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[Varsovia, Polonia] [Ola de ajustes de cuenta.]

[Nicholas Kulish] Pese a sus logros desde la caída de la Cortina de Hierro, Polonia se ha resistido durante largo tiempo a ajustar cuentas con su pasado comunista: la opresión, el espionaje, incluso las masacres. La sociedad prefirió olvidar, seguir adelante.
Así que ha sido una verdadera sorpresa que Polonia y muchos de sus vecinos en Europa Central y del Este hayan decidido que es hora de ocuparse de esa empresa inconclusa. Repentinamente hay toda una avalancha de peticiones de rendición de cuentas bajo la forma de acciones oficiales y exploraciones culturales, algunas buscando una clausura del periodo, y otras, retribución.
Un tribunal en Polonia falló el mes pasado que los dirigentes comunistas responsables de la imposición de la ley marcial en diciembre de 1981 formaban parte de una “organización criminal”. El presidente de Bulgaria está tratando de purgar a los embajadores que fueron también agentes de seguridad. El gobierno de Macedonia está cazando a los colaboracionistas, y la nueva Constitución húngara permite acciones legales contra ex comunistas.
En Alemania, el domingo, la canciller Angela Merkel nominó como el próximo presidente a un ex pastor y activista de Alemania del Este, Joachim Gauck, que convirtió los expedientes del Ministerio de Seguridad del Estado –mejor conocido como Stasi- en un archivo permanente.
“Para defendernos en el futuro contra otros regímenes totalitarios, tenemos que entender cómo trabajaron en el pasado, como una vacuna”, dijo Lukasz Kaminski, presidente del Instituto del Instituto Nacional de Polonia. En Europa Central y del Este, pareciera que el consenso de silencio ha terminado, un consenso que nunca apagó todas las críticas ni las discusiones pero sí sofocó las voces que venían pidiendo un ajuste de cuentas.
La reconciliación con el pasado es un tema que ha planeado sobre la Europa postcomunista durante décadas. Pero hoy esa experiencia tiene una resonancia global más amplia, la que sirve como punto de discusión en todo el mundo árabe con las revueltas populares que han derrocado a dictadores, planteando preguntas similarmente incómodas sobre la complicidad individual en regímenes autocráticos.
Los países árabes están obligados a hacer frente a los mismos problemas de culpa y responsabilidad que Polonia y el resto de Europa del Este están empezando a considerar nuevamente. El tiempo hace que el pasado sea más fácil de confrontar, menos ominoso, pero no menos urgente de resolver. Sin embargo, la experiencia aquí sugiere que pueden pasar años, quizá décadas, antes de que el mundo árabe pueda superar el pasado.
El repentino interés en el pasado en Europa no está simplemente en el reino de la política y la justicia. Han habido juicios y sentencias, pero también dramas y documentales, películas policiales y novelas, buscando todas clausurar un pasado que se niega a ser olvidado.
En Polonia, casi un millón de personas llenaron las salas de cine para ver la película ‘Jueves negro’ [Black Thursday], de Antoni Krauze, que explora un incidente de 1970 cuando tropas del gobierno tirotearon a decenas de manifestantes en Gdynia y otras ciudades de la costa báltica de Polonia.
Hacer la película le tomó a Krauze cuatro décadas. Primero desconfiaba de los censores comunistas y luego tuvo que enfrentarse a la apatía de la opinión pública. La película fue un éxito el año pasado justamente debido a un inquietante tema: manifestantes desarmados y transeúntes inocentes baleados en las calles y golpeados sádicamente en las comisarías de policía.
“A principio de los años noventa, la gente pensaba que no estaba bien preocuparse de esa época”, dijo Krauze, 72, mientras bebía un café hace poco en un ajetreado centro comercial de Varsovia.
Polonia está luchando con su pasado en múltiples frentes. Después de años de acciones legales, la corte que falló sobre los funcionarios comunistas que dirigían el país en 1981, cuando se decretó la ley marcial, condenó a sólo dos años de pena remitida al ministro del Interior de la época, el general Czeslaw Kiszczak. El general Wojciech Jaruzelski, ex presidente de Polonia que declaró la ley marcial, el año pasado fue considerado enfermo como para ser juzgado.
En Bulgaria, el nuevo presidente prometió retirar a embajadores y diplomáticos que trabajaban para el aparato de seguridad del gobierno comunista, incluso si como se reveló hace poco once de los quince obispos del país eran agentes; el plan del presidente se ha estancado en tribunales. En Macedonia, parte de la antigua Yugoslavia, el tribunal constitucional paralizó temporalmente los planes del gobierno de expandir la búsqueda de ex agentes y colaboradores.
El sábado en Letonia los votantes rechazaron una propuesta para elegir el ruso como el segundo idioma oficial del país, subrayando las dificultades de ajustar cuentas con el legado soviético allá. Durante las recientes manifestaciones en Rumania, pancartas y lemas de manifestantes en Bucarest compararon al cada vez menos popular, y los críticos dicen incluso más autoritario, presidente Traian Basescu, con el depuesto dictador Nicolae Ceausescu.
E incluso en Albania, uno de los países más pobres de Europa, el museo nacional inauguró el lunes un nuevo pabellón concentrándose en los abusos del comunismo durante la dictadura de Enver Hoxha.
El resurgimiento, una generación después, no carece de polémica, impulsada a menudo por gobiernos de extrema derecha y provocando acusaciones de que sólo los mueven las ganas de vengarse y el oportunismo político.
En Alemania, agentes de la inteligencia nacional han estado espiando a decenas de parlamentarios del Partido de Izquierda, la que incluye a miembros del antiguo partido gobernante -Partido de la Unidad Socialista- de Alemania del Este. “Que todavía estén haciendo esto en 2012 realmente me deja lelo”, dijo Gregor Gysi, presidente de la bancada del Partido de Izquierda y uno de los políticos que fue espiado. “Todavía piensan como si estuvieran en la Guerra Fría”.
Cuando entró en vigor la nueva Constitución húngara el 1 de enero, rechazó expresamente la validez de la Constitución comunista y abrió la puerta a futuras acciones legales. “Rechazamos la prescripción de los inhumanos crímenes cometidos contra la nación húngara y sus ciudadanos durante las dictaduras nacional-socialista y comunista”, dice la Constitución.
De acuerdo a Istvan Rev, director de los Archivos Sociedad Abierta de Budapest, el sucesor del Partido Comunista volvió rápidamente al poder en 1994. “Volvieron demasiado pronto al poder, apenas cuatro años después de los cambios, y no sintieron la necesidad de confrontarse al pasado de manera seria”, dijo Rev.
En la mayoría de los casos estas revoluciones no fueron derrocamientos completos, sino transiciones moderadas al poder. Las autoridades comunistas se hicieron a un lado, pero con condiciones.
En Polonia, el retorno de los postcomunistas se produjo incluso más rápidamente que en Hungría, cuando la Alianza Democrática de Izquierda ganó las elecciones en 1993, profundizando las brechas en la sociedad polaca entre los que están dispuestos a avanzar y los que no quieren hacerlo.
“Yo esperaba algún tipo de Nuremberg”, dijo Tadeusz Pluzanski, cuyo padre fue torturado por la policía secreta del régimen. “No hubo revolución”, dijo. “Fue un proceso de transformación”.
Pluzanski publicó en octubre un libro sobre las experiencias de su padre y otros bajo el provocador título de ‘Beasts’, con la cubierta marcada por manchas rojas sugiriendo sangre. Para su sorpresa, las dos primeras ediciones de seis mil ejemplares se vendieron rápidamente y una tercera edición empieza a ser distribuida.
“La dictadura deja un oscuro legado y después de su desaparición, nadie quiere ocuparse de ella”, dijo Antoni Dudek, miembro de la directiva del Instituto Nacional de la Memoria en Polonia. “Usualmente eso ocurre cuando una nueva generación está dispuesta a hacer preguntas inconvenientes”.
Zygmunt Miloszewski, 35, incluyó una trama sobre miembros sobrevivientes de la policía secreta en su novela policial de 2007 ‘Entanglement’. El libro fue un éxito de ventas y fue llevado al cine el año pasado. “Tuve la sensación de que esta época no ha sido explicada de ninguna manera, de que los fundamentos de mi país están fracturados”, dijo Miloszewski en una entrevista, sus rasgos juveniles acentuados por su rala barba y cabellos despeinados.
Tanto en la novela como en la película, investigadores ficticios del Instituto Nacional de la Memoria tuvieron un papel en la resolución del misterio. La ley que creó el instituto actual fue aprobada en 1998; el instituto empezó a trabajar en 2000. Hoy el instituto conserva el equivalente de casi doce mil expedientes en once locales y siete oficinas más pequeñas en toda Polonia, con un presupuesto anual de casi 65 millones de dólares.
El instituto ha organizado conferencias y simposios y trabajado con maestros en la confección de planes de estudio, y ha publicado más de ochocientos títulos sobre la ocupación nazi y el periodo comunista. El instituto también colaboró con el rodaje de la película de Krauze, ‘Jueves negro’.
Cuando Krauze empezó a rodar en Gdynia en 2010, descubrió que el apoyo al proyecto se había enraizado en la población local, con voluntarios arrimando el hombro voluntariamente para retirar la nieve, funcionarios de gobiernos locales despejando el camino con permisos y empresas renunciando a las tarifas por locaciones. “Se podía ver claramente que la gente quería que esta historia fuera contada”, dijo Krauze.
Cuando llegó el momento del estreno en febrero pasado, dijo que no estaba seguro sobre qué esperaba. Entre el público se encontraba no sólo el primer ministro polaco y el presidente del Parlamento, sino también la viuda de una de las víctimas que jugó un papel central en el guión de la película. Mientras se mostraban los créditos, Krauze recibió una ovación de pie.
[Joanna Berendt contribuyó al reportaje.]
9 de octubre de 2012
21 de febrero de 2012

©new york times
cc traducción c. lísperguer

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