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[Nuevas investigaciones sobre el uso medicinal de drogas psicodélicas -como el éxtasis, el lsd y los hongos- ofrecen alentadoras perspectivas para que los pacientes terminales cambien su visión de la muerte.]

[Lauren Slater] Pam Sakuda tenía 55 años cuando descubrió que se estaba muriendo. Poco después de que le removieran un tumor de su colon, su doctor le dijo lo que más temía: fase 4, metástasis. A Sakuda le dieron de seis a catorce meses de vida. Decidida a reducir el crecimiento de su insidiosa enfermedad, corría varios kilómetros al día, incluso durante los agotadores tratamientos. Optimista, articulada y digna por naturaleza, Sakuda –que murió en noviembre de 2006, superando las expectativas de todo el mundo al vivir cuatro años más- se alarmó cuando la ansiedad y la depresión se apoderaron de ella cuando pasó la marca de catorce meses y sus días se hicieron más sombríos a medida que se acercaba a su muerte biológica. Norbert Litzinger, marido de Sakuda, lo explicó así: “Cuando pasas la fecha de tu propia sentencia de muerte, empiezas a preguntarte: ¿Cuándo? ¿Cuándo? Llegó el momento en que no podíamos hacer ni siquiera planes mundanos, porque no sabíamos si Pam estaría viva para entonces: un concierto, cenar con amigos. ¿Estaría todavía?” La pregunta sobre cuándo moriría empezó a dominar completamente la vida de la pareja, aumentando su angustia a medida que esperaban el último día.

Breve Historia del LSD
A medida que se intensificaba el miedo, Sakuda se enteró de un estudio que estaba siendo realizado por Charles Grob, psiquiatra e investigador del Centro Médico de la Universidad de California en Los Ángeles, que estaba suministrando el profármaco psilocibina –un componente activo de los hongos alucinógenos- a pacientes terminales de cáncer para ver si podía reducir su temor a la muerte.
Veintidós meses antes de su muerte, Sakuda se convirtió en una de los doce pacientes de Grob. Cuando la investigación finalizó en 2008 (fue publicada el año pasado en los Archives of General Psychiatry), los resultados mostraron que la administración de psilocibina a pacientes terminales se podía hacer sin peligro y reducía la ansiedad y depresión sobre sus inevitables muertes.
El interés de Grob en el poder de las drogas psicodélicas para mitigar el aguijón de la mortalidad no es solamente la obsesión de un investigador solitario. El doctor John Halpern, director del Laboratorio de Psiquiatría Integrativa del Hospital McLean, en Belmont, Massachusetts, un hospital de formación psiquiátrica de la Facultad de Medicina de Harvard, usó MDMA también conocida como éxtasis- en un intento de mitigar la ansiedad relacionada con la muerte en dos pacientes en la última fase del cáncer. Y hay dos estudios en curso que están administrando psilocibina a pacientes terminales, uno en la facultad de medicina de la Universidad de Nueva York, dirigido por Stephen Ross, y otro por el Centro Médico Bayview de Johns Hopkins, donde Roland Griffiths ha administrado psilocibina a veintidós pacientes de cáncer y espera ampliar la muestra a cuarenta y cuatro. “Esta investigación está en sus primeras fases”, me dijo Grob a principios de mes, “pero estamos viendo resultados consistentemente buenos”.
Grob y sus colegas forman parte de un renacimiento del interés científico en el poder curativo de las drogas psicodélicas. Michael Mithoefer, por ejemplo, ha mostrado que el MDMA es un efectivo tratamiento para el trastorno de estrés post-traumático (TEPT; PTSD). Halpern ha estudiado casos de personas con cefalea en racimos que tomaron LSD e informaron que sus síntomas disminuyeron enormemente. Y las drogas psicodélicas han sido estudiadas recientemente como tratamiento para el alcoholismo y otras adicciones.
Pese a la promesa de estas investigaciones, Grob y los investigadores de los últimos días de vida muestran discreción sobre la imagen que cultivan, distanciándose todo lo posible de los años sesenta, cuando las drogas psicodélicas fueron adoptadas por muchos y usadas en numerosas y polémicas investigaciones, más notoriamente el proyecto de psilocibina dirigido por Timothy Leary. Grob describió el desenfrenado uso de drogas que caracterizó a los años sesenta como “descontrolado” y dijo sobre las investigaciones en curso, incluyendo la suya propia, que “estamos tratando de no aparecer en el radar. Queremos ser anti-Leary”. Halpern está de acuerdo. “Somos científicos serios y sobrios”, me dijo.

El diagnóstico terminal de Sakuda, combinado con su salud prácticamente perfecta, la convirtió en una paciente ideal para el estudio de Grob. A partir de enero de 2005, Grob y su equipo de investigación sometieron a Sakuda a varios tests psicológicos, incluyendo el Inventario de Depresión de Beck y la escala de ansiedad Stai-Y para definir las mediciones básicas del estado psicológico de Sakuda y descartar cualquiera enfermedad psiquiátrica grave. “Queremos personas que estén psicológicamente sanas”, dice Grob, “personas cuyas depresiones y ansiedades no sean el resultado de una enfermedad mental” sino más bien, explicó, una respuesta a una enfermedad devastadora.
Sakuda participó en dos sesiones, una con psilocibina y otra con niacina, un placebo activo que puede causar enrojecimiento de la cara. El estudio se realizó bajo condiciones de doble ciego, lo que quiere decir que ni los investigadores ni los sujetos sabían qué contenían las cápsulas que estaban ingiriendo. El día de la primera sesión, Sakuda fue llevada a una habitación que los investigadores habían transformado con largas y fluidas telas y flores frescas para crear un ambiente tranquilizador en un hospital de otro modo frío. Sakuda se tragó una cápsula y se tendió en la cama a esperar. Grob la invitó –como hacen los investigadores con todos los sujetos- a llevar al hospital objetos personales que tuvieran un significado especial. “Estos objetos a menudo personalizan la sesión para el voluntario y a menudo provocan que el paciente piense en sus seres queridos o en acontecimientos importantes de sus vidas”, dice Roland Griffiths, de Johns Hopkins.
“Creo que es un poco tonto”, dice Halpern, “pero la idea es que con ayuda de las drogas psicodélicas puedas ver al objeto bajo una luz diferente. Puede ayudar a recuperar recuerdos; fomenta la introspección; puede ser un punto de referencia; puede ser una base”.
Sakuda llevó algunas fotos de familiares, las que, recordó Grob, apretó con sus manos cuando se tendió en la cama. A su lado estaban Grob y uno de sus asistentes, que se quedaron con los sujetos durante las seis a siete horas que duró la sesión de tratamiento. Sakuda sabía que en los días y semanas por venir, se reuniría con Grob y su equipo para procesar lo que pasaría en esa habitación. Le pusieron un antifaz negro, estimulándola a pensar en sí misma. Le pasaron audífonos. Pusieron música: el sonido de ríos torrentosos, suaves estacatos, graves percusiones. Grob y su equipo la visitaron cada hora, igual que a los demás pacientes, para preguntarle cómo se sentía y tomarle la presión. En algún momento, Grob observó que Sakuda, con el antifaz sobre su cara, empezó a llorar. Más tarde, Sakuda revelaría a Grob que el origen de sus lágrimas era una aguda comprensión empática de lo que sentiría su marido, Norbert, cuando ella muriera.
La coreografía de Grob –antifaz, objetos, música mística, aromas florales y telas suaves- proviene del trabajo de Stanislav Grof, psiquiatra nacido en Praga y padre del estudio de la medicina psicodélica para pacientes terminales. A mediados de los años sesenta –antes de que palabras como “ácido” y “bong” y “Deadhead” transformaran el paisaje estadounidense en una época en que las drogas psicodélicas no eran ilegales porque la mayoría de la gente no sabía qué eran y por tanto no existía la urgencia de ingerirlas –Grof empezó a suministrar la droga a pacientes de cáncer en el Spring Grove State Hospital cerca de Baltimore y a documentar sus efectos.
Grof escribió detalladas notas sobre sus numerosas sesiones psicodélicas y en sus varios artículos y libros derivados de estas sesiones, describió a los pacientes de cáncer como prisioneros del temor, que, bajo la influencia del LSD o de DPT, sintieron alivio frente al terror de la muerte –y no solamente durante las sesiones psicodélicas sino durante semanas y meses después. Grob continuó sus investigaciones sobre las drogas psicodélicas para pacientes terminales hasta que la cultura lo alcanzó: el uso recreativo de las drogas y la reacción contra ellos, que cristalizó en severas leyes antidrogas. (Richard Nixon llamó a Timothy Leary “el hombre más peligroso de Estados Unidos”.) Las fuentes de financiamiento para los estudios psicodélicos se secaron y Grob volcó su atención en el desarrollo de métodos alternativos de acceso a estados más altos de conciencia. Es sólo ahora, décadas después, que Grob y un puñado de sus colegas creen que pueden rexaminar los métodos y resultados sin poner en peligro su reputación.

Norbert Litzinger recuerda haber recogido a su esposa del centro médico después de su primera sesión y ver que esta mujer profundamente deprimida “estaba brillando por dentro”. Antes de morir, Pam Sakuda describió en un video su experiencia con la psilocibina: “sentí un nudo de emociones concentrándose… casi como una entidad”, dijo Sakuda, directamente en el micrófono. “Empecé a llorar… Todo estaba concentrado y empezó a brotar… y entonces empezó a disiparse y empecé a verlo de manera diferente… Empecé a darme cuenta que todo este miedo y la culpa eran sentimientos negativos y un obstáculo para disfrutar de la vida y del periodo por el que estoy pasando”. Sakuda prosiguió para explicar que, bajo la influencia de la psilocibina, tuvo una comprensión visceral de que había un presente, un ahora, y que era su asunto disfrutar de ello.
Dos semanas después de la sesión de psilocibina de Sakuda, Grob resumió las evaluaciones de la depresión y la ansiedad. Concluyó sobre sus pacientes en general que sus puntajes en la escala de ansiedad y tres meses después del tratamiento “demostraban una sostenida reducción de la ansiedad”, escribieron los investigadores en The Archives of General Psychiatry. También constataron que los puntajes de los pacientes en el Inventario de Depresión de Beck, bajaron significativamente en los seis meses posteriores de seguimiento. “La dosis de psilocibina que dimos a los pacientes era relativamente baja en comparación con las dosis de los estudios de Stanislav Grof”, me contó Grob. “Sin embargo, e incluso con esta dosis modesta, parece que la droga puede mitigar la angustia y el miedo a la muerte”.

Lauri Reamer es una sobreviviente de 48 años de una leucemia aparecida en la edad adulta. Antes de la leucemia, era una anestesióloga y una convencida agnóstica que creía en la “validez” y en la “confiabilidad”, que el método científico era su ruta hacia la verdad. Reamer recuerda la mañana en que todo eso cambió, cuando, completamente fatigada, tropezó con una reja y vio cómo le brotaba un moretón, lívido en su pálida piel. Fue entonces que se dio cuenta de que había algo que estaba fundamentalmente mal. Después de eso vino el diagnóstico, las biopsias de médula ósea, el terrible trayecto hacia una recuperación que era, en el mejor de los casos, tentativa. “Creía que me iba a morir”, me dijo Reamer.
Reamer sobrevivió la leucemia –o, más bien, entró en remisión-, pero la enfermedad y los brutales tratamientos de la médula ósea que sufrió dejaron en ella una profunda cicatriz mental, un intenso temor de que el cáncer pudiera volver y dificultar su goce de la vida. Su enfermedad acechaba en todas partes, esperándola. “Cuando estaba cerca de morir, no tenía tanto miedo”, dijo Reamer, “pero una vez que entré en remisión, bueno, tuve un intenso temor y ansiedad sobre una recaída y la muerte”.
Fue en medio de este miedo que, un día de mayo de 2010, Reamer se enteró del estudio de Griffiths en Johns Hopkins. Durante años, Griffiths estudió los efectos de la psilocibina en voluntarios sanos. Quería saber si dosis particulares de la droga podrían inducir estados místicos similares a los de ocurrencia natural: pensemos en Juana de Arco o en Pablo en camino hacia Damasco. Griffiths dice que él y su equipo de investigación encontraron un rango ideal para niveles de dosificación –veinte a treinta miligramos de psilocibina- que no sólo estimuló un “estado místico”, sino también provocó “cambios positivos sostenidos en actitud, en ánimo y en conducta” en los voluntarios del estudio. Específicamente, cuando Griffiths hizo un test psicológico llamado Escala de Trascendencia de la Muerte en los uno a catorce meses de seguimiento, vio que el puntaje de los sujetos aumentaba con declaraciones como “La muerte no es nunca el fin sino parte de un proceso” y “Mi muerte no termina con mi existencia personal”.
“Después de experiencias trascendentes, la gente a menudo tiene mucho menos miedo de la muerte”, dice Griffiths. Catorce meses después de participar en un estudio de psilocibina que fue publicado en el The Journal of Psychopharmacology el año pasado, el 94 por ciento de los sujetos dijo que fue una de las experiencias más significativas de su vida; 39 por ciento dijo que fue la experiencia más importante.
Preguntándose si podría ver los mismos cambios de actitud en pacientes terminales, diseñó un estudio que daba a los sujetos una alta dosis de psilocibina (más alta que la dosis de Grob) en una sesión y una dosis que variaba de sujeto a sujeto en una segunda sesión. Debido a que el estudio está todavía haciéndose, Griffiths no quiso comentar sobre las cantidades precisas de las drogas suministradas, pero dijo que “la selección de la dosis en el estudio de cáncer se determina sobre la base de lo que hemos aprendido en estudios anteriores”.
A fines de septiembre de 2010, Lauri Reamer tomó su primera dosis de psilocibina. “Principalmente lo que hice en esa sesión fue llorar”, cuenta. Tres semanas después, volvió a John Hopkins para su segunda dosis. Recuerda una preciosa habitación con un sofá de felpa. Entró Griffiths, que le deseó lo mejor. Reamer llevaba fotos de sus hijos y objetos que la hacían recordar a su padre recientemente fallecido, y después de tragarse la cápsula de psilocibina, Reamer se sentó con dos coordinadores del estudio y miró los recuerdos. Habló sobre lo que significaba cada cosa para ella mientras esperaba que la droga le hiciera efecto, evaluando su propio estado interior. “Y entonces ocurrió”, me dijo. “Al principio estaba sentada en el sofá y hablando sobre la manta de la nena de mi hija, que había llevado conmigo, y entonces me puse abúlica. Bajaron la luz. Me pusieron el antifaz. Me pusieron audífonos y empecé a oír música. Alguna ópera oscura. Música coral. Música mística. Había un cuenco con uva; eran uvas grandes y jugosas”, dice Reamer, y recuerda la dulzura, la frescura, las diminutas semillas.
Una vez que la droga hizo efecto, Reamer se dejó llevar por la música. Dijo que su mente se convirtió en algo como una hilera de habitaciones, y ella podía entrar y salir de estos cuartos con extraordinaria facilidad. En una habitación estaba el dolor que había sufrido su padre cuando a Reumer le diagnosticaron leucemia. En otro, el dolor de su madre, y en otro, el de sus hijos. En una cuarta habitación estaba la perspectiva de su padre mientras ella crecía. “Pude ver las cosas a través de sus ojos, y a través de los ojos de mi madre y de mis hijos. Pude ver cómo me habían visto cuando me enfermé”.
Reamer tomó la psilocibina a eso de las nueve de la mañana y los efectos duraron hasta cerca de las cuatro de la tarde. Esa noche en casa, durmió mejor de lo que lo había hecho en un largo tiempo. Finalmente la oscuridad dejó de asustarla, y se entregó a la experiencia, no porque sabía que volvería sino porque ya no la asustaba. No le parece fácil explicar por qué tenía ella menos miedo de la muerte. “Ahora tengo la sensación distintiva de que hay mucho más”, dice. “Hay tantos estados diferentes de ser. Tengo la sensación de que la muerte no es el final sino simplemente parte de un proceso, un modo de entrar a una esfera diferente, un modo diferente del ser”.
Después de la experiencia de Reamer con la psilocibina, se separó de su marido. Finalmente, dejó de practicar la medicina. Empezó a meditar regularmente. Compró una casa. “Leí en alguna parte que con mi tipo de leucemia, incluso si está en remisión, sólo me quedan quince a veinte años. Así que esa es mi sentencia. Pero si muero, bueno, puede haber una siguiente fase. Ahora creo eso”.

Los investigadores reconocen que no está claro cómo reduce la psilocibina la ansiedad de la persona sobre la mortalidad, no simplemente durante la sesión sino durante las semanas y meses por venir.
“Eso es un misterio”, dice Grob. “Realmente no tengo una respuesta definitiva sobre por qué la droga mitiga el temor a la muerte, pero sabemos desde tiempos inmemoriales que individuos que han tenido experiencias espirituales transformadoras vuelven con una idea muy diferente de sí mismos y del entorno y son capaces de ver sus propias muertes de manera muy diferente”.
“Con drogas psicodélicas”, dice Halpern, “tienes una experiencia en la que sientes que eres parte de algo, que hay algo allá afuera que es más grande que tú, que existe una deslumbrante unidad a la que perteneces, que el amor es posible y que todas estas revelaciones están imbuidas de una profunda significación. Te puedo decir que esta experiencia no es algo que vayas a olvidar en los próximos seis meses. Justo cuando estás al borde de la muerte, la experiencia te da la esperanza de que hay algo más”.
Si la psilocibina puede inducir estas experiencias vitales fundamentales, ¿por qué los cientos de miles de estadounidenses que han ingerido los hongos mágicos como droga recreativa no tuvieron esta experiencia tan profunda? Grob explica que además de controlar cuidadosamente el entorno de estos estudios y la oportunidad de procesar la experiencia con investigadores, los sujetos son preparados para la trascendencia de la experiencia incluso antes de que tomen la droga. “A diferencia del usuario recreativo, nosotros procesamos la experiencia antes de que ocurra”, dice Grob. “Dejamos muy en claro que el resultado que esperamos es terapéutico, que sufrirán menos ansiedad, menos depresión y tendrán una mayor aceptación de la muerte”. En otras palabras, los sujetos tienen la intención de vivir una experiencia transformadora. Grob dice que la psilocibina ingerida en este entorno, es “medicina existencial”.
Pese a toda la elocuencia de estas explicaciones, sin embargo, hay algo confuso sobre un fenómeno en el que un paciente de cáncer ingiere una píldora y supera su temor a la muerte no sólo durante el momento, sino durante las semanas y meses que siguen a la sesión. Un reciente estudio británico, publicado en The Proceedings of the National Academy of Sciences a principios de año, puede ayudarnos a entender qué puede estar ocurriendo aquí. En este estudio, David J. Nutt, psiquiatra en el Imperial College London, y su equipo usaron un MRI para escanear a voluntarios sanos que ingirieron psilocibina para “captar la transición de la conciencia lúcida normal al estado psicodélico”. Los investigadores descubrieron que los estados de “conciencia no restringida” que acompaña la ingesta de psilocibina está asociada con una desactivación de las regiones del cerebro que integra nuestros sentidos y nuestra percepción del yo. En las personas deprimidas, explica Nutt, una de esas regiones, la corteza cingulada anterior, está hiperactiva, y la psilocibina podría frenarla. Nutt está preparando una investigación en la que administrara psilocibina a individuos con depresión resistente al tratamiento y ver si la droga puede mitigar algunos de los síntomas más recalcitrantes de la depresión.
Quizás los pacientes terminales son capaces de captar los beneficios duraderos de la psilocibina precisamente porque están procesando sus experiencias con la droga una y otra vez con personal científico y al hacerlo están cambiando el modo en que el cerebro codifica los recuerdos positivos. El fenómeno podría ser similar a cómo funcionan otros recuerdos; cuando recordamos algo de olor dulce, las neuronas olfativas en nuestro cerebro empiezan a moverse; cuando recordamos algo corriendo, nuestra corteza motora empieza a zumbar. Si este es el caso, entonces simplemente recordar la sesión podría reactivar sus correlatos neuronales, permitiendo que la persona vuelva a experimentar la sesión, la conciencia, la esperanza.

Debido a que Grob y otros investigadores de drogas psicodélicas separan cuidadosamente su trabajo científico de la sombra de los años sesenta, tienen una complicada relación con un defensor de las drogas psicodélicas, Rick Doblin, fundador y director ejecutivo de la Asociación Multidisciplinaria para Estudios Psicodélicos (AMEP; MAPS), de Santa Cruz, California. Doblin no es psiquiatra –su licenciatura en políticas públicas es de la Kennedy School, de Harvard- y su objetivo es legalizar las drogas psicodélicas, de modo que se las pueda prescribir para “un amplio rango de cuadros clínicos”. Doblin dice, además, que “estas substancias deberían estar disponibles para cosas que no son enfermedades, como el crecimiento personal, la espiritualidad, la terapia de parejas”.
Pese a sus posturas diferentes, la AMEP y los investigadores concuerdan en muchos puntos. Doblin, por ejemplo, fue aprobado por la Administración de Fármacos y Alimentos (FDA) para hacer un estudio de los efectos psicológicos de la MDMA ingerida por voluntarios sanos. Sus sujetos serán terapeutas que están participando en un programa de AMEP que les enseña cómo guiar a sus pacientes en sesiones psicodélicas. Doblin también trabajó estrechamente con el investigador suizo, Dr. Peter Gasser, investigando la seguridad y eficacia de la psicoterapia con LSD para sujetos con ansiedad derivada de enfermedades terminales.
“Rick Doblin ha hecho un montón de cosas por el campo, pero él es más bien un populista”, dice Grob. “Nosotros necesitamos estudios cuidadosos y científicamente controlados que muestren la eficacia de estas drogas de modo que el financiamiento pueda continuar”. Una conciencia más amplia sobre este tipo de estudios psicodélicos sobre el fin de la vida podría beneficiar a todo el mundo, dicen los investigadores. “Si las compañías de seguros supieran sus resultados, estarían mucho más interesadas en saber qué estamos haciendo”. Griffiths continuó: “Si logras que la gente tenga menos miedo a la muerte, será menos probable que se aferren a la vida con grandes costes para la sociedad. Después de tener ese tipo de experiencias trascendentes, los individuos con enfermedades terminales muestran a menudo un miedo marcadamente reducido a la muerte y ya no sienten la necesidad de intentar sobrevivir con toda intervención médica disponible. En lugar de eso, se interesan más en la calidad de lo que les queda de vida, así como sobre la calidad de sus muertes”.
En un futuro todavía lejano, Grob imagina centros de retiro donde los pacientes terminales puedan ser tratados con psilocibina por un personal preparado para la tarea. Doblin pregunta: “¿Por qué limitarla solo para los moribundos? Esta poderosa intervención podría ser usada por jóvenes adultos que podrían entonces cosechar los beneficios mucho más pronto”. Los sujetos que han sido tratados con psilocibina informan sobre una creciente apreciación del tiempo que les queda, una conciencia más amplia de su papel en el ciclo de vida y mayor motivación para investir sus últimos días con significación. “Imagine permitir que jóvenes adultos, que tienen toda su vida por delante, accedan a este tipo de terapia”, dice Doblin. “Imagine el tipo de vida que podrían crear”.
Si David Nutt, en Gran Bretaña, es capaz de demostrar la eficacia de la psilocibina para la depresión resistente al tratamiento, ¿consideraría la FDA aprobarla para ese uso? ¿Y si eso llegara a ocurrir, en qué callejón sin salida nos meteríamos? Si los pacientes de cáncer la pueden recibir, ¿por qué no todas las personas de, digamos, más de 75 años? Si los pacientes de depresión resistente al tratamiento la pueden tener, ¿por qué no sus contrapartes distímicas, que sufren en menor medida pero cuyas vidas están claramente afectadas por el dolor crónico? ¿Y si las personas distímicas pueden recibirla, entonces por qué no las que sufren de agorafobia, encerrados día y noche en cuartos estrechos, con botellas de Xanax en todas partes?
Halpern no está particularmente interesado en este futuro teórico, en gran parte porque no le ve mucha esperanza a la psilocibina como medicina. “No se gana dinero con eso”, dice. “¿Qué compañía farmacéutica va a invertir millones de dólares en substancias que son ampliamente disponibles en nuestra flora y fauna?” Grob tiene una respuesta más práctica, sugiriendo que, en nuestro futuro teórico, drogas como la psilocibina deberían reservarse para pacientes que no tienen otra alternativa. “Hay un montón de buenos tratamientos contra la depresión”, dice. “Y también contra la ansiedad. Una droga como la psilobicina debería reservarse para los que no tienen otras opciones de tratamiento”.
Además, me dijo Grob, los científicos están recién en las primeras de esta investigación. “Doce personas”, dice sobre el tamaño de la muestra. “Una investigación con doce personas no es muy definitivo”. Sin embargo, hablando con él se puede sentir algo de excitación, de algo que surge. “Vimos cambios extraordinarios y sostenidos en la disposición espiritual de los pacientes de cáncer. La idea entera de los pacientes sobre sí mismos, sobre quiénes son, ha sido alterada de un modo positivo”. Espera el día, me dijo, en que Griffiths y Ross “hagan cálculos” con sus estudios. Grob dice: “Por lo que dicen que están viendo, todo suena muy positivo”. Quizás no necesitemos saber precisamente cómo y porqué funciona la psilocibina, si aceptamos, como dice Halpern, que “cuando combinas lo químico, lo corpóreo y lo espiritual, enciendes una chispa. Es magia”.
[Lauren Slater es autora de ‘Opening Skinner’s Box: Great Psychological Experiments of the Twentieth Century”.]
1 de mayo de 2012
20 de abril de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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