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[Darnah, Libia] [Democracia libia choca con el fervor de la yihad].

[David D. Kirkpatrick] Abdul-Hakim al-Hasadi tomó las armas por primera vez hace casi veinte años para tratar de introducir la ley islámica en Libia. Estudió con el Talibán en Afganistán y durante la insurrección del año pasado dirigió el consejo de una milicia local aquí en una ciudad famosa por ser la cuna de la guerra santa o yihad islámica.
Pero ahora Hasadi se ha reinventado a sí mismo como un entusiasta político local en campaña, recurriendo a las urnas para fomentar su versión de los valores islámicos. “Ahora no hay motivo para tomar las armas”, dijo. “Las palabras son nuestras armas. La política necesita política. No necesita fuerza”.
En la misma ciudad, Sufian bin Qumu dirige una milicia que ondea la bandera negra del islam militante. Ex conductor de camiones de Osama bin Laden que pasó seis años detenido en Bahía Guantánamo, Cuba, Qumu dice que el Corán es la única Constitución que conoce. Insiste en que seguirá armado mientras Libia no adopte un régimen de gobierno talibán.
“Yo vivía en Kabul, Afganistán, cuando en el país regía la ley islámica”, dijo aprobativamente en una reciente transmisión de una radio local que ha sido su única declaración pública. “Si aquí se funda un estado islámico, me uniré a este”.
En una contienda todavía en desarrollo aquí sobre el futuro del movimiento islamita, la visión de Hasadi sobre un cambio pacífico parece ganar adeptos. Para Occidente, su éxito puede representar la más importante promesa de la Primavera Árabe, y esa participación política podría neutralizar la tendencia militante del islam que ha llamado a miles de musulmanes a luchar y morir en países como Iraq y Afganistán.
Sin embargo, esa esperanza de democracia está ahora en peligro por el caos en Libia, los indicios de una guerra religiosa en Siria y de una dictadura militar en Egipto. Especialmente en Egipto el intento de los generales de frustrar una victoria electoral islamita podría validar los argumentos militantes sobre la futilidad de las reformas democráticas.
Algunos en Occidente temen que los militantes encuentren nuevos teatros de operaciones. En Darnah, que según el ejército de Estados Unidos envió más combatientes yihadistas a pelear contra Estados Unidos en Iraq que cualquier otra ciudad de su tamaño, Qumu y otros militantes todavía cuentan con seguidores, de acuerdo a funcionarios y habitantes locales. Muchos responsabilizan a los militantes islamitas de la ola de violentos crímenes, incluyendo el atentado con bomba contra el Mercedes-Benz vacío de Hasadi.
Pero muchos ex combatientes aquí dicen que han puesto su fe en las elecciones, empezando con la votación para elegir a la asamblea nacional libia el próximo mes.
“Queremos que nuestra vida política sea como la de Israel”, dijo Mosab Benkamaial, 25, refiriéndose a la fusión en el estado judío de identidad religiosa y democracia electoral. Benkamaial, que fue capturado por tropas estadounidenses en Bagdad, administra ahora el restaurante más popular de Darnah, un local de brochetas llamado Popeye’s.
Otros prominentes libios que antes viajaban al extranjero para pelear en nombre del islam también están avanzando en la misma dirección. Abdel Hakim Belhaj dirigió una organización de la resistencia islamita en Libia, luchó contra los soviéticos en Afganistán y más tarde se unió al Talibán antes de que la CIA lo capturara en Malasia. El presidente del Consejo Militar de Trípoli fundó un partido político diseñado de acuerdo al partido gobernante de Turquía, de tendencia islámica moderada.
“No somos un partido islamista”, dijo Anas al-Sharif, ex portavoz de la resistencia islamista.
Sin embargo, todavía hay signos de división entre los yihadistas de Darnah. Durante la rebelión del año pasado, las pintadas proclamaban “No a al Qaeda”. Ahora la palabra “no” está borrada. Hace unas semanas, después de que Hasadi hablara en una mezquita sobre las próximas elecciones, los militantes hicieron detonar su coche.
“Claro que tenemos extremistas”, dijo Mohamed el-Mesori, 52, que preside el consejo gobernante local. “Hay gente que no apoya a Hasadi porque él habla sobre democracia y elecciones”, dijo, agregando: “Sufian bin Qumu todavía no está convencido de eso, pero creemos que está dispuesto. La gente está tratando de mostrarle que este es el único modo de convencer a otros de tus ideas”.
Rodeada de montañas picadas con profundas cavernas, Darnah ha sido un centro natural de la guerrilla de la resistencia desde la época del Imperio Otomano. En los años ochenta, algunos de sus hombres se unieron a la lucha contra los soviéticos en Afganistán, luego volvieron en los años noventa para formar el núcleo del Grupo Islámico Combatiente Libio, que durante un breve periodo amenazó al coronel Moamar al-Gadadi.
Después de su derrota y asesinato, muchos, incluyendo a Qumu y Hasadi, huyeron a Afganistán.
La mayoría recela intensamente de Occidente. “De momento no he visto nunca nada bueno en la política norteamericana”, dijo Benkamaial, el hostelero, que pasó años en una prisión estadounidense en Iraq.
Aproximado por un intermediario libio que trabaja para el New York Times, Qumu gritó “¡Váyanse al infierno!” cuando golpeó a su puerta. “Estuve seis años en Guantánamo, y los estadounidenses no tenían ningún interés en hablar conmigo. ¿Por qué hablaría yo con un estadounidense?”
Qumu, que no terminó la educación primaria, fue sentenciado en 1993 a diez años de cárcel por un delito relacionado con drogas. Escapó, de acuerdo a archivos oficiales, y huyó a Sudán, donde se incorporó a la organización de bin Laden.
Fue capturado en 2002 por la inteligencia paquistaní y llevado a Bahía Guantánamo. En 2008 fue trasladado a una cárcel libia.
Ahora Qumu se ha convertido en un pararrayos para los temores de una renovada violencia islamista, especialmente entre los seguidores de escuelas poco convencionales del islam.
Los ultraconservadores que no participaron en la revuelta por motivos religiosos, dicen que viven con miedo de los yihadistas armados. “Tengo dolor en mi alma”, dijo un imam ultraconservador, hablando a condición de conservar el anonimato.
Los sufís –místicos musulmanes- dicen que los militantes destruyeron su templo. Un prominente psiquiatra sufí dijo que Qumu lo fue a ver para discutir sobre la ley islámica sobre la barba. “Grandioso”, dijo el doctor, Monsifa Moussa.
Cuando Qumu apareció en el programa radial en enero, algunos oyentes lo acusaron de ordenar asesinatos y de albergar a combatientes extranjeros, y exigieron saber por qué no había adoptado un papel más activo en la vida cívica como Hasadi. “¿Qué tiene esta ciudad que no le gusta al jeque Sufian?”, preguntó un participante.
Suplicó ser aceptado, recordando a los oyentes sus años de aislamiento en Bahía Guantánamo. “Si yo hablara sobre eso ahora, no podríais contener las lágrimas”.
Dijo que él no había ordenado cometer ningún asesinato –“Tienes que ser un emir para dar esas órdenes”- y que nunca obligaría a las mujeres a usar el velo. “¡Eso está excluido!”
Es imposible saber cuántos en Darnah apoyan a Qumu. Pero algunos ex yihadistas y otros en su ambiente parecen avergonzados por sus opiniones. “Creen que ellos son los únicos musulmanes de verdad en la ciudad”, dijo Faris el-Ghariani, 32.
Otros estaban dispuestos a llegar a un compromiso, como soslayar la actual prohibición para permitir el alcohol en los hoteles turísticos. “Queremos la ley islámica, pero también queremos ayuda de Occidente”, dijo Mahir el-Musmari, 37, que viajó a Iraq para pelear después de la invasión estadounidense. “Encontraremos un acuerdo”.
Hasadi, el yihadista convertido en político, se jactó de que acababa de pedirle a una mujer que fuera su cuarta esposa. Recomendó que Occidente adoptara los castigos corporales islámicos, como cortar las manos a los ladrones, para disuadir el delito.
Pero está tratando de ampliar su mensaje. Maestro en el pasado, ahora dirige las oraciones en una mezquita de la localidad, presenta programas de radio y televisión y corteja a los medios de prensa locales e internacionales. Dice que el Talibán se equivocó cuando restringió las carreras profesionales a las mujeres (en Libia tendrán derecho a voto).
Él y Qumu siguen siendo amigos, dijo Hasadi, y estaba trabajando para convencer a Qumu de que confíe en la democracia y deponga las armas, o al menos bajar la bandera yihadista que ondea en su local.
“Estás manchando tu imagen”, le dijo a Hasadi. “Está bien tener esa bandera, pero asusta a la gente. ¿Para qué la tienes? No puedes hacer nada. ¿Por qué no te marchas?”
3 de julio de 2012
24 de junio de 2012
@new york times
cc traducción c. lísperguer

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