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[Argentina] [El ex sacerdote Julio Guzmán declaró por el asesinato de dos de sus compañeros. En 1976 era sacerdote de Chilecito y vicario de La Rioja, desde donde integró la Iglesia de Enrique Angelelli. “Nos decían que éramos marxistas, se grababan las misas, había informantes, la policía nos revisaba todo: hasta la Biblia”, contó.]

[Alejandra Dandan] ¿Jura o promete decir la verdad? –preguntó el presidente del Tribunal de La Rioja.
Sí –dijo Julio Guzmán–, porque son hermanos míos los que han muerto, los que han sido masacrados, dos hermanos y después ha sido el obispo Angelelli y Wenceslao Pedernera, que encontró la muerte en Sañogasta.

¿O sea que su interés es que se haga justicia?
Que se haga justicia después de tantos años.

Ahí está –marcó el juez Camilo Quiroga Uriburu–. Formuladas las preguntas de rigor, las partes van a hacerle las preguntas.

En 1976 Julio Guzmán era sacerdote de Chilecito y uno de los cuatro vicarios de La Rioja, desde donde integró la Iglesia de Enrique Angelelli. Convocado a declarar en el debate oral por los asesinatos de los curas de Chamical, Carlos Murias y Gabriel Longueville, el ahora ex sacerdote habló de la persecución a esa Iglesia, cuyos curas eran señalados como “comunistas y marxistas”. Habló de la política del “miedo” y del terror y dijo que la jerarquía de la Iglesia se “desentendió” de los asesinatos.
Para julio de 1976, Guzmán daba una misa por las fiestas patronales de Chilecito. “En esos días había una reunión de sacerdotes en La Rioja porque había venido un cura uruguayo a hablar de teología y moral del matrimonio; éramos varios y decidimos que viajaran los más jóvenes. Yo me quedé en Chilecito. Cuando celebraba una misa, se acerca un cardiólogo amigo, César Augusto Martínez, y me hace señas de que vaya, ¡que vaya! ¡que vaya! Total que yo dejo la misa, me voy, cruzo la sacristía. Me dice: ‘Los han encontrado a los dos curas masacrados, realmente torturados, muertos, baleados’. Para mí era una novedad”, explicó.
Pocos días después, otra vez en Chilecito, el cardiólogo volvió a entrar “a la hora de la misa novena, en la misma capilla, en la misma circunstancia y me dice: ‘Lo han matado a Wenceslao, lo han baleado’. Ahí me hice cargo yo: era vicario episcopal del norte de la provincia”.
El ex vicario, entonces, fue uno de los primeros sacerdotes que poco después vio el cuerpo muerto de Angelelli “tirado como un león”, abajo de una manta. En el juicio habló del espiral que les dibujó el obispo en un papel pocos días antes, en una reunión cuando nombraba a los sacerdotes y laicos presos y caídos. “En el medio del espiral estoy yo –les dijo– y esto es lo que quieren: ustedes se van a quedar tranquilos, esto se va a arreglar, lo que quieren es mi cabeza.” Guzmán está convencido de que el obispo se equivocó cuando poco después les dijo “a un obispo no se van a animar a matarlo en Argentina”.
Los curas le pidieron a Angelelli que se fuera a Lima, a una reunión de obispos para protegerse. Angelelli no quiso. “Cualquiera de nosotros, si nos ofrecían una beca, a lo mejor salíamos en el acto. Porque era una época de terror, de mucha amenaza, de listas de todo tipo. Estábamos muy nerviosos y con mucho miedo nosotros los curas, él no. Angelelli tenía un equilibrio psicológico y físico importante, comía como nunca y dormía muy bien. Nosotros mirábamos todas las ventanas, todas las cosas, dónde andaba uno, si se acercaba un Falcon, si llamaban.”
Una de las querellas insistió en este punto. “Nos decían que éramos marxistas, recibíamos dinero de Francia que mandábamos a las comunidades de agricultores y ellos decían que era plata que venía de Rusia”. Había mucha desconfianza, “se grababan las misas, había informantes, cuando salíamos (de la provincia), la policía nos revisaba todo: hasta la Biblia. Más los allanamientos varios que nos hacían de la Federal. No se respiraba vida sino muerte”, dijo.
Uno de los fiscales le preguntó por lo que hizo la Iglesia después del asesinato de Angelelli, una pregunta a la que volvieron las querellas.
“La episcopal de obispos no respondió como todos esperábamos que iba a responder: la Iglesia tenía un peso, un prestigio y una palabra, pero gracias a Dios los va perdiendo. Yo pensé que el Episcopado iba a ayudar muy fuertemente, pero se desentendieron, insistieron en que fue un accidente. No estuvieron a la altura. La cúpula se desentendió. Esto es un pecado como tienen los gobiernos.”
El ex sacerdote se detuvo a hablar de Luciano Benjamín Menéndez. El ex jefe del III Cuerpo del Ejército, sentado en una de las sillas, tomó la palabra la semana pasada para decir que él no conoció al obispo. “Yo tengo la palabra del obispo, esa palabra que incluso quedó en una carta”, dijo. Una vez, narró, el obispo les contó que había ido a ver a Menéndez por el fallecimiento de una hija. “Angelelli tuvo la gentileza de ir, discutieron un poco. Me dijo que Menéndez quería ser armado por la Iglesia como Caballero, como cruzado, para no dejar ninguna cabeza marxista y su descendencia sobre la tierra.”
14 de septiembre de 2012
©la nación

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