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[Claudio Lísperguer] [En esta página republicamos la columna de Edmundo Magaña sobre la conciencia animal y su papel en los debates en la causa animalista. Ahí se pregunta el autor: ¿Es suficiente con que constatemos su dolor para proponer medidas bienestaristas, que ignoran sentimientos como la angustia, la desesperación o la ansiedad en los animales? ¿Qué sabemos sobre la conciencia animal?]

En la columna, el autor sugiere que el énfasis puesto en el dolor, o en la capacidad de sentir dolor, tema que se ha convertido en marco de referencia de buena parte del movimiento animalista, es una trampa tendida por ganaderos y bienestaristas para ofrecer como solución lo que no es más que parte de la trama de esclavitud, explotación y muerte a que sometemos a los animales. Pretendiendo, incluso creyendo que el dolor es lo único nefasto de la explotación animal, se ofrece como solución explotar y sacrificar a los animales de manera indolora. La idea aparente es que si las condiciones de explotación son relativamente benignas (jaulas más grandes, suelos más blandos), la esclavitud animal se convierte en aceptable; si el sacrificio es repentino, encubierto e indoloro, el crimen es atendible. El bienestarismo, brazo de la industria ganadera, ofrece pues establos más cómodos y limpios, mataderos asépticos, y ofrece a los consumidores una conciencia relativamente tranquila. Algunos bienestaristas han recibido premios (de PETA, las señoras neonazis) por construir mataderos más humanos para enorme satisfacción de los ganaderos, que han visto subir las ventas y ahora se muestran en sociedad como vampiros con corazón humano. Otros bienestaristas han creado sellos de calidad o certificación de crianza y sacrificio humanitario del ganado, como si eso fuera posible, y ahora son derechamente financiados por la industria ganadera. En esta burda trampa hemos caído todos con demasiada facilidad.
La capacidad de sentir dolor no es el único motivo, ni el más importante como argumento para defender el derecho a la vida de los animales. Más importante es destacar que los animales son seres conscientes, lo que quiere decir que son personas con alma, que tienen comportamientos intencionales, que construyen relaciones voluntarias (entre ellos y con miembros de otras especies), que tienen cultura, que tienen sociedad, que son todos individuos con su propia psicología, que son seres con historia, que son en todo como nosotros.

La conciencia en los animales ha sido recientemente confirmada por la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, de julio de 2012, que concluye que “evidencias convergentes indican que los animales no humanos tienen substratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de estados conscientes junto con la capacidad de exhibir comportamientos intencionales. Consecuentemente, el peso de la evidencia indica que los humanos no son los únicos en poseer los substratos neurológicos que generan conciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y aves, y muchas otras criaturas, incluyendo al pulpo, también poseen esos substratos neurológicos”.
Esta declaración es un documento importante para reforzar la lucha por el derecho a la vida de los animales. La idea de la conciencia en los animales echa por tierra la creencia de que con evitar el dolor físico, la explotación de los animales se transforma en una industria si no noble, al menos aceptable: no es el dolor físico ni siquiera lo más importante, porque el proceso de privación y negación de la vida animal empieza con el encierro, con la separación de las madres de sus hijos, con la alimentación artificial y forzada, con la inseminación forzada, con los malos tratos permanentes, en un proceso en que la muerte, con o sin dolor, es la última fase de un largo (y veces ni tanto, pues a los cochinillos se los sacrifica después de apenas unas semanas y otros animales explotados son a veces matados apenas nacen, pues no sirven a sus criadores humanos) proceso de explotación y destrucción. Los animales, que son seres conscientes, sufren como nosotros también psicológicamente, sufren la separación, la violencia, los malos tratos incomprensibles, el temor a la violencia y a la muerte, la falta de vida familiar, el encierro, la restricción de movimientos, la falta de afecto, la soledad, y no son tampoco las masas físicas descerebradas que suponen los bienestaristas, pues también son capaces de oler la muerte y anticiparla, y sufrir por ello y por el dolor que perciben en sus compañeros. Matar a un animal sigue siendo un crimen intolerable, con o sin dolor.

Pero que los animales son seres con conciencia lo hemos sabido desde siempre. En el ámbito de las culturas hispanas y lusitanas lo supimos al menos hasta el siglo diecisiete, cuando todavía se creía que los animales tenían alma, compartían el más allá con los humanos y eran incluso llevados a juicio y defendidos en sus fueros –y no solamente animales como caballos, burros y perros, sino también criaturas como las hormigas y termitas, a las que unos monjes franciscanos, en Brasil a fines del diecisiete, acusaron en tribunales por haber invadido sus alacenas.1

Ahora también sabemos –aunque lo supieron muchas otras civilizaciones desde tiempos remotos- que el consumo de animales no es necesario para la supervivencia humana. El cautiverio, explotación y sacrificio animal es un acto arbitrario, injustificado, innecesario, perverso. Siempre lo fue. Magaña escribe: “Debiésemos recuperar la capacidad de entender que los otros son nuestra vida y que matar a un animal es matarse un poco a sí mismo. En última instancia, el derecho a la vida que defendemos en los otros se deriva de que no queremos hacer a otros lo que no nos haríamos ni querríamos que se nos haga a nosotros mismos, porque sabemos lo que significa. No queremos que se nos encierre y someta a servidumbre, no queremos que se nos maltrate y finalmente se nos mate por ningún motivo. No existen motivos atendibles para quitarnos la vida. ¿Por qué querríamos eso para otros?”

Notas
1
Los monjes habían pensado en exterminar a las hormigas, pero evidentemente no podían hacerlo sin una autorización judicial. En el Tribunal de la Divina Providencia, el defensor de las hormigas alegó por haber invadido sus alacenas que las hormigas, tras haber recibido el don de la vida de Dios, tenían derecho a ella y a conservarla por sus medios naturales y destacó la cultura y la presencia de sentimientos religiosos en ellas, subrayando que sepultaban a sus muertos. Señaló también el procurador que las hormigas vivían allí antes de la llegada de los monjes y no podían ser expulsadas, y que los franciscanos deberían defender su harina por medios humanos, lo que excluía la muerte. El juez falló que los monjes debían habilitar un sitio en los alrededores para vivienda de las hormigas, y ordenó que las hormigas fuesen conminadas a trasladarse a esos nuevos hormigueros, abandonando las alacenas de los monjes, lo que ocurrió.
lísperguer

Un pensamiento en “sobre la conciencia en los animales

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