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[Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos] [Psiquiatría pide perdón por respaldar cura de la homosexualidad.]

[Benedict Carey] El simple hecho era que había hecho algo malo, y que al final de una larga y revolucionaria carrera no importaba todas las veces que había estado en lo correcto, lo poderoso que llegó a ser, ni lo que significaría para su legado.
El doctor Robert L. Spitzer, considerado por algunos como el padre de la psiquiatría moderna, yacía despierto a las cuatro de la mañana hace poco sabiendo que tenía que hacer una cosa que no le salía espontáneamente.
Se obligó a levantarse y avanzó a tientas en la oscuridad. Su escritorio le parecía estar a kilómetros de distancia; Spitzer, que cumple ochenta años la próxima semana, sufre de la enfermedad de Parkinson y tiene problemas para caminar, sentarse e incluso para mantener la cabeza en alto.
La palabra que usa a veces para describir estas limitaciones –patético- es la misma que durante décadas blandió como un hacha para derribar ideas tontas, teorías huecas y estudios mediocres.
Ahora estaba trabajando en su ordenador, dispuesto a abjurar de un estudio que escribió él mismo, una investigación de 2003 pobremente concebida que respaldaba el uso de la llamada terapia reparativa para “curar” la homosexualidad para personas fuertemente motivadas.
¿Qué decir? El tema del matrimonio homosexual estremecía nuevamente la política nacional. La legislatura del estado de California estaba debatiendo sobre un proyecto de ley para prohibir completamente la terapia por considerarla peligrosa. Un escritor de revista que vivió esa terapia cuando era adolescente lo había visitado recientemente para contarle lo miserablemente desorientadora que había sido la experiencia.
Y se enteraría más tarde de que un informe de la Organización Mundial de la Salud, dado a conocer el jueves, definía la terapia “una grave amenaza a la salud y al bienestar, e incluso contra la vida, de las personas afectadas”.
Los dedos de Spitzer golpearon nerviosamente las teclas, inseguros, como si se asfixiaran con las palabras. Y luego ya estaba hecho: una breve carta para ser publicada este mes en la misma revista donde apareció el ensayo original.
“Creo”, concluye, “que debo excusas a la comunidad gay”.

Destructor de la Paz
El propósito de estudiar del todo la terapia reparativa era todo Spitzer, dicen quienes lo conocieron, un intento de meter el dedo en el ojo de una ortodoxia que él mismo había ayudado a fundar.
Tanto en los años noventa como hoy, el mundo de la psiquiatría consideraba la terapia como una empresa sin futuro. Pocos terapeutas pensaban que la homosexualidad fuera un trastorno.
No siempre fue así. Hasta los años setenta, el manual de diagnóstico de la disciplina clasificaba la homosexualidad como una enfermedad, definiéndola como una “alteración de la personalidad sociópata”. Muchos terapeutas ofrecían tratamientos, incluyendo los psicoanalistas freudianos que dominaban el campo en esa época.
Los activistas homosexuales objetaron furiosamente, y en 1970, un año después de las históricas protestas en Stonewall contra los allanamientos policiales de un bar de Nueva York, un equipo de activistas de los derechos homosexuales interrumpió una reunión de terapeutas de la conducta en Nueva York para tratar el tema. La reunión fue suspendida, pero no antes de que un joven profesor de la Universidad de Columbia se sentara con los manifestantes para oír lo que tenían que decir.
“La controversia me ha atraído siempre y lo que estaba oyendo era sensato”, dijo Spitzer en una entrevista en su casa en Princeton la semana pasada. “Y empecé a pensar, bueno, si es un trastorno mental, entonces ¿qué es lo que lo produce?”
Spitzer comparó la homosexualidad con otras enfermedades definidas como trastornos, como la depresión y la dependencia del alcohol, y se dio cuenta de inmediato que la última causaba una marcada angustia o discapacidad, mientras que la homosexualidad a menudo no lo hacía.
También vio la oportunidad para hacer algo sobre ello. Spitzer era entonces un joven miembro de la comisión de la Asociación Americana de Psiquiatría que ayudaba a rescribir el manual de diagnóstico de la disciplina, y organizó prontamente un simposio para tratar el lugar de la homosexualidad.
Eso provocó una serie de encarnizados debates, poniendo a Spitzer contra un par de influyentes y establecidos psiquiatras que no se convencieron. Al final, en 1973 la asociación psiquiátrica apoyó a Spitzer, decidiendo borrar la homosexualidad de su manual y remplazarla con su alternativa, la “alteración de la orientación sexual”, para identificar a personas cuya orientación sexual, gay o heterosexual, les causaba angustia.
Pese al arcano lenguaje, la homosexualidad ya no era un “trastorno”. Spitzer logró un gran avance de los derechos civiles en un tiempo récord.
“No diría que Robert Spitzer se convirtió en un nombre familiar en el movimiento homosexual más amplio, pero la desclasificación de la homosexualidad fue celebrada masivamente como una victoria”, dijo Ronald Bayer, del Centro para la Historia y Éticas de la Salud Pública de Columbia.”’Sick No More’ fue titular en algunos diarios gay”.
Parcialmente como resultado, Spitzer se hizo cargo de la tarea de actualizar el manual de diagnóstico. Con un colega, la doctora Janet Williams, ahora su esposa, se pusieron a trabajar. En la medida en que no es todavía ampliamente apreciado, sus ideas sobre este tema –la homosexualidad- condujeron a una reconsideración más amplia de qué es la enfermedad mental y dónde trazar la línea entre lo normal y lo anormal.
El nuevo manual, de 567 páginas y publicado en 1980, se convirtió en un improbable éxito de ventas, aquí y en el extranjero. De modo instantáneo fijó la norma para futuros manuales de psiquiatría, y elevó a su principal arquitecto, entonces cerca de los cincuenta, al pináculo de su campo.
Era el custodio del libro, parte director, parte embajador, y parte clérigo de malas pulgas, gruñendo por teléfono a científicos, periodistas y asesores que pensaba que estaban fuera de lugar. Asumió el rol como si hubiera nacido para ello, dicen sus colegas, ayudando a llevar orden a un rincón históricamente caótico de la ciencia.
Pero el poder tiene su propio tipo de confinamiento. Spitzer todavía podía perturbar la paz, de acuerdo, pero ya no desde los flancos, como un rebelde. Ahora él era el orden establecido. Y a fines de los años noventa, dicen sus amigos, seguía tan inquieto como siempre, dispuesto a poner en duda los supuestos más habituales.
Fue entonces que se encontró con otro grupo de manifestantes en el congreso anual de la asociación psiquiátrica de 1999: los auto-proclamados ex homosexuales. Como los manifestantes homosexuales en 1973, también se sintieron indignados de que la psiquiatría estuviera negando su experiencia, y cualquier terapia que pudiera ayudar.

Terapia Reparativa
La terapia reparativa, llamada a veces de “reorientación sexual” o “terapia de conversión”, está enraizada en la idea de Freud de que la gente nacía bisexual y podía moverse a lo largo de un continuum de un extremo al otro. Algunos psicólogos nunca sueltan la teoría, y uno de los principales rivales de Spitzer en el debate de 1973, el doctor Charles W. Socarides, fundó una organización llamada Asociación Nacional para la Investigación y Terapia de la Homosexualidad (Narth), en California del Sur, para fomentarla.
Para 1998, Narth había formado alianza con organizaciones socialmente conservadoras y juntos empezaron una agresiva campaña, colocando anuncios a toda página en los principales diarios echándose flores por sus historias con final feliz.
“La gente que comparte una visión del mundo se reunió y creó su propio conjunto de expertos para ofrecer políticas alternativas”, dijo el doctor Jack Drescher, psiquiatra de Nueva York y uno de los editores de ‘Ex-Gay Research: Analyzing the Spitzer Study and Its Relation to Science, Religion, Politics, and Culture’.
Para Spitzer al menos valía la pena hacer la pregunta científica: ¿cuál era el efecto de la terapia, si lo había? Estudios previos estaban prejuiciados y no eran conclusivos. “La gente de entonces me decía: ‘Bob, estás jugando con tu carrera, no lo hagas’”, dijo Spitzer. “Pero yo simplemente no me sentía vulnerable”.
Reclutó doscientos hombres y mujeres de los centros que estaban realizando la terapia, incluyendo a Exodus International, de Florida, y Narth. Entrevistó por teléfono, en profundidad, a cada uno de ellos, preguntándoles sobre sus impulsos sexuales, sus sentimientos y conductas antes y después de la terapia, apuntando las respuestas según una escala.
Luego comparó los resultados en este cuestionario, antes y después de la terapia. “La mayoría de los participantes dieron informes de cambio desde una orientación predominante o exclusivamente homosexual antes de la terapia a una orientación predominante o exclusivamente heterosexual el año pasado”, concluye su estudio.
El estudio –presentado en un congreso de psiquiatría en 2001, antes de la publicación- causó sensación, y las organizaciones de ex homosexuales lo adoptaron como sólida evidencia de su causa. Después de todo, este era Spitzer, el hombre que por su propia cuenta retiró la homosexualidad del manual de trastornos mentales. Nadie podría acusarlo de haber estado prejuiciado.
Pero los líderes homosexuales lo acusaron de traición, y tenían sus razones. El estudio adolecía de serios problemas. Se basaba en lo que los entrevistados recordaban haber sentido años antes –recuerdos a menudo borrosos. Entre ellos había algunos activistas ex homosexuales que estaban políticamente activos. Y no ponía a prueba ninguna terapia en particular; sólo la mitad de los participantes contaban con terapeuta, mientras que los otros trabajaban con orientadores pastorales, o participaban en un estudio independiente de la Biblia.
Varios colegas trataron de detener el estudio y le instaron a no publicarlo, contó Spitzer.
Sin embargo, buscó a su amigo y ex colaborador, el doctor Kenneth J. Zucker, psicólogo en jefe en el Centro para la Adicción y la Salud Mental en Toronto y editor de los Archives of Sexual Behavior, otra influyente revista.
“Conocía a Bob y la calidad de su trabajo, y yo accedí a publicarlo”, dijo Zucker en una entrevista la semana pasada. El artículo no fue sometido al procedimiento normal de ser leído por colegas, los que, anónimamente, recomiendan o rechazan un artículo. “Pero le dije que yo lo haría sólo si publicaba también los comentarios” de respuesta de otros científicos para acompañar el estudio, dijo Zucker.
Esos comentarios, con pocas excepciones, eran despiadados. Uno citaba el código de ética de Nuremberg para denunciar el estudio no solo como viciado, sino también como moralmente torcido. “Tememos las repercusiones de este estudio, incluyendo un aumento del sufrimiento, de los prejuicios y la discriminación”, concluía un grupo de quince investigadores del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, al que estaba afiliado Spitzer.
Spitzer no implicaba de ninguna manera en el estudio que ser gay fuera una opción, o que era posible que alguien que quisiera cambiar no tenía más que seguir una terapia. Pero eso no impidió que organizaciones socialmente conservadoras citaran el artículo en apoyo precisamente de esos puntos, de acuerdo a Wayne Besen, director ejecutivo de Truth Wins Out, una organización sin fines de lucro que lucha contra el prejuicio anti-homosexual. En una ocasión, un político en Finlandia utilizó el estudio en el Parlamento para argumentar contra las uniones civiles, de acuerdo a Drescher.
“Hay que decir que cuando este estudio fue utilizado incorrectamente con propósitos políticos para decir que los homosexuales deberían curarse –como ocurría muchas veces-, Bob respondió inmediatamente, para corregir los malentendidos”, dijo Drescher, que es gay.
Pero Spitzer no podía controlar que su estudio fuera interpretado, y no podía borrar el error científico más grave de todos, atacado en mucho de los comentarios: simplemente preguntar a la gente si han cambiado no es ninguna prueba de haya ocurrido algún cambio real. La gente miente, a sí misma y a otros. Cambian continuamente sus historias, para acomodarlas a sus necesidades y estados de ánimo.
En breve, casi desde todo punto de vista, el estudio no pasaba el test del rigor científico que Spitzer mismo aplicó durante tantos años.
“Cuando leía esos comentarios, sabía que este era un problema, un gran problema, y un problema que yo no podía responder”, dijo Spitzer. “¿Cómo sabes si alguien ha cambiado realmente?”

Soltándose
Le tomó once años admitirlo públicamente.
Al principio se aferró a la idea de que el estudio era preliminar, un intento de provocar a científicos a pensar dos veces antes de rechazar derechamente la terapia. Luego se refugió en la posición de que el estudio se concentraba menos en la efectividad de la terapia y más en cómo la gente implicada en esta describía cambios en su orientación sexual.
“No es un asunto demasiado interesante”, dijo. “Pero durante un largo tiempo pensé que quizás no tendría que hacer frente al problema más grande, sobre cómo medir el cambio”.
Después de jubilarse en 2003, siguió activo en muchos frentes, pero el estudio reparativo siguió siendo un elemento básico de las guerras culturales y un remordimiento personal que no lo dejó en paz. Los síntomas del Parkinson habían empeorado el último año, fatigándolo mental y físicamente, haciendo todavía más difícil luchar contra el remordimiento.
Y un día de marzo, Spitzer recibió a un visitante. Gabriel Arana, periodista de la revista The American Prospect, entrevistó a Spitzer sobre el estudio de la terapia reparativa. Esta no era otra entrevista más; Arana mismo había seguido la terapia reparativa cuando era adolescente, y su terapeuta había reclutado al joven para el estudio de Spitzer (Arana no participó).
“Le pregunté sobre sus críticos, y simplemente me dijo: ‘Creo que tienen razón’”, dijo Arana, que escribió sobre su propia experiencia el mes pasado. Arana dijo que la terapia reparativa finalmente retrasaba su aceptación como homosexual e inducía ideas de suicidio. “Pero al mismo tiempo me reclutaron para el estudio de Spitzer y me consideraban una historia de éxito. Yo diría que estaba progresando”.
Eso lo hizo. El estudio que en la época parecía una mera nota a pie de página de una vida más amplia, se estaba convirtiendo en un capítulo. Y debía tener un final propio: una fuerte corrección, directamente de su autor, no de un periodista o colega.
Un borrador de la carta fue filtrada online.
“Sabes, eso es lo único que lamento, el único pesar profesional”, dijo Spitzer sobre el estudio, casi al final de una larga entrevista. “Y creo que, en la historia de la psiquiatría, no sé si he visto a un científico escribir una carta diciendo que los datos fueron interpretados de un modo totalmente erróneo. Que lo admitió y pidió excusas a sus lectores”.
Desvió la mirada, sus grandes ojos borrosos de emoción. “Eso es algo, ¿no crees?”
28 de mayo de 2012
19 de mayo de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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