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[Argentina] [La historia de un representante argentino de equitación en Melbourne y Roma. Militar, jinete olímpico y represor. Naldo Miguel Dasso asistió a dos citas olímpicas y estuvo cerca de obtener una medalla por equipos en 1956. Hoy se lo juzga en Entre Ríos por crímenes de lesa humanidad, ya que se le imputan tres desapariciones, en dos causas diferentes.]

[Gustavo Veiga] El jinete represor ya no cabalga como antaño, cuando lo estimulaban sus sueños de medallas. Naldo Miguel Dasso fue deportista olímpico en los Juegos Olímpicos de 1956 y 1960. La prueba de salto por equipos le permitió arañar la presea de bronce en Estocolmo –y no en Melbourne–, ya que la equitación compitió en Suecia porque el gobierno australiano les aplicó una cuarentena a los caballos extranjeros. Cuatro años después, en Roma, conseguiría un discreto 7º puesto en el salto individual. Militar veinteañero, se destacaba como representante argentino en una disciplina donde brillaba otro uniformado, Carlos D’Elía, participante en cinco Juegos Olímpicos consecutivos. El golpe del ’76 lo encontró alistado en Concordia, Entre Ríos, donde ya revistaba como coronel desde 1975 a cargo del Regimiento de Caballería de Tiradores Blindados Nº 6. Dueño de la vida y de la muerte de decenas de argentinos en esa ciudad, hoy lo juzgan por crímenes de lesa humanidad. Se le imputan tres desapariciones en dos causas diferentes y en una podría ser condenado por la desaparición del conscripto Jorge Emilio Papetti.
A Dasso lo ascendieron a general en pleno parto de la democracia, gracias al apoyo de las fuerzas vivas concordienses. Un militar de vocación republicana como el capitán José Luis D’Andrea Mohr, ex integrante del Cemida y autor del libro ‘El batallón perdido’ –una investigación sobre los 129 colimbas desaparecidos durante la última dictadura–, lo describió así: “Naldo Miguel Dasso ascendió a general en 1984. Junto con las palmas del grado le entregaron una réplica del sable corvo sanmartiniano. Ironía cruel: en el ejército de San Martín habría sido fusilado sin más trámites junto a los demás verdugos de conciudadanos inermes”.
El deporte nacional sufrió decenas de víctimas durante el régimen militar y sus cómplices civiles. El fondista Miguel Sánchez es el caso más emblemático entre esos militantes y atletas. Pero desde las entrañas de la dictadura también surgieron voluntades de origen deportivo para la represión ilegal. Los casos de ex futbolistas como Juan De la Cruz Kairuz y Edgardo Andrada son los más conocidos, aunque no los únicos. Ahora se suma la historia de Dasso, quien quizá por la escasa popularidad de la disciplina que practicaba, no había trascendido antes más allá de las fronteras entrerrianas.
Nacido el 3 de julio de 1931 –cumplirá el martes próximo 82 años–, el ex general de caballería tenía que salir jinete. Los juegos de Melbourne 56, en los mismos en que la denominada Revolución Libertadora les prohibió competir a atletas peronistas o sospechados de serlo, fueron el puente hacia su carrera deportiva internacional. La equitación se anticipó unos meses en Estocolmo a la cita de Melbourne y allí fue el joven Dasso a competir con el caballo Ramito. Entre el 10 y el 17 de junio obtuvo uno de los dos diplomas olímpicos con que se volvió a Buenos Aires el deporte ecuestre. El equipo integrado por D’Elía, Dasso y Pedro Mayorga salió cuarto en salto por equipos. Y el de Juan Martín Merbilhaá, Eduardo Cano y Carlos De la Serna se clasificó sexto en la prueba completa por equipos. En aquellos mismos días de junio del ’56, se producía el levantamiento del general Juan José Valle que terminó con civiles y militares peronistas fusilados.
Roma sería la siguiente escala olímpica de Dasso. Con otra monta, Final (curioso nombre para un caballo), consiguió la séptima colocación en saltos individuales, pero no el diploma que, hasta los juegos de Los Angeles ’84, se entregaba del cuarto al sexto clasificado. Después de este desempeño del militar, se pierde su rastro en el deporte hípico. A no ser porque figura en la página web de la Federación Ecuestre Argentina como uno los jinetes que obtuvo el Distintivo de Honor Dorado. En la nómina que integran varios deportistas de uniforme aparece Carlos Moratorio, el ganador de la única medalla (de plata) que logró la equitación argentina en la historia de los juegos, en México ’68.
Instalado en Concordia, y ya con el rango de teniente coronel, asumió como jefe del Area de Defensa 225. Permaneció en esa localidad de Entre Ríos hasta 1977. El ex gobernador de la provincia, Jorge Busti –sometido a una detención ilegal entre el 10 de febrero y el 31 de marzo del 77–, acaba de declarar en la causa Harguindeguy (Albano) donde está imputado Dasso. Recordó que la máxima autoridad de la represión en Concordia era este último, quien un día lo recibió en su despacho con el arma reglamentaria sobre el escritorio. “Yo soy el dueño de la vida y de la muerte en el área 225”, cuenta Busti que le dijo el hombre que está acusado de delitos imprescriptibles que se están ventilando en Concordia en un juicio oral: las desapariciones de los militantes Sixto Zalazar y Julio Alberto Solaga. Además, al jinete represor se lo investiga por el caso del conscripto Papetti en la Justicia Federal de Paraná. Subordinados suyos declararon que ordenó su detención cuando el joven prestaba servicios en Concordia antes de que fuera torturado hasta la muerte y desapareciera su cuerpo.
Quienes defienden la obra de Dasso en su paso por el Regimiento de Caballería Blindado siempre fueron las mismas entidades y personajes locales. En 1984, cuando el Ejército propuso su ascenso, en una carta enviada al Senado, lo respaldaron la Iglesia, representada por el obispo Adolfo Gerstner y monseñor Daniel Zavala Bigorrio, la Sociedad Rural, la Cámara de Comercio, la Asociación Israelita y el Rotary Club, entre otros. Hoy, en el juicio oral al que está sometido, testigos de su defensa como el presidente de la Sociedad Rural de Concordia, Eduardo Caminal, destacó su Plan de Acciones Cívicas (PAC) durante la dictadura por su “gran obra civil”. Además, el ruralista evocó que ambos compartían la actividad ecuestre en la cancha de polo del regimiento durante aquellos años.
Una vez retirado, el ex general se transformó en un hombre de confianza del empresario Alfredo Yabrán y trabajó en compañías de su grupo como Juncadella, Ocasa y Proservicios S.A., igual que otros represores a los que hacía rotar en sus directorios. La equitación ya era un grato y lejano recuerdo para Dasso, ese deporte que en su juventud le permitió asistir a dos juegos consecutivos y quedar registrado en la historia del Comité Olímpico Argentino (COA) como uno de sus representantes de a caballo. Ahora, de a pie, le queda esperar el veredicto de la Justicia como a cualquier militar acusado de violar los derechos humanos. Un derecho que la dictadura no les concedió a sus víctimas.
1 de julio de 2012
©página 12

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