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[Nueva York, Estados Unidos] [Trabajando o estudiando dentro, los neoyorquinos deben tolerar niveles imposibles de ruidos fuertes].

[Cara Buckley] Los labios de la camarera se estaban moviendo, pero no parecía que saliera algún sonido de su boca. Cientos de voces se tragaban sus palabras mientras del D.J. bombeaba un aticka ticka de ritmos bailables. El bullicio alimentado por la happy hour aumentaba con estos, amplificados por los cielos rasos de estaño y las paredes revestidas de azulejos.
“He estado teniendo jaquecas”, gritó la camarera un jueves noche hace poco, inclinándose para oír. Contó que se despertaba con los oídos zumbando y que su doctor le había recetado hace poco remedios contra ataques epilépticos: “Reduce la cantidad de dolores de cabeza”.
El restaurante, Lavo, en el centro de Manhattan, no es solamente ruidoso, sino a menudo incluso peligrosamente así. Esa noche, el ruido alcanzó un promedio de 96 decibeles en el curso de una hora, tan potente como una motosegadora, y a un nivel al que, según las normativas oficiales, los trabajadores no pueden estar expuestos durante más de tres horas y media sin equipos de protección auditiva.
Lavo no es ninguna manera el único. En toda Nueva York, en restaurantes y bares, pero también en tiendas y gimnasios, los ruidos fuertes se han convertido en un hecho de la vida en los lugares donde antes, tradicionalmente, la gente buscaba escapar del estrés de la ciudad. El New York Times midió los niveles de ruido en 37 restaurantes, bares, tiendas y gimnasios en toda la ciudad y encontró niveles que los expertos dicen que pueden ser peligrosos en un tercio de ellos.
En el Brooklyn Star, en Williamsburg, el volumen alcanzó un promedio de 94 decibeles en una hora y media: tan ruidoso como un taladro eléctrico. En el Standard Hotel’s Biergarten en el barrio del matadero, donde los trabajadores tienen turnos de diez horas, el nivel de ruido llegó a un promedio de 96 decibeles. No estaban tocando música: el ruido lo generaban cientos de voces rebotando en la estructura de metal del High Line.
En Beaumarchais, un restaurante y club nocturno en la Calle 13 West, la música alcanzó en promedio 99 decibeles en veinte minutos y 102 decibles en sus cinco minutos más ruidosos. “Eso definitivamente te pasa la cuenta”, dijo un camarero.
Los trabajadores en estos lugares dijeron que los niveles de ruidos, que fueron grabados en periodos de un máximo de una hora y media, eran normales en sus lugares de trabajo.
Una ciclosala en un gimnasio Crunch en el Upper West Side llegó a un promedio de cien decibeles en cuarenta minutos y a 105 decibeles en sus cinco minutos más ruidosos. En otro gimnasio Crunch en Park Slope, Brooklyn, el nivel de sonido llegó a 91 decibeles. En la emblemática tienda de Abercrombie & Fitch, en la Quinta Avenida, que ha diseñado muchas de sus tiendas inspirándose en clubes nocturnos, la música vibrante alcanzó 88 decibeles, justo antes de superar el límite en que se exige que los trabajadores reciban equipos protectores si se los expone a ese volumen durante ocho horas.
A modo de comparación, un tren que cruzó el centro de Manhattan registró 88 decibeles; las conversaciones normales varían entre sesenta y 65 decibeles.
Algunas investigaciones han mostrado que la gente bebe más cuando la música es fuerte; un estudio concluyó que la gente masticaba más rápido cuando se aceleraban los tempos. Premunidos de estos conocimientos, algunos bares, tiendas y restaurantes están ajustando sus equipos de sonido, según confiesan ingenieros de sonido y consultores de restaurantes.
“Piense en esos lugares donde tratan que usted entre y salga lo más rápidamente posible”, dijo John Mayberry, ingeniero acústico de San Marino, California, que ha protestado contra lo que cree que es una concepción bélica del audio. “Es obvio cuáles son sus intenciones”.
A algunos clientes les agradan los ruidos fuertes. La gente más joven puede tolerar durante más tiempo la música fuerte, mientras que los mayores tienden a alejarse de ella, lo que ayuda a los propietarios a mantener una clientela joven y una imagen fresca.
Pero la exposición continuada o repetida a sonidos fuertes a menudo daña el oído y ha sido asociada a niveles más altos de estrés, hipertensión y enfermedades cardiacas. Algunos dueños de restaurantes dijeron que les había sorprendido enterarse de que sus niveles de decibeles eran demasiado altos, y unos pocos dijeron que tomarían medidas adecuadas para remediarlo.
En realidad, los empleados de lugares ruidosos son a menudo los más afectados. Sin embargo, la fiscalización de las normativas existentes contra los ruidos molestos es casi inexistente en lugares como estos.
La Superintendencia de Seguridad y Salud Ocupacional [Occupational Safety and Health Administration; OSHA por sus siglas en inglés], que es responsable de los ruidos en los lugares de trabajo, generalmente solo investiga cuando se hacen quejas; esto parece ocurrir rara vez, si acaso, cuando se trata de restaurantes, bares y gimnasios (la agencia declaró que tomaría 138 años inspeccionar todos los lugares de trabajo de Estados Unidos). En el año fiscal 2011, todas las catorce infracciones a las normativas contra ruidos molestos impartidas por la OSHA en Nueva York implicó sitios en construcción y fábricas; no se dictó ninguna contra restaurantes, discotecas o bares. El ayuntamiento tiene una ordenanza contra el ruido, pero cuando se trata de restaurantes y bares, se aplica sólo cuando la música y las vibraciones molestan a los vecinos.
La OSHA exige que los trabajadores lleven protectores de oídos si están expuestos a ruidos de noventa decibeles durante ocho horas; a los 85 decibles, los empleadores deben proveer equipos de protección auditiva y realizar pruebas de audición.
Muchos expertos en prevención de la sordera dicen, sin embargo, que la gente no debería ser expuesta a más de cien decibeles –el nivel en la ciclosala en el Upper West Side- durante más de quince minutos sin equipos de protección auditiva.
“Definitivamente consideramos que esos niveles pueden causar lesiones y probablemente causen daños permanentes en casos de exposición sostenida”, dijo Laura Kauth, audióloga y presidente de la Asociación Nacional de la Conservación del Oído [National Hearing Conservation Association]. “Están viviendo niveles de ruido industriales”.
Pero en todos los lugares mencionados arriba, no encontramos ni siquiera un tapón para los oídos.
Expertos en audición dicen que los oídos no se acostumbran nunca a los ruidos fuertes. “Tus oídos no se hacen más tolerantes”, dijo el doctor Gordon Hughes, director de ensayos clínicos en el Instituto Nacional sobre Sordera y Otros Trastornos de Comunicación [National Institute on Deafness and Other Communication Disorders]. “Es tu psique la que se vuelve más tolerante”.
El ruido de fondo es demasiado fuerte, dijo Hughes, si una persona tiene que elevar la voz para ser oída por alguien a un metro de distancia. Entre los indicios de una exposición nociva se encuentran no oír bien mucho después de terminado el ruido, zumbidos y la impresión de que los oídos están bajo presión o bloqueados. Ninguno de estos síntomas implica necesariamente que el daño sea permanente, pero si se vuelve a oír normalmente esto no implica que no haya daño. Sin embargo, la pérdida de audición debido a ruidos fuertes normalmente tomas meses e incluso años en desarrollarse.
Un camarero en Lavo, el que como muchos otros trabajadores no quiso que su nombre fuera publicado por temor a perder su trabajo, dijo que sabía que sus oídos corrían peligro. Pero, dijo, una ligera pérdida auditiva era inevitable, debido a que él también tocaba en una banda. “Si ocurre, ocurre”, dijo, resignado. “Espero que cuando me pase, ya haya mejores remedios contra eso”.
Rick Neitzel, profesor en el Risk Science Center de la Universidad de Michigan, dijo que los empleados de tiempo completo sometidos durante uno o dos años a volúmenes como los constatados en los restaurantes Lavo y Beaumarchais podrían fácilmente perder audición. “Los restaurantes con niveles superiores a noventa decibeles”, dijo el doctor Neitzel, “deberían hacer algo al respecto”.

Diseñando a la Clientela
Una tarde hace poco en el emblemático Abercrombie, una chiquilla preadolescente se zambulló cándidamente en la oscuridad cuando fuertes sonidos emergían de decenas de altavoces. Su madre y su abuela la siguieron. La abuela –Nancy Hilem, 56, del condado de Bucks, Pensilvania, dijo que habían estado en la tienda sólo diez minutos, pero debido al ruido se sentía como si hubiese estado una hora. Normalmente tranquila –trabaja en una funeraria-, la señora Hilem se sentía nerviosa.
“No me puedo concentrar”, dijo. “Por el ruido, no puedo concentrarme en lo que quiero comprar. Tengo ganas de decirle: ‘Encuentra algo, te compraré lo que quieras, pero vámonos de aquí’”.
De acuerdo a Mayberry, eso es exactamente lo que busca Abercrombie: música fuerte para mantener a raya a los adultos mientras los adolescentes entran a comprar con las tarjetas de crédito de sus padres. “Puedes controlar a tú público”, dijo. “Si quieres gente joven, dales un tipo específico de sonido”.
Abercrombie es sólo un ejemplo. Hollister, otra marca de Abercrombie, y H&M, también prefieren a los jóvenes: en sus tiendas en SoHo, los niveles de volumen superaron los ochenta decibeles y a menudo también se elevaron por sobre los noventa.
Brian McKinley, vicepresidente de marketing en DMX, la compañía de mercadeo sensorial que elabora las listas discográficas de Abercrombie, dijo que el objetivo era crear un ambiente “inspirativo”. Poner música y luces tenues hacen que los jóvenes se sientan como si estuvieran en una discoteca y los tienta para quedarse más tiempo.
“Hay un montón de estudios que muestran que se venden más artículos si los clientes pasan más tiempo en la tienda”, dijo McKinley. Un portavoz de Abecrombie dijo en una declaración que la “experiencia única en el establecimiento A&E es algo que quieren tener nuestros clientes”.
Varios empleados de Abercrombie admitieron sufrir frecuentes dolores de cabeza. Una empleada dijo que se escondía en el cuarto de almacenaje para escapar del ruido.
“No podemos hacer nada”, dijo una vendedora, que contó que a menudo sale del trabajo con punzadas en la cabeza y la garganta seca de tanto gritar. “[Los patrones] quieren que se parezca a una discoteca”.
El portavoz de Abercrombie dijo: “Cumplimos con todas las leyes pertinentes con respecto a los niveles máximos de sonido, y hacemos controles regulares y evaluaciones para cerciorarnos de ese cumplimiento y de que el sonido no tiene un impacto negativo en nuestros empleados”.
Wyatt Magnum, diseñador de sonido, entró una noche hace poco al Hard Rock Café en Times Square y bajó las escaleras hacia los restaurantes. Había turistas consumiendo hamburguesas, fajitas y pescado y fritas. Se oía un rock –pero su volumen no era ensordecedor. Magnum tarareó la canción y calculó que tenía 125 pulsaciones por minuto –casi lo mismo que ‘Start Me Up’, de los Rolling Stones.
Es el tempo perfecto, observó Magnum para la rotación de las mesas.
Magnum diseña programas musicales para restaurantes, bares y hoteles, y a menudo los configura para aumentar en tempo y volumen según avanza el día, y alcanzar su nivel máximo a la hora del cóctel, cuando los márgenes de ganancia son mayores. Entre sus clientes se cuentan hoteles de lujo y cadenas de restaurantes, aunque no quiso que sus nombres fueran dados a conocer, y vende una ‘Encyclopedia of Beats-Per-Minute’ que ayuda a los propietarios a perfeccionar los tempos.
“Si se pone la música más alta y más rápida, la gente come más rápido y se marcha”, dijo.
Magnum aprendió el arte de dirigir la conducta de grandes grupos durante su experiencia como D.J., cambiando las canciones para hacer rotar a la gente, sacándola de la pista y encaminándola hacia el bar. Hay más dueños de discotecas que entran al negocio de los restaurantes, dijo, y llevan con ellos su inclinación por la música fuerte, y sus conocimientos sobre sus efectos.
“¿Te estamos manipulando? Por supuesto”, dijo Jon Taffer, consultor de restaurantes y vida nocturna y anfitrión del reality show ‘Bar Rescue’.
“Mi trabajo”, dijo, “es meter la mano en tu bolsillo lo más adentro que pueda y todo el tiempo que pueda. Es un negocio manipulativo”.
No todo el mundo está convencido. A Ken Friedman, accionista mayoritario del Spotted Pig, el Breslin y el John Dory Oyster Bar, todos concurridos restaurantes de Manhattan, dijo que calcular las pulsaciones por minuto para acelerar la rotación de mesas le sonaba absurdo. “No creo que los grandes restaurantes de aquí hagan eso”, dijo.
Pero Magnum dijo que el Hard Rock Cafe consideraba la práctica como un hecho establecido desde que sus fundadores se dieran cuenta de que poniendo música fuerte y rápida, los clientes hablaban menos, consumían más y se marchaban rápidamente, una técnica documentada en el ‘Internatinal Directory of Company Histories’. Aunque no niega la práctica, Hard Rock declaró que su enfoque actual era “muy diferente”, con videos in situ y con los huéspedes ayudando a seleccionar la música.
Existen investigaciones que respaldan la teoría de Magnum. En 1985, un estudio de la Universidad de Fairfield en Connecticut concluyó que la gente comía más rápido cuando la música de fondo se aceleraba de 3.83 a 4.4 pulsaciones por minuto. Nicolas Gueguen, profesor de ciencias de la conducta en la Universidad de Bretaña del Sur en Francia, escribió en el número de octubre de 2008 de la revista Alcoholism: Clinical and Experimental Research que volúmenes más altos llevaban a los bebedores de cerveza en un bar a beber más. Cuando la música del bar estaba a 72 decibles, los clientes pedían un promedio de 2.6 bebidas y tomaban 14.5 minutos en terminar una. Pero cuando el volumen subía a 88 decibeles, los clientes pedían un promedio de 3.4 bebidas y demoraban 11.5 minutos en terminar una.
Curt Gathje, un importante editor en Zagat que ha observado que los restaurantes de Nueva York se han vuelto marcadamente más ruidosos en los últimos diez años, dijo: “Hay una nueva generación que en lugar de ir a clubes nocturnos, va a restaurantes, y los clubes nocturnos se han fusionado con los restaurantes”.
“La gente no quiere ir a lugares que parecen muertos”, agregó. “La gente joven quiere más acción”.
Cambios recientes en el diseño de restaurantes también han subido los niveles de sonido. La tendencia de hacer que los restaurantes se parezcan más a cervecerías y que los bares parezcan tabernas clandestinas ha creado una abundancia de superficies duras que pueden rebotar y amplificar el sonido: azulejos, suelos de cemento y cielos de estaños. Esto a pesar del hecho de que una de las quejas más frecuentes de los clientes sobre los restaurantes, según Zagat, es el ruido. Sin embargo, las personas que prefieren los lugares ruidosos dijeron que se sentían recargadas y les daba la sensación de que estaban en el centro de la acción.
María Vásquez, 22, estudiante de diseño que es cliente de Lavo –con niveles de 96 decibeles y camareras con migraña- dijo que encontraba divertida la cacofonía del lugar. Tiffany Trifilio, 26, analista de la moda que frecuenta el Standard Hotel’s Biergarten, dijo que la bulla la hacía sentirse parte de la gente. Y Katherine Gold, 35, que se queda a menudo en casa con su bebé, disfrutaba del ruido de Lavo una noche hace poco. “Paso mis días en mi departamento y en el Central Park”, dijo. “Tengo bastante tranquilidad”.
Clientes de la ciclosala también dijeron que la bulla era parte del atractivo. La música vibrante les ayudaba a olvidar que estaban haciendo ejercicios, dijeron, y les hacía sentir que estaban reviviendo las noches que pasaban en discotecas cuando eran más jóvenes.
Sin embargo, en una ruidosa ciclosala seguida con unas horas en un bar muy ruidoso podría fácilmente engañar a la gente en cuanto a sus dosis diarias recomendadas de ruido. Especialmente en Nueva York, donde la gente tapa el aullido de las sirenas y el rechinar del metro con lectores de MP3, los oídos no reciben el descanso que necesitan.

Amortiguando la Bulla
Representantes y dueños de varios establecimientos en Nueva York en los que el sonido superaba los noventa decibeles dijeron que no sabían que podían haber estado violando las normativas federales.
Una vocera del Standard, donde los niveles de decibeles superaban, en promedio, los noventa, dijo que el nivel de sonido variaba según la hora del día, y que los dueños no sabían que podrían estar violando las leyes federales. “Examinaremos eso independientemente”, dijo en una declaración, y “concentraremos nuestros esfuerzos en este asunto y en el bienestar de nuestro personal, que es de la mayor importancia para nosotros”.
Bill Reed, uno de los propietarios del Brooklyn Star, dijo que no tenía ni idea de que el volumen del restaurante pudiera estar acercándose a niveles peligrosos. El restaurante instalará espuma aislante debajo de las mesas, dijo, y posiblemente también cajas de absorción de sonidos.
Bill Bonbrest, encargado de operaciones del Grupo TAO, que es dueño de Lavo, dijo que ningún cliente o empleado se había quejado nunca sobre el ruido. Bonbrest dijo que no sabía que Lavo pudiera estar violando las normativas sobre ruidos, y semanas más tarde dijo que la empresa había contratado a un profesional para medir el sonido. Empezarían con un programa contra la sordera, dijo, que incluirá equipos de protección auditiva y pruebas de audio para los empleados.
Y Keith McNally, dueño de varios restaurantes con apariencia de cervecería, incluyendo el Schiller´s Liquor Bar en el Lower East Side, que registró 91 decibeles, dijo que el D.J. nunca tocó durante más de cuatro horas en una noche, y que el volumen era mantenido bajo antes de las ocho y media de la tarde y después de las tres de la mañana. También dijo que los empleados estaban autorizados para llevar tapones de oídos.
Después de contratar a un ingeniero para medir el sonido, los dueños de Catch, un restaurante en el barrio del matadero, instaló paneles de sonido de 167 metros cuadrados, ahogando marcadamente el sonido. En el otoño, el chef y hostelero Andrew Carmellini instaló equipos de insonorización de diez mil dólares en el Dutch en el SoHo: la principal queja de sus clientes, dijo en Twitter, era el ruido. Y Alex Stupak, chef y dueño de las taquerías Empellon en el East Village y el West Village, gastó cerca de veinte mil dólares en insonorización en sus restaurantes después de recibir quejas sobre la bulla. “Leyendo los comentarios aprendí una nueva palabra: cacofonía”, dijo. “No podías oír a la persona sentada al otro lado de la mesa”.
En cuanto a las ciclosalas, Donna Cyrus, vicepresidente de programación en el Crunch, dijo que los instructores individuales fijaban los niveles de sonido, y que cada equipo de sonido tenía límites para asegurarse de que el volumen fuera seguro. Los instructores, agregó, no estaban obligados a llevar tapones de oídos.
Acumulación de Toda una Vida
De acuerdo al Instituto Nacional de Seguridad y Salud Ocupacional, hasta un treinta por ciento de los trabajadores expuestos a niveles de ruido de noventa o más decibeles durante sus vidas de trabajo pueden sufrir sordera. Pocos camareros o instructores de gimnasio pueden permanecer en esos oficios durante todo ese tiempo. Pero la exposición al ruido es como la exposición al sol. Diferentes personas tienen diferentes susceptibilidades, y demasiado ruido o demasiado sol desgasta poco a poco al cuerpo hasta que, para algunos, se provoca un daño irreparable.
“Es una acumulación de toda una vida que nunca desaparece”, dijo Hughes, del instituto sobre la sordera. “Los daños [al oído] son permanentes”.
Algunos trabajadores admitieron que el volumen les causaba dolor. Otros dijeron que sabían que estaban siendo sometidos a niveles de ruido peligrosos, pero simplemente preferían ignorar los riesgos.
Reign Hudson, que enseña en ciclosalas donde el volumen puede superar los cien decibeles, dijo que estaba acostumbrada al ruido. Incluso después de enterarse de que los niveles eran potencialmente peligrosos para su oído, no pensaba que la afectaran. “Lo que realmente me irrita es la música fuerte”, dijo. “Normalmente le digo a la gente que si no les gusta la música fuerte, que no se sienten cerca de los altavoces”.
Una tabernera que ha trabajado en Lavo durante un año y medio dijo que pensaba que sus oídos le dolían un poco, pero seguía en el trabajo porque la paga era buena. Jeffrey Sullivan, 34, barman en el Standard Hotel’s Biergarten, dijo que le sorprendía que los niveles de decibeles fueran tan altos allí. Sin embargo, también ha trabajado en la construcción, tocaba el bajo en una banda y surfeaba, actividades todas que pueden afectar tu oído. En cambio, pensaba que el Standard era tranquilo. “Realmente aquí no se oye nada penetrante; son sólo voces fuertes”, dijo. “Es como suave para los oídos”.
Sin embargo, Nadene Grey, que atendía el bar en la terraza de verano del Standard, dijo que se sentía frecuentemente exhausta al final de su turno. Después de enterarse de las mediciones del ruido allá, dijo: “Realmente te desgasta. Estoy segura que es el estrés físico no solamente por hacer todas esas bebidas sino el estrés físico que causa el ruido”.
La pérdida de audición por exposición crónica al ruido empieza con la pérdida de la audición de sonidos de alta frecuencia, y el daño puede pasar inadvertido durante años, que es lo que pasó con Ian Carson, un barman de toda la vida.
Una noche de semana Carson se presentó en su sitio habitual detrás del mesón del bar en Campagnola, un restaurante italiano que es una especie de institución en el Upper East Side. Se acercó un camarero, inhaló profundamente y gritó: “Un Bloody Mary y un Cosmopolitan”. Carson se cubrió instintivamente su oído. “¿Qué?”, dijo, inclinando la cabeza. “¡Un Bloody Mary y un cosmopolitan!”, volvió a rugir el camarero.
Carson, 66, empezó a perder la audición hace veinte años. El servicio militar no le ayudó. Tampoco el periodo en que trabajó en discotecas, ni las casi tres décadas que trabajó en Campagnola, que tiene la reputación de ser ruidoso, aunque esta noche en particular estaba relativamente tranquilo, con un promedio de 82 decibeles.
A veces Carson se equivoca al hacer los tragos. Muchas veces simplemente lee los labios y supone.
Y cuando sube el volumen de fondo, dijo: “Mis orejas sólo sirven para colgar las gafas de sol”.
[Emily S. Rueb y Josh Williams contribuyeron al reportaje].
24 de julio de 2012
20 de julio de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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