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[Claudio Lísperguer con Federico Montoya. Se publicó en el número 31 de Ciudadela, febrero de 2001].

No era un tipo importante. Nadie, realmente, le conocía. Tampoco le interesaba. La vida era un ir tirando por un lado y otro, mordiendo manzanas y haciendo oídos sordos. Para él, era como mirar una película de acción, pero sin ton ni son. Así se enteró, en sus idas y venidas a bares nocturnos y de pocas cejas, de que tal o cual estaba falsificando dólares americanos. Justo lo que necesitaba. Pensó lo que cualquiera: falsificar billetes es un delito, está prohibido, no es algo que guste a reinas, regentes, emperadores, tiranos, capitanes de buques naufragados, banqueros de sombrero de copa y porrón tabacalesco. Pero yo lo sé. Si no fuese porque soy un hombre discreto, iría a la primera comisaría a estampar denuncia.
No es que le importase, pero su cabeza funcionaba apenas mejor que un canario cantarín alimentado por niños pelirrojos en tiempos de cuaresma. Pues bien, si estaba prohibido dedicarse al amable arte de la fabricación de moneda, ¿no era lógico qué él se llevara una parte? Claro, si no fuese por él, estarían ya todos en cana, moviéndose entre cuatro paredes y rememorando con ternura las ocasiones en que alguna mujer les diera de latigazos y operetas. O cantara en la ducha. O eso, o un buen botín. Después de todo, no sería más que una amenaza. Le diría: O me das una parte del negocio o te denuncio a los perros.
No es que pensara realmente meterse bajo el alero de la ley, pero, según él, en este mundo las cosas eran como eran y en los mares no había más que tiburones y sardinas. Además, ¿no había sido ese mismo amigo quien le había pagado, no ha mucho, con esos papeles falsos, comprometedores e incanjeables? Todavía los tenía. Dulce sería la venganza de Montezuma.
También había que pensar en la reacción del falsificador. ¿Se enfadaría terriblemente? ¿Sería capaz de matarlo?
No, claro que no. Después de todo, eran amiguetes y habían compartido innumerables noches de voluntario insomnio, tenaz lucidez, y uno que otro imperio romano.
Recordaba incluso una frase del falsificador, que se había dado el trabajo de fotocopiar y poner en un marco de aluminio que pasaba sus días en la sala de su departamento. La frase era: “Saben tanto los animales de zoología, como los hombres de filosofía”. Frase intrigante; hasta un pelín irrespetuosa y arrogantina. No, semejantes riesgos no corría, obviamente. Era incluso su mejor amigo. Si sólo a él le había confiado que había estado en cana por tráfico de drogas y, claro, por quemar la iglesia. Por otro lado, ¿por qué habría de molestar a alguien el exigir que se le pagase por saber demasiado? El conocimiento, según había oído por ahí, era dinero. El tiempo es oro.
No había nada realmente malo en proponerse hacer lo que quería. Todo el mundo hace lo mismo. Lo mismo. Pero la lluvia le trae evocaciones de tiempos lejanos. Las gotas caen sobre el asfalto y los árboles. Se escuchan lejanamente unos tacones femeriles acercándose o alejándose de un ventanuco al borde de una acera.

Antes de salir, se detiene frente al espejo. Pero no se ve. Tampoco se da cuenta.

En el bar, llama aparte a su amigo y le explica lo que él llama “la situación”. La ‘situación’ exige que se le recompense por callar. La ‘situación’ le obliga a actuar de tal modo. Si fuese un hombre casado y con hijos, diría que tiene que alimentar a su prole. Obviamente.
Su amigo titubea. Acepta sus condiciones. FALTABA MÁS. PERO AHORA NO TENGO EL DINERO EN MANO. VEN MAÑANA. MIRA, POR QUÉ NO NOS VAMOS DE EXCURSIÓN. LA VISTA DE LA CIUDAD DESDE EL VOLCÁN ES PRECIOSA. Qué idea tan buena. Claro, nunca había pensado en mirar la ciudad desde un volcán. Arriba, allá, como duende neroniano, una lira a los pies. Por qué no llevar una botella de aguardiente.
Todo estaba bien.
Hasta su amigo reconocía la lógica implacable de sus razones. De cualquier manera, si traicionaba porque tenía que alimentar a Dickens, muchos le perdonarían. Y si traicionaba por temor o respeto a la ley, muchos le elogiarían. El chantaje, después de todo, no es otra cosa que una forma de cobrar impuestos.

El coche rechinaba. El volcán, en la distancia, parecía tomar clases de inglés. Unos pájaros ignorantes se acercaban alegres a la infernal fumería. Su amigo, mostrándole la ciudad con gesto de rey tedesco, saca un pistolón y, apuntándole a la cabeza, aprieta tres veces el gatillo. El sonido de los disparos rebota en las colinas. Quizá algún enano neonazi entra a algún bar en esos momentos.

Pero, dos o tres meses después, aparece por el bar… el muerto. Había sobrevivido la descarga. Se había arrastrado, con media sien abierta, hasta la carretera, donde un individuo demacrado y pálido, amante del puré de col y funcionario del ayuntamiento, le recogió y llevó a urgencias.
El falsificador, obviamente, se puso a un tiempo morado, gris, amarillo, negro, verde escarlata y azul marino, con destellos entre rojizos y anaranjados en los ojos y más allá. El muerto había vuelto a la vida. El zombie se acercaba a él, mostrándole una amplia, blanca y luminosa dentadura, cual Joker o Pájaro Loco. Y ahí venía a cobrar su parte. Entonces, solícito y marquesín, con mucho ademán coquetón de manos y meñiques, saca su alforja y le entrega el dinero. Quizá mil kilos. Le mira a los ojos. Le pagará porque, uno, ha estado a punto de ponerse del revés; dos, por una lejana y frágil reminiscencia de conceptos perimidos, cual uno que se expresa en la sentencia de que se muestra lealtad a alguien… no denunciándole ante la ley perruna.
El chantajista le abraza. Está contento. La vida casi le sonríe. Ha demostrado ser un traidor leal.
Se le ve salir de la taberna colombiana – de esas que exhibe tragaperras en portentoso acoplamiento con sillas de montar del ejército neerlandés, encimadas ocasionalmente por ágiles y aguerridas boas en plan de cristales -, tararear alguna tonadilla relativa a un señor con un diente de oro y el cuello del gabán subido, que era el himno del emporio, quizás alguna musiquilla de Doris Day [¡la enemiga acérrima de Miss Taylor!] antes de su divorcio.
La vida le era buena. La luna salía casi todos los días. Los pajarillos cantaban posados en sus ramas de los árboles. Los parroquianos solían dormirse apoyados en las barras. En verano, los grillos devenían mozartianos y se desmembraban bailando tango. Los melocotones turcos sabían mejor. En la plaza mayor de un villorrio otomano, un señor se dedica a pintar patos. Por televisión se mostraba a un chicken cortesano en debate con su hada madrina. Y llovía. Los goterones resonaban nostálgicos al caer sobre las madreselvas en flor.

Sale del bar.
Se le ve caminar pegado a las paredes.
Despreocupado, pero dando miradas furtivas hacia atrás.
Deteniéndose largo rato en la obscuridad, para descubrir si alguien le sigue.
Se le ve llevar la mano al bolsillo.
Se le ve luego entrar a una cabina telefónica.
Se le ve oír unas pisadas que se acercan.
Se le ve reconocer en la tonadilla que también se acerca, el silbido inconfundible que acompaña a los hombres con diente de oro y gabán de cuello subido.
[La foto viene del blog Slightly Captured]. http://slightlycaptured.wordpress.com/2010/09/17/phone-booth-at-night/
lísperguer

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