armas y rompieron los ventanucos de la garita.
“¡Huyan, o los mataremos!”, gritó un paramilitar a los vecinos que huían. Otro declaró: “Esto es nuestro. Nosotros somos los dueños”.
Dos días después, los jefes de la brigada Souk el-Juma estaban pagando a sus miembros en sus propias sedes, echando por tierra toda esperanza de transferir la lealtad de los combatientes hacia el gobierno central.
Ex funcionarios de Gadafi, que están también conversando sobre la posibilidad de formar un partido político, dicen que oyen un eco del pasado. “Están usando el mismo lenguaje que nosotros”, dijo un ex asesor de Gadafi, que habló a condición de conservar el anonimato por razones de seguridad. “Usamos la fuerza. Ellos también están usando la fuerza. No ha cambiado nada, más allá de la bandera y del himno nacional”.
[Suliman Ali Alzway contribuyó al reportaje.]
20 de abril de 2012
2 de abril de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s