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[Claudio Lísperguer con Federico Montoya. Cuento publicado en el fanzine Ciudadela (Amsterdam, Países Bajos), número 32, marzo de 2001].

Desgreñada y ojerosa, sus largas orejas terminadas en punta y su barbilla alegremente pilosa, un grueso lunar negro y redondo sobre la fosa derecha del nasón, se miraba, si bien de reojo, al espejo, odiando los coros de los igualmente alegres pajarillos, el regocijado tañer dos campanarios de iglesia y el risueño y suave mugir das vaquillas cuando, al emerger el astro rey, ofrenda su cotidiana y fiel letanía zombi; odiando el lozano aroma del pan fresco y el alborozado sonreír de las sirvientas recorriendo gozosas y saltarinas los aposentos do palacio; pensando de qué manera ponerse los tubos para que el pelo le quedara tan duro e inquebrantable como suaves y juguetones habían sido los bucles de Libertad Lamarque; ideando algún modo de atormentar a sus odiados hijos, pues eran dos los muy malvados, imaginándoles en escenas rufianescas en que a ambos les cortaban unos árabes malos y de aspecto bigotón y hollywoodense, las orejas, para ponerlas a hervir en una infernal caldera a modo de potaje pirómano y, luego, obligándoles a beberlo cual pócima de propiedades mágicas y rituales. Destellos de odio dorados y plateados salieron de sus ojos curvos y de mirada torcida. Ella, al mirarse, achicábalos y se observaba con atención, tratando de medir el impacto de sus furiosas ojeadas. Es que, pensó, hasta el odio hay que fingirlo. [Como la Liz Taylor que, cuando era niña, su hermano la empujaba por una escalera y ella caía y se quedaba toda llena de sangre, y miraba a su hermanito pretendiendo que no se daba cuenta de que él la había pinchado, pero frente a la cámara ponía esa cara típica de odio y mala sangre que ponen las mujeres malvadas. Como o mirar dos ratones]. Pues bien.

También ellos acostumbraban intercambiar lindezas sobre la madre. Era, en realidad, todo lo contrario de una. Tacaña como zapatín de monja, decían de ella sus hijos que solía vender sus cabellos a don Camilo [el peluquero, que hacía con sus mutiladas cabelleras las mononas pelucas que usaba la dependienta del estanco, la que a su vez había sido amante del padre antes de su misteriosa desaparición]. Tan malvada que, cuando de frío amenazaban perecer os niños, suspendía el diario castigo de golpearles las nalgas con la vieja fusta del padre de familia, para acelerar la circulación de la sangre, que, como la de todos los mamíferos, era caliente. Parca en sus palabras, pues, rehuyendo el calor de la compañía de otros seres humanos, sólo se permitía mascullar algunas sílabas entrecortadas e incoherentes, ya que de las estrambóticas enseñanzas evangélicas apenas si le había quedado el recuerdo de que la voz, tanto como la risa, eran signos de soberbia; prefería, por sobre todo, el silencioso lenguaje de los gestos arteros y las miradas refunfuñonas. Reprochábanla los hijos no haber mostrado nunca ella la más mínima expresión de cariño. También sus malévolas manipulaciones, como cuando uno de ellos, Tomás, el mayor, no poco ha, llevara a casa a su primera novia y la madre, de muy malona, se abrió de patas no sillón y, para espanto de la reducida parentela, comenzó toda pancha a hacerse una paja con los dedos y un curioso consolador con alas de vampiro húngaro. O como cuando José Antonio, el pequeño, invitó a sus amigos a cenar a casa y la madre, luego de lavarse el culo en presencia dos chiquilines, sirvió el agua en platos soperos y pretendió que se trataba de una sopa que sólo las madres pueden hacer, pues sus efectos venían en auxilio de los tiernos sentimientos filiales. A más, les espeluznaba en la cocinería, pues les alimentaba de a diario solamente un plato, como dice James, de sopa de patas de pescado, dos migajas de pan duro, un vaso de agua del grifo y la mitad de una cebolla. Pero, sobre todo, el odio que manifestaba en todo, esas miradas zafias, esa forzada y faraónica e indiferente mirada, cual Anthony Hopkins en ‘Lo que el viento se llevó’ [cuando el héroe llega a casa y encuentra sus ruinas envueltas en llamas furibundas y, de entre ellas, ve aparecer a la amada novia que, para guardar lealtad tanto a sus padres como a su hombre, había pasado los últimos días de la guerra sentada junto a la tumba donde reposaban –una fosa que ella misma había cavado al morir ellos de la peste que infestaba la ciudad- y vestida de novia, luego de que los federales o los confederados, no se sabía ya, metieran fuego a la mansión mientras os negros supersticiosos echaban a correr por el campo con brazos al aire y como desmembrándose, como si hubiesen visto recién, en el patio de la parroquia, una cabeza humana con seis orejas gigantescas en torno, tratando de desprenderse de ella en medio de angustiantes balidos, sordamente lúgubres].

Eso no era una madre, se decían los dos desdichados. Una madre no va a una reunión de padres y apoderados de la escuela ebria como cuba y anunciando el fin do mundo, amenazando con quemar vivos a los herejes e incrédulos. Una madre no pone piedrecillas en los zapatos dos vástagos para que recuerden permanentemente no tanto la presencia de Dios como la del Demonio. Una madre no habla inglés, ni, de hecho, ninguna lengua extranjera. Una madre no se deja embarazar por un hombre de bigotes para, encima, ser abandonada por ponerse peluda y gorda. Una madre no lleva cinco anillos en los dedos; no fuma tabaco negro; no camina como pato; no levanta ni menea el culo cuando sale de paseo; no mata a los perros de los vecinos. Suelen, decíanse los muchachos, no tener bigotes, sino oler a agua de colonia, o al menos a ducha matinal y fresca; poner mantel en la mesa; saber para qué sirven los cubiertos, y no comer con la mano y chupándose los rollizos dedos con lengua zarrapastosa; no se pasan el día mirando el canal de dibujos animados, desdeñando las sagradas y pías labores de toda madre; suelen también mirar el atardecer por la ventana de la cocina, para no perder el momento en que el marido empuja panchón la puerta de la valla de hierro labrado que rodea el jardín francés en torno de la humilde morada. Suelen no haber asesinado espantosamente a sus maridos anteriores, ni enterrarles debajo de los ciruelos en flor, pretendiendo al mismo tiempo que son ellos quienes la han matado a ella.

Por demás, ¿cómo sería una madre aquella que, tan adinerada y emperadora, dueña de extensas haciendas de café y de caña de azúcar en las costas de la América meridional, se trasladaba por aquí por allá en limusina, alimentándose solamente de caviar iraní, langostas del Pacífico, crema de ostras y paté de gansos silvestres al coñac, amén de otras delicias, mientras que a sus hijos no daba otra cosa que garbanzos de guarda, y sólo porque creía que los garbanzos destruían los impulsos sexuales dos vástagos, queriéndoles así una vida desdichada y carente de los dulces sentimientos de la vida familiar? ¿Una madre que, cuando José Antonio no llegaba aún a los siete años, había intentado venderlo a un emir de un dunadal para que este, lascivón y pervertido, satisfaciera sus más crueles instintos, tan característicos estos de aquellos pueblos que, llevados por desvaríos religiosos, expresan sus devociones metafísicas mostrando el trasero a sus dioses? ¿Una madre que, poseyendo las tiendas más importantes de la ciudad comprábales sus ropas de ellos en los almacenes de los discípulos del Sagrado Corazón de los Últimos Días, secta dedicada a la prédica de la fornicación pública y que promovía el supositorio de opio? ¿Una madre que negaba a su prole el dulce disfrute de las frutas de estación, pero que acostumbraba dar sólo un mordisco a las manzanas, convencida de que si engulliese el fruto entero se le caerían los pocos dientes que, valentones, se asomaban desparramados por debajo del bigotillo?

Pues, no, enrabiábanse los hermanos, tirándose os cabellos das cabezas y como pidiendo clemencia a los elementos, con las miradas perdidas en el espectáculo de la aparición de algún dios entre las nubes. Los dioses están con nosotros, decíanse. Para vivir hemos nacido, no para presenciar la inexorable muerte de los otros. Grandes palabras dijéronse el uno al otro, llegando a arrojarse, en medio de las espeluznantes sombras proyectadas en la pared del gran salón por el movimiento fugaz a veces de las velas, tomos antiguos de filósofos remotos, los unos afirmando que si algún dios existiese, debía este de estar en todas partes, y los otros que, por lo mismo, en ninguna. Inmensas y gordas voces y palabras de enroscada significación se cambiaron los hermanos esa portentosa noche, palabras que caen como rayos, rompiendo el cielo e infundiendo en el alma un sentimiento atroz de insignificancia y desolación, por la de tal modo patente ausencia de poderes benévolos hacia la insurgente humanidad, como cuando hablan los volcanes, arrojando destrucción y muerte a los villorrios que pueblan sus escarpadas laderas. Pues, no. Pos, encima, es un mal ejemplo, man.

La mala mujer ha de ser castigada, gritan regocijados los hijos al unísono. Ideando tenebrosos planes miles, como el de cortarla en rodajas con una sierra y venderla como embutido casero en sus propias tiendas. Como atarla a una silla y mutilarla del pie izquierdo, para enseguida metérselo en su boca e impedir así que sus desdichados mugidos llegasen a los blandos oídos vecinales. Como clavarle una estaca de plata en el lugar donde los seres humanos acostumbran tener el corazón, pues que ella poseyera uno no había sido nunca más que una hipótesis. Como pedirle a algún jorobado que le cayera por detrás y la violara de la más cruel manera posible, enrostrándole por el ano su gigantesco vergón. Tales eran los propósitos de los chiquilines.
Mas, terminarán acordando atracarla en la tienda donde ella pasa sus años, despojarla de la caja del día y pegarle un buen susto. Cómo no se les había ocurrido antes.
De plan no había necesidad: sabían ellos que la madre ponía la llave en la cerradura de la puerta de la tienda exactamente a las seis de la tarde, que luego hacía la caja hasta más o menos las seis y quince, que apagaba entonces las luces y salía a esperar a su chofer que la pasaría a recoger a las seis y media. En ese momento le caerían, encapuchados y raudos, para amenazarla con las dos pistolas de juguete que habían recibido como regalo de Navidad de los discípulos de la secta.

La puerta de la tienda cruje ruidosamente cuando los hermanos irrumpen, violentos y groseros, gritones, vociferando, sorprendiendo a la viejecita que, con un humilde pañuelo cubriéndole la cabeza, cuenta las monedas que ha recibido, en su tienda de botones, tras un duro día de labor. Sudorosa y pensando en los avatares de la vida, levanta sorprendida la vista. Dos malvados tapados, de rudos ademanes y dando patadas a los escaparates, se acercan a ella, apuntándola con dos enormes y brillantes armas de fuego. El destino se las trae consigo, piensa ella. Uno de los asaltantes grita que le entregue el dinero al tiempo que la empuja, haciéndola trastabillar y caer detrás del mostrador. Algunos botones caen al suelo. Abre José Antonio la caja y extrae los billetes, desdeñando las monedas. Siempre apuntándola, y riéndose, se alejan del mostrador. La pobre viejecita, la madre de los malhechores, logra levantarse malamente y saca de una gaveta de detrás del mesón, un viejo pistolón polvoriento y mononón. Ahí van los chicos, casi corriendo, contentos con la vida, como quien ganara las trenzas de una princesa por haber matado en un duelo a espadas al dragón enamorado que la amenazaba. Atrás queda, suponen, la malvada madre, entera, pero con un buen chichón en la cabeza y el cruel lunar nasal contraído y titubeón. Desconociendo el dulce don del lenguaje –por medio del cual se transmiten tanto los piadosos sentimientos que caracterizan la vida familiar, como el respeto hacia los exiliados dioses dos lares-, no reconoce en la voz del encapuchado la de su primogénito.
La madre, desde detrás del mesón, ve dos espaldas, ambas cubiertas por cazadoras negras. Ella no se dejará hacer. Tendrán su merecido. El imperio de la ley debe prevalecer. No habrá pelafustán no mundo que logre poner en peligro el humilde sustento de sus amados y tiernos hijuelos. No permitirá que el botonero esfuerzo de su jornada termine en los bolsillos de dos críos mal paridos y extraviados. Se levanta, pues, traquetona, sus tobillos temblequeando de emoción. Apunta, fija su muñeca, y abre fuego. Se acerca luego a los malhechores tendidos de muerte a la puerta de su tienda. Retira el pasamontañas de uno de ellos, y lo descubre de un tirón. A lo lejos se deja oír el estridente aullido de una patrulla policial.
[La foto la encontré en Necessary Chocolate].
lísperguer

Un pensamiento en “la tienda de los botones

  1. Pingback: kuskus entre las amazonas | mqh2

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