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[Tiplit, India] [Encantadores de serpientes con crisis de identidad. Sólo algunos pudieron insertar un chip de identidad en sus cobras y otras serpientes antes de la fecha de cierre. Otros tendrán que trabajar en la clandestinidad, lo que no será difícil en una profesión tan amenazada como algunas de sus serpientes].

[Mark Magnier] Pali Nath tiene una enorme ventaja tecnológica cuando realiza un antiguo ritual. La cobra del encantador de serpientes cuenta con un chip de identidad y está lista para bailar. Bueno, casi. Es invierno en el norte de India, y el animal no tiene demasiada energía.
Así que Nath coge su flauta, toca una vigorosa melodía, una desganada Reshma levanta por breves instantes su cabeza y vuelve a refugiarse en su cesta y en su semi-hibernación.
Nath, 52, es uno de los sólo diez encantadores de serpientes del área de Delhi cuyas serpientes tienen semiconductores, incrustados debajo de la piel por el gobierno de Delhi. El chip actúa como una etiqueta de identificación que legaliza la propiedad y ayuda a protegerse de los fiscalizadores que pudieran multarlo, exigirle un soborno o amenazarlo con la cárcel por violación de las leyes promulgadas para proteger a la fauna silvestre.
Esto da a Nath una gran ventaja sobre sus competidores. “Estoy seguro de que están celosos”, dijo en esta polvorienta comunidad a media hora de la capital. Vestido con la tradicional túnica y turbante azafrán, dijo: “No tienen trabajo, y yo estoy ganando dinero”.
Lo que lo hacía feliz. Pero trabajar en un oficio que está tan amenazado como algunas de sus serpientes, lo apesadumbra. Los gustos están cambiando a medida que crece la clase media india. Los niños que antes se sentían atraídos por el sonido de su flauta, al estilo del Flautista de Hamelin, ahora apenas si levantan la vista de sus consolas de Game Boy.
“Estamos perdiendo nuestra cultura”, dice Nath, cuya educación básica lo pone más allá de la mayoría de sus compatriotas analfabetos. Explica convincentemente por qué sus cuatro cobras, serpiente cascabel y cobra real están al lado correcto de la ley.
Los burócratas no dieron publicidad al programa del chip para serpientes, que es en realidad una amnistía de una sola vez para los pocos afortunados, porque todos los encantadores de serpiente técnicamente están violando la ley de protección de la fauna silvestre del país. Y, dicha sea la verdad, a las autoridades no les importaría si los encantadores de serpientes desaparecieran.
Se ha sospechado durante largo tiempo que los encantadores usan su oficio como una fachada para vender serpientes a contrabandistas que proveen al lucrativo negocio de la medicina tradicional china.
Los microchips –que cuestan al gobierno cerca de veinte dólares por serpiente, incluyendo el implante- son incrustados debajo de la piel para que sobrevivan el proceso de muda de la serpiente. La idea es asegurarse de que las serpientes pertenezcan a los encantadores que son sus legítimos dueños.
Nath se enteró del programa después de leer un artículo en el diario dos días antes de la fecha de cierre. A toda prisa, llevó en una bolsa a sus seis serpientes a la oficina del Departamento de Bosques y Vida Silvestre de Delhi y le dieron un documento que certificaba su estatus legal.
Los medios, los amigos de los animales y el gobierno critican a los encantadores como Nath por encerrar a las serpientes en cestas minúsculas y por arrancarles los colmillos –se hace periódicamente debido a que vuelven a crecer-, lo que puede provocar infecciones y finalmente la muerte. Pero Nath lo niega vehementemente, argumentando que sus serpientes duermen con él y comen mejor que él.
“Las tratamos como si fueran nuestros hijos”, dice, metiendo a Reshma, de un metro y medio, a una cesta del diámetro de un plato.
India tenía en 2007 cerca de ochocientos mil encantadores de serpiente no registrados, de acuerdo a un reciente sondeo de la Federación de Encantadores de Serpientes de India. Ahora los que son sorprendidos sin un permiso corren el riesgo de pasar hasta siete años en la cárcel por violar las leyes indias que buscan garantizar la biodiversidad prohibiendo la posesión, la venta o comercialización de animales silvestres. Aparte de los contrabandistas, entre los más afectados están los artistas tradicionales: los encantadores, los organilleros con monos adiestrados y los domadores de osos.
Sin embargo, aunque la implementación es irregular, se ha hecho más probable que los animales de los infractores sean confiscados, lo que es un enorme disuasivo.
Nitin Sawant, zoólogo de la Universidad de Goa que implantó los microchips en 42 serpientes ahora legales a mediados de 2011, tiene una pobre opinión sobre cómo tratan los encantadores a su escamoso personal. “Casi ninguna de ellas tenía colmillos y se las mantenía en pequeños contenedores tradicionales”, dice. “El estado de salud de las serpientes era lamentable”.
Pero en estos días son los encantadores lo que están buscando piedad, recordando la época dorada cuando los funcionarios de turismo enviaban a los adinerados extranjeros a vivir la experiencia de una parte del misticismo indio cliché, junto a los elefantes y los marajás.
Entonces incluso su mera presencia en las calles era sospechosa, dicen. De acuerdo al hinduismo, la diosa Shiva, protectora de las serpientes, envió a doce devotos llamados Nath a todos los rincones de India, que es lo que explica por qué “Nath” es un nombre tan común en la comunidad de encantadores.
Se comenta a menudo que un biógrafo del Alejandro Magno (356-323 antes de Cristo) menciona que los indios adoraban a una serpiente de 32 metros (una exageración, qué duda cabe) con ojos “tan grandes como los escudos macedonios”. Las serpientes llegaron a ser incluidas en la dote de las novias.
Pero la creciente conciencia y explotación del medio ambiente –en su punto álgido en los años sesenta, India exportaba diez millones de pieles de serpiente al año a diseñadores para confeccionar cinturones y bolsos- llevó a una sección en la ley de la fauna silvestre de 1972 que las autoridades empezaron a implementar sólo en los últimos años.
A medida que crecía la condena, los encantadores retrocedieron. Desde que se formara la Federación de Encantadores de Serpientes en 2007, miles de encantadores se han manifestado, ejercido presión sobre los legisladores y ventilado sus penurias en los medios, lo que culminó en una demostración de fuerza en 2010 que reunió a quince mil encantadores en las calles de Kolkata, con sus serpientes.
Grupos civiles han propuesto programas de trabajo alternativos, incluyendo una línea telefónica para llamar a un encantador de serpientes para retirar reptiles de casas particulares. Otros han sugerido emplear a los encantadores de serpientes para educar a la gente sobre el conservacionismo o para trabajar en granjas vendiendo veneno a la industria farmacéutica. Pero la brecha de educación –y las diferencias culturales y de casta- era demasiado grandes como para que esas ideas funcionaran.
“La mayoría de los clanes e individuos que se dedican al oficio de encantadores de serpientes son pensadores independientes, marginales, itinerantes y aliados de los prestidigitadores”, dice el herpetólogo Romulus Whitaker, que fundó el primer parque reptil de India. “No es fácil cambiar sus costumbres”.
Pero aferrarse a los viejos hábitos parece ser una batalla perdida. Incluso las oraciones de miles de encantadores en su congreso anual en Charkhi Dadri no han revertido su mala suerte.
Eso ha provocado frustración. En diciembre, un encantador, indignado por presuntas exigencias de soborno, obligó a huir a los funcionarios cuando soltó cerca de veinte serpientes en una oficina del ministerio de fauna silvestre en el estado de Uttar Pradesh.
No sorprende que Deepak M. Shukla, jefe de guardabosques de Delhi, goce de tan poca simpatía.
Aunque aparentemente pocos encantadores están enterados de su existencia, las reglas existen, dice. La amnistía por única vez no se repetirá, pese a las protestas de los encantadores.
“Deberían haber hablado antes”, dice en su despacho de tabiques de imitación de madera con un letrero contra el soborno en el hueco de la escalera. “Ahora no pueden venirnos con excusas”.
También se ofende por los cientos de cartas negativas que ha recibido de todo el mundo. “Pensaban que yo estaba insertando el microchip en las serpientes para legalizar el oficio, en lugar de tratar de impedir los abusos o el comercio ilegal”, dice. “Me quedé lelo”.
Nath se gana la vida actuando en diez a quince bodas, fiestas de cumpleaños o reuniones escolares al mes. Su tarjeta de visita dice: “Famoso en India y en el extranjero, música, baile de chicas, encantador de serpientes”.
Otros no tienen tanta fortuna.
A media hora de Molarband, Karma Nath (que no es pariente de Nath) está en un diminuto quiosco colgado sobre un canal que huele a animales muertos y residuos humanos. Nath, 30, no ha ido nunca a la escuela y toca los tambores por unos dólares en eventos ceremoniales.
“Hace tres años perdimos a nuestra última serpiente”, dice. “Nos ven como anticuados. Es difícil mantener a la familia”.
En un callejón cercano, el retirado encantador de serpientes Durga Nath, 70, muestra sus cinco dientes cuando le ríe a su sucio y desnudo nieto que gatea entre sus piernas.
“En mi familia uno no aprendía a ser encantador de serpientes”, dice. “Nacías en el oficio y lo absorbías”.
Durga Nath saca una maltratada maleta llena de recuerdos. Una vez viajó a Japón (“con serpientes de verdad en el avión”) para un proyecto publicitario, apareció en la ceremonia inaugural de los Juegos de la Mancomunidad de 2010 y fue citado por las autoridades en 1999 cuando extremistas de la derecha hindú amenazaron con liberar varios reptiles durante un partido de cricket entre India y Pakistán.
“Se acuerdan de nosotros cuando nos necesitan”, dice. “Pero nos abandonan por el resto del tiempo”.
De regreso en Tiplit, Pali Nath pregona los beneficios de las hierbas medicinales secretas mientras muestra las cicatrices en su mano derecha donde fue mordido mientras cazaba serpientes en casas particulares o cuando le quitó los colmillos a algunas de las suyas.
Luego le da un golpe a Reshma, que empieza a revivir, y cierra la tapa de la cesta.
“La gente educada está perdiendo la fe en los 320 millones de dioses que tiene India”, dice. “Y dioses y serpientes van juntos”.
“Vamos en la dirección equivocada”, concluye. “He oído que el 2012 es el último año de la civilización”.
[Tanvi Sharma contribuyó al reportaje desde Nueva Delhi]
14 de octubre de 2012
22 de febrero de 2012
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

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