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[Alepo, Siria] [La lucha por Alepo. En la ciudad más grande de Siria, una sostenida y encarnizada batalla entre paramilitares y el ejército sirio ha dejado a la ciudad en ruinas.]

[C. J. Chivers] En las aulas donde estudiaban en el pasado, los niños corrían a toda velocidad, como una manada. Sus carreras y chillidos se podían oír a una cuadra de distancia.
El patio de recreo había sido impactado por un proyectil lanzado por aviones de la fuerza aérea siria, que tumbó las paredes de la escuela. Ahora los niños estaban rompiendo los muebles, desmantelando pupitres y bancas, huyendo con todo lo que pudieran coger.
La Escuela de Niños Isam al-Nadri estaba siendo desmantelada por la madera que contenía. Un alumno de sexto, Ahmed, cogiendo la madera que había conseguido en una de las aulas, ofreció un argumento irrebatible para saquear su propia escuela: “Quiero calentarme”, dijo.
El invierno se acerca a Alepo, la ciudad más grande de Siria y escenario de una sangrienta guerra urbana, ahora en su sexto mes, entre los paramilitares y las fuerzas armadas sirias del presidente Bashar al-Assad.
Mientras desciende la temperatura y la debilitada artillería del gobierno sigue retumbando, nadie dirige su deslizamiento hacia el desastre. Los barrios en la primera línea de fuego se han convertido en escombros. La mayoría de los barrios de la ciudad no han tenido ni electricidad ni agua durante semanas. Toda Alepo sufre la escasez de gasolina, alimentos, medicinas, médicos y gas.
Las enfermedades se están propagando. Parques y patios están siendo despojados de todo lo que sirva como leña, convirtiendo las calles bordeadas de árboles del pasado, en vías flanqueadas por tocones. Se apila la basura de un mes, a menudo junto a las colas de las panaderías donde cientos de personas esperan comprar su magra ración de barras.
Una de las ciudades más bellas e históricas de Oriente Medio está siendo devastada por la escasez y la violencia, que la revisten de una mezcla de fatiga y desconfianza –los sentimientos de una población dividida de múltiples maneras.
Los ciudadanos de Alepo revuelven la basura en busca de comida y están furiosos. Y junto a las pasiones sectarias de la guerra civil, algunos vecinos expresan sus anhelos en visiones radicalmente opuestas del futuro: sea un retorno a la relativa estabilidad del gobierno de Assad o a las promesas de un régimen islámico.
Otros se aferran a una sombría esperanza, describiendo la destrucción de su sociedad como un periodo que un día será recordado como la última prueba de esta antigua ciudad.
“Dejamos nuestros salarios altos, dejamos nuestros trabajos, dejamos nuestra posición en la sociedad”, dijo el doctor Ammar Diar Bakerly, que dirige el servicio médico en esta ciudad controlada por los rebeldes al este del país. “Dejamos todo por nuestra dignidad. Este es el precio que tenemos que pagar, y es barato si con eso recuperamos nuestra libertad y derrocamos al tirano”.
No todo el mundo comparte sus ideas revolucionarias. “Venimos todos los días a la clínica pidiendo medicinas, pero no tienen nada”, dijo Johair Iman Mustafá, pintor de brocha gorda y taxista sin trabajo, que detectó a un visitante y se acercó furioso. “Hacemos la cola de la panadería durante horas, pero no hay pan y al final nos echan a patadas”.
“Antes de la revolución”, dijo Mustafá, un suní que no era partidario del gobierno del presidente Assad, al que describen como controlado los alauíes del presidente Assad, “las cosas estaban mucho mejor”.

Merma el Abastecimiento, Suben los Precios
Durante la mayor parte de la rebelión en Siria, Alepo, un centro comercial y administrativo construido en torno a su antiguo casco histórico, no sufrió los enfrentamientos que envolvieron al resto del país.
Eso cambió en julio cuando el Ejército Libre de Siria (FSA, por sus siglas en inglés), como se definen muchos combatientes, entró a Alepo y abrió frentes urbanos.
El gobierno se apresuró a enviar unidades militares desde otras regiones del país, recurriendo a la artillería pesada en un intento por recuperar el control de la ciudad que, si la perdía, cambiaría la altanera postura de Assad. La batalla más importante de la guerra acababa de empezar.
Cinco meses después, la táctica siria fracasó. Incluso con apoyo aéreo y la artillería pesada disparando implacablemente, las fuerzas armadas del gobierno perdieron terreno. Casi la mitad de la ciudad fue ocupada por los paramilitares.
Desde el principio, la dividida población de Alepo quedó atrapada entre los dos bandos. Desorganizados grupos de paramilitares habían empezado una batalla que no tenían ninguna posibilidad de ganar rápidamente. El ejército reaccionó utilizando el modelo del castigo colectivo. Empezaron a llegar paramilitares extranjeros, infiltrándose en el frente y hablando de la guerra santa.
La población de la ciudad mostró signos de ambivalencia. Surgieron sentimientos mezclados que se difundieron a lo largo de líneas urbanas demográficas y sociales –entre árabes y kurdos, conservadores y rebeldes, ciudadanos laicos y musulmanes, jóvenes y viejos-, todo esto agravado por la sensación de que muchos de los combatientes provenían de áreas rurales que no compartían el modo de vida cosmopolita de Alepo.
Las consecuencias de la batalla siguieron un curso predecible, sin gran diferenciación entre los antecedentes de las víctimas. Los vecinos de Alepo vieron derrumbarse su economía, la destrucción de la infraestructura, la suspensión de los servicios públicos, sin saber cuándo terminaría la guerra.
Los precios se fueron a las nubes. Hoy las cosas cuestan entre tres a doce veces más que en julio.
Un cilindro de gas de cocina, que costaba cinco dólares antes de la guerra, ahora cuesta sesenta dólares. Un litro de diesel, que costaba cincuenta centavos, ahora se vende por tres dólares. Los vecinos pagan a menudo, por diez barras de pan, lo que antes pagaban por treinta, cuarenta o cincuenta. A veces, sin embargo, simplemente no hay pan.
Nadie espera que las cosas mejoren. La gente predice que los precios seguirán subiendo, presionados por la baja de la libra siria. La devaluación puso a prueba a familias que no tienen ingresos; la guerra y la destrucción tienen sin trabajo a gran parte de la población.
Entonces pasaron cosas que hicieron la vida todavía más difícil.
A fines de noviembre el suministro de harina de Alepo fue interrumpido abruptamente cuando los paramilitares capturaron gran parte de las bodegas de granos de la ciudad. Lo que debiera haber sido una victoria, se convirtió en una fuente de indignación popular.
Las panaderías cerraron mientras el Ejército Libre de Siria se esforzaba por organizar la distribución y la venta de harina, lo que provocó manifestaciones de protesta. Entonces, cuando los rebeldes empezaron la distribución, subieron también el precio de la harina –casi en un veinte por ciento, dijeron vecinos de la ciudad.
Hacia mediados de diciembre sólo algunas panaderías seguían funcionando. Esto creó una cruel lotería de alimentos para los habitantes, que debían apostar día a día en qué panadería hacer la cola, preguntándose si la panadería elegida realmente vendería harina y pan. Un dueño de panadería, Mohammad Badour, 60, reabrió su tienda la semana pasada. “Hoy, el FSA trajo harina por primera vez”.
Fuera, la gente empezó a gritar y a empujar. Una cola de unas doscientas personas doblaba por la esquina. Dentro, varios hombres trabajan sin parar, controlando el funcionamiento de la máquina de hacer pan automática.
Badour estaba sudado y cansado. Entendía la desesperación que observaba por la ventana, las miradas que escudriñaban el interior, a veces furiosas, a veces acongojadas. “Todos tenemos hambre”, dijo.
Más tarde ese día, en otra panadería en una zona controlada por los paramilitares, la gente esperó durante horas, pero la harina no llegó. La multitud se convirtió en una protesta que marchó por un callejón detrás de una bandera negra con un texto del Corán, pidiendo la instalación de un gobierno islámico.
“¡Los del Ejército Libre de Siria son unos ladrones!”, gritaba la gente –lo que no era exactamente la manera en que los rebeldes esperaban ser recibidos cuando prometieron liberar la ciudad. Un hombre miró a los dos periodistas extranjeros y con una mirada amenazante deslizó una mano sobre su garganta.

Menos Médicos, Más Enfermos
La escasez pasó de los alimentos a las camas en los hospitales. En todo el territorio controlado por los paramilitares el servicio médico es escaso, una escasez que se hizo más profunda en noviembre cuando la fuerza aérea destruyó el Hospital Dar al-Shifa, el más grande en zona rebelde. Cuando el hospital cerró sus puertas, dijo Bakerly, “había veinte camas para todo el este de Alepo”, un área con cerca de un millón de habitantes.
Ahora los médicos trabajan en una red parcialmente clandestina de clínicas y pequeños hospitales, donde tratan a cerca de cuarenta personas al día por heridas provocadas por los bombardeos. (El número de pacientes se ha reducido desde que el hospital fuera destruido, dijeron los doctores; muchas personas llevan a los heridos hacia el norte, a centros médicos improvisados en el campo y luego al otro lado de la frontera con Turquía).
Pero hay otras enfermedades por tratar. Bakerly observó que la gente vivía hacinada en barrios alejados de los frentes de guerra. Las densas condiciones de vida, unidas a la escasez de agua potable y la larga suspensión del servicio de recogida de basura, han creado las condiciones ideales para la propagación de enfermedades infecciosas.
Él y otros médicos observaron un repentino aumento de la leishmaniasis, una infección potencialmente fatal transmitida a los humanos por los tábanos.
Antes de que la guerra llegara a Alepo, explicaron varios doctores, el gobierno rociaba con insecticida las calles y zonas donde abundaban los tábanos. Esto no ha ocurrido durante meses. Los casos de leishmaniasis han aumentado fuertemente.
“Estamos viendo muchos pacientes con esta infección. Se está propagando en las calles”, dijo otro médico, Mohammad al-Haj, que trabaja en dos clínicas.
El doctor Haj recitó la deprimente lista de la temporada: más leishmaniasis, más infecciones respiratorias y estomacales, y la disentería se extiende como nunca antes.
Agregó: “Podríamos tratar esos casos, pero no hay laboratorio, no hay suministros médicos y casi no tenemos remedios. Dividimos las medicinas. Lo que antes administrábamos a un paciente, ahora lo reciben varios”.
Fuera de la clínica se oía caer los proyectiles, suficientemente cerca como para distinguir el sordo ruido que hacen los proyectiles de artillería cuando llegan a tierra. Un grupo de mujeres y niños pasaron corriendo por la puerta.
Haj fue amable y cortés, pero habló con amargura sobre la manera en que el Occidente evalúa la guerra en Siria. “Dicen que las armas químicas son la línea roja”, dijo, refiriéndose a la amenaza pública del presidente Obama contra el gobierno sirio, de que un ataque químico provocaría una intervención militar estadounidense.
“Pero estamos muriendo de otros modos. ¿No es suficiente morir en los bombardeos o por enfermedades? La comunidad internacional se ríe de nuestro sufrimiento”.

Okupas de Su Propia Ciudad
Muchos de los problemas que aquejan a Alepo se pueden ver en la experiencia de Ahmed y Hayat Saleh, una pareja con siete hijos.
Los Saleh viven ahora en un departamento en construcción en un enorme edificio que debía ser inaugurado cuando empezó la rebelión. Un grupo de combatientes de la brigada Tawhid, el principal contingente del FSA en la ciudad, fue el primero en entrar después de haber ocupado un puesto de control del ejército. Ellos le ofrecieron refugio a la familia.
El edificio no tiene electricidad ni calefacción; los cuartos permanecen completamente a oscuras durante las noches de diciembre de casi catorce horas. Y al departamento le faltaban algunos elementos básicos. “Cuando llegamos no tenía puerta”, dijo Saleh. “Nosotros la pusimos”.
Tampoco tiene ventanas. Saleh cubrió los hoyos abiertos con mantas y sábanas.
Pese a todo, mientras caminaba de un lado a otro en el reducido espacio una noche hace poco, ofreció una extraña forma de orgullo inmobiliario. Su departamento, dijo, no está en el último piso.
Eso importa. En la noche la familia se acurruca sobre delgados colchones en el centro de la habitación principal, sabiendo que su ubicación en el interior del edificio aumenta las perspectivas de supervivencia si un proyectil de artillería impactara en algún lado del edificio o en la azotea.
Pero muchos de los problemas de los Saleh no pueden ser resueltos por el refugio. Uno de sus hijos sufre de una enfermedad cardiaca y necesita ser atendido por un cardiólogo. El especialista vive al otro lado de los frentes, en un barrio que está ocupado por el ejército sirio.
Cuando Saleh trató de llevar allá a su hijo, los soldados lo hicieron parar. “En el puesto de control me dijeron: ‘Usted da comida al FSA’”, contó. “Yo dije: ‘¿Cómo les voy a dar comida si no tengo ni para mí mismo?’”
Los soldados le bloquearon el camino, aunque, dijo, la verdad era lo opuesto. “Ahora cuando los del FSA reciben alimentos abajo, nos dan algo a nosotros”, dijo.
En la gélida habitación, arden dos pequeñas velas, arrojando sobre las paredes un débil brillo naranja. Fuera, llovía y hacía frío. En la distancia se oía el estallido de los proyectiles de artillería.
Saleh recitó las situaciones que debe sobrevivir su familia: no hay calefacción, no hay electricidad, no tienen dinero, no hay medicinas, no hay médicos ni tienen casa, excepto este oscuro cuarto de prestado.
Los niños guardaban silencio debajo de las sábanas compartidas, vestidos con la ropa más gruesa que tenían. La suave voz de su padre llenaba el espacio.
“No sabemos cómo sobreviviremos el invierno”, dijo Saleh. “Dependemos de la misericordia de Dios”.
31 de diciembre de 2012
19 de diciembre de 2012
©new york times
cc traducción @lisperguer

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