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[Arica, Chile] [Las vidas que se enlazan en la odisea a Las Peñas. Peregrinos, bailarines, comerciantes. Todos comparten el mismo sentir de fe por la Santa.]

[Jorge Morín D.] “¿A dónde vas? Antes de iniciar tu caminar, peregrino de la esperanza, prepara tu espíritu, para que tus rogativas a la Santísima Virgen sean escuchadas”.
Toda persona que jure haber estado en el Santuario de la Virgen de Las Peñas debió haber leído este cartel al inicio de la travesía.
La tradicional fiesta religiosa que reúne a miles de fieles en el pequeño pueblo de Livilcar cada octubre es uno de los pocos lugares en los que todo aquel que quiera presenciar a la Santa debe cumplir penitencia.
Durante cuatro días y finalizando cada primer domingo de octubre, el aislado poblado se transforma en la capital de la fe ariqueña, lo que entrega vida propia a un sendero que durante el resto del año sólo ve pasar por sus caminos a una decena de lugareños.
Ya sea por creencias, por diversión o por la experiencia, cada año las personas recorren catorce kilómetros a pie por laderas, quebradas y aguas turbulentas con el fin de poder decir “misión cumplida”.
“Quince lucas cobro por llevar a alguien a caballo de ida y de vuelta”, indicó Luis Flores, uno de los pocos que prestan “servicio de transporte” hasta el alejado lugar.
Y es que para algunos el trayecto resulta imposible, algo que se deja ver en la gota gorda que sudan jóvenes veinteañeros, “aunque son más turistas quienes van a caballo”, confiesa Flores. Claro, la manda no significa nada para ellos, más vale la odisea por los bellos parajes teñidos de café de las arenas, verde de los pastizales y azules de los ríos.

Cuestión de Fe
Las casi cuatro horas de caminata tienen un sólo objetivo: Saludar a la Virgen.
Apenas los feligreses arriban a Livilcar, sus pies no dejan de andar hasta formar parte de la extensa fila que sobresale de un costado de la iglesia local.
Para los miles de creyentes que atraviesan las penurias del camino andado, el poder pararse frente a la Imagen tallada en piedra significa una oportunidad de pedirle ayuda en un aspecto complicado de sus vidas.
Salud, dinero, bienestar familiar, son los deseos más comunes, algo que si es cumplido por la Santa, el próximo año el peregrino deberá volver por el mismo sendero para agradecer.
“En Tacna se habla mucho de la Virgen. Muchas personas que viven allá me decían que era milagrosa. Entonces le pedí a la Virgensita que si quería que la viniera a ver, que me ayude y me acompañe, y aquí estoy junto a mis hijos”, expresa Julia Tapia, una creyente peruana que realiza el mismo recorrido desde que tenía 25 años de edad.
Hoy, con sus 74 primaveras, con tal de volver a saludar a la Imagen, la mujer es capaz de realizar por su cuenta el complicado trayecto.
Al igual que Julia, son miles los hermanos peruanos que realizan una visita express a la ciudad de Arica con el fin de llegar hasta el Santuario de Livilcar.
Y es que la tradición de la Virgen de Las Peñas data de tiempos en que la puerta norte chilena pertenecía a territorio incaico. Es por esto que hasta el día de hoy la creencia de la Santa que cumple milagros salta las barreras limítrofes y atrae a miles de extranjeros.

Baile a la Virgen
Con una identidad propia de la zona, los feligreses realizan bailes para mostrar su amor y veneración a la Virgen de Las Peñas.
Una tradición que se traslada de generación en generación, enseñada por padres a hijos que por medio de la danza demuestran la fe que poseen.
“Llevo 25 años bailando, lo hago desde que era pequeño. Me acuerdo que la primera vez que vine a Las Peñas fue a los cuatro años cuando me trajo mi abuelo”, comenta Hugo Gómez, bailarín de la agrupación de caporales “Cristo Redentor de Las Peñas”.
En esta oportunidad fueron 24 los conjuntos que llegaron hasta el sector para entregar a su manera un saludo a la Santa.
“Bailamos en dos zonas. En la plaza del pueblo y en la iglesia. En la plaza uno baila con todo el gozo que hay por la Virgen, en la iglesia es el saludo y el canto. Eso sí, en la iglesia se baila de forma moderada”, aclara el peregrino, quien junto a su agrupación permanecen en Livilcar desde jueves hasta domingo, durante todos los días de celebración, haciendo lo que mejor saben hacer.
Miles de caras, miles de historias, miles de vidas y un sólo fin, el poder finalizar el penitenciario trayecto hasta Las Peñas.
Con cierto orgullo las personas que han visitado el santuario dan a conocer su travesía, casi como si el realizar el trayecto fuera una señal de fortaleza física, mental y espiritual. Y seguramente lo es.

Tradición
Si para los más jóvenes la experiencia es vital, para los de mayor edad el transitar por el sendero es una tradición anual que no se puede dejar de hacer.
Es el caso de los dueños de los puntos de descanso o “ramadas” que se ubican entre las quebradas. Aquellos que venden agua y dulces a los feligreses representan un rostro amigable en la misión espiritual.
“No se gana mucho hoy en día. El traslado de mercadería es más caro, pero uno viene porque lo hace desde hace más de 30 años. No se puede dejar de visitar a la Virgen y armar un negocio que viene desde mi abuelo”, dice Carlos Viza, uno de los últimos ramaderos antes de arribar a Livilcar.
Una fiesta, una vivencia o una manda. Sea cual sea el motivo, la Virgen de Las Peñas logra llamar a sus hijos cada octubre, para recibirlos en su morada con esa sonrisa que alegra y conforta el alma.
“¿A donde vas? Antes de iniciar tu camino, peregrino de la esperanza, prepara tu espíritu”.
La tradición de la Virgen de Las Peñas data de tiempos en que Arica pertenecía al país vecino de Perú.
7 de octubre de 2012
©estrella de arica

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