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[Trípoli, Libia] [La relativa riqueza de Libia atrae a muchos africanos que buscan una vida mejor. Sin embargo, a menudo son maltratados, encarcelados sin formulación de cargos e incluso sometidos a una suerte de moderna esclavitud.]

[Glen Johnson] Ahmed Mostafa y sus amigos pagaron miles de dólares para trasladarse a Libia hace poco, viajando con bandas de contrabandistas a través del África Occidental. Sería su escape de las gigantescas barriadas de Accra, la capital de Ghana.
Mostafa había oído numerosos rumores sobre detenciones arbitrarias y turbas de linchamiento libias durante la guerra el año pasado en la que su gobernante durante décadas, el coronel Moamar Gadafi, fue derrocado y asesinado. Pero confiaba en la suerte: “No era algo en lo que hubiera pensado realmente”, dijo. “Sólo pensé en venir y conseguir un trabajo. Luego pensaba enviar algo de dinero a mi familia”.
En lugar de eso, él y sus diez amigos terminaron en una cárcel pública, el Centro de Detención Twoshi, durmiendo en pequeños colchones de espuma, decenas en cada celda. Hace dos semanas una milicia lo había espiado cuando transitaba por un polvoriento camino al norte del país y fue detenido. Siguen en prisión, sin cargo y sin abogado.
En Libia la inmigración ilegal está nuevamente remontando, gracias a dos corredores al este y occidente del país. Un torrente de africanos –somalíes, eritreos, nigerinos, sudaneses, malianos- ilusionados con una nueva vida han hecho el peligroso viaje a Libia. Pero como el conflicto continúa en gran parte del país, muchos de estos inmigrantes están siendo detenidos y encerrados, en algunos casos para ser explotados como trabajadores forzados.
“La tarifa actual para un emigrante es de 260 a 800 dinares libios”, cerca de 210 a 645 dólares, dijo Jeremy Haslam, jefe de la misión libia ante la Organización Internacional para las Migraciones.
“Uno de los problemas es que muchos recintos de detención no están actualmente bajo control del estado, y son administrados por consejos locales e incluso por empresas. Lo último puede implicar la presencia del crimen organizado, que organiza operaciones de tráfico de personas: la esclavitud moderna”.
En algunos centros de detención, los miembros del personal arriendan los detenidos africanos a empleadores, los que hacen una contribución a la cárcel para ayudar a cubrir los costes. Otros inmigrantes son derechamente vendidos a sus empleadores.
“En algunas circunstancias, puede parecer una transacción legítima, pero es esencialmente explotación”, dijo Haslam. “Y se ha extendido”.
Los inmigrantes a menudo deben pagar la deuda de su venta, dijo Haslam, y no tienen ninguna posibilidad de negociar sobre las horas o la paga o el tipo de trabajo que van a hacer.
“Sin una residencia legal en el país, el ciclo puede continuar indefinidamente, y el inmigrante es recomercializado una vez que el empleador ya no necesita sus servicios”, dijo.
Las fronteras de Libia han sido asoladas durante largo tiempo por organizaciones de contrabandistas que transportan drogas, armas e inmigrantes haciendo uso de una intrincada red de rutas clandestinas. La relativa riqueza del país, extraída fundamentalmente de su industria petrolera –que proporciona un ingreso anual per cápita de doce mil dólares, el más alto de África- le ha asegurado un lugar como destino de inmigrantes ilegales.
Aseador. Constructor. Peón. Prostituta. Criado. Los trabajadores inmigrantes de Libia, al menos 1.5 millones de ellos cuando estalló la guerra el año pasado, eran todas estas cosas, y el país dependía pesadamente de ellos. Sin embargo, fueron siempre vistos como extranjeros que eran necesarios para hacer los trabajos que los libios ya no aceptaban.
Entretanto, algunos fueron caracterizados como traficantes de drogas y miembros del oscuro y violento mundo de las pandillas.
Al final, eran ejemplos de cómo el interés de Gadafi en el África subsahariana –después de numerosos y frustrados intentos de integrarse en Oriente Medio y África del Norte- se sustentaba a expensas de su propio pueblo. Y el resentimiento creció.
Libia carece de un marco legislativo para proteger a los inmigrantes contra abusos y explotación. En su Informe sobre Tráfico de Personas de 2011, el Departamento de Estado clasificó a Libia en el escalón más bajo, reservado para países que “no cumplen completamente con las normas mínimas y no hace esfuerzos significativos” para eliminar el tráfico de seres humanos.
Ataques racistas y xenofóbicos, que ocurrían frecuentemente antes de la guerra, aumentaron enormemente este último año cuando el país se hundió en el caos. Los rumores corrieron por toda Libia –grotescamente manipulados, de acuerdo a Amnistía Internacional- de que Gadafi estaba trayendo miles de mercenarios, con terribles consecuencias para los trabajadores inmigrantes negros del país.
Videos que han circulado recientemente muestran a africanos negros retenidos en una jaula, rodeados por una turba. Están sentados, con los pies y las manos atadas por la espalda. Todos tienen la bandera libia metida en la boca. Los hombres gritan “perros”, y “Dios es grande” y los obligan a comerse la bandera.
Se ve como se pasa la corredera de una pistola y se oye un tiro. Los hombres se levantan y saltan, como en un número de un circo de dementes, frente a sus torturadores. Se oye otro tiro. El video termina.
“Quiero contar a los guardias que yo no soy un mercenario”, dijo Mostafa, parado en el patio fuera de su celda. “Pero no hablo árabe. No puedo expresarme bien ante ellos”.
Cerca de ahí, otros inmigrantes desmalezan un prado bajo la vigilancia de los gendarmes de la cárcel.
Nadie sabe realmente cuántos centros de detención –cada vez más notorios por sus violaciones a los derechos humanos, incluyendo la tortura y violación de los detenidos- están operando en Libia ni cuántas personas se encuentran detenidas.
Naciones Unidas calcula que al menos siete mil personas están encarceladas –incluyendo inmigrantes, partidarios de Gadafi y delincuentes- y ha presionado por la emisión de documentación provisional para los inmigrantes ilegales y ofrecerles así a0lguna protección.
De acuerdo a Haslam, cerca del noventa por ciento de los inmigrantes ilegales no tienen identificaciones válidas, lo que complica el proceso de repatriación, prolonga su detención y los deja en situación de vulnerabilidad ante detenciones arbitrarias y explotación laboral.
“Deberían darles un visado a todos”, dijo Mohammed Khoja, que dirige un equipo de cuatro barrenderos nigerinos que son inmigrantes ilegales. “Los necesitamos”.
Sus trabajadores escudriñan en la basura acumulada en su terreno en la ciudad durante gran parte de la noche. Se acumula en los bordes de las calles y se desparrama en olas por los callejones. Sus trabajadores llevan tres años trabajando, en medio de la basura de Trípoli.
Sucios, con aspecto de espectros, revolotean entre los puestos y los coches estacionados, barriendo con sus escobas. Cuerpos delgados pasan encorvados. Un fétido olor –a fruta podrida, a estiércol de pollo y a animales sacrificados- lo impregna todo.
Algunos ven a los cuatro como no mejor que la basura que recogen o el pavimento que limpian, dice uno de ellos, Abdallah.
Compraron un reproductor de CD portátil barato para no oír los insultos. Bob Marley y Rihanna los acompañan durante parte de la noche, cuando la familia y los amigos que volvieron a los barrios bajos de Níger se deslizan entre sus recuerdos.
Fueron trasladados a Libia. Dicen que el viaje a través de África Occidental fue pura y simple brutalidad ya que tuvieron que amañárselas con implacables bandas de traficantes y funcionarios corruptos y aprovechadores, principalmente de Chad y Libia.
“Pasó todo lo que podías imaginar. Violaciones. Robos. Golpizas”, dijo Abdallah.
Los enfrentamiento en la remota ciudad sureña de Kufra, una escala de los traficantes, han escalado en los últimos meses. Corrieron rápidamente rumores de que mercenarios del Chad estaban tratando de desestabilizar a Libia. De hecho, bandas rivales de traficantes, muchas de ellos de libios, estaban peleando por el control de las rutas de la inmigración.
Los rumores nutren un ciclo de discriminación en el que toda persona con la piel oscura es detenida y encarcelada.
Como Mostafa.
No sabe qué pasará con él. Pero sabe que su sueño de un mundo mejor fuera de las barriadas de Ghana terminó.
“Quiero decirle a mi familia que vengan a rescatarme”, dice. “Quiero volver a casa”.
25 de abril de 2012
8 de abril de 2012
©los angeles times
http://www.latimes.com/news/nationworld/world/la-fg-libya-smuggling-20120408,0,6779066,full.story
cc traducción c. lísperguer

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