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[Cuando un grupo de senadores propone la legalización de la marihuana, los medios conservadores inician una virulenta campaña para impedirlo, argumentando que la marihuana se asocia con trastornos mentales, violencia y delincuencia. Todo un cúmulo de falsedades y verdades a medias].

[Claudio Lísperguer] En las últimas semanas también quienes se oponen a la legalización de la marihuana han comenzado su propia campaña tratando de vincular la marihuana con daños neurológicos, agresividad, violencia y delincuencia. En la columna del Padre Nicolás Vial, en La Nación del 7 de agosto, el sacerdote, presidente de la Fundación Paternitas, supone que sólo la ignorancia de los parlamentarios les permitiría legislar a favor de la legalización de la marihuana. Los niños y jóvenes –todos reos- sobre los que escribe, según nos informa, muestran todos, “conforme a nuestros análisis”, “trastornos de personalidad, psicopatías y compulsiones descontroladas”. Vial agrega enseguida que estos reos fumaban marihuana: hasta diez veces al día, pero olvida decirnos diez veces al día qué: ¿diez porros? ¿diez gramos? ¿diez caladas? Agrega también que esos jóvenes mezclan la marihuana con el alcohol, “produciendo efectos con consecuencias catastróficas”.
El resto de su argumentación sigue un curso similar: atribuye a la marihuana que esos chicos presenten “alteraciones neuropsiquiátricas” y “reacciones compulsivas devastadoras” (como querer violar a la mamá, por ejemplo). Según afirma, son los propios reos los que le han dicho que esos “actos de locura y embriaguez” los cometieron bajo los efectos de la marihuana.

Habría mucho que decir sobre el alegato del sacerdote. Las bases metodológicas de su argumento son extremadamente frágiles, para decirlo piadosamente. Que sean los propios chicos encarcelados quienes confirmen su versión de las cosas, no quiere decir estrictamente nada. Responder sí a todo lo que diga el cura puede querer decir, simplemente, que comparten la misma ignorancia de este, o que buscan una manera de atribuir sus delitos al efecto de las drogas para reducir su responsabilidad penal. No es la mejor manera de hacer una investigación. Luego, ese universo de los chicos delincuentes es muy limitado y es ridículo querer extender las conclusiones, como quiera que sea que haya llegado a ellas, al resto de los consumidores de marihuana, que simplemente no son ni delincuentes, ni están presos, ni presentan ninguno de los síntomas que el sacerdote define como neurosiquiátricos. Sería lo mismo que decir que los consumidores de alcohol presentan todos síntomas de delirium tremens y paranoia, y que se mean y cagan en los pantalones.
Pero más allá de las deficiencias epistemológicas y metodológicas, Vial tampoco convence en la relación que establece entre marihuana y trastornos mentales, delincuencia y violencia. No se ha demostrado nunca que la marihuana provoque algún trastorno mental, ni que su consumo lleve a los usuarios a actos de violencia o compulsiones incontrolables como querer violar a la mamá y fantasías similares. Además, Vial no menciona en su argumentación ningún antecedente familiar ni psiquiátrico de los chicos. Anecdóticamente, cualquiera puede saber por la prensa que muchos de esos niños y jóvenes son, antes que consumidores de marihuana, usuarios de alcohol y neoprén. En realidad, los síntomas que Vial atribuye a la marihuana son todos síntomas frecuentes del consumo de alcohol y de la aspiración de neoprén (que no es una droga recreativa ni una planta medicinal, sino un químico sucedáneo del caucho), que provoca daños cerebrales y neurológicos irreparables.

En una página web por encima de toda sospecha, se describen sumariamente los efectos del consumo de inhalantes, como “síndrome polineurótico, daño en nervios craneanos, síndrome parkinsoniano, convulsiones, ataxia cerebelosa y encefalopatía difusa. La intoxicación aguda con solventes provoca una psicosis exógena […] El inhalador suele experimentar un sentimiento de euforia seguido de alucinaciones visuales e ilusiones. A medida que aumenta la concentración de los vapores se puede llegar a un profundo estado de coma. La experiencia subjetiva del inhalador consiste en euforia con sensación de poder y grandiosidad lo que puede llevar a violencia y daños autoinferidos”. […] Estos cuadros psicóticos agudos pueden persistir por tiempo variable después de la inhalación del solvente. La destrucción cerebral es un hecho demostrado y con frecuencia irreversible” (en Creces, en un artículo de 1989).
Agrega Creces que “tenemos bastante experiencia con pacientes que ingresan a los servicios hospitalarios a consecuencia del uso prolongado de pegamentos. En general son individuos que habitualmente no sobrepasan los 30 años de edad provenientes de un medio social muy pobre con graves problemas familiares. Presentan un bajo nivel cultural e intelectual y con frecuencia combinan la inhalación de pegamentos con alcohol, tranquilizantes e hipnóticos del tipo benzodiacepinas, y también marihuana. Vale decir, tienden al poliabuso de sustancias tóxicas. En los primeros períodos de su hospitalización presentan confusión mental, en ocasiones severo desajuste conductual con gran excitación y agresividad. Esto último determina la necesidad de internarlos, situación que resulta casi natural, puesto que ha existido un período prolongado de conducta agresiva y autoagresiva. Resulta muy característico que se infieran diversos tipos de heridas, en especial lesiones cortantes de antebrazos y piernas. Es habitual que relaten actividades delictivas, en particular robos y asaltos, además de ejercer la mendicidad. En ocasiones han sido detenidos por la policía y sometidos a proceso”.

En realidad, sorprende que Vial no sepa nada de esto y que atribuya a la marihuana trastornos y síntomas que son característicos del consumo de alcohol y de substancias como pegamentos y bencina. Una búsqueda en la red le habría sacado del engaño. No quiero suponer que para darle mayor peso a su argumento contra la marihuana, silenció estos datos. Hoy en día resulta muy difícil querer manipular a los lectores.
En el foro de La Nación encontró Vial varios detractores. Casi todos rechazan, unos con más indignación que otros, la ausencia de argumentos válidos en el alegato de Vial y su epistemología deficiente. Lo expresa de este modo el lector Eduardo Acuña: “Es como comer pan con neoprén y echarle la culpa al pan”. La estrategia retórica de Vial es prácticamente transparente: acumula anécdotas seleccionadas de chicos delincuentes con graves daños neurológicos causados no por la marihuana, sino por substancias químicas terriblemente tóxicas, y las atribuye con un truco de mago de circo pobre al consumo de marihuana.

Una estrategia similar emplea Luis Alberto Dueñas Moreno, en la página de opinión de El Mercurio del 12 de agosto. El autor señala gruesamente, en desorden, una serie de aspectos en los que los beneficios aparentes de la marihuana serían aparentemente contrarrestados por efectos posiblemente negativos (“posibles efectos adversos”). El efecto posiblemente negativo del uso recreacional de la marihuana sería “la alteración de la memoria en el corto plazo, disminución de la concentración y descoordinación”. Estos son los efectos inmediatos conocidos por todo el mundo. Pudo haber mencionado, pero no lo hizo, que la marihuana abre el apetito, provoca sed y sueño, causa risa, estimula la reflexión introspectiva e inhibe la agresión. El usuario de marihuana sabe que puede vivir todos esos estímulos. La relajación, el estado de ánimo sosegado y el buen humor son otros efectos que los usuarios pueden buscar expresamente, lo mismo que el efímero olvido. No me convence que sea negativo o reprochable que el usuario busque reírse o, como dice el senador Rossi, que busque una mejor manera de vincularse con otros. El argumento de Dueñas no convence.

Dice enseguida que “debido al uso recreativo de marihuana se producen tantos accidentes automovilísticos como los causados por el uso de alcohol”. Este argumento es derechamente inverosímil. ¿Quiere decir que de todos los accidentes automovilísticos en el país, la mitad de ellos son causados por conducir bajo los efectos de la marihuana? Si es esto lo que quiere decir, su afirmación no la respaldan las estadísticas. De hecho, en las estadísticas disponibles para los veranos de 2010 y 2011 de Carabineros de Chile, la marihuana no aparece ni una sola vez. En 2010, conducir bajo los efectos del alcohol se encontraba en el cuarto lugar como causa de los accidentes; en 2011, en el segundo lugar.1 El argumento de Dueñas o es falso o no ha sabido el autor interpretar las cifras. Por otro lado, ciertamente no es recomendable conducir bajo los efectos de la marihuana y, por lo general, es derechamente imposible, y es muy probable que el usuario se involucre en un accidente si conduce bajo los efectos.

Afirma también que “en personas predispuestas” conlleva un alto riesgo para el desarrollo de la esquizofrenia. Pero este es también un argumento torcido. La marihuana puede agravar cosas como la paranoia, los ataques de ansiedad y pánico en cualquiera que muestre disposición a alguno de estos estados, pero no los causa. En relación con esto, la influencia del alcohol y otras drogas es mucho más intensa que la que puede atribuirse a la marihuana. En cuanto al uso médico, que el autor parece desconocer enteramente, sólo señala su uso como analgésico, pero ignora que está siendo empleada en todo el mundo occidental no solamente como analgésico sino como parte de la prevención y tratamiento de enfermedades tan diversas como el cáncer, la enfermedad de Alzheimer, el insomnio y otras. Pero lo que objeta Dueñas al uso médico de la marihuana es que “los pacientes usuarios de marihuana con fines médicos evolucionan a un consumo recreacional y abusivo, con las consecuencias que esto conlleva”. ¿Qué querrá decir? ¿Que a los pacientes de cáncer que mitigan sus atroces dolores con la marihuana, hay que quitársela porque corren el riesgo de querer usarla todos los días? ¿Es este sinsentido lo que quiere decir Dueñas? ¿No deberíamos alegrarnos de que el paciente no sienta dolor? ¿A quién le podría interesar que un matasanos lo llame drogodependiente? Esas son palabras huecas que no significan nada.
Las otras recomendaciones de Dueñas no son igualmente atendibles. Dice que en los países en los que se ha legalizado la marihuana, eso ha ocurrido no porque su consumo no implique peligros para la salud (“riesgos graves”, fantasea el articulista) sino para reducir “sus profundas consecuencias en la sociedad”. ¿Se puede leer ese argumento como queriendo implicar que se tolera una droga terriblemente más peligrosa que la marihuana –el alcohol- para reducir los problemas sociales y de salud que crea, es decir, que la prohibición del alcohol acarrearía consecuencias más nefastas que su tolerancia? Pues el mismo argumento es válido para la marihuana y otras drogas. Esperemos que Dueñas no crea que la mejor estrategia de control es la estadounidense o la mexicana, con todas esas decenas de miles de muertos, ni la chilena, que puebla sus cárceles con jóvenes sorprendidos con menos de veinte gramos en los bolsillos. Por lo demás, es falso igualmente que en los países que legalizaron la marihuana, esa legalización haya ocurrido sólo para reducir sus “profundas consecuencias”. En Argentina, por ejemplo, la marihuana se legalizará, entre otras cosas, porque la prohibición de su consumo atenta contra el acceso a la salud de los ciudadanos.
Quedan otros argumentos en la manga del autor, que discuto brevemente: describe a la marihuana como una droga de entrada a otras más fuertes. Pero hay muchos que opinan que esto, si fuera el caso, se debería al hecho de que la marihuana es ilegal. Si fuera legal y el usuario pudiese comprarla libremente, no buscaría otras drogas que la remplacen cuando no la tiene su dealer. Además, en países como Uruguay, una de las razones de su legalización es precisamente combatir las drogas duras. En cuanto a los efectos sobre la memoria, el autor calla que la amnesia que causa la marihuana, es totalmente recuperable –cosa que no ocurre, por ejemplo, con los barbitúricos, que la destruyen completa e irreversiblemente. Finalmente, Dueñas no menciona para nada un aspecto muy importante, que es la domesticación del uso de la marihuana: reglas generales de uso que se aplican a todas las drogas, como no usarla en horario de trabajo, no usarla en el trabajo, no conducir después de haberla fumado o ingerido.

En el debate sobre la marihuana, y en realidad en todo debate, el objetivo del diálogo es buscar la verdad de modo genuino, y esto es posible hacerlo entre personas que no opinan lo mismo. Pero para ello es necesaria la honestidad intelectual. Creo que los autores que discuto aquí, conservadores, usan el debate para convencer, no para buscar la verdad, y creen que el debate no es tanto un diálogo como una guerra en la que todo vale, incluyendo las omisiones y las mentiras. Es lamentable. Quienes se oponen a la legalización, en lugar de buscar la verdad, sólo quieren aportar argumentos para continuar prohibiéndola, y eso es inaceptable, porque delata un marcado desdén por las libertades personales, que se supone que son las bases de nuestra convivencia, y un profundo temor y rechazo de una cultura que no entienden ni quieren entender y prefieren seguir oprimiéndola, aun si eso implica la destrucción de sus propios hijos.

Notas
1 En la campaña del gobierno de Chile para la prevención de los accidentes de tránsito (junio 2012), no se menciona la marihuana ni una sola vez. En cambio, “en el mundo, más de 3.000 personas fallecen cada día por accidentes de tránsito. En nuestro país, cada día mueren 5 personas. De ellas, una está directamente relacionada con el consumo de alcohol”. Además, “cuando hablamos de accidentes producidos por la presencia de alcohol, los más perjudicados son los peatones. El año 2010 representaron el 43,3% de los fallecidos por accidentes de tránsito con presencia de alcohol”.
lísperguer

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