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[Escritor elevó la fantasía a cumbres literarias. Las más de veintisiete novelas y seiscientos cuentos ayudaron a dar peso estilístico a su fantasía y ciencia ficción. En ‘Crónicas marcianas’ [The Martian Chronicles] y otras obras, Bradbury, de Los Ángeles, mezclaba la familiaridad de pueblo chico con escenarios de otros mundos.]

[Lynell George] Murió Ray Bradbury, el escritor cuyos vuelos de fantasía y escapadas en el espacio descritas vívidamente dieron al mundo uno de las creaciones más especulativas del futuro. Tenía 91 años.
Bradbury falleció el martes noche en Los Ángeles, informó su agente Michael Congdon. Su familia dijo en una declaración que había sufrido una larga enfermedad.
Autor de más de veintisiete novelas y antologías–entre las más famosas se encuentran ‘Crónicas marcianas’, ‘Fahrenheit 451’, ‘El vino del estío’ [Dandelion Wine] y ‘La feria de las tinieblas’ [Something Wicked This Way Comes]- y más de seiscientos cuentos, a Bradbury le han atribuido frecuentemente haber elevado la reputación a menudo difamada de la ciencia ficción. Algunos dicen que él solo logró introducir al género en el reino de la literatura.
“La única figura comparable que podría mencionar es [Robert A.] Heinlein y luego [Arthur C. Clarke”, dijo Gregory Benford, profesor de física de la Universidad de California en Irvine que es también ganador del premio Nébula para la ciencia ficción. “Pero Bradbury, en los años cuarenta y cincuenta, se convirtió en una marca”.
Gran parte de la asequibilidad y la extrema popularidad de Bradbury tenía que ver con su don como estilista: su capacidad para escribir lírica y evocativamente sobre tierras imaginarias, mundos que anclaba en el aquí y ahora con mucha claridad gráfica y la familiaridad de pueblo chico.
El difunto Sam Moskowitz, preminente historiador de la ciencia ficción, ofreció su punto de vista: “En estilo, pocos están a su altura. Y la originalidad de un cuento en Marte o Venus narrado en los contrastantes ritmos literarios de Hemingway y Thomas Wolfe es suficiente como para fascinar a cualquier crítico”.
Influido por George Bernard Shaw y William Shakespeare tanto como por Jules Verne y Edgar Rice Burroughs, Bradbury sabía cómo tensar las historias para darles otro giro en la última frase. Y era más aplaudido por sus cuentos que por sus obras más extensas.
“Es decidor que leamos a Bradbury por sus cuentos cortos”, dijo Benford. “Esos cuentos son miradas. Lo más importante sobre los escritores es cómo existen en nuestros recuerdos. Leer a Bradbury es como ver una asombrosa imagen en la ventanilla de un coche y luego ser apartado violentamente de ella.
Las atmosféricas y poéticas ficciones de Bradbury –horror, fantasía, un misterioso gótico americano- exploraban los rincones secretos de la vida: lo que estaba oculto en los márgenes de la historia familiar oficial, o el ruido blanco runruneando inquieto justo debajo de la plácida superficie. Ofreció un conjunto de metáforas y enigmas de la vida como objetos de reflexión para la edad del cohete espacial y más allá, y ha influido en un amplio tramo de la cultura popular –desde el escritor de literatura infantil R.L. Stine y el cantante Elton John (que escribió su éxito ‘Rocket Man’ como homenaje) hasta el arquitecto Jon Jerde, que contrató a Bradbury para considerar y ofrecer sugerencias sobre la reinvención de los espacios públicos.
Bradbury trataba frecuentemente de liberarse de la estrecha etiqueta de ciencia ficción, no porque la rechazara, sino porque creía que era imprecisa.
“Yo no soy un escritor de ciencia ficción”, se le oía decir a menudo. “Sólo he escrito un libro de ciencia ficción [Fahrenheit 451]. Todos los otros son de fantasía. Las fantasías son cosas que no pueden ocurrir, y la ciencia ficción gira sobre cosas que pueden ocurrir”.
No era solamente una cuestión de semántica.
Sus historias tenían múltiples niveles y eran ambiciosas. Bradbury estaba mucho menos preocupado con la mecánica –cuántos tanques de combustible se necesitan para llegar a Marte en ese cohete- que con lo que ocurría una vez que la tripulación aterrizaba allá, o qué impondrían en su medioambiente. “Tenía el don de detectar los problemas realmente importantes”, dijo Paul Alkon, profesor emérito de inglés y literatura estadounidense en la Universidad de Carolina del Sur.
“No le interesaban mucho las doctrinas actuales sobre la corrección política o formas particulares de sociedad. No con lo que estaba mal en 1958 o en 2001, sino con el tipo de problemas que nos asaltan cada año”.
Benford dijo que Bradbury “enfatizaba la retórica por sobre la razón y tocaba una veta con la mayoría de los lectores estadounidenses –mejor que cualquier otro escritor de ciencia ficción. Incluso [H.G.] Wells… Bradbury anclaba todo en las relaciones. En la ciencia ficción eso no se hacía”.
Sea describiendo una incipiente colonia terrícola abriéndose camino en Marte (‘Aunque siga brillando la luna’ [And the Moon Be Still as Bright] en 1948) o una máquina niñera en la realidad virtual convertida en un macabro monstruo (‘The Veldt’ en 1950), Bradbury quería que sus lectores consideraran las consecuencias de sus acciones: “No soy un futurista. La gente me pide que prediga el futuro, pero todo lo que yo quiero hace es impedirlo”.
Rechazó durante largo tiempo los ordenadores –aferrándose obstinadamente a su máquina de escribir- y odiaba Internet. Decía que los ebooks “huelen a combustible quemado” y se opuso hasta el año pasado a que sus editores publicaran versiones electrónicas de sus obras, accediendo finalmente a que Simon & Schuster lanzara la primera copia digital de ‘Fahrenheit 451’.

Ray Douglas Bradbury nació el 2 de agosto de 1922 en Waukegan, Illinois, hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie Moberg. De niño se empapó en el ambiente de la vida en un pueblo chico –porches por toda la casa, luciérnagas y la suave y dorada luz al final del crepúsculo- que más tarde se convertiría en el sello distintivo de gran parte de su narrativa.
“Cuando nací en 1920”, dijo a New York Times Magazine en 2000, “el coche sólo tenía veinte años. La radio no existía. La tele no existía. Nací en el momento justo para escribir sobre estas cosas”.
La cúspide de lo que era y lo que sería –ese era el balcón de Bradbury. “Es un poeta de la expansiva visión del mundo del siglo veinte”, dijo Benford. “Aparejó la pasión americana por las máquinas con el amor de las fronteras”.
De niño, Bradbury fantaseaba de muchas maneras: con los cuentos de hadas de los hermanos Grimm y L. Frank Baum (autor de ‘El maravilloso mago de Oz’ [The Wonderful Wizard of Oz], las ferias mundiales y Lon Chaney Sr., Buck Rogers y sus ‘Amazing Stories’.
Pero con la magia también venían las pesadillas. Bradbury hablaba a menudo de las visiones nocturnas que lo mantenían despierto y sudando toda la noche durante la primera década de su vida.
Escribir se convirtió en una válvula de escape. Contaba a menudo, y elaboradamente adornada, la historia de una epifanía que lo llevó a dedicarse a escribir. Una visita al carnaval a los doce años lo puso frente a frente con Mr. Eléctrico, un mago que acercó a Bradbury a nociones de rencarnación e inmortalidad.
“Era un milagro de magia, sentado en la silla eléctrica, envuelto en una bata de terciopelo negro, su cara ardiendo como fósforo blanco, con chispas azules siseando desde la punta de sus dedos”, recordaba en entrevistas. “Me apuntó, me tocó con su espada eléctrica –se me pusieron los pelos de punta- y dijo: ‘Vive eternamente…’” Fascinado, volvió todos los días. “Me llevó a la playa del lago y me habló de sus pequeñas filosofías y yo hablé de las mías, más grandiosas”, contó Bradbury. “Me dijo que nos habíamos conocido antes. ‘Tú eras mi mejor amigo. Yo morí en tus brazos en Francia, en 1918’. Yo sabía que algo especial había pasado en mi vida. Estaba junto al tiovivo y lloré”.
Desde entonces, pasaba al menos cuatro horas cada día desatando esas visiones nocturnas en las historias que escribía en papel de estraza.
Después de varias mudanzas, la familia Bradbury se asentó en Los Ángeles en 1934. Ray incursionó en teatro y periodismo, se enamoró del cine y empezó a enviar periódicamente chistes al programa radial de George Burns y Gracie Allen. Leía constantemente y su producción literaria aumentó firmemente y mejoró. Cuando estaba en la Escuela Secundaria Los Ángeles, Bradbury participó en Los Angeles Science Fantasy Society, donde conoció y recibió comentarios sobre su trabajo de escritores de ciencia ficción como Heinlein, Henry Kuttner y Jack Williamson.
“Es un milagro que haya sobrevivido, porque estábamos todos dispuestos a estrangularlo”, dijo en un reportaje en el Times de 1988 el fundador de la sociedad, el difunto Forrest J. Ackerman. “Era un joven tan odioso…, él era el primero en admitirlo. Era chillón y escandaloso y le gustaba imitar a W.C. Fields y a Hitler. Gastaba todo tipo de bromas”.
Bradbury terminó la secundaria en 1938, y no tenía suficiente dinero para pagar la universidad. La mala vista lo mantuvo alejado de los militares, pero siguió escribiendo.
Sus historias empezaron a aparecer en pequeñas ediciones baratas del género. Entre las primeras se encontraba ‘El dilema de Hollerbochen’ [Hollenbochen’s Dilemma], que fue publicada por la revista Imagination! en 1939. En ese año empezó también a publicar su propio fanzine mimeografiado, Futuria Fantasia. En 1941, Bradbury vendió su primer cuento, ‘Péndulo’ [Pendulum], una colaboración con Henry Hasse que apareció en Super Science Stories. Pronto sus historias encontraron compradores. ‘El flautista’ [The Piper] apareció en 1941 en ‘Thrilling Wonder Stories’, seguida de una serie de ventas a otra revistas baratas.
En 1945, ‘El gran juego blanco y negro’, publicado en American Mercury, abrió las puertas para otras publicaciones establecidas, incluyendo el Saturday Evening Post, Vogue y Colliers. “Un joven asistente [en la revista Mademoiselle] encontró mis historias en la ‘pila de manuscritos no solicitados’. Giraba sobre una familia de vampiros y se titulaba ‘La vuelta a casa’ [The Homecoming]”, contó Bradbury al Christian Science Monitor en 1991. “Se la pasó a la editora de cuento y le dijo: ‘¡Esto sí tienes que publicarlo!’” Ese joven asistente era Truman Capote, cuya propia ‘Regreso al hogar’ [Homecoming] le había hecho famoso.
Bradbury se casó con Marguerite McClure en 1947, el mismo año en que publicó su primera antología de cuentos –‘Carnaval oscuro’ [Dark Carnival; Arkham House]-, una serie de viñetas sobre sus evocaciones de infancia.
Su primer triunfo ocurrió en 1950 cuando Doubleday reunió algunos cuentos nuevos y otros previamente publicados con historias sobre marcianos en un tomo titulado ‘Crónicas marcianas’. Una sucesión de historias que eran a la vez aventuras y alegorías sobre temas tan cargados como la censura, el racismo y la tecnología, el libro lo consagró como un autor de particular perspicacia. Y en una poco habitual reseña del novelista Christopher Isherwood en la revista Tomorrow ayudó a Bradbury a cruzar el umbral desde escritor de género a visionario.
‘Crónicas marcianas’ incorporaba temas que Bradbury continuaría tratando por el resto de su vida. “Amor perdido. Amor interrumpido por las vicisitudes del tiempo y espacio. La condición humana en una perspectiva más amplia y una definición de qué significa ser humano”, dijo Benford. “Veía los problemas que presentaban las nuevas tecnologías –desde robots hasta casas inteligentes y máquinas del tiempo- y que ponían en duda nuestras cómodas definiciones de lo humano”.
El siguiente éxito de ventas de Bradbury, ‘Fahrenheit 451’, de 1953, “se basaba en dos cuentos cortos previos, escritos en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California en Los Ángeles, donde pagaba diez centavos por cada media hora para usar la máquina de escribir. “Escribía como bala”, recordaba a menudo. “Gasté 9.80 dólares y nueve días en escribir ‘Fahrenheit 4510”.
Libros como ‘Fahrenheit 451’, en el que los televisores interactivos abarcan tres paredes, y ‘El hombre ilustrado’ [The Illustrated Man] –una antología de 1951 en la que apareció ‘The Veldt’- no sólo se convirtió en un éxito de ventas y también en películas, sino en cuentos con moraleja que se transformaron en parte de la cultura americana.
“El problema en ‘Fahrenheit’ se centra en el debate sobre si la tecnología puede destruirnos”, dijo George Slusser, curador emérito de la Colección de Ciencia Ficción, Fantasía, Horror y Utopía J. Lloyd Eaton de la Universidad de California en Riverside. “Pero siempre habrá un espíritu que mantenga las cosas en vida. En el caso de ‘Fahrenheit’, incluso aunque el gobierno totalitario esté destruyendo los libros, la gente los ha memorizado. Hay personas que adoran la palabra escrita. Eso es verdad en la mayoría de sus historias. Tiene una profunda fe en la cultura humana”.
Además de libros y cuentos, Bradbury escribió poesía, piezas de teatro, adaptaciones para la televisión, incluso canciones. En 1956 fue contratado por John Huston para que escribiera el guión de ‘Moby Dick’. En 1966 el autor francés François Truffaut llevó ‘Fahrenheit 451’ a la pantalla. Y en 1959, ‘El hombre ilustrado’ fue llevado al cine con Rod Steiger en el papel estelar. La reputación de Bradbury alcanzó un punto alto.
Pero a medida que cosechaba respeto en el mundo establecido, perdió parte de su prestigio entre los puristas de la ciencia ficción. En esos círculos, Bradbury fue a menudo criticado por adoptar una postura anti-científica. En lugar de celebrar los avances científicos, se mostraba reservado, incluso cauto.
Bradbury tenía opiniones firmes sobre el futuro. En su intento de hacer sus vidas más inteligentes y eficientes, los humanos, temía, habían perdido contacto con sus almas. “Tenemos que volver a sorprender a Estados Unidos”, dijo.
En el curso de los años acumuló un mantel lleno de galardones. Entre estos la Medalla para Aportes Distinguidos a las Letras Estadounidenses [Medal for Distinguished Contribution to American Letters] de la Fundación Nacional del Libro (2000), el Premio a la Trayectoria Robert Kirsch de Los Angeles Times [Robert Kirsch Lifetime Achievement Award] (1998), el Premio Nébula (1988), el Cuadro de Honor de la Ciencia Ficción [Science Fiction Hall of Fame ] (1970), el Premio O. Henry Memorial (1947-48) y una mención distinguida del directorio del Premio Pulitzer en 2007, lo que era “un enorme reconocimiento de parte de los medios establecidos”, dijo al New York Times Lou Andes, director editorial de sección de ciencia ficción y fantasía de PYR.
Bradbury ayudó a planear el Spaceship Earth en el Epcot Center de Disney en Orlando, Florida, así como los proyectos de Euro Disney en Francia. Fue consultor creativo de los proyectos del arquitecto Jerde, contribuyendo a diseñar varios centros comerciales de California del Sur, incluyendo la Glendale Galleria, la Horton Plaza en San Diego y el Westside Pavilion en Los Ángeles.
Incluso en sus últimos años, Bradbury mantuvo su producción diaria de mil palabras trabajando con una máquina de escribir eléctrica cuando esta última había dejado de producirse. “Para qué necesito un ordenador… El ordenador no es más que una máquina de escribir”.
Aunque no conducía, Bradbury era a menudo avistado en Los Ángeles y alrededores. Una figura familiar con una melena cana despeinada por el viento y pesadas gafas de marcos negros, revisaba las estanterías de librerías y bibliotecas mientras dejaba su bicicleta apoyada contra la fachada o a un poste.
El derrame que sufrió en 1999 lo obligó a trabajar menos, pero no lo paralizó.
Empezó a dictar por teléfono sus trabajos a una de sus hijas, las que lo ayudaba a transcribir y redactar. En 2007 empezó a rescatar trabajos raros o no terminados de sus archivos. ‘Ahora y siempre’ [Now and Forever], una antología de ‘Leviatán 99’ [Leviathan ’99] y ‘En algún lugar toca una banda’ [Somewhere a Band Is Playing] fue publicado en 2007 y ‘Siempre nos quedará París’ [We’ll Always Have Paris Stories] en 2009.
Su cumpleaños noventa, en 2010, fue la ocasión de celebraciones que duraron una semana en Los Ángeles.
“Todo lo que puedo hacer es enseñar a la gente a enamorarse”, dijo Bradbury a la revista Time ese año. “Mi consejo para ellos es, hagan lo que les gusta y ame lo que hace… Si les puedo enseñar eso, habré hecho un gran trabajo”.
La mayoría de los estadounidenses conocen a Bradbury en la escuela secundaria y hay muchos que releen algunas de sus obras durante toda la vida.
En una entrevista en Onion, Bradbury resumió la relevancia y resonancia de sus historias: “Yo trabajo con metáforas. Todas mis historias son como los mitos grecorromanos y los mitos egipcios, y el Viejo y el Nuevo Testamento… Si puedes escribir metáforas, la gente las podrá recordar… Creo que es por eso que me enseñan en la escuela”.
Benford sugiere otra cosa, a la vez simple y seductora.
“La nostalgia es eterna. Y los estadounidenses son a menudo desplazados de sus orígenes y portan un recuerdo ansioso de estos, por temor a perderlos. Bradbury nos recuerda lo que éramos y lo que podríamos ser”, dijo Benford.
“Como la mayoría de la gente creativa, era todavía un niño. Sus historias nos dicen: aférrense a su infancia. No tendrás otra. No creo que haya podido superar eso”.
Le sobreviven sus hijas Susan Nixon, Ramona Ostergren, Bettina Karapetian y Alexandra Bradbury; y ocho nietos. Su esposa, Marguerite, murió en 2003.
7 de junio de 2012
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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