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[Trípoli, Libia] [Del brazo de dos hermanos libios.]

[David D. Kirkpatrick] Un hermano se unió a la guerra santa contra Occidente bajo el nombre de guerra Abu Yahya al-Libi. Se convirtió en la estrella más brillante de al Qaeda y el segundo al mando, hasta que un ataque norteamericano desde un avión no tripulado lo mató en Pakistán hace cuatro meses. El otro hermano, Abdel Wahab Mohamed Qaid, fue el primero en convertirse a la causa islámica, pero ahora es un miembro moderado del nuevo Parlamento libio.
Mientras Estados Unidos considera su respuesta al asalto islámico contra su delegación diplomática en Bengasi que terminó con la vida del embajador J. Christopher Stevens, Qaid dice que las rutas divergentes de los dos hermanos ofrecen una oportuna lección: una moraleja sobre los peligros a la hora de tratar las numerosas tendencias del islam político como si fueran una sola amenaza del extremismo.
El apoyo a Abu Yahya a al Qaeda, dijo Qaid, empezó después de pasar algunos años como prisionero en la Base Aérea de Bagram en Afganistán, una versión confirmada por analistas occidentales que han estudiado la vida de Abu Yahya.
Los dos hermanos se habían distanciado de Osama bin Laden y de la causa de la guerra santa por considerarla irrelevante en su lucha para derrocar al gobernante libio, el coronel Moamar al-Gadafi. Pero entonces, después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, y la invasión norteamericana de Afganistán, los estadounidenses empezaron a detener a tantos militantes islámicos como pudieron, independientemente de su ideología o programa específico; Abu Yahya fue capturado en Pakistán y detenido sin juicio en Bagram.
Cuando finalmente escapó en 2005, robándose un candado y evadiendo a los guardias, Abu Yahya, conocido originalmente como Mohamed Hassan Qaid, renació como el principal teólogo, propagandista y comandante de la guerra santa islámica contra Occidente, con un programa que dejaba poco espacio para los asuntos locales, como la lucha por la democracia en Libia.
Qaid, el mayor, tiene ahora 45 años y habla públicamente por primera vez, argumentó que Abu Yahya había sido empujado al campo de batalla contra Estados Unidos principalmente por los militares norteamericanos que lo trataron como enemigo. La inmensa mayoría de los jóvenes libios, incluyendo a muchos islámicos armados, guardan simpatía por Estados Unidos por haberles apoyado en la revuelta contra el coronel Gadafi, dijo Qaid, y la inclinación de funcionarios estadounidenses y liberales libios a asociarlos a todos ellos con al Qaeda arriesga empujarlos más aun hacia la organización terrorista.
“Cuando ven que se los pone junto con al Qaeda, incluso aquellos que no le tenían simpatía empezarán a mirar a la organización de otra manera, y esto es el mejor regalo que le puedes dar a al Qaeda”, dijo Qaid, diciendo que muchos estadounidenses tratan a menudo a todos los islámicos como versiones de al Qaeda.
Muchos otros militantes islámicos libios que se habían refugiado en Pakistán o en las zona de Afganistán controladas por el Talibán –escapando del coronel Gadafi- contaron historias similares, declarando que fueron encarcelados injustamente y maltratados por Estados Unidos por sospechar que tenían vínculos con al Qaeda, pese a que, dicen, sólo luchaban contra el dictador libio. El mes pasado, Human Rights Watch, una organización sin fines de lucro, documentó más de quince de esos casos de islamistas libios capturados en Estados Unidos, incluyendo dos que dijeron a la organización que habían sido sometidos a una tortura conocida como el submarino [simulacro de ejecución por asfixia por inmersión] durante los interrogatorios.
A diferencia de Abu Yahya, sin embargo, la mayoría de los libios capturados nunca simpatizaron con al Qaeda. Algunos de estos juegan ahora un importante papel en la transición de su país hacia la democracia. E inversamente, algunos se enrolaron en al Qaeda sin haber sido ni encarcelados ni maltratados por Estados Unidos.
Exactamente qué factores pueden haber modelado la psicología de Abu Yahya u otro militante sigue siendo “altamente especulativo”, dijo Brian Fishman, investigador de la Fundación Nueva América que trabajó anteriormente en West Point estudiando los movimientos terroristas. Pero “es verdad que no fuimos capaces de distinguir entre al Qaeda y toda una gama de organizaciones militantes islámicas que estaban operando en Afganistán y deberíamos haberlas distinguido porque no todas ellas aceptaban la ideología de al Qaeda”, dijo.
Qaid insistió en que aunque él y su hermano habían sido ambos militantes, miembros del Grupo Islámico Combatiente Libio determinado a derrocar al gobierno del coronel Gadafi, nunca fueron terroristas ni enemigos de Occidente.
Ambos hermanos –que se parecen como dos gotas de agua, conocidos ambos por sus dotes poéticas y conocimientos de teología- empezaron a participar en política en el movimiento estudiantil libio a mediados de los años ochenta. Como estudiante de medicina de la Universidad de Bengasi, dijo Qaid, estaba horrorizado por el uso de la tortura y de los ahorcamientos públicos durante el gobierno de Gadafi para aplastar a la oposición. “Empecé a darme cuenta de la magnitud de la opresión”, dijo Qaid en un cadencioso y clásico árabe, en la cafetería del hotel Rixos aquí vestido con una blanca y almidonada galabeya y un kufi con un cojín morado estrujado en su regazo.
Para 1989, Qaid había huido a Túnez, Pakistán y otros países y buscado refugio en círculos islámicos internacionales, y Abu Yahya, dos años menor, siguió sus pasos dos años más tarde.
En 1995, Qaid pasó a Libia en una misión para la organización cuando fue capturado por agentes del gobierno libio. A los 28, fue sentenciado a muerte, aunque finalmente fue perdonado y debió pasar los siguientes dieciséis años en la infame cárcel de Abu Salim en Trípoli. “Crecí en la cárcel”, dijo.
De joven, dijo Qaid, él y sus colegas islamistas habían tenido demasiada confianza en su “rectitud” y querían imponérsela a otros, y no habían atendido a los debates entre los clérigos musulmanes con más experiencia.
“Pensábamos que terminar con la opresión e imponer la justicia era lo mismo, pero la justicia requiere diálogo”, agregó Qaid. En la cárcel, dijo, él y otros numerosos militantes islámicos decidieron que si rechazaban la persecución de los opositores por el gobierno del coronel Gadafi, tampoco deberían tratar nunca de imponer sus propias opiniones a otros. “Queremos vivir de acuerdo a la doctrina de nuestra religión, sin obligar a nadie a hacer lo mismo”, dijo. “Esos son los principios que nunca cambian”.
También adoptó una visión menos dogmática de la religión en la vida pública. “En la ley islámica existe algo que se llama la ciencia del equilibrio”, dijo Qaid. “Tienes que examinar el contexto, ver si hará más mal que bien antes de ponerlo en práctica”.
Dijo que consideraba que la Turquía laica era el mejor modelo para un gobierno islámico libio, argumentó que la tolerancia y el pluralismo deberían ser su santo y seña y dijo que debería basarse sólo en esos preceptos de la ley islámica que son “valores humanos universales”.
Con el tiempo, el gobierno de Gadafi empezó a citar a Qaid para mostrar que algunos prisioneros islámicos se estaban rehabilitando, aunque no lo dejó en libertad sino que al inicio de la revuelta del año pasado.
Nuevos reos trajeron informes sobre Abu Yahya, que se había asentado en un círculo de exiliados musulmanes en Pakistán y luego en Afganistán. “Al Qaeda estaba en todas partes” allá, dijo Qaid, pero los exiliados libios rechazaron esa ruta.
Analistas occidentales confirmaron que la organización libia era hostil a al Qaeda. Jarrett Brachman, consultor en contraterrorismo del gobierno que ha estudiado a Abu Yahya y al grupo libio, dijo que muchos de sus miembros desconfiaban de bin Laden y pensaban todavía peor de su segundo, Ayman Zawahri. En la poesía y otros escritos de Abu Yahya, “se habla de Libia todo el tiempo”, dijo Brachman.
Pero cuando Abu Yahya escapó, descubrió que casi todos sus camaradas libios se habían marchado, estaban detenidos en Estados Unidos o estaban de vuelta en las cárceles libias. “En lugar de encontrar a los libios que podían haber absorbido su rabia, Abu Yahya encontró a bin Laden”, dijo Qaid.
La fuga de Abu Yahya lo convirtió en un personaje célebre entre los militantes antinorteamericanos, y se convirtió rápidamente en el segundo de Zawahri después del asesinato de bin Laden. “Su combinación de erudición, credenciales callejeras y carisma lo convirtieron en un peso pesado”, dijo Brachman, y a medida que crecía el prestigio de Abu Yahya, empezó a atacar a los islámicos moderados por traicionar la causa de la guerra santa internacional, atacando indirectamente a su hermano.
Qaid fue liberado, junto con otros presos políticos, el día después del inicio de la revuelta libia en febrero de 2011, en un intento de ahogarla. Recorrió a toda prisa la frontera sur, a través de Sudán y Egipto, para incorporarse a la lucha en el este de Libia.
En la entrevista, Qaid dijo que no sentía resentimiento por el asesinato de su hermano con un ataque desde un avión no tripulado en junio. En esos momentos, Qaid hacía campaña para ser elegido como representante en el Parlamento. “Si hubiesen habido elecciones cuando éramos estudiantes”, dijo, “quizás no habríamos dejado la escuela ni la vida que llevábamos”.
[Suliman Ali Zway contribuyó al reportaje desde Trípoli.]
31 de octubre de 2012
7 de octubre de 2012
©new york times

cc traducción c. lísperguer

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