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[Antofagasta, Chile] [Las monjas que cuidan a los ángeles que nadie quiso. En el Hogar Don Orione encontramos unión y un apego a la vida digno de destacar. Quieren sentirse queridos.]

[Andre Malebrán Tapia] Entramos por un largo pasillo a la “Sala de los Niños”. A quién vimos primero fue a Vania. Hermosa ella nos sonrió apenas la miramos, y con mucho esfuerzo intentó estrechar nuestras manos. Resulta que para una persona con un daño neurológico severo, una acción tan “simple” como dar la mano, o si quiera hablar, resulta una tarea titánica.
Aunque no tengan la capacidad de comprender la situación en la que viven, finalmente lo que más impacta al momento de ver lo solos que están, es saber que nosotros como sociedad, no seamos capaces de ser más empáticos con el arduo trabajo que llevan a cabo las señoras que trabajan y dedican su vida por ellos. Y la prueba de eso, es que están tan solas en esta lucha de amor y dignidad como los mismos niños que cuidan y atienden.
“Gracias a Dios que respondieron a nuestra petición”, nos dijeron cuando llegamos al recinto de calle Padre Juan Orione 875, en el sector norte de la ciudad. Y la verdad es que las monjitas y todos quienes trabajan por el sueldo mínimo ahí, piensan que el mayor problema con el que tienen que convivir, es con la soledad.
“Nadie quiere venir a trabajar porque no podemos ofrecer más que el sueldo mínimo y por lo duro del trabajo”, recalca la madre que nos atiende.
Parados ahí, en la sala de los menores, conocimos a la “Coqueta” Vania de cinco años; al Ignacio de cuatro; y a la Leslie, otra menor que tiene cinco y que al momento de nuestra visita estaba conectada a una sonda por sus continuos problemas bronquiales.
En las demás camillas del salón, hay otros que no son tan niños, como Juanito de 19 y Pepito de 29. Pero sus capacidades son tan limitadas como las de sus pares infantes.
Todos ellos tienen graves problemas respiratorios por las malformaciones de su cuerpo y en estas fechas sufren complicaciones por los cambios de temperatura y alergias.

Cuidado
Para controlar los eufóricos estados que les otorga la esquizofrenia, los calman con medicamentos. “Tienen tratamiento de epilepsia y para el daño que les da la esquizofrenia”, nos explica la religiosa que nos acompaña en el recorrido.
“El último niño que llegó, vino porque la asistente social de la Teletón nos pidió que lo cuidáramos. Se llama Nachito. Él viene de una mamá drogadicta y estaba sin tratamiento y desnutrido… ahora ya lleva seis meses con el kinesiólogo, dos veces a la semana”, agregó. “A muchos de estos niños los tenían escondidos en las casas: encerrados en “corrales”, sufrían violencia intrafamiliar, o fueron abandonados por sus padres”.
Y es que las familias difícilmente los quieren tener porque significa una atención especial, con cuidados que no están dispuestos a hacer, nos comenta.
Hay dos tías por cada sala, además del lavadero, la cocina, en el aseo y parte de administración. Son 25 trabajadores que mantienen funcionando el centro en dos turnos por jornada. Y la verdad es que cuesta entender la energía y fuerza con la que desempeñan sus deberes a diario.

Necesidades
“¿Qué es lo que más necesitan?”, le preguntamos pensando entre una serie de artículos y medicamentos que se nos venían a la mente. Pero las hermanas religiosas respondieron: “amor”.
Estamos pasando por periodos en los que los conceptos de “entrega”, “servicio social”, o “vocación pública”, son manoseados o abusados en las campañas políticas. Pero acá encontramos a un grupo de personas que no se llena la boca vanagloriándose de su trabajo. La verdad es que al ver a las señoras, que en su mayoría son de alta edad, uno se sobrecoge por el amor que dan a quienes simplemente nadie quiso cuidar.
Por supuesto que hay familias que visitan a sus pequeños, pero no estaría de más que usted pudiera ir a verlos hoy; sino, quizás mañana, o este fin de semana. Ver a Vania, a Pepito, o a la Leslie es una experiencia de cariño que no se puede graficar en un aporte económico. No dé dinero solamente, regale un abrazo y una sonrisa, ellos se la devolverán.

25 Años de Historias
Son 25 años de historias marcadas por la soledad y la lucha por vivir. Su anhelo es poder contar con la visita de todos. Sólo quieren compartir.
El 21 de julio de 1987 llegaron a Antofagasta. Se integraron a la obra del “padre Mario” que estaba en dos hogares: uno de ancianos y el otro de menores. Con el tiempo la Diócesis les consiguió el actual terreno emplazado en calle Padre Juan Orione 875.
En esos tiempos era un trabajo enorme para las monjitas, tener que trasladar los almuerzos de un lugar a otro, por eso y otros problemas, se determinó unir los hogares. Eso fue en el año 1991.
Toda la obra se sustenta gracias a la ayuda de la comunidad. Y gracias a los corazones bondadosos, se han mantenido por más de dos décadas.
Dicen que los gastos son variables, pero en resumidas cuentas, siempre deben pagar cifras millonarias en agua, luz, bencina para movilizarse, alimentación, y otros ajustes y desajustes que deben sortearse con tanta habilidad como la que emplean en su labor diaria de atender a las 58 personas que viven ahí.
Los internos están siempre en tratamientos y hay que llevarlos a los consultorios y al Hospital Regional.
Casi la mayoría de ellos tienen problemas de epilepsia. Además de esquizofrenia y varios otros deterioros físicos.

El Pago
El karma que pagan casi en su totalidad, es venir de familias con problemas de drogadicción.
Debido a los malos cuidados otorgados por sus madres en el periodo de gestación, sus cuerpos y vidas se vieron condenadas para siempre. Adicciones de alcohol y drogas fueron el cóctel maldito que les envió a un mundo que no entiende de debilidades.
Sus familias (insistimos: en su mayoría) quedaron amarradas a sus flagelos sociales, y tan discapacitados para comprender la realidad como sus hijos, simplemente abandonaron a su sangre.

Historia
“Hace 25 años que llegamos desde Santiago al llamado del entonces arzobispo monseñor Carlos Oviedo Cavada. Nuestra historia ha sido de grandes sacrificios para llevar adelante esta obra donde atendemos a niños y niñas con discapacidades especiales y ancianos y ancianas que están en la recta final de sus vidas”, explican.
La Congregación Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad cumplió 25 años al servicio de los más pobres en la ciudad de Antofagasta.
Por ello invitaron a la comunidad a participar en su Santa Misa de Acción de Gracias, hace unas semanas en la Catedral. Ésta fue presidirá por el arzobispo de Antofagasta, monseñor Pablo Lizama. Ahí compartieron en paz un momento en el que pudieron reflexionar sobre los logros y desafíos.
“Ellos pasan solos acá. Imagínese venir un fin de semana a compartir con sus propios hijos o con la polola, en los jardines que tenemos… sería una experiencia hermosa para usted con su familia y por supuesto lo sería para ellos (las hogareños del Don Orione)”, nos dijo una señora que estaba al cuidado en una de las salas.
“A veces uno piensa que los problemas están acá”, nos dijo tomándose el bolsillo del pantalón.
“Pero fíjese que tiene su cuerpo sano para seguir viviendo… ellos no lo tienen”, indicó antes de bendecirnos y agradecer nuestra visita.
17 de octubre de 2012
16 de octubre de 2012
©estrella de antofagasta

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