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[Entebbe, Uganda] [Misiones de espionaje en África en manos privadas].

[Craig Whitlock] Frente a un hangar bajo un abrasante sol se ven cuatro pequeños y blancos aviones de pasajeros sin ninguna marca exterior, excepto los números de las matrículas estadounidenses pintadas en la cola. Un pequeño grupo de fornidos hombres con gafas de sol de aviador y corte de pelo al rape observan en silencio las alas y el tren de aterrizaje.
Los aviones son Pilatus PC-12, turbohélices favorecidos por las fuerzas de Operaciones Especiales de Estados Unidos para misiones encubiertas precisamente debido a su apariencia anodina. No hay ningún indicio de que porten sensores de alta tecnología y cámaras que pueden filmar objetivos a quince kilómetros de distancia.
Para encubrir todavía más la misión, las fuerzas armadas estadounidenses han dado otro paso inusual: han dejado gran parte de las operaciones de espionaje en manos de contratistas privados. Los contratistas proveen el avión y los pilotos, los mecánicos y otros empleados para ayudar a procesar la inteligencia electrónica recabada desde el espacio sobre Uganda, el Congo, Sudán del Sur y la República Centroafricana.
En octubre, el presidente Obama envió cerca de cien soldados estadounidenses a África central para peinar el terreno a la búsqueda de Joseph Kony, el mesiánico y brutal líder de una organización rebelde en Uganda. Pero los contratistas estadounidenses han estado buscando a Kony en secreto desde el cielo mucho antes de eso, al menos desde 2009, en el marco de un proyecto llamado en código Tusker Sand, de acuerdo a documentos y personas familiarizadas con la operación.
La práctica previamente desconocida de contratar a compañías privadas para espiar extensos tramos de territorio africano –en esta región y en el norte de África, donde un programa de espionaje similar vigila a una organización asociada a al Qaeda- ha sido un elemento central de las actividades militares secretas de Estados Unidos en el continente. A diferencia de las tropas uniformadas, los contratistas vestidos de paisano llaman menos la atención.
Pero debido a los acuerdos existentes fuera de los canales tradicionales, prácticamente no existe ninguna supervisión ni control público. Y si algo sale mal, el gobierno de Estados Unidos y sus socios reconocen que los contratistas actúan en gran parte por su cuenta.
El Comando África estadounidense, que supervisa las operaciones militares en el continente, se negó a comentar misiones específicas ni sus motivos para encargar a terceros las operaciones de espionaje. En respuesta a preguntas escritas del Washington Post, el comando afirmó que los contratistas no reciben ningún trato especial en caso de contratiempo. En lugar de eso, “reciben del gobierno de Estados Unidos la misma ayuda que cualquier ciudadano estadounidense que corra algún peligro”.

Gafes del Oficio
Existe un precedente para el uso de contratistas en operaciones de espionaje. Las fuerzas armadas contrataron a empresas privadas para realizar espionaje aéreo en América Latina en los años noventa y principios de 2000, a veces con desastrosos resultados.
En 2003, por ejemplo, un estadounidense fue asesinado y tres capturados como rehenes por insurgentes colombianos después de que su avión se estrellara en la selva. Los contratistas, que trabajaban para Northrop Grumman en un programa antinarcóticos del Departamento de Defensa, sufrieron cinco años de cautiverio antes de que fueran liberados por la policía colombiana.
Peter W. Singer, investigador de la Brookings Institution y experto en contrataciones militares, dijo que normalmente el Pentágono se vuelve hacia el sector privado por motivos de “denegabilidad”, pero agregó que “rara vez resulta”.
“Cuando las cosas salen mal, surgen dos escenarios”, dijo. “A los contratistas los dejan caer, provocando que se quejen de que son abandonados, u ocurre algún tipo de abuso y no son considerados responsables debido a una mezcla de una poco clara responsabilidad legal y la falta de voluntad política para hacer algo sobre ello”.
En realidad, los contratistas informados sobre la misión en África central parecen estar conscientes de que el aterrizaje forzoso de uno de sus aviones podría tener importantes implicaciones.
“Desde un punto de vista puramente político es obvio que las secuelas de un incidente semejante serían inmensas, especialmente si fuerzas hostiles fueran las primeras en llegar al sitio del accidente”, escribió en mayo de 2010, en respuesta a una solicitud del Comando África de Estados Unidos para expandir sus operaciones.
“Se podría desarrollar una situación con prisioneros y rehenes o, al menos, un serio incidente de relaciones exteriores particularmente perjudicial tanto para el AFRICOM como para Estados Unidos”.
El aviso fue clarividente. Ese verano, un avión espía PC-12 operado por un contratista de Nueva Jersey como parte del programa Tusker Sand fue obligado a hacer un aterrizaje de emergencia en Obo, una remota ciudad en la República Centroafricana donde las fuerzas de Kony habían aterrorizado a la población.
A bordo viajaba un puñado de estadounidenses que trabajaban para la firma R-4 Inc., así como un oficial ugandés y otro congoleño.
La inesperada aparición de dos soldados extranjeros y algunos estadounidenses despertó las sospechas de los líderes tribales, a los que su gobierno no les había informado sobre el proyecto Tusker Sand. Los líderes mantuvieron retenida a la tripulación durante varias horas mientras discutían qué hacer.
“Creímos que nos iban a meter a la cárcel”, dijo uno de los contratistas estadounidenses implicados, hablando a condición de conservar su anonimato para comentar sobre una operación delicada.
El contratista dijo que su grupo se puso en contacto con el Departamento de Estado y con funcionarios de Naciones Unidas, pero estos se negaron a intervenir. Fue incluso más difícil localizar a oficiales del Comando África, cuya sede se ubica en Stuttgart, Alemania.
“Finalmente pudimos librarnos de la situación”, explicó el contratista. “Eso es todo lo que hicimos allá, le pagamos a la gente y los convencimos de dejarnos marchar”.
Dwight Turner, vice-presidente de operaciones de ultramar para R-4, dijo que no estaba personalmente familiarizado con el incidente. Confirmó que su empresa había participado en el proyecto Tusker Sand, pero se negó a hacer comentarios.

Creciente Apetito
Cuando empezó Tusker Sand a fines de 2009, este consistía de un solo PC-12, que operaba desde un hangar militar ugandés en el aeropuerto de Entebbe. El hangar también albergaba a un avión Gulfstream para el presidente del país, Yoweri Museveni.
De acuerdo al contratista que trabajaba para R-4, el palacio presidencial cuidaba tanto al avión de Museveni que los estadounidenses tenían que empujar a pulso su PC-12 fuera del hangar, en lugar de usar un tractor, para evitar raspaduras accidentales.
El apetito de los militares estadounidenses en el espionaje creció rápidamente. El 11 de junio de 2010, el Comando África participó en una Jornada de la Industria para fomentar interés. Más de cincuenta contratistas privados fueron invitados a elaborar propuestas para expandir los programas Tusker Sand y Creek Sand, el proyecto dirigido contra al Qaeda en el Magreb islámico, que opera fundamentalmente en Mali.
Documentos no confidenciales preparados para el evento muestran que las fuerzas armadas querían que los contratistas proporcionaran al menos 44 empleados para los programas, duplicando ese número si el Comando África decidía “inflar” alguno de los dos. Se dijo a los contratistas que debían, como mínimo, operar sus aviones ciento cincuenta horas al mes.
Entre los trabajos encargados se encuentran: pilotos, operadores de sensores, analistas de inteligencia, mecánicos y lingüistas. La expectativa era que el personal estuviera compuesto por veteranos; la mayoría de ellos tenían que certificar que habían aprobado el curso de supervivencia, resistencia y escape dictado por las fuerzas armadas, debido a la posibilidad de que los aviones fueran derribados detrás de las líneas enemigas.
Los contratistas tendrían que suministrar los dispositivos de vigilancia, incluyendo sensores electro-ópticos e infrarrojos que operan en la oscuridad, y un sensor laser que puede escudriñar debajo de la canopia de la selva. Todos debían quedar ocultos en el cuerpo del avión con un montaje retráctil para no llamar la atención.
Otro documento estipulaba que las firmas prospectivas debían utilizar aviones “inocuos” que se “fundieran en el área de operaciones local”. En una presentación con Power Point en una página web para contratistas del gobierno federal, el Comando África advertía a las empresas concursando que el trabajo en países africanos sería “incómodo”, con actividades que podrían parecer sospechosas, agregando: “No queremos aviones encubiertos, sino simplemente aviones que parezcan amigos”.
Además de expandir los programas Tusker Sand y Creek Sand, el Comando África declaró que quería empezar un programa de drones, apodado Tusker Wing, para buscar a los miembros de la milicia de Kony, el Ejército de Resistencia del Señor.
Ese plan preveía que los contratistas usaran dirigibles equipados con cámaras y ScanEagles, pequeños aeroplanos no tripulados que pueden ser lanzados con una catapulta y pueden permanecer en vuelo durante veintidós horas a la vez, de acuerdo a Gene Healey, un contratista que ayudó a preparar un estudio para el Comando África.
Healey dijo que inicialmente el Comando África estaba entusiasmado con el Tusker Wing, pero canceló el programa, sin ofrecer ninguna explicación, antes de que despegara. Funcionarios del Comando África se negaron a hacer comentarios.
Sin embargo, el número de vuelos de espionaje tripulados del proyecto Tusker Sand ha aumentado poco a poco. Un nuevo contratista, Sierra Nevada Corp., empezó a operar vuelos PC-12 desde Entebbe en agosto.
Michelle Erlach, portavoz de Sierra Nevada Corp., con sede en Sparks, Nevada, se negó a responder preguntas sobre el proyecto Tusker Sand o sobre otras actividades de la firma en África. “No puedo dar detalles sobre eso”, dijo.
El Comando África se negó a responder preguntas sobre el contrato de Tusker Sand.

Aliados
Tusker Sand podría recibir pronto otro estímulo.
En marzo, el senador James M. Inhofe (republicano de Oklahoma), uno de los principales expositores del Congreso sobre África, emitió una declaración manifestando su preocupación de que las fuerzas armadas estadounidenses estaban siendo entorpecidas en sus intentos de localizar al Ejército de Resistencia del Señor.
Llamó al gobierno de Obama a dar al Comando África “todos” los aviones de espionaje “disponibles” y otros equipos necesarios para capturar a Kony y realizar otras operaciones antiterroristas.
Sin embargo en una entrevista un mes después, Inhofe dijo que oficiales del Comando África le dijeron que las cosas habían mejorado y que ya no se sentían defraudados. “Me siento tranquilo”, dijo. “Ahora creo que tienen lo que necesitan”.
Interrogado sobre si tenía alguna duda sobre el hecho de que contratistas privados se encargaran de realizar misiones de espionaje a nombre de las fuerzas armadas estadounidenses, Inhofe dijo que no respondería.
“Están trabajando con contratistas en estos asuntos y sé que hay un montón de gente implicada”, agregó. “No puedo elaborar sobre dónde están ni qué están haciendo”.
Sin embargo, el mes pasado la Comisión de Servicios Armados del Senado aprobó una moción autorizando cincuenta millones de dólares para que el Departamento de Defensa “mejore y expanda” las operaciones de espionaje para ayudar a las fuerzas armadas ugandesas y otras de la región a localizar a Kony.
Un miembro del personal del Congreso dijo que la prioridad de los legisladores era aumentar y mejorar las operaciones de espionaje tan rápidamente como posible, agregando que el Congreso no se oponía necesariamente al uso de compañías privadas en la cacería de Kony.
“Es algo que nos preocupa, pero cuando no tienes demasiados recursos, eso es lo que tienes que hacer”, dijo el funcionario, hablando a condición de conservar el anonimato para comentar sobre operaciones delicadas. “Este es un ambiente permisivo. No nos están disparando. Simplemente estamos recabando información”.
Metido en el lenguaje legislativo había una rara referencia no clasificada al crucial papel jugado por los contratistas contra el Ejército de Resistencia del Señor. La comisión dijo que le “preocupaba” que la dependencia de firmas privadas para recabar información para la cacería era “innecesariamente onerosa y no está satisfaciendo las necesidades de las fuerzas de soporte”.
La comisión del Senado encargó al Pentágono estudiar “contratos alternativos”, enfatizando la necesidad de aviones que puedan “cubrir áreas de interés durante prolongados periodos de tiempo”.
Para evitar la fatiga de los pilotos y otros problemas, los Pilatus PC-12 que han sido el pilar del programa Tusker Sand y otros vehículos aéreos se limitan a vuelos de seis a siete horas al día.
Sin embargo, los drones pueden mantenerse en vuelo durante más de veinte horas a la vez.
[Julie Tate en Washington contribuyó a este reportaje].
12 de julio de 2012
14 de junio de 2012
©washignton post
cc traducción c. lísperguer

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