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[Tucumán, Argentina] [Una excursión al horror].

[Alejandra Dandan] Al comienzo era como una leyenda, comentó el hombre parado frente a la entrada del Pozo de Vargas. “Nos decían: los vamos a tirar a un pozo a ustedes. Estoy hablando de marzo del ’77, la gente que venía de la Escuelita de Famaillá a la cárcel donde estábamos nosotros nos decía eso y lo tomábamos como parte de una situación de amenaza.” Cuando Humberto Rava dejó la cárcel en 1985 se puso a buscar en la periferia de la capital tucumana con otros compañeros datos sobre esa leyenda. En los barrios todavía no había casas. La finca donde ahora está el Pozo estaba cubierta de plantas y de bosques que tapaban, como habían tapado el pozo, los terrenos que se habían usado durante la dictadura para arrojar los cuerpos, en ocasiones con vida, de los desaparecidos.
El Pozo de Vargas está en lo que era la finca de Vargas, un terrateniente de quien se dice que era amigo de Antonio Bussi. Está ubicado en un punto intermedio entre el centro Arsenales y el de Jefatura y al parecer lo usaban alternativamente el Ejército y la policía como zona liberada para deshacerse de los cuerpos. Ayer Baltasar Garzón descendió por el Pozo, que tiene treinta metros excavados y donde se ha identificado, entre otros, el cuerpo de Guillermo Vargas Aignasse. Con Garzón estuvieron Remo Carlotto de la Comisión de Derechos Humanos de Diputados; Rava, que ahora es secretario de Derechos Humanos de Tucumán, y el juez federal Fernando Poviña a cargo de esa causa.
“Impresiona, la verdad, ver hasta qué punto llegó la perversión de esta gente”, dijo Garzón apenas salió del pozo. “Es que hemos visto cuerpos con plásticos abajo y con alambres de púas dándoles vueltas.”
Los antropólogos les explicaron el trabajo. Y la necesidad de financiación para terminar un laboratorio con el que podrían acelerar el trabajo pendiente. “El trabajo es como armar piezas de un rompecabezas”, dijo Elena Colinari. “A las vigas que ahora están acá arriba les hicimos pruebas de luminol, en las que estaban más arriba encontramos salpicaduras de sangre, que es una prueba de que los cuerpos estaban con vida. En las de más abajo no, pero es lógico, por la filtración del agua.”
“Ahora la tarea es de continua replanificación”, dijo Alejandro Leiva. “Estamos a treinta metros, hay que llegar, en teoría, hasta los cuarenta, somos ocho pero abajo el ambiente es algo anaeróbico y no pueden trabajar más de dos personas por el resguardo del material, pero también por el oxígeno. De acuerdo con el metabolismo de cada día estamos más tiempo o menos tiempo y a veces nos pasa que estamos 20 minutos y nos hormiguea el cuerpo por falta de oxígeno. Como cuando uno está mal sentado hay una especie de calambre, igual en todo el cuerpo. Siempre alguien está arriba para el resguardo de emergencia. Eso ahora hay que actualizarlo y ver el tema de la oxigenación.”
1 de julio de 2012
©página 12

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