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[Martín Gusinde en Tierra del Fuego. Martín Gusinde. Selk’nam. Isla Grande, Tierra del Fuego. 1923. Misionero polaco perteneciente a la Congregación del Verbo Divino. Sus imágenes son algunas de las más inquietantes y sugestivas de esa otredad cultural que aborda el libro de Giordano. En este caso se retrata un rito de iniciación a la adultez en la que los hombres pintados representan espíritus a los que deben combatir.]

–Nosotros no tenemos libertad de decidir nuestra vida –dijo Tenenésk serio. El jefe espiritual de aquel grupo de aborígenes que poblaban gran parte de la inmensa isla de Tierra del Fuego hablaba con solemnidad. Dos rayas gruesas, pintadas en su rostro, cruzaban sus mejillas de lado a lado, como si fuesen unos bigotes invertidos que se encontraban bajo la nariz con los propios. Un gran poncho de guanaco cubría sus hombros.
–Los blancos deciden por nosotros desde hace mucho. Nos persiguen, nos cortan las orejas, nos matan –continuó el chamán, oscuro.
–Tenenésk –dijo entonces el sacerdote Martín Gusinde–, usted sabe que el motivo que me ha traído hasta esta tierra lejanísima en Tierra del Fuego desde Austria no tiene nada que ver con la muerte. Al contrario. Tiene que ver con la unificación de todos los pueblos bajo el manto divino del único Dios verdadero. Ese que llevamos todos en el alma, como pretendo confirmar con mis investigaciones.
–Pero sus fotografías son la prueba de lo contrario –respondió el chamán.
–¿Cómo? –preguntó en ese momento el sacerdote.
–Fíjese, sus fotos afirman que esos dos hombres que capturó su máquina junto a la choza en donde realizamos nuestra ceremonia del Hain, son distintos. En cambio, son uno solo, porque todos nosotros somos uno solo. Sus fotografías mienten, señor Gusinde. Porque muestran sólo la superficie. Y hay cosas que tienen apariencias distintas pero en el fondo son lo mismo, ¿entiende? Su máquina que registra diferencias no es buena para encontrar espíritus iguales. Usted vino aquí a probar que hay un solo dios. Pero, con la excusa de unir, usa esa máquina que separa.
Tenenésk hizo una pausa.
–Ya le he permitido fotografiar suficiente –continuó diciendo–. Ahora, recoja sus cosas y no vuelva a nuestra tierra. Nuestro dios Temaukel no desea verlo más por estos pagos. El no busca imponerse a ningún otro. Nuestra raza está acabándose y el último de nosotros se llevará a nuestro dios con él. ¡Entonces podrá reinar el suyo! –exclamó Tenenésk y se retiró caminando por el bosque helado de ñires.
Una hora después, Martín Gusinde cabalgaba hacia Punta Arenas. Iba en silencio. En su mochila, cincuenta y dos negativos iban apilados, listos para encontrarse con otra cultura. Prontos a testificar el fracaso de su proyecto de encontrar su mismo Dios en el alma de los habitantes de aquella tierra prístina. Inútiles para demostrar, a través de ese artificio técnico, engañoso y limitado que es la fotografía, que Tenenésk, él y los selk’nam, llevaban dentro al mismo dios. Un Ser Supremo que Martín Gusinde no había sido capaz de reconocer en aquella figura mítica de Temaukel, pero cuya memoria espiritual había registrado para el futuro, sin darse cuenta, en esa fotografía de los dos hombres. Muy poco antes de que, en nombre de ese Dios único y autoritario, adorado por Gusinde pero ajeno a aquel sitio, hombres de otras latitudes exterminasen del todo a aquel pueblo.
10 de mayo de 2012
9 de mayo de 2012
©página12

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