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[Oslo, Noruega] [Asesino en masa noruego es condenado a la pena máxima de Noruega: veintiún años].

[Mark Lewis y Sarah Lyall] Condenado por el asesinato de 77 personas en dos horrendos atentados –uno con bomba, el otro una masacre a tiros- en julio del año pasado, el extremista noruego Anders Behring Breivik fue sentenciado el viernes a veintiún años de prisión –menos de cuatro meses por víctima-, poniendo fin a un caso que puso a prueba el compromiso colectivo de este apacible país con valores como la tolerancia, la no violencia y una idea misericordiosa de la justicia.
Breivik, informaron los abogados, será trasladado a una cárcel en las afueras de Oslo a una suite de tres celdas equipadas con aparatos de gimnasia, un televisor y un ordenador portátil, aunque sin acceso a la red. Si después de cumplir su sentencia –la máxima que contempla la justicia noruega- se considera que no constituye una amenaza para la sociedad, podrá solicitar su libertad en 2033, a la edad de 53 años.
Sin embargo, su comportamiento, testimonio y declaración de que le hubiese gustado asesinar a más personas ayudó a convencer a los jueces de que, por indulgente que parezca la sentencia, no es probable que Breivik sea liberado nunca de la cárcel. Los jueces podrían mantenerlo en prisión indefinidamente, agregando una sucesión de extensiones de cinco años a su sentencia.
La relativa indulgencia de la sentencia dictada contra Breivik, el más cruento criminal de la Escandinavia moderna, no es una anomalía. Más bien, es consistente con la aproximación general de Noruega a la justicia penal. Como el resto de Europa –y en contraste con gran parte de Estados Unidos, cuyo sistema de justicia penal es considerado por muchos europeos como cruel y punitivo-, Noruega no admite la pena de muerte y considera la prisión más como un medio de rehabilitación que como castigo.
Incluso algunos padres que perdieron hijos en los atentados parecieron conformes con el veredicto, viéndolo como un castigo justo que permitirá, quizás, que el país se sobreponga del drama.
“Ahora no volveremos a oír de él durante un buen tiempo; ahora tendremos paz y tranquilidad”, dijo Per Balch Soerensen, cuya hija fue una de las víctimas, a TV2, de acuerdo a The Associated Press. No sentía rencor personal hacia Breivik, dijo.
“No significa nada para mí”, dijo Soerensen. “Él es simplemente aire”.
Incluso más de un año después, los acontecimientos de ese día son todavía casi imposibles de asimilar, por la brutalidad, sistematicidad y crueldad con que fueron cometidos. Después de hacer detonar una serie de bombas en el centro de Oslo, que terminaron con la vida de ocho personas, Breivik se dirigió hacia la diminuta isla de Utoya, donde, disfrazado de agente de policía y portando un increíble arsenal de armas, empezó a perseguir y asesinar tranquila y sistemáticamente a otras 69 personas, la mayoría de ellas jóvenes que participaban en un campamento de verano del Partido Laborista. Otros cientos resultaron heridos.
El blando enfoque de Noruega, que pospone los derechos de los acusados y los de las víctimas mientras sopesa los alegatos de la fiscalía, impregnó todas las fases del juicio de Breivik. Como acusado, se le concedió bastante tiempo para explicar sus incoherentes opiniones contra los musulmanes y la sociedad multicultural, lo que incluyó una diatriba sobre la “deconstrucción” de Noruega por acción de los “marxistas culturales”.
Interrumpió libremente a los testigos, sonrió cuando le leyeron el veredicto y entró el viernes a la sala del tribunal haciendo el saludo fascista, empuñando la mano derecha.
“El recuerdo de los asesinatos era evidentemente excitante para el acusado”, dijo el juez Arne Lyng, leyendo el fallo de noventa páginas. “Esto quedó claro cuando habló de sus deseos de decapitar al ex primer ministro Gro Harlem Brundtland”. Es difícil imaginar, continúa el fallo, “que una sentencia limitada en el tiempo sea suficiente para proteger a este país de este hombre”.
El tribunal oyó al asesino y a sus victimas, las que durante el juicio fueron tratadas con consideración, incluso con ternura. El tribunal escuchó 77 informes de autopsia, breves biografías que describían las vidas de cada una de las víctimas fatales y permitió que los sobrevivientes describieran con lujo de detalles lo que ocurrió y cómo les había afectado desde entonces.
“Al principio recibí un disparo en los brazos y pensé: ‘O.K., voy a sobrevivir; no es tan grave que te disparen en los brazos’”, dijo Ina Rangones Libak, 22, en su declaración en mayo, que hizo llorar y reír a los asistentes, según los partes de prensa de la época. “Entonces me disparó en la mandíbula, y pensé: ‘O.K., esto es más serio’. Entonces me disparó en el pecho y pensé: ‘O.K. esto me va a matar’”.
Pero cuando yacía en el suelo, oyó decir a una amiga: “No podemos dejar aquí a Ina” y fue entonces recogida por un grupo de jóvenes que se ocultaron juntos mientras Breivik proseguía la carnicería, y utilizaron sus ropas para hacer torniquetes. Al final, dijo Libak al tribunal, “estamos más fuertes que nunca”.
La determinación de que las odiosas creencias de Breivik no debían llenar a Noruega de odio también fue parte de la respuesta del país a los atentados, desde el principio. En abril, decenas de miles de personas se reunieron en todo el país para cantar juntas ‘Children of the Rainbow’, una canción que Breivik denunció como propaganda marxista en el tribunal, para mostrar que el criminal no había afectado su compromiso con la tolerancia y la inclusión.
La culpabilidad de Breivik no estuvo nunca en duda durante el juicio que duró diez semanas y terminó en junio; la pregunta era si era demente, como argumentaba la fiscalía, o si estaba cuerdo, como se defendía él. El viernes, el tribunal de cinco jueces lo declaró cuerdo y le dio lo que había pedido: su encarcelamiento en una cárcel común, no en un hospital psiquiátrico
Muchos dijeron que no les importaba que hubiera prevalecido el argumento de Breivik, ya que la declaración del tribunal de que no era demente lo obligó a hacerse responsable de sus actos.
“Este fallo me alivia”, dijo Tore Sinding Beddekal, que sobrevivió la masacre en Utoya ocultándose en un despensero. “La tentación de la gente de quitárselo de encima declarándolo loco desapareció. Habría sido difícil conciliar el concepto de demencia con el nivel de detallada preparación de sus actos”.
Unni Espeland Marcussen, cuya hija de dieciséis años, Andrine, fue asesinada por Breivik, dijo: “Nunca recuperaré a mi hija Andrine, pero también creo que el hombre que la asesinó se ha hecho responsable de su muerte, y eso es bueno”.
Bjorn Magnus Ihler, que sobrevivió la masacre de Utoya, dijo que el trato que dio Noruega a Breivik era una demostración de una nación fundamentalmente civilizada.
“Si después de veintiún años se considera que ya no es un peligro, podría ser liberado”, dijo Ihler. “Así es como debería ser. Eso es ser consecuentes con nuestros principios y la mejor prueba de que no logró cambiar en nada nuestra sociedad”.
[Mark Lewis informó desde Oslo, y Sarah Lyall desde Londres. Alan Cowell contribuyó al reportaje desde París.]
26 de agosto de 2012
25 de agosto de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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