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[El ex dictador Charles G. Taylor fue finalmente condenado por las atrocidades cometidas durante su régimen.]

[Helene Cooper] Cuando oí la noticia el jueves de que Charles G. Taylor, el ex presidente de Liberia, había sido declarado culpable de crímenes de guerra en Sierra Leona, telefoneé de inmediato a una de las personas cuya vida fue destruida por sus soldados: mi hermana Eunice, que había regresado a Liberia.
Antes de que Taylor desencadenara el tsunami de violaciones, asesinatos, torturas y desmembramientos que engullirían a Sierra Leona, matando a más de cincuenta mil personas y empujando a la fuga a cientos de miles más, existía un país llamado Liberia.
Fue a Liberia adonde llegaron los rebeldes de Taylor en junio de 1990 a la plantación de caucho Firestone (todavía la llaman plantación) en las afueras de Monrovia, donde trabajaba Eunice. Los combatientes iniciaban una campaña de asesinatos en venganza que se cobrarían la vida de cientos de miles de civiles entre los grupos étnicos rivales de Liberia. Eunice, entonces de veintisiete años, escapó justo a tiempo para ver como un grupo de cerca de veinte paramilitares cogían a su colega Harris Brown y lo arrastraban fuera.
¿Por qué? Harry era krahn, el mismo grupo étnico al que pertenecía el odiado presidente del país en la época, el predecesor de Taylor.
Con la guerra civil en plena ebullición y los pistoleros de Taylor asolando el país con sus trajes de boda, pelucas rubias y máscaras de Halloween que algunos creían que los hacían invisibles a las balas, muchos liberianos no dejaban que sus hijos se alejaran demasiado de su lado. Brown había llevado a su hijo a trabajar con él ese día, así que el niño de diez años sería testigo de lo que ocurriría luego.
Primero, los soldados le quitaron a Brown su ropa interior y lo sentaron en el suelo. Le dispararon por detrás y luego lo apuñalaron en el estómago. Luego, con el cuchillo, lo abrieron por el pecho. Y cuando terminaron, el hombre que blandía el cuchillo con el que había asesinado a Brown, se acercó a su hijo, le acarició la cabeza y le dijo: “No llores”.
Eunice presenció todo esto, luego huyó hacia el norte del país para unirse a las legiones de mujeres africanas para hacer lo que suelen hacer cuando su mundo se desmorona: hacer pan de mandioca para venderlo a orillas del camino. Y cada día que retorcía la mandioca para extraer la savia y hacer la harina para el pan, pensaba en su propio hijo, Ishmael.
Había tomado medidas para asegurarse de que lo que le había pasado al hijo de Brown, lo que le había pasado a esos otros hijos e hijas de Liberia que fueron secuestrados por las tropas de Taylor y obligados a convertirse en niños soldados, no le ocurriera a Ishmael. Lo había enviado al extranjero cuando cumplió cinco años. Lo envió a Gambia, a vivir con su padre y la familia de su padre.
Con la deteriorada infraestructura de Liberia, su arruinada economía, su inexistente correo y sus líneas telefónicas que pronto ya no existirían, la distancia erosionaría la relación entre madre e hijo. Pero Eunice, como tantas otras mujeres africanas entonces, tomó la decisión de salvar la vida de su hijo.
Gracias a Charles Taylor, pasaron veintiún años antes de que lo volviera a ver.
Fue en Liberia que las fuerzas de Taylor secuestraron a otra de mis hermanas, Janice, junto con su marido, Yao, y su hijo de un año, Logosou, en los suburbios de Monrovia donde estaban viviendo con un grupo de huérfanos y refugiados. Cuando los paramilitares de Taylor empezaron a atacar lanzando granadas y rondas de artillería, Janice se agachó con su bebé detrás de la pared del baño. Logosou se había acostumbrado tanto a la guerra en Liberia que había adquirido el hábito de alzar sus manos toda vez que veía a un soldado, diciendo: “¿Ves, mamá? Manos arriba”.
Sin embargo, Janice no le dejó alzar las manos ese día. Lo puso debajo de ella para protegerlo del bombardeo. Diez combatientes de Taylor irrumpieron en la casa, disparando descontroladamente. Asesinaron al huérfano de nueve años que había resultado herido durante el sitio, mataron a un hombre que se encontraba ahí y se los llevaron a los demás como rehenes, haciéndoles caminar dieciséis kilómetros hacia los cuarteles. Mientras mi hermana caminaba bajo el sol abrasador, mantuvo a su hijo cerca de ella, recitando el avemaría contra su mejilla.
Una mujer soldado se acercó a Janice y admiró a Logosou: “¡Oh, qué chico tan guapo!”, susurró. “Hoy he matado a dos como él”.
En las barracas, los paramilitares encerraron a Janice, Yao y Logosou en un calabozo con otras nueve personas. Cogieron a tres hombres mayores que habían estado alojando en la casa de Janice y los asesinaron a tiros frente al calabozo. Al día siguiente, los combatientes, inexplicablemente, dejaron marcharse a Janice y su familia, y volvieron –a pie, en bus, haciendo autostop- a la frontera con Costa de Marfil. Les tomó quince días.
Fue en Liberia que Taylor hizo su campaña presidencial utilizando el lema: “Él mató a mi mamá, mató a mi papá, pero voy a votar por él de todos modos”, en un decidor reconocimiento del daño psicológico que puede ocasionar una guerra absurda en un país. Es en Liberia que hoy, casi una década después de que Taylor fuera expulsado del país, hombres y mujeres estén tratando de convertir a ex niños soldados en personas normales.
Existen motivos vertiginosamente complejos por los que Taylor fue juzgado por lo que hizo en Sierra Leona, en lugar de Liberia, y muchos de ellos tienen que ver con el intento de mantener la paz tan difícilmente alcanzada entre las diferentes facciones de Liberia. Lo sé. Sólo espero que cuando los libros de historia cuenten que este primer jefe de estado en ser condenado por un tribunal internacional desde Nuremberg, recuerden Liberia.
El jueves en la mañana llamé a dos miembros de mi familia. Mi sobrino Logosou, que ahora estudia arquitectura en la Universidad Howard, sonó consternado. “Ha sido el cuco durante toda mi vida”, dijo. “Al menos lo están castigando por algo”.
Luego llamé a Eunice. La diferencia horaria quería decir que debía de estar volviendo a casa después de su trabajo en Firestone. “¿Cómo está Ishmael?”, pregunté. En 2010 volvió a conectarse con su hijo, que ahora vive en Londres. Su relación está empezando, puntuada por apenas audibles llamadas telefónicas y visitas agobiadas por la distancia y la emoción. Pero al menos ahora tienen una relación.
“¿Quién sabe?”, resopló. “Tú sabes que el chico no entra en detalles. Si le pregunto: ‘¿Cómo están las cosas?’, me responde: ‘Todo está bien’. Eso es todo lo que me cuenta”.
Sonaba como una madre exasperada, que podía permitirse una irritación. Por primera vez, no percibí dolor en su voz cuando habló sobre Ishmael.
7 de mayo de 2012
27 de abril de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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