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[Edinburg, Texas, Estados Unidos] [Para muchos inmigrantes ilegales que entran a Estados Unidos, la primera parada es particularmente poco hospitalaria.]

[Manny Fernández] Durante décadas, la primera parada de los inmigrantes ilegales tras cruzar la frontera de Texas fue a menudo una casa de seguridad o de paso, un departamento o una casa de alquiler donde podían pasar horas o días miserables a la espera de ser trasladados a algún otro lugar. A menudo es donde son retenidos hasta que sus familias pagan la tarifa de los contrabandistas.
Pero en los últimos meses las casas de seguridad han proliferado en las ciudades fronterizas en el Valle de Río Grande y en ciudades más al norte, como Houston –una tendencia que se ha observado en Texas, pero no en otros estados fronterizos.
Y las autoridades locales, estaduales y federales en Texas dicen que estas casas están cada vez más hacinadas, porque los contrabandistas meten en ellas a decenas de personas y tratan a los ocupantes no tanto como clientes sino como presos a los que hacen pasar hambre, golpean o violan.
Este mes en esta ciudad del sur de Texas, cuando la policía se acercó a una casa y una caravana en un camino de tierra sin salida, los inmigrantes ilegales huyeron y se dispersaron. Pero los que estaban dentro de una tercera residencia –una casa de dos dormitorios hecha con bloques de hormigón pintados, no más de más de sesenta metros cuadrados- no pudieron escapar, debido a que las puertas estaban aseguradas con cadenas y había barrotes de seguridad en las ventanas.
No había aire acondicionado ni electricidad. Un total de 115 hombres y mujeres estaban siendo retenidos en la propiedad, aunque el grupo más grande –al menos cincuenta, quizá más- estaba encerrado bajo llave en la casa de hormigón. Algunos de ellos dijeron a los detectives que les habían amenazado con que serían matados o golpeados si no se mantenían quietos. Algunos llevaban varios días sin comer.
Uno de los dos hombres que subsecuentemente se declararon inocentes de los cargos de conspiración para ocultar a extranjeros, Marcial Salas-Garduino, 23, saludaba a los que llegaban por primera vez a la casa de la misma manera, de acuerdo a documentos judiciales.
“Bienvenidos al infierno”, les decía.
En marzo, a veintidós kilómetros, en una zona rural cerca de la ciudad de Alton, se encontró a 33 inmigrantes en una casa de 37 metros cuadrados. El encargado les daba dos huevos y tres tortillas al día y les tenía prohibido salir de la casa.
En marzo y abril las autoridades descubrieron a 32 personas hacinadas en una caravana en Edinburg, 49 en una casa de tres dormitorios en Houston, cerca de sesenta en una casa en Brownsville y otras sesenta en una residencia de tres dormitorios en McAllen.
“En el pasado, acostumbrábamos a encontrar diez o quince personas por casa”, dijo Enrique Sotelo, jefe de policía de Alton. “Ahora no nos sorprende ver a cuarenta o 75 personas apelotonadas en casas de dos y tres dormitorios”.
El hacinamiento se ha convertido en una rutina en las casas de paso, donde a menudo no hay muebles y la gente duerme en el suelo. El jefe de policía Sotelo dijo que había estado en casas donde la gente estaba tan apretujada que tenían que dormir sentados, apoyados contra las paredes. Agentes de la Patrulla Fronteriza en Texas Sur no solamente han allanado más casas de seguridad que el año pasado, sino también han encontrado muchas más personas en ellas.
En un sector de Río Grande controlado por el Servicio de Aduanas y Protección de Fronteras –un enorme área en Texas Sudeste que incluye Edinburg, Brownsville y McAllen- fueron detenidos este año fiscal más de dos mil inmigrantes ilegales en casi ochenta casas, desde 1.012 en 69 casas durante todo el año fiscal 2011.
“Amontonan gente unos encima de otros”, dijo Jerry Robinette, agente especial a cargo del Servicio de Inmigración y Aduanas de San Antonio. “Cuando encuentras una casa de dos dormitorios, que ha sido construida para una familia de cuatro o seis personas, con treinta o cuarenta personas, te puedes imaginar cómo pueden escalar las cosas en ese tipo de entorno”.
Algunas mujeres albergadas en casas de paso en Texas han sido sexualmente atacadas, se les ha privado de alimento y agua y obligado a trabajar para sus secuestradores. Algunos han sido torturados. Una de las veintiuna personas encontradas en una casa el año pasado en Edinburg dijo a los detectives que el hombre encargado la había golpeado con un bate de béisbol porque los ocupantes enchufaron la nevera pese a que lo tenían prohibido.
Los contrabandistas a menudo retienen a los inmigrantes como rehenes para cobrar rescates a sus familias. Incluso aquellos que no son rehenes permanecen cautivos para evitar que sean observados por vecinos y para impedir la pérdida de dinero que sería el resultado si escaparan antes de pagar la tarifa.
El aumento de las casas de paso en Texas se produce en momentos en que se desarrolla una tendencia opuesta en partes del sur de California y Arizona, donde esa actividad ha disminuido en los últimos años. La zona de Phoenix era conocida en el pasado como la capital de las casas de paso de Estados Unidos, pero ya no más: el último año fiscal agentes federales descubrieron 805 inmigrantes en 51 casas, una reducción con respecto al año fiscal 2008 cuando fueron detenidos 3.221 inmigrantes en 186 casas.
Funcionarios policiales dijeron que el motivo de la tendencia no estaba claro.
Algunos dijeron que mientras las autoridades en Arizona se han concentrado durante años en las casas de paso –agentes federales de la zona de Phoenix han ayudado a reducir el número después de formar en 2009 un grupo de trabajo sobre las casas de paso-, la policía de Texas estaba detectando ahora más casas en parte gracias a una mejor coordinación y al aumento del control.
Otros dijeron que los contrabandistas que operan en Texas parecen estar haciendo lo que sea necesario para aumentar sus ganancias en momentos en que la inmigración ilegal en Estados Unidos ha disminuido en la frontera mexicana.
“Solo puedo suponer que en este momento para ellos es más económico mantener a la gente en una sola casa”, dijo Sean McElroy, agente especial a cargo del Servicio de Inmigración y Aduanas de Houston. “Creo que están tratando de hacer otra cosa. Definitivamente están sintiendo la presión”.
Y a medida que el tráfico de seres humanos a través de la frontera es dominado por carteles de la droga mexicanos, el tratamiento que se da a los que están en esas casas de paso ha empeorado. “La detección y detención de extranjeros ilegales ahora mismo se está convirtiendo en algo parecido a una operación de rescate”, dijo Steven McCraw, director del Departamento de Seguridad Pública de Texas.
En estos días las primeras llamadas telefónicas o denuncias que conduzcan a las autoridades a las casas provienen a menudo de los que están encerrados dentro o de sus familiares. En Edinburg, una ciudad de 77 mil habitantes a unos veinticinco kilómetros de la frontera, los vecinos dijeron que nunca vieron ni oyeron a grandes grupos de personas en la casa de hormigón. La policía fue informada por una llamada al 911 que hizo un hombre que hablaba español y estaba siendo retenido dentro.
Con una voz apenas audible, pidió al operador de la central que enviara ayuda.
[Michelle O’Donnell contribuyó al reportaje desde Houston.]
21 de junio de 2012
27 de mayo de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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