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[Madrid, España] [España retrocede mientras sus hambrientos buscan comida en los contenedores de basura].

[Suzanne Daley] Una tarde hace poco una joven mujer vestida a la moda estaba rebuscando en una pila de cajones en la acera de una verdulería aquí en el barrio obrero de Vallecas poco antes de la hora de cierre.
A primera vista, parecía que era una dependienta de la tienda. Pero no. La joven estaba buscando en la basura del día para preparar su cena. Ya había encontrado una docena de patatas viejas que consideró todavía comestibles y las metió en un carrito de equipaje que llevaba consigo.
“Cuando no tienes suficiente dinero”, dijo, negándose a decir su nombre, “esto es lo que hay”.
La mujer, 33, dijo que había trabajado en el Correo pero que su prestación de desempleo se había terminado y ahora estaba viviendo con cuatrocientos euros al mes, unos 520 dólares. Vivía en un edificio que había ocupado con unos amigos, que todavía tenía agua y electricidad, mientras recogía “un poco de todo” en los contenedores de basura después de que cerraban las tiendas y las calles estaban oscuras y silenciosas.
Estas estrategias de sobrevivencia se están haciendo cada vez más habituales aquí, un país con una tasa de desempleo por sobre el cincuenta por ciento entre la gente joven y con más y más familias con adultos sin empleo. Tan extendido es el fenómeno de hurgar en la basura que una ciudad española ha recurrido a instalar candados en los contenedores de basura de los supermercados como una medida de salud pública.
Un informe de este año de la organización católica Caritas, comunicó que en 2010 había alimentado a casi un millón de españoles hambrientos, dos veces más que en 2007. Esta cifra volvió a subir en 2011, con 65 mil más.
Mientras España trata desesperadamente de cumplir con sus objetivos presupuestarios, se ha visto obligada a embarcarse en la misma ruta que Grecia, introduciendo medidas de austeridad una tras otra, despidiendo a funcionarios, rebajando los salarios, pensiones y prestaciones, pero la economía continúa hundiéndose.
Hace poco, el gobierno subió en tres por ciento el impuesto al valor agregado, llevándolo al veintiuno por ciento en la mayoría de los artículos, y en dos por ciento los productos alimenticios, haciendo la vida mucho más difícil para las personas que viven en los márgenes. No se advierte ningún alivio. Al contrario, muchos gobiernos regionales del país están reduciendo, para resolver sus propias crisis presupuestarias, toda una gama de servicios que se ofrecían antes gratuitamente, incluyendo los almuerzos escolares para los alumnos de familias de bajos ingresos.
Para un número cada vez más creciente de españoles, el alimento que se encuentra en los contenedores de basura les ayuda a llegar a fin de mes.
Hace poco, en un gigantesco mercado de verduras y frutas en las afueras de esta ciudad, los trabajadores cargaban afanosamente los cajones en camiones. Pero prácticamente en todas las plataformas de carga había hombres y mujeres recogiendo furtivamente los productos que caían en la alcantarilla.
“Va contra la dignidad de estas personas que deban buscar algo que comer de esta manera”, dijo Eduardo Beloso, funcionario de Girona, la ciudad que ha puesto candado a los contenedores de basura de los supermercados.
Berloso propuso la medida el mes pasado después de oír de asistentes sociales y de haber observado él mismo una noche “el humillante gesto de una madre con niños mirando a todos lados antes de ponerse a rebuscar en los contenedores”.
El informe de Caritas también constató que el veintidós por ciento de las familias españolas estaban viviendo en la pobreza y que cerca de seiscientos mil no tenían ingresos de ningún tipo. Se cree que todas estas cifras empeorarán en los meses por venir.
Cerca de un tercio de las personas que buscan ayuda, dice el informe de Caritas, no había recurrido nunca a un banco de alimentos ni un comedor comunitario antes de la crisis económica. Para muchos de ellos, la necesidad de pedir es profundamente humillante. En algunos casos las familias van a bancos o comedores en ciudades vecinas para eludir a sus amigos y conocidos.
Hace poco en Madrid, cuando un supermercado se preparaba para cerrar al final de la jornada en el barrio de Entrevías, en Vallecas, se reunió una pequeña multitud dispuesta a abalanzarse sobre los contenedores de basura que serían pronto trasladados al bordillo. La mayoría de las personas reaccionaron irritadas ante la presencia de periodistas. Al final, unos pocos lograron hacerse con algunas cosas mientras los camiones se retiraban a toda prisa con los contenedores.
Pero en la mañana en la parada del autobús en el mercado al por mayor, hombres y mujeres de todas las edades esperaban cargados con los alimentos recogidos. Algunos insistieron en que los habían comprado, aunque en general aquí los individuos no pueden comprar.
Otros admitieron haberlos recogido de la basura. Víctor Victorio, 67, un inmigrante de Perú, dijo que venía periódicamente a recoger las frutas y verduras que arrojaban a los contenedores. Victorio, que perdió su trabajo en la construcción en 2008, dijo que vivía con su hija y contribuía con todo lo que podía –hoy llevaba pimientos, tomates y zanahorias- a la familia. “Esta es mi pensión”, dijo.
Para los mayoristas que hacen negocios aquí, la vista de la gente rebuscando en la basura es dolorosa.
“No es bonito ver lo que está pasando con la gente”, dijo Manu Gallego, gerente de Canniad Fruit. “No debería ser así”.
En Girona, Berloso dijo que su objetivo al poner candado a los contenedores era mantener sana a la gente y obligarla a obtener alimento en los bancos de alimentos y comedores comunitarios certificados. Ahora que se han puesto candados a los contenedores, el ayuntamiento también ha colocado agentes civiles en la cercanía con cupones que instruyen a la gente a inscribirse para obtener ayuda social y alimentos.
Dijo que entre ochenta y cien personas habían estado rebuscando en los contenedores antes de que él tomara esa decisión, con la fuerte sospecha de que muchos más dependían de la comida desechada.
Pero los candados de Berloso provocaron una fuerte reacción en España, donde la crisis económica está nutriendo más y más protestas por el hambre. Un grupo de alcaldes y sindicalistas del sur de España, donde las tasas de desempleo están muy por encima del promedio, hace poco montaron dos incursiones a la Robin Hood en dos supermercados, obligándolos a permitirles llenar los carritos con alimentos básicos y a donar más alimentos a los necesitados.
Más de una docena de personas serán procesadas por robo por la acción. Pero no están arrepentidas y cuentan con un enorme apoyo local. “Si coger algunos alimentos para dárselos a familias que están atravesando por un periodo realmente muy difícil, es robar, entonces soy culpable”, dijo uno de los ellos, Francisco Molero, del sindicato de jornaleros, SAT, a los medios locales poco después.
Algunos políticos dicen que los candados de Girona fueron instalados para proteger la imagen de Girona. Dominada por edificaciones medievales y las pintorescas calles de adoquines de un bello barrio judío patrimonial, la ciudad de cerca de cien mil habitantes deriva la mayor parte de su ingreso del turismo.
“Las asistentes sociales y los agentes civiles podrían derivar a la gente hacia los centros de distribución de alimentos sin poner candados en los contenedores”, dijo Pía Bosch, concejal socialista de Girona. “Eso es como matar una mosca con un cañonazo”.
La tasa de desempleo es todavía relativamente baja en Girona –catorce por ciento, en comparación con el veinticinco por ciento del país en general. Pero más y más familias no tienen ingresos. De los siete mil setecientos desempleados de Girona, dijo Berloso, el cuarenta por ciento ya no recibe ninguna prestación. Muchos, dijo, eran “personas que nunca pensaron que llegarían a estar en esta situación”.
Ramón Barnera, que dirige los programas de Caritas en Girona, dijo que la organización se dio cuenta pronto de que la vergüenza era un factor que impedía que la gente se atreviera a pedir ayuda para comer. Así que hace tres años, ayudaron a crear centros de distribución de alimentos que parecen supermercados y retiraron el nombre de la organización de beneficencia de la fachada del edificio.
“Ideamos un sistema que preservara su dignidad”, dijo Barnera. “No es fácil para la gente”.
Una mañana hace poco, Juan Javier, 29, que había llegado a recoger leche, pasta, verduras y huevos a uno de los centros de distribución, fue uno de los pocos clientes que quiso hablar sobre sus circunstancias. Ex impresor, llevaba dos años sin trabajo. “Me gustaría tener un trabajo y no estar aquí”, dijo.
En un comedor comunitario, Toni López, 36, esperaba tranquilamente un almuerzo gratis con su novia, Mónica Vargas, 46, esteticista. La pareja se había quedado sin casa hacía poco después de acumular dos meses sin pagar el alquiler. “Hemos trabajado durante toda la vida”, dijo López. “Estamos aquí porque somos personas decentes. El casero estaba llamando a la puerta, exigiendo su renta, así que le dijimos: ‘Aquí están las llaves’”.
López, que trabaja en estos días ocasionalmente en cocinas de restaurantes, dijo que tenía una hermana, pero que no le había pedido ayuda. “No puedo decírselo”, dijo. “Siempre he salido adelante. Siempre he logrado sobrevivir. Esto es nuevo”.
[Rachel Chaundler contribuyó al reportaje.]
22 de octubre de 2012
25 de septiembre
©new york times
cc traducción c. lísperguer

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