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[Grete Stern y los ladrones de almas. Grete Stern. Villa Toba. 1964. La risa es todo en esta foto: Stern consiguió una relación de proximidad amistosa con sus retratados.]

Cuando despuntó el alba de aquella incipiente primavera de 1964, hacía rato que el automóvil que manejaba Grete Stern avanzaba por la tortuosa ruta número ochenta y uno que une la ciudad de Formosa con la de Ingeniero Juárez. La fotógrafa alemana tenía entonces sesenta años y había decidido viajar sola para realizar el reportaje más vasto que había intentado en su carrera. Aquella mujer educada en la Bauhaus y venida de aquella geografía europea hasta esta tierra del caranday, del chaguar y de los osos hormigueros, había entendido que en aquel interior profundo de su patria adoptiva y adherida a sus habitantes más olvidados, se escondía una parte fundamental de la identidad argentina. Y había decidido fotografiarla.
Grete detuvo el automóvil bajo un frondoso palo borracho, para reponerse del calor que a esa hora comenzaba a ser insoportable. Con su cámara en una mano, buscó un tronco donde sentarse. Desde allí tomó una fotografía de la copa espléndida del árbol. Luego agachó su cabeza y volcó toda el agua que llevaba en la cantimplora que colgaba de su cintura. Estuvo en esa posición unos segundos, con los ojos cerrados, envuelta en una sensación de frescura. Pero cuando volvió a incorporarse, vio a un joven, parado frente a ella, que la observaba en silencio. El toba era alto, de tez morena y ojos tristes. Grete se paró y dio un paso hacia atrás, envuelta en pánico. Pero en ese movimiento tropezó y cayó de espaldas. Cuando quiso levantarse, sintió una descarga eléctrica en todo el cuerpo. Lo último que alcanzó a ver fue la mirada preocupada del joven mientras le arrancaba una araña violeta del cuello. A los pocos segundos quedó ciega e, inmediatamente, se desmayó.
–¿Dónde estoy…? ¿Qué pasa con mis ojos? –exclamó Grete angustiada, dos días después, apenas despertó sobre una hamaca de chaguar.
–Está en Colonia Alberdi, señora –respondió el joven–. Yo soy Crucifijo… Le ha picado una araña muy venenosa.
Grete se lanzó a llorar.
–¡¿Pero… y mi vista?! –alcanzó a decir Grete, en medio del sollozo.
–Esa araña produce una reacción –continuó el joven. A veces sana en pocos días, otras tarda. Pero, para saberlo, hay que esperar. Quizás es un castigo de K’ata por andar robando espíritus con su máquina –concluyó, serio.
–¡Pero…, pero…! –alcanzó apenas a balbucear Grete antes de romper de nuevo en un llanto que terminó con sus pocas fuerzas y se durmió.
Al día siguiente, la fotógrafa sintió que alguien estaba a su lado.
–¿Quien está allí? –preguntó inmediatamente.
–Soy yo, Crucifijo –respondió el toba.
Grete pensó durante un rato y, de repente, reaccionó.
–Crucifijo, ¿me puede alcanzar mi cámara de fotos? Está en el bolso.
Crucifijo revolvió el bolso hasta que encontró una cámara que puso en manos de Grete, quien la acarició durante un rato como si se estuviera reencontrando con un ser querido.
–Ahora lléveme afuera y siénteme en una silla –ordenó Grete, más decidida.
El joven obedeció sin chistar.
–Dígame Crucifijo, ¿hay sol? –preguntó la fotógrafa.
–Sí –respondió Crucifijo.
–Este número que está puesto aquí, ¿es dieciséis? –preguntó entonces Grete, indicando con la yema de sus dedos el anillo del diafragma de su cámara.
–Sí –volvió a contestar el joven.
–Y éste, ¿sesenta? –continuó inquisitiva la fotógrafa, moviendo un poco el aro correspondiente a la velocidad de obturación del aparato.
–Sí –dijo el muchacho.
–Ahora, ponga este otro número adonde dice tres.
–Ya está –respondió Crucifijo.
–¡Párese enfrente! –le ordenó entonces Grete.
–¡No señora, por favor, no me pida eso! –suplicó Crucifijo, adivinando la intención de la fotógrafa.
–Por favor, hágalo por mi salud –suplicó Grete.
–¿Por su salud? –preguntó el joven, sorprendido.
–Sí, por mi salud. Hay ciertas enfermedades que, en los fotógrafos, sólo se curan fotografiando.
Crucifijo la miró extrañado.
–Pero no se preocupe porque un fotógrafo ciego no puede nunca robar el espíritu de nadie, ya que no ve lo que fotografía y, por lo tanto, no puede imponer su punto de vista en la foto –continuó ella–. Al contrario, en esos casos es el fotografiado el que se muestra sin ninguna intervención su espíritu tal como es y lo envía al futuro para hacerlo vivir por siempre.
–¿De veras? –preguntó el joven, absorto ante aquella explicación.
–Sí, tal cual se lo estoy diciendo –aseguró categórica, Grete–. Lo verán sus nietos tal como usted es –presagió. Y, mientras decía esto, apuntó su cámara hacia donde intuía se encontraba Crucifijo y disparó varias veces.
El joven toba se quedó en su sitio helado, mirando a la cámara. Pero, sin que Grete lo supiera, apretó en su mano derecha una pequeña Biblia evangelista que llevaba en el bolsillo, a la que invocó su protección en cada disparo. Inmediatamente después, la fotógrafa se levantó y le pidió al joven que la guiara hasta la casa. Pero cuando trasponía la galería sintió una sensación en las pupilas que la detuvo. Pocos segundos después, vio surgir frente a sus ojos al muchacho, a los perros y al monte de palosantos que rodeaban el precario rancho.
Desde ese día, Grete anduvo con sus ojos bien abiertos, de una nación aborigen a otra, fotografiando con pasión y verdad a los habitantes de aquellos pueblos olvidados. Poniéndose a sí misma siempre de lado, para que fuera el espíritu de cada uno de ellos aquello que sobreviviera en sus fotografías. Convencida de estar dejando un testimonio, capaz de sacar de la ceguera a muchos otros argentinos.
10 de mayo de 2012
9 de mayo de 2012
©página 12

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