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[La declaración del senador Rossi, de que fumaba marihuana, ha reavivado el debate sobre su legalización. Muchos se limitan a pedir la legalización del autocultivo. Pero no parece la mejor solución].

[Claudio Lísperguer] Muchos de los partidarios de la legalización de la marihuana insisten a menudo en el autocultivo, excluyendo la posibilidad de su producción para el mercado y prohibiendo su venta. No sé qué tan bien fundamentado esté este punto de vista. ¿Qué harán entonces las personas que no tienen ni jardín ni patio, las que viven en departamentos, las que simplemente no tienen tiempo ni ganas o talento para dedicarse al cultivo o las que viven en casas con mascotas? Estas personas, sin embargo, seguirán siendo usuarios. No es razonable ignorar a este grupo y esperar que dependan de las dádivas de los amigos, como parece que le ocurre al senador Rossi. Para un usuario que no puede o no quiere dedicarse al cultivo, la única opción es comprar.
¿De dónde viene esta reivindicación? ¿Qué problema tiene la venta? ¿Por qué no puede haber personas que cultiven para el mercado? Lo que debería ocurrir es la legalización total de la marihuana, permitiendo su producción y venta. Una vez que se legalice, ocurrirá con la marihuana lo mismo que ocurre con cualquier otro producto. Habrá productores que adquirirán tierras para su plantación, que elegirán las mejores semillas para ofrecer un producto de calidad y tratarán de ser competitivos –del mismo modo que ocurre con miles de productos. Su producción y su venta serán reguladas y fiscalizadas, tal como ocurre con las hierbas medicinales, los tomates y los zapatos. ¿Qué hay de malo en esto?
Todo lo que uno puede imaginar como el lado B de la legalización, es que se formen monopolios o se violen las leyes de libre competencia o que se adultere el producto en alguna fase de su producción –por ejemplo, que los productores le agreguen anfetaminas o alguna otra porquería para hacerla más potente. Pero todas estas prácticas abusivas afectan a toda la producción en general, ya se cometen, y serán idealmente combatidas y penalizadas de la misma manera que otros productos. No hay motivo alguno para hacer una excepción con la marihuana.

Hoy la ilegalidad de la marihuana es responsable de un buen montón de males que desaparecerán con su legalización. Convirtiéndose en un negocio legal, las disputas tenderán a ser resueltas en tribunales, y no a balazos en las calles. Debemos suponer que esto también implica que habrá menos abusos policiales relacionados con las drogas, y menos corrupción policial. Nadie ignora que la policía maltrata a los vendedores de drogas (porque estos difícilmente protestarán formalmente) y suele requisar ilegalmente sus productos. Hay muchos policías que quitan la droga a los vendedores en un barrio, para venderla en otro. Menos violencia, menos muertes, menos ajustes de cuentas, menos violencia policial, menos corrupción policial: ¿no es lo que todos queremos?
Legalizando las drogas se vaciarían las cárceles del país. Recuérdese que prácticamente el cincuenta por ciento de las personas encarceladas, lo están por causas relacionadas con las drogas, y de estas un gran porcentaje por lo que la justicia llama “tráfico de drogas”, que habitualmente quiere decir personas que fueron sorprendidas portando entre cinco y veinte gramos. Es inhumano y estúpido que se destruya la vida de estas personas por conductas que en muchos países ni siquiera son delito. También se reduciría enormemente la carga de los tribunales, que podrían dedicarse a asuntos más serios y que pertenezcan realmente al fuero judicial. También se reduciría la carga policial y podrían nuestros policías dedicarse a lo que dicen que les gusta, que es combatir el crimen. Perseguir, detener, robar, torturar y encarcelar a jóvenes de entre quince y treinta por tráfico de drogas está muy alejado de lo que llamamos tareas policiales. Imaginemos un mundo donde la policía persigue a asesinos, violadores, ladrones… ¿No es lo que queremos todos?
Además de todo esto, la legalización de la marihuana implicará un tremendo empujón a la economía, asociado al surgimiento de una nueva actividad y un nuevo grupo social: los que las autoridades clasifican como delincuentes, serán comerciantes establecidos, que respetan las reglas del juego y contribuyen a la recaudación fiscal. En países como Holanda, este grupo, lo mismo que los inmigrantes, son los que más respetan las leyes y menos fraude cometen, porque no quieren tener a la ley encima de ellos. En una nada de tiempo, si se les permite, serán reconocidos como los ciudadanos respetables que son la mayoría de ellos (véase mérici). ¿Acaso piensan algunos que los que llaman narcotraficantes se meten por masoquismo en el oficio de vender drogas? ¿No será que es un oficio para el que no se necesita diploma y en el que se puede ganar bien? ¿No son estos los motivos del oficio de comerciante por naturaleza? ¿O tienen los productores de habas otros motivos? Seguro que hay personas a las que les gusta andar armadas para defenderse de policías y otros maleantes, y dejar la vida en ello, o que les gusta ser perseguidos, detenidos, maltratados, torturados, humillados, encarcelados, insultados en la prensa. Pero imagino que deben ser los menos.

Si se insiste en el autocultivo y se excluye reivindicar la libertad total para producir y vender, el problema del narcotráfico persistirá, simplemente porque la demanda de marihuana no desaparecerá. Y pretender que los que no se dedican a cultivar, pues, que se jodan, no es una posición ni razonable ni defendible.

Otro punto irritante en los partidarios del autocultivo es que se arropan en el lenguaje del poder y justifican su posición arremetiendo contra lo que llaman “tráfico de drogas”. ¿Por qué no decir, simplemente, comercio en drogas? Nadie habla de tráfico de boldo, me decía una amiga, ni de tráfico de manzanilla, ni de alcachofas o tomates. Ese es el lenguaje que utiliza el poder. Y cuando activistas o los medios usan ese lenguaje, sabemos que están haciendo suya la visión del poder. Con algunos vocablos, como narcotráfico, ocurre lo mismo que con la palabra “sujeto”. Los periodistas llaman “sujetos” a los delincuentes. Pero, obviamente, no a todos. Nadie llamó nunca “sujeto” al presidente Piñera, pese a su abultado prontuario por delitos económicos. Son “sujetos” los asaltantes y ladrones de clase baja. De Plaza Italia para arriba, la frecuencia de los sujetos disminuye. ¿Se refirió la prensa a Pinochet, durante su periodo en Londres, como el “sujeto de nacionalidad chilena”. No en la prensa chilena.
Se define el síndrome de Estocolmo como una “reacción psíquica en la cual la víctima de un secuestro, o persona retenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado. En ocasiones, dichas personas secuestradas pueden acabar ayudando a sus captores a alcanzar sus fines o a evadir a la policía”. En relación con las drogas, el poder comete una suerte de secuestro ideológico. E incluso los partidarios de la legalización de la marihuana se sienten obligados a comulgar con el poder –por miedo o por convencerse bajo presión de la postura de la clase política. Adoptan su lenguaje. Describen como enemigos a los que se dedican a la producción o venta de marihuana. Les llaman narcotraficantes. Sujetos. Delincuentes. Ese es el lenguaje que usa el poder para referirse a los dealers, que muchos consideramos que son los verdaderos héroes de esta película.
No hay razón alguna para temer la legalización total de la marihuana. El país daría una tremenda muestra de madurez y lucidez. Cambiaría la noción de delito y la definiríamos como en casi todo el mundo occidental como el daño o perjuicio que se ocasiona a terceros, y no como se define hoy en día en Chile como lo que decide la autoridad. No puede la clase política tratar a los ciudadanos como si fuesen niños irresponsables sin capacidad de juicio y que deben vivir bajo la tutela permanente de los mayores –como se trataba antiguamente a las mujeres y a los que no tenían propiedades inmuebles, a los niños y a las mascotas. Poder decidir uno mismo usar o no usar marihuana es algo que pertenece al ámbito de las libertades personales. Además de esto, considerando que la marihuana es una hierba medicinal que se usa ampliamente como un poderoso analgésico de uso universal, que no conoce efectos secundarios negativos irreparables, que se emplea ampliamente en el tratamiento de un sinnúmero de enfermedades –como el cáncer, el Parkinson y otras-, persistir en prohibir su uso es derechamente un atentado no ya sólo contra nuestras libertades personales, sino también contra nuestro derecho a la salud y al acceso a la salud, y contra nuestro derecho, garantizado por la Constitución, a preservar nuestra integridad psíquica.
Obviamente se necesitarán campañas permanentes de información fidedigna sobre la marihuana y deberá insistirse en domesticar su uso (consumirla después del trabajo o en los fines de semana, no conducir fumado, no hacer trabajos físicos bajo su influencia), tal como ha ocurrido con substancias como el alcohol, que sabemos que un quince por ciento de los chilenos no logra controlar. El tipo de dependencia que produce la marihuana es muy diferente y sus efectos nocivos no son irreparables, como los del alcohol y la carne. Habrá siempre personas que se engancharán de mala manera, como los alcohólicos, pero no es nada que no podamos tratar o financiar. Muy posiblemente la legalización de la marihuana conduzca a una disminución del consumo de alcohol y a un estado sanitario general mucho mejor, por lo que la población no necesitará ni servicios médicos ni fármacos con la misma frecuencia que hoy. Quizá es aquí donde radica la oposición a su legalización. Los “traficantes de alcohol” quieren mantenernos embrutecidos y enfermos de modo tal que sus parientes, los “traficantes de fármacos”, puedan ofrecernos las medicinas que nos convencerán que necesitamos.
[Imagen viene de Life Is Savage].
lísperguer

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