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[Cuatro relatos de Zimmermann. Para sumergirse en las fotos. Los relatos imaginarios que siguen forman parte de un trabajo más amplio titulado Cuentos de fotógrafos y fueron escritos como la reflexión sobre los horrores, inquietudes y certezas que, imaginé, pudieron palpitar detrás de algunas fotografías significativas, realizadas en la Argentina. En el prólogo de un libro de Gustav Thorlichen, Jorge Luis Borges sostiene que la vastedad de la pampa no puede ser jamás captada por una cámara fotográfica. Señala Borges que “su amplitud no está en una percepción singular sino en la imaginación del viajero, en su memoria de jornadas de marcha y en su previsión de otras muchas”. Quizás, las cuatro historias siguientes, referidas a la relación entre pueblos originarios y fotógrafos, puedan contribuir a echar luz sobre los momentos previos o posteriores al instante en que fueron realizadas. Y ayuden, por vía onírica, a comprender la mirada excluyente o comprensiva que late detrás de algunos de estos registros.]

Ilulius Popper en una de las crueles fotos que conforman su álbum y que se pueden ver en Internet. Es el único de los fotógrafos en estas páginas que no aparece en el libro.
En la entrada al pequeño poblado apodado “El Páramo”, que el rumano Iulius Popper levantó en 1886 en Tierra del Fuego como base para sus exploraciones auríferas, había un cartel: “Lasciate ogni speranza voi che’entrate”. Es que, de aquel paraje extremo, se salía rico o muerto. El límite entre ambos destinos lo trazaban los indios y la suerte. Pero para inclinar la balanza a su favor Popper tenía un arma novedosa que usaba sin piedad: el winchester a repetición.
Hacía tiempo que Iulius dormía mal, soñando una y otra vez con un joven selk’nam que había matado allí cerca. Lo había encontrado de repente, agazapado en una mata negra de la tundra. El ona había intentado escapar, pero Popper le había hecho explotar en pedazos la cuarta vértebra cervical con su rifle. Era un joven de como veinte años, lampiño y con ojos grandes y negros. Aunque lo primero que le llamó la atención a Popper cuando se acercó al muchacho y lo dio vuelta fue su sexo, que como todo ona llevaba atado a su pierna. Recién entonces el rumano se dio cuenta de que el joven no había muerto, por lo que se apartó rápidamente y recargó el arma. Pero el joven estaba paralizado. Sólo sus ojos se movían eléctricamente ante la inminencia de la muerte, y su boca, que profería un canto gutural. El resto de su humanidad, que había quedado tendida en la tierra con los brazos abiertos, le pareció de golpe, a Iulius, como una escultura inerte y admirable.
Popper se sentó a su lado. La parálisis de su víctima le daría la oportunidad de observar su agonía. Pero, de repente, algo le llamó la atención. Acercó entonces su rostro casi hasta tocar la cara del ona y clavó sus ojos en las pupilas del indio. En ese gesto para escrutarlo, sintió que las cejas del salvaje tocaban las suyas y que su boca rozaba sus propios labios. Luego lo invadió el olor rancio de la grasa de ballena que cubría la piel del aborigen. Casi sin quererlo, la curiosidad se instaló en su mano y auscultó con sus dedos el pecho pegoteado del indio. Después, su palma se perdió en la tensión de sus biceps y de sus muslos. Y hasta en el sexo del selk’nam, que rozó apenas con la yema de sus dedos, por el respeto súbito que le infundió la inminencia de su muerte. Pero ese contacto produjo una revolución en los ojos del aborigen, que ante su propia vista cambiaron de color. Fue entonces cuando Iulius descubrió lo que nunca había querido ver: en las innumerables cacerías que habían sacado callos a sus dedos de tanto gatillar el winchester no había matado bestias: había matado hombres.
Preso del pánico por el descubrimiento, Popper descerrajó dos tiros más que atravesaron al joven. Después volvió a El Páramo y ordenó a algunos soldados que cargaran la enorme cámara de placas con la que volvió al sitio donde había matado al ona. Una vez allí recogió el arco y las flechas del aborigen y colocó esos elementos cerca de sus manos ya inertes. Luego miró por el visor, dispuso a tres soldados cerca del muerto, en posición de tiro, y dejó espacio en el medio de la fotografía para él mismo. Recién entonces introdujo una placa en el aparato e instruyó al recluta más joven para que sostuviera la pera de goma del cable disparador de la máquina y estuviera listo para apretarla cuando él se lo ordenara. Luego entró en cuadro, se apoyó en el rifle, adoptó una posición triunfal y dio el vía.
Pocos meses después, Popper dio una conferencia en el Instituto Geográfico Militar de Buenos Aires sobre sus exploraciones en el último confín de la tierra, en donde exhibió esa y otras fotografías que causaron gran impacto en la audiencia. La serie de imágenes forma parte de un álbum, una de cuyas copias se conserva en el Museo del Fin del Mundo de Ushuaia. El rumano murió asesinado por un joven, seis años después, dentro de su cuarto de hotel de Buenos Aires. Los motivos de esa muerte nunca fueron aclarados. Algunas crónicas de la época hablan del olor rancio, como a grasa de ballena, que emanaba el cuerpo del rumano cuando fue encontrado.
9 de mayo de 2012
©página 12

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