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[Campaña de El Mercurio y la extrema derecha describen una realidad imaginaria en la que cuatro millones de perros vagos amenazan la seguridad y la vida de los humanos. Ni hay cuatro millones de perros vagos, ni son una amenaza no para la seguridad ni para la vida. Estas descripciones antojadizas y mal intencionadas quieren preparar el terreno para que aceptemos la reintroducción de las campañas de exterminio de los perros en situación de calle.]

[Claudio Lísperguer] La versión online de El Mercurio publicó en su edición del 11 de noviembre una nota donde se afirma que la población de perros vagos en Chile es de cuatro millones. El diario no menciona la fuente de este dato, que es patentemente absurdo. Otras ediciones de El Mercurio en el país han difundido estas cifras imaginarias. Según los cálculos de la ‘Propuesta CEFU sobre control canino’, que es seguramente la fuente más fiable disponible, solamente en Santiago había para la fecha 56 mil perros vagos, vale decir, perros sin hogar o sin dueño según la clasificación empleada.
Para entonces probablemente la población de perros sin responsable era menor. Los perros sin hogar no carecen necesariamente de responsables o tutores, pues existen numerosas asociaciones a nivel de barrio (muchas de ellas franciscanas) y personas que se ocupan de los perros en situación de calle –abandonados y perdidos-, alimentándolos regularmente, vacunándolos y ofreciéndoles asistencia médica. Es decir, la población de perros sin hogar y sin responsable debe ser, por esto, necesariamente aun más baja. A veces se considera entre los perros vagos o sin dueño a los perros de vecindario, pese a que en realidad son perros de servicio (vigilantes) que son alimentados y cuidados por vecinos. En Santiago, para 2007 se calculaba la población de perros de vecindario en 24 mil; vale decir, en todo Santiago no había entonces más que 80 mil perros vagos. Los perros callejeros son perros con familia humana, pero que pueden pasar varias horas del día fuera del hogar. En Santiago había entonces 180 mil.
Saltar de estas cifras a razonadas a cuatro millones de perros vagos es un truco macabro, es una cifra imaginaria que no tiene ningún asidero en la realidad. En el mejor de los casos, es una interpretación abusiva, una conclusión irrazonada sobre datos dudosos. Varios diarios de esta cadena han empezado a difundir estas cifras extravagantes y, en sus editoriales, a sugerir más bien guasonamente que fracasadas todas las estrategias de control de la población canina (esterilizaciones y castraciones), quizá habría que volver a aceptar las estrategias de exterminio como la mejor solución a lo que ese punto de vista considera que es el problema canino, vale decir, que los perros ocupan los espacios públicos humanos, que son una amenaza para los transeúntes y que constituyen una amenaza para la salud pública. Para facilitar la adopción de esta política criminal, es necesario primero convencer a la opinión pública que en el país hay muchos más perros vagos que las cifras que entregan los estudios, y dos, convencernos de que los perros de la calle atacan a los humanos con más frecuencia y con más consecuencias graves (incluyendo la muerte) de lo que se cree. Para ello, nada mejor que llenar las páginas de los diarios con ataques caninos, que ocurren todos los días. La idea es crear en la opinión pública la idea de que el problema de la sobrepoblación canina nos sobrepasa. La solución que se sugiere, y piden algunos, es el retorno al canil municipal como centro de acopio y exterminio, o derechamente al exterminio, donde quiera que sea, como el rey gitano de Antofagasta o la UDI (extrema derecha) y la Cámara de Comercio y Turismo de Valparaíso.

Cuando los posibles interlocutores tienen una posición determinada de antemano sobre lo que creen que es un problema, y fundamentan esta posición en cifras adulteradas o interpretaciones abusivas, se hace muy difícil buscar un diálogo que para esos interlocutores es simplemente un obstáculo. Es la postura de El Mercurio de Valparaíso, que, aparte el llamado a la “erradicación” –asesinato masivo de perros-, responsabiliza a los animalistas y propone que estos recojan y adopten en sus casas a los perros de la calle, una postura irracional que es difícil creer que alguien la pueda haber pensado seriamente. Con la misma soltura y coherencia, o falta de esta, se podría exigir a los bebedores de alcohol que recojan de las calles y adopten a los humanos alcoholizados o que paguen los costes de sus tratamientos, habida cuenta de que representan problemas y riesgos todavía peores que los perros de la calle. Derechamente, esto no es una posición: es una agresión. La estrategia es empujarnos a reconocer y compartir lo que ellos definen como problema, que los animalistas no creemos que exista. Pero que el problema exista principalmente en el imaginario de la extrema derecha, no quiere decir que debamos desentendernos: estas personas son psicópatas peligrosos y pueden actuar en cualquier momento para llevar a cabo sus planes de exterminio. Lo que están haciendo ahora es redactar un Plan Z para los perros.

Probablemente es parte de esa estrategia la formulación de El Mercurio online de lo que considera un problema: “La interrogante radica en qué hacer con una población canina abandonada que crece sin control”. Lo primero que deberíamos hacer es saber de qué estamos hablando. La inmensa mayoría de los perros de la calle son probablemente perdidos –como es el caso en Brasil y Estados Unidos-, no abandonados, que por alguna razón –menos o más atendibles – sus familias humanas han dejado de buscarlos. Si se implementaran a nivel municipal servicios de búsqueda y rencuentro al que las familias pudieran recurrir tempranamente para pedir ayuda en la búsqueda de sus mascotas extraviadas, la cantidad de perros en las calles disminuiría abruptamente, quizás en un cincuenta por ciento. Los otros perros –los abandonados- podrían ser incluidos en programas de adopción.

El editorialista de El Mercurio de Valparaíso afirma que los programas de esterilización han fracasado, porque el procedimiento no quita la agresividad de los perros vagos. Evidentemente si creemos que los perros vagos son agresivos en sí, estos programas no son una solución, y no es políticamente viable mantener en vida a una población ociosa de millones de animales salvajes. En las flechas que pone el diario en la ruta hacia la solución es fácil leer la palabra “exterminio”. Pero no es posible tomar en serio esta idea bruta de que los perros vagos son agresivos. En realidad, según algunas autoridades sanitarias son mucho menos agresivos que los perros con dueño.
Aquellos que creen que tenemos un problema de sobrepoblación y que esta se soluciona con más esterilizaciones y castraciones, no van a encontrar un aliado en El Mercurio. Pero sin estos programas, la reproducción canina se descontrolaría todavía más. Los programas de esterilización no son la solución para el problema de los perros en situación de calle, pero no es esto lo que interesa a El Mercurio: lo que le interesa es crear la impresión de que estamos en un callejón sin salida, que nada sirve.

La única solución para los perros en situación de calle es que les encontremos hogares adoptivos. Los programas de esterilización están ideados como soluciones individuales o para control demográfico, no para la solución de un problema que es esencialmente social: el extravío de personas animales con la mente de niños de cuatro, y el abandono.

Causan sorpresa las cifras que El Mercurio online atribuye a la seremi de Salud metropolitana: que en 2011 hubo más de treinta casos de humanos mordidos por perros de la calle. Estas cifras –nuevamente sin fuente; en la página web del seremi metropolitano la última actualización para el tema perros es de septiembre de 2012- parecen igualmente o enteramente imaginarias o falsas. En informes anteriores del seremi metropolitano, los ataques de perros contra humanos giraban en torno a los veinticinco mil, y la inmensa mayoría de ellos eran provocados por perros con dueño. ¿Cómo es posible creer que, de la noche a la mañana, la realidad sea tan completamente diferente, que haya cambiado tan radicalmente?1
Porque si los ataques, hasta 2010, eran provocados fundamentalmente por perros guardianes o perros de patio, la solución más a la mano era obviamente obligar a los dueños a adiestrar profesionalmente a sus perros, para que estos sepan cómo y cuándo actuar y no ataquen arbitrariamente a las personas que se acercan o pasan cerca de sus perímetros, y a insistir y fiscalizar la calidad de los cierres perimetrales, a partir de 2011, no siendo los perros guardianes la causa principal de los ataques sino los perros vagos, la única solución es simplemente sacarlos de las calles. ¿Pero dónde guardar o qué hacer con cuatro millones de perros?
Además, gran parte de las lesiones causadas hasta 2010, eran secundarias o leves. ¿Querrán hacernos creer que ahora las lesiones son graves? Igualmente, sabíamos que al menos un tercio de los ataques de perros eran reacciones a agresiones humanas previas. La prensa usualmente no menciona este dato, pese a que los ataques caninos obviamente se reducirían en la misma proporción si los humanos no los provocasen previamente.

El Mercurio cita a una veterinaria que rechaza el exterminio (de los perros vagos, se entiende) porque “los sobrevivientes seguirán reproduciéndose”. Otro, un ecologista, cree que el problema (de los perros vagos) existirá mientras persista la costumbre de algunos “de botar animales cuando sienten que sobran en su casa”. Por lo que parece, la veterinaria cree que los perros vagos son una suerte de subespecie, que se reproducen en la calle, y no entiende que la realidad es en realidad mucho más fluida, lo que sí entiende el ecologista. No se nace como perro vago; la tasa de reproducción de los perros vagos es prácticamente cero. El perro vago ha sido previamente un perro con familia, y puede volver a pertenecer a una familia humana si es adoptado. La gente que abandona perros no son todos demonios. Si pudiésemos detectar a tiempo, a nivel local, las posibles situaciones de abandono, podríamos –animalistas e instituciones- intervenir a tiempo.

Pero probablemente un gran paso en dirección a la solución para los perros en situación de calle es prohibir o restringir la crianza comercial de mascotas. En una sociedad que rinde culto a la codicia y convierte todo en mercancía como la nuestra, quizá la prohibición no sea políticamente viable, pero sí podemos imponer restricciones a la crianza y venta descontrolada2 de mascotas, como acaban de hacer en Los Angeles, California, y fomentar la adopción. Como en Los Angeles, podríamos prohibir que las tiendas de mascotas vendan mascotas e imponer cupos de producción a los criaderos, al mismo tiempo que se puede prohibir la publicidad de la venta de mascotas así como las campañas publicitarias del comercio que incluyan el regalo de mascotas o su venta a bajo precio, como suele ocurrir sobre todo en algunas fechas. Estas restricciones, obviamente, como parte de un paquete de medidas que deberían incluir, entre otras cosas, la inscripción obligatoria y el microchip de identidad de las mascotas, la creación de una fuerza policial municipal dedicada exclusivamente al maltrato animal (que incluye la detección temprana de casos difíciles en los barrios, como peleas de perro, ancianos solos con perros, encadenamiento de perros, la crianza comercial ilegal) y el fomento de campañas de adopción.

El Mercurio online toca brevemente el tema de los caniles. Hay personas y organizaciones que rechazan los caniles municipales porque temen que en estos se termine finalmente matando a los perros, como ocurría en el pasado en las perreras. Pero si el canil es la última estación de un perro, o sólo una parada en ruta hacia un hogar adoptivo, depende de la estrategia que se adopte. Hay numerosas instancias de gestiones exitosas de los llamados caniles no eutanásicos (o de Sacrificio Cero), los que dan en adopción prácticamente a todos los perros que recogen. El canil de Ñuñoa en Santiago es uno de los grandes ejemplos y muestra que con una política activa de campañas de adopciones –sustentada por un grupo de voluntarios- es posible encontrar hogar a los perros abandonados y reducir considerablemente la presencia de perros en la calle. Esta misma comuna, junto con la de Las Condes, implementa además un activo y exitoso programa de rencuentro familiar (búsqueda de mascotas perdidas), que también contribuye a una presencia muy reducida, y siempre temporal, de perros en la calle. De estas experiencias, y otras en el país, las comunidades pueden aprender mucho si se despojan de sus prejuicios. En cualquier caso, la participación ciudadana es fundamental, entre otras cosas porque son los ciudadanos los que pueden fiscalizar el funcionamiento de los caniles y evitar que se conviertan en campos de concentración y exterminio.

Pero para cualquier solución que podamos imaginar, es necesario primero contar con informaciones fidedignas y datos fiables y compartir al menos algunos principios éticos básicos. Si no creemos en el derecho a la vida de los animales –y en este caso, de los animales domésticos-, y creemos legítimo manipular la verdad para adaptarla a nuestros intereses, como hace El Mercurio, y no compartimos la definición del problema, el diálogo y la búsqueda de una estrategia consensuada será estéril e inútil. Pero no creo que a El Mercurio le interese la verdad, ni creo que compartamos principios morales. Tenemos que actuar para contrarrestar la descripción arbitraria que hace la extrema derecha de lo que llaman el problema de los perros vagos e impedir que sobre la base de estas descripciones antojadizas e interesadas las autoridades adopten medidas destinadas a hacer desaparecer a los perros de la calle sin ofrecernos la garantía de que los canes recogidos serán colocados en hogares adoptivos.
[La foto viene de Radio Placeres.]
Notas
1 El gobierno del presidente Piñera se ha destacado por la mediocridad y la falta de profesionalismo https://mqh02.wordpress.com/2012/09/30/el-casengate/ y corrupción de muchos de sus funcionarios. Es posible que este cambio tan drástico en cuanto a las agresiones y mordeduras de los perros vagos se deba a lo mismo: escaso profesionalismo y colusión con la industria de la cría comercial. De cualquier modo, las autoridades deben explicar a qué se deben estos cambios tan radicales.

2 No puedo afirmar que haya alguna colusión entre la industria de los criaderos de mascotas y la prensa que en la búsqueda de una solución a lo que llama el problema de la sobrepoblación canina no menciona para nada a la industria de la cría comercial. Simplemente no hay investigaciones que sustentan una acusación semejante. Sin embargo, es evidente que la cría comercial influye claramente al descontrol. A nadie le conviene tanto el exterminio de los perros de la calle como a la industria de la cría. Para los que ven la vida de los animales como una fuente de ingresos, el exterminio y la ausencia de estrategias de adopción y rehabilitación permite la mantención de una demanda permanente de mascotas, un círculo que se reanuda toda vez que un cliente compra un cachorro.
lísperguer

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